LEO ACHILLI
Domingo

Vayamos por casi todo

El sentido común en Argentina ha cambiado. Hay que aprovechar el envión y seguir empujando.

(este artículo fue publicado originalmente el mes pasado en el ‘Anuario 2022’ de Seúl, que podés comprar acá.)

En abril de 2021 publicamos una edición especial sobre La batalla cultural, en la que 74 colaboradores de generaciones y profesiones distintas escribieron sobre qué significaba para ellos, y cuánta importancia tenía, dar la batalla por las ideas en la política. Era un tema espinoso para el antikirchnerismo, porque veníamos de una derrota electoral y un gobierno que, aunque disruptivo y contracultural en muchos aspectos, había elegido dar esa batalla más con hechos que con ideas o argumentos. Participé de aquel gobierno y de esa estrategia y asumo mi parte de responsabilidad en aquel proceso. Uno de los consensos de aquella edición especial –todavía hoy, el domingo con más visitas en la historia de Seúl– fue que, más allá de lo que se hubiera hecho antes, ahora valía la pena salir con convicción a la cancha a disputar sentidos comunes y defender con orgullo ideas ahogadas o desprestigiadas por años de hegemonía kirchnerista y complicidad coreacentrista. Y, también importante: que esa tarea excedía con mucho a la política partidaria, porque no les podíamos reclamar a los políticos que disputaran al poder, tuvieran cortito al Gobierno y, además, se encargaran de cambiar las ideas de la sociedad. Debían participar del proceso, por supuesto, pero, para ser exitosos, escribieron varios de nuestros colaboradores, la tarea debía ser comunitaria, aluvional, una marea de ideas que fuera disputando, respondiendo y evangelizando sin control central pero impulsada por la energía que dan los movimientos con raigambre social.

Aquel consenso reflejaba una nueva época, que explica en parte el nacimiento de Seúl. En 2020 había aparecido un nuevo actor político en Argentina, que era el de los banderazos, organizados horizontalmente y en todo el país, que habían contribuido a frenar la estatización de Vicentín y la reforma judicial y a acelerar el final de la cuarentena eterna. También se había producido un cambio de opinión en parte de los dirigentes de Juntos por el Cambio, para quienes dejó de ser suficiente intentar ser mejores que el kirchnerismo y pasó a ser necesario, además, discutir abiertamente y sin temor a la censura progresista temas que parecían de sentido común pero la percepción de hegemonía habían dejado guardados. Empujado desde abajo y desde arriba, el debate se fue calentando y se fue corriendo: cualquier analista serio debe reconocer hoy que el punto medio se ha movido, ayudado también por el fracaso rocambolesco y venal del Frente de Todos. Pero el proceso es sin dudas más profundo.

El mes que viene ‘Seúl’ cumple dos años, mucho más de lo que pensábamos que iba a durar cuando arrancamos.

El mes que viene Seúl cumple dos años, mucho más de lo que pensábamos que iba a durar cuando arrancamos. No es que no nos tuviéramos fe –al revés: nos teníamos toda la fe–, pero lo afrontamos, al menos al principio, como un proyecto para sacudirnos el aburrimiento y la mala onda de la cuarentena y como una manera de hacer un poco de batalla cultural contra lo que entonces parecía el auge de una nueva hegemonía kirchnerista, especialmente en el mundo de las ideas. Terminada la pandemia y producida la catarsis: ¿qué energía encontraríamos para seguir adelante en un país tan cambiante, en un mundo periodístico y editorial sometido a cientos de desafíos, en unas vidas, las nuestras, que también estaban cambiando todo el tiempo? Y, sin embargo, acá estamos. Cada semana fue siguiendo a otra, que a su vez fue seguida por otra más. Un día nos miramos y dijimos “bueno, sigamos”.

En estos dos años, mientras observábamos y reportábamos sobre el creciente patetismo y la crueldad infinita de este gobierno, encontramos no sólo un público al que le gustaba lo que hacíamos. Encontramos también una comunidad, que se puso al hombro nuestro proyecto delirante y nos permitió (esto ya no es una metáfora) llegar hasta donde estamos ahora. En octubre de 2021 lanzamos nuestro programa de socios, sin saber cuánto apoyo íbamos a conseguir. Les estábamos pidiendo a nuestros lectores que nos dieran plata sin ofrecerles demasiado a cambio: sólo les dijimos “si te gusta lo que hacemos, ayudanos a seguir”. Y lo hicieron. Primero tímidamente, después a borbotones. Hoy nuestros socios pagan casi tres cuartos de nuestro presupuesto, que usamos casi entero para pagarles a nuestros editores, nuestros autores y nuestros geniales ilustradores. El resto se lo seguimos pidiendo a amigos que creen en nuestra visión y en la que conversación que queremos dar.

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Aquella amenaza de hegemonía, potenciada por el consenso alrededor de la cuarentena y la popularidad de un gobierno sin rumbo ni principios, hoy ya no existe: fue derrotada política, social y electoralmente en estos dos años. Cosas que parecían imposibles de decir en 2020 hoy se volvieron parte del sentido común de buena parte de la dirigencia política, los líderes de opinión y la sociedad en general. Por ejemplo, que el proteccionismo extremo que tenemos es una estafa a los argentinos, que los planes sociales eternos e intermediados políticamente son un modelo injusto y fracasado, que la violencia política entre 1973 y 1976 (bajo gobiernos democráticos) es un asunto sin resolver o que las empresas públicas no pueden ser deficitarias para siempre. O, más sencillamente, que un Estado no puede tener déficit todos los años, algo que hace cinco años decían sólo unos pocos economistas –y, nobleza obliga, el ex presidente Macri– y hoy es parte del discurso, habrá que ver con cuánta convicción, de una parte no menor del oficialismo.

Estas ideas, absolutamente inexistentes en la conversación pública hace unos años y susurradas apenas durante el gobierno de Cambiemos, hoy son parte del mainstream intelectual, excediendo por mucho a los dirigentes de la oposición. Incluso empieza a popularizarse una idea que ha sido central para Seúl en todo este tiempo, reflejada en las contribuciones de autores como Jorge Bustamante, Sebastián Mazzuca y Luis Alberto Romero: que un problema estructural de nuestra democracia y nuestra economía es la captura del Estado por parte de una serie de corporaciones que lo usan para su provecho y perjudican a la inmensa mayoría de la población. Y que la principal expresión política de esas corporaciones ha sido, a pesar de sus ladridos, el peronismo en todas sus variantes, pero especialmente el kirchnerismo.

No sé cuánta influencia tuvo Seúl en este cambio de clima, pero lo que puedo decir sin dudas es que, como mínimo, lo hemos acompañado. Publicamos desde el principio artículos sobre (contra) el régimen de Tierra del Fuego, sobre la inviabilidad del modelo actual de Aerolíneas Argentinas, sobre la soberbia de ex guerrilleros que siguen defendiendo la violencia política y, sobre todo, estuvimos alerta ante los intentos constantes del kirchnerismo por rehacer nuestra democracia a su antojo, buscando llevarse puestas a instituciones como el Poder Judicial o la libertad de prensa.

No sé cuánta influencia tuvo ‘Seúl’ en este cambio de clima, pero lo que puedo decir sin dudas es que, como mínimo, lo hemos acompañado.

Otra cosa de la que nos dimos cuenta –y que, en lo personal, tomo como un aprendizaje– es que vale la pena dar la pelea, no rendirse ante la supuesta fortaleza del relato kirchnerista. Es cierto, como hemos visto en estos días, que todavía son capaces de forzar a grupos amplios a publicar proclamas en defensa de Cristina –artistas, científicos, ¡psicólogos!–, pero el truco cada vez les funciona menos y toda su coreografía parece cansada, repetitiva, obsesionada con el pasado y las conspiraciones. En el kirchnerismo ya no hay una idea de futuro o una visión de país: sólo hay un cultura de enfrentamiento, una narrativa paranoica, una mística barrabrava. Es lo único que le queda a su modelo narrativo-político. Por eso hay que ocupar los lugares que van dejando: sin timidez, con convicción y con orgullo, pero también, en lo posible, con foco en las ideas y el respeto. Porque nuestro objetivo principal no tiene que ser discutir con kirchneristas y ganarles (algo que además es imposible, no sólo en la política): el objetivo principal tiene que ser lograr la centralidad de nuestras ideas –lo más brevemente posible: la defensa de la democracia liberal y la economía de mercado– en el discurso público, en las mentes de quienes toman decisiones y en sectores cada vez más amplios de la población.

Y en buena parte lo hemos logrado: nadie puede negar que el sentido común sobre qué debe hacerse en la Argentina se ha corrido. Ahora hay que aprovechar ese envión y seguir empujando. Nosotros, desde Seúl, haremos el mayor esfuerzo posible.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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