ZIPERARTE
Nota mental

#25 | Otra nota más sobre «Adolescencia»

Yo también hablo de la serie de la que están hablando todos.

Un “water cooler show” es un programa de televisión que genera tanta conversación y entusiasmo que la gente habla sobre él al día siguiente en el trabajo, específicamente alrededor del dispensador de agua o en espacios comunes similares. El de este mes sin duda ha sido Adolescencia (Netflix), y aunque no voy a la oficina me sentí en la obligación de verlo para no quedarme fuera del debate.

Le decía a una amiga la semana pasada que había escuchado malos comentarios de la serie y ella me dijo: “¿De quiénes? Seguro de tus amigos críticos, porque todo el mundo la está elogiando”. Entonces me di cuenta de que así era: Juan VillegasGustavo Noriega y Santiago García habían hablado mal y yo ya la había sentenciado.

La vi entre domingo y lunes porque pensé que no podía no escribir sobre ella. Me encontré con un producto que ni siquiera era tan malo como imaginaba, por lo que lo ideal hubiera sido ignorarla. Pero me encontré ayer a las ocho de la noche sin tema de newsletter, así que no me quedó otra. Y uno siempre alguna cosa tiene para decir.

Comencemos por el tan mencionado plano secuencia. Coincido con lo expresado por mis “amigos críticos” y añado algunas observaciones. No concibo otro motivo para utilizarlo que disfrazar el producto de artístico, otorgarle una pátina cinematográfica y revestirlo de cierta importancia ante los ojos del espectador que ocupa el lugar central en el meme de la IQ Bell Curve.

El primer capítulo atrapa porque uno quiere saber el motivo por el cual ese nene con cara de angelito ha sido acusado de un asesinato, y sin embargo la coreografía de los personajes que van de acá para allá como si estuvieran bailando un ballet, entrando y saliendo del plano, logró distraerme constantemente.

Ni hablar del tercer capítulo, no el peor de los cuatro porque existe el cuarto, pero tal vez el más irritante. Como transcurre casi completamente en un solo ambiente, no hay ballet ni personajes entrando y saliendo de cuadro (aunque se dan el gusto de hacer salir a la psicóloga forense y seguirla, para volver a ingresar con ella minutos después, recordándonos que pueden hacerlo si quieren). No obstante, la cámara, lejos de permanecer inmóvil, se mueve sin cesar, flotando, acercándose a los rostros, alejándose, rodeándolos. Si el director Philip Barantini hubiera subido a la mesa en sunga para bailar una polka, me habría distraído menos.

La justificación de un plano secuencia suele ser también la del realismo. Eso afirmaba André Bazin, quien elogiaba el neorrealismo italiano. Pero claro, el neorrealismo contaba con escenarios naturales, improvisación y actores no profesionales. En cambio, Stephen Graham y Christine Tremarco (quienes interpretan a los padres de Jamie, el joven asesino) en el último episodio recuerdan a Graciela Dufau y Miguel Ángel Solá en un unitario de ATC de los ’80 (Nosotros y los miedosdijo Ergasto). Y no es solo eso: el neorrealismo tampoco exhibía esas piruetas de cámara. Es cierto que técnicamente era más complicado que ahora, pero Rossellini no era boludo.

Si sumamos a esa pátina de prestigio middlebrow la temática “importante”, obtenemos el “water cooler show” perfecto. Una jarra loca de redes sociales, femicidio, incelsalt-right y bullying para que los editores de la sección Sociedad de Clarín puedan llenar dos páginas con una entrevista a algún psicólogo que nos informe que los adolescentes “están confundidos”. ¡Vaya novedad!

De pronto todos conversan como si cada semana un chico de 13 años matara a puñaladas a una compañera de clase. El gancho de la serie radica precisamente ahí: podría ser tu hijo, tu hermano, tu compañerito de clase. Ese es el atractivo y el motivo por el cual funciona el primer capítulo y parcialmente el segundo. Pero constituye un recurso dramático. Si no lo fuera, el debate que debería estimular la serie sería el de la baja en la edad de imputabilidad, ¿no?

La idea que sobrevuela es que los adolescentes son un bardo, que las redes sociales son el espacio donde ese bardo se intensifica y que los adultos no comprenden ese lenguaje y hacen lo que pueden, que es poco. Todo esto en una sociedad como la inglesa, donde las instituciones parecen funcionar de manera envidiable.

La paranoia de los chicos y las redes sociales es el bisnes de muchos psicólogos sociales. El bestseller de Jonathan Haidt, The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness (La generación ansiosa: Cómo la gran reprogramación de la infancia está causando una epidemia de enfermedades mentales), se ha convertido en el cuco de los padres y compara la exposición de los niños a las redes con llevarlos a Marte como experimento: se desconocen las consecuencias.

Un poco porque no tengo hijos y otro poco por soy un optimista tecnológico, veo que están todos un poco locos. Los chicos siempre fuimos un bardo. Durante mi adolescencia, mis padres ni siquiera podían saber dónde me encontraba porque carecía de teléfono celular. Cuando el hijo del Detective Bascombe explica el significado de los emojis que Katie dejó a Jamie en Instagram, nos muestran cuán poco entienden los adultos el lenguaje juvenil. Pero esto ha ocurrido siempre. Hoy al menos existe el registro de esos emojis para interpretar.

A pesar de esto, el furor por la serie la ha transformado en texto académico. Quizás contribuya al equívoco el propio título: Adolescencia, una sinécdoque que en realidad cuenta la historia de un adolescente en particular. El Primer Ministro Keir Starmer recibió a los realizadores en Downing Street y celebró que Netflix la exhiba gratuitamente en las escuelas. Qué paradójico: en el segundo capítulo se ironiza con que los profesores únicamente proyectan videos en sus clases.

Aunque el episodio final resulta el más deficiente, contiene un buen momento que desacredita todos esos análisis de psicólogos, sociólogos y expertos varios. Tras la escena Dufau-Solá, donde los progenitores se cuestionan “¿qué hicimos mal?”, aparece otra con Lisa, la hermana mayor de Jamie. Cuando ella baja para poner la mesa, el padre pregunta a la madre: “¿Y a ella cómo la criamos?”. Ella responde: “Igual que a él”. Finalmente, el motivo por el cual Jamie cometió el asesinato permanece como un misterio.

En Pastoral americana, de Philip Roth, una adolescente (Merry Levov) coloca una bomba en una oficina postal como protesta contra la guerra de Vietnam y mata a un transeúnte. Su padre, Seymour Levov, al igual que Eddie Miller, se pregunta qué hizo mal. Examina distintas posibilidades. Por supuesto, no llega a ninguna conclusión. La combinación de crianza personal y entorno social (en cualquier proporción) resulta insuficiente para explicarlo. Existe algo interno, profundamente arraigado.

Y dice:

El hecho es que entender correctamente a las personas no es de lo que se trata la vida, después de todo. Vivir es malinterpretarlas, equivocarse una y otra y otra vez y después, tras una cuidadosa reconsideración, volver a equivocarse. Así es como sabemos que estamos vivos: nos equivocamos. Tal vez lo mejor sería olvidarse de tener razón o estar equivocado respecto a la gente y simplemente dejarse llevar. Pero si podés hacer eso… bueno, qué suerte que tenés.

Nos vemos en quince días.

Si te gustó esta nota, hacete socio de Seúl.
Si querés hacer un comentario, mandanos un mail.

Si querés suscribirte a este newsletter, hacé click acá (llega a tu casilla martes por medio).

Compartir:
Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

#24 | Los perrófilos se tienen que calmar

Quiero a los perros pero no son personas, son animales.

Por

#23 | Terminemos con las murgas

La invasión sonora de Plaza Armenia ejemplifica el atropello institucionalizado: bombos y platillos que irrumpen en la vida cotidiana con financiamiento oficial.

Por

#22 | No hay un orden

Vincent Bugliosi dedicó su vida a demostrar que las teorías conspirativas sobre el asesinato de Kennedy son falsas: lo simple suele ser verdadero.

Por