VICTORIA MORETE
Domingo

Un cambio para el futuro

Los resultados de las reformas no serán instantáneos, pero la Argentina tiene hoy una oportunidad quizás inédita para poner en marcha los cambios que necesita.

Argentina atraviesa una crisis tan profunda, expresada en tantas dimensiones diferentes, que de ella parece surgir una oportunidad. Hoy se pueden llevar adelante cambios que antes no parecían posibles. Por primera vez aparece alguna chance de terminar con la Argentina corporativa, con la patria subsidiada que nos aleja del desarrollo y de la libertad de elección. La agonalidad de la crisis habilita el cuestionamiento a esas vacas sagradas grabadas en nuestro ADN.

Por ejemplo, por primera vez algunos políticos nos animamos a salir a explicar por qué no es el mejor momento para crear nuevas universidades nacionales sin ningún tipo de planificación sobre las necesidades. En un país en el que la educación superior de calidad contribuyó a la generación de recursos humanos y materiales que nos volvieron competitivos a nivel internacional, negarse a la creación de cualquier universidad era hasta hace un tiempo una posición que muchos sostenían en ámbitos privados pero que sólo adoptaban públicamente aquellos a los que no les importaba poner fin a su carrera política. La enorme crisis educativa que afrontamos hoy permitió cuestionar la creación arbitraria de nuevas universidades. Se dejó de ser políticamente correcto y hubo lugar para, simplemente, decir lo correcto.

El otro ejemplo fue el rechazo a una nueva moratoria previsional. Vivimos en una sociedad acostumbrada a pedirle a papá Estado que solucione cualquier problema, injusticia o desigualdad que pueda existir. ¿Qué hacemos con las personas que no lograron juntar los años necesarios de aportes para jubilarse? En el pasado, se les dio igual una jubilación, decisión irresponsable porque el Estado no tiene el dinero suficiente para un gasto previsional tan elevado. Ahora, por primera vez, algunos políticos nos animamos a decir que nos oponemos a una nueva moratoria previsional. Por supuesto, hubo quienes nos acusaron de querer matar ancianos, pero también hubo muchísimos ciudadanos que respaldaron esta decisión difícil porque entendieron que no se puede sostener un Estado que siga gastando más de lo que tiene.

Tuvimos que sufrir la peor crisis educativa de nuestra historia para poder decir en voz alta que no hay que crear nuevas universidades en este momento.

Tuvimos que sufrir la peor crisis educativa de nuestra historia para poder decir en voz alta que no hay que crear nuevas universidades en este momento y de esta forma, y tuvimos que sufrir las consecuencias de muchos años de un Estado deficitario para entender que esas deudas las pagamos entre todos. Hoy una parte de la sociedad entendió ambas cosas, y eso nos acerca más a la posibilidad de cambio. Aquí radica la esperanza.

También hay algunos números que nos permiten ilusionarnos. Tenemos un piso del 42% de argentinos que quieren que la Argentina cambie. Tenemos 116 diputados y 33 senadores, que en este momento sirven para frenar los peores intentos del kirchnerismo, y que esperamos que luego de las elecciones de este año se transformen en un número suficiente para llevar adelante las transformaciones necesarias.

Atravesar el desierto

Por supuesto, no será magia. Todos los que comprendemos el proceso sabemos que será de largo aliento. Hay una imagen del Antiguo Testamento que retrata bien el desafío que tenemos por delante: la del momento en que los judíos atravesaron el desierto, dejando atrás la esclavitud y alcanzando la Tierra Prometida. Los que escaparon hicieron un gran esfuerzo individual y colectivo para que sus hijos tuvieran la posibilidad de estar en un lugar mejor.

La esperanza argentina implica un enorme sacrificio, del tipo del que uno está dispuesto a hacer sólo por el bienestar de su prole. Si hacemos todo lo que necesitamos hacer para salir adelante, los próximos años van a ser duros. No podemos negar ni subestimar los desafíos que tenemos por delante, aun cuando sea más marketinero decir que va a ser indoloro y que la ciudadanía no tendrá que sacrificar aún más cosas. Pero es falso.

La fiesta que hay que pagar no la disfrutamos la mayoría de los argentinos y eso hace que sea injusto que ahora el esfuerzo tenga que venir de todos. Por eso el gobierno tiene que ser el primero no sólo en hacerlo, sino incluso en exagerarlo. Cuando el gobierno sea el primero en hacer el esfuerzo, la sociedad va a recibir una señal que nunca antes vio y eso ayudará a generar confianza y esperanza, porque lo que esta vez no va a pasar es que se le pida a toda la ciudadanía enormes esfuerzos mientras otros privilegios permanecen incuestionables. Viviremos algo nuevo en la Argentina: se va a construir un orden para que los sacrificios de hoy se traduzcan en bienestar de mañana.

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La única posibilidad que tenemos de lograr eso es derribando todas las injusticias y regímenes especiales al mismo tiempo, hacer cumplir el precepto liberal de que ante la ley somos todos iguales. No se puede vencer a las corporaciones una a una, porque sus privilegios no son casualidad, los consiguieron gracias a sus fortalezas. Para cambiar la Argentina se necesita acabar con los privilegios existentes de forma simultánea porque, si no se hace así, siempre el lobby sectorial será lo suficientemente fuerte como para exigir “con la mía, no”. Cuando las reformas son tan sustanciales que el tablero con el que se juega ya no es el mismo, las chances de lograr transformaciones son mucho más altas.

Lo primero que se necesita es la decisión política para hacerlo. Este es un punto fundamental: el populismo y el corporativismo no han sido monopolio del kirchnerismo. En ocasiones, Juntos por el Cambio actuó siguiendo las recetas del populismo y también selló intereses corporativos. Estos males de la democracia no sólo se encuentran en el oficialismo actual: son parte de la forma de ser de la Argentina y, en ocasiones, JxC tomó el camino fácil y no los combatió.

Esto no puede volver a suceder, porque tenemos una última ficha y la tenemos que aprovechar, combinando de forma transparente nuestras ideas con nuestras prácticas. Si nos vamos a equivocar, al menos arriesguémonos a equivocarnos de forma diferente, porque si actuamos de forma parecida a como actuamos hasta ahora, lo único que lograremos serán resultados similares: una política que administre la decadencia argentina en lugar de una política que realice un cambio que nos permita tener un país con más oportunidades y libertad, en el que tengamos ganas de que vivan nuestros hijos.

No hay que inventar nada

Nuestro país está lleno de experiencias políticas que se plantearon a sí mismas como refundacionales. Pero ya Alexis de Tocqueville mostró cómo incluso la Revolución Francesa –que se planteó como un quiebre total frente a todas las experiencias previas– tuvo muchas continuidades respecto del Antiguo Régimen.

El gobierno que viene va a tener el desafío de hacer muchas cosas de forma muy diferente de como se vienen haciendo, pero no tendrá que inventar nada. Hay en nuestra historia un acervo a recuperar para hacer un futuro diferente. Se podría plantear como referencia una nueva construcción del Estado nacional que tuviera la impronta que tuvo el roquismo, o la búsqueda de reformas institucionales que ayuden a la transparencia de la representación del saenzpeñismo; un país abierto al mundo y exitoso económicamente como fue el de Alvear podría ser un buen ejemplo, como también se podrían destacar los niveles de la educación y la salud pública de gobiernos como los de Frondizi e Illia.

Es más disruptivo no darles tanta centralidad a las etapas de nuestra historia política y buscar la identidad en nuestra historia social.

Sin embargo, es más disruptivo no darles tanta centralidad a las etapas de nuestra historia política y buscar la identidad en nuestra historia social. Somos la fuerza política que cree en los valores que tuvieron nuestros padres y abuelos, que llegaron a la Argentina huyendo de países pobres y en guerra y acá fueron recibidos por una nación que les dio la oportunidad de trabajar, de educar a sus hijos y asegurarse un futuro mejor. Somos la Argentina del esfuerzo, los que estamos dispuestos a sacrificarnos para conseguir lo que queremos, los que sabemos que las cosas cuestan y es necesario pagar por ellas porque nada es gratis, los que creemos en el mérito como ordenador social y los que estamos dispuestos a hacer lo que sea necesario para que a nuestros hijos les toque un país mejor que el nuestro.

Somos los hijos y nietos de los que emigraron de Europa hacia acá y de los que abandonaron sus pueblos para mudarse a las principales capitales provinciales en busca de un futuro mejor. Con trabajo y esfuerzo ellos consiguieron lo que se proponían, al igual que sabemos que lo vamos a lograr nosotros. Nunca estuvimos en una situación peor: hoy son nuestros hijos los que quieren dejar el país para tener un futuro con más posibilidades. Por eso debemos esforzarnos más que nunca, para que irse del país sea una opción para quienes quieran hacerlo pero que deje de ser una necesidad para cualquiera que pretenda tener un futuro mejor.

Solución política

Hoy la Argentina no es un país de clase media. La mitad de los jóvenes son pobres y, mientras los países vecinos pueden mostrar cifras de crecimiento en las últimas décadas, nuestros números espantan. Pero los valores que nos hicieron un país exitoso siguen inscriptos en nosotros: la importancia de la educación, la cultura del trabajo, la relación virtuosa entre la tierra y la economía. Tenemos un capital social, cultural y humano que, por suerte, logró mantenerse pese a décadas de empobrecimiento material. Lo que se necesita es una política que tenga la capacidad de responder a los problemas de los ciudadanos.

Desde comienzos del siglo XX, políticos e intelectuales plantearon que en la Argentina convivía una sociedad sana —trabajadora, honesta, esforzada─ con una clase política enferma, más preocupada por el personalismo y la competencia por el poder que por solucionar los problemas del país. Siempre se pensó que había que encontrar formas para que la sociedad participara más activamente de la política, para que la contagiara con sus atributos positivos y lograra regenerarla. Esta idea es muy tentadora y todavía hoy se sigue sosteniendo. Pero es falsa.

Una sociedad virtuosa no está logrando, y posiblemente nunca logre, que su virtud contagie a la política. Las razones son muchas.

Una sociedad virtuosa no está logrando, y posiblemente nunca logre, que su virtud contagie a la política. Las razones son muchas. En primer lugar, porque la mayoría de las personas no quieren participar en política. Quieren vivir tranquilos, compartir su tiempo con las personas que quieren, encontrar un trabajo que, en la medida de lo posible, les guste y les permita pagar las cuentas, y llevar adelante una realidad cotidiana centrada en ellos y sus seres queridos. Es lo más natural del mundo y también lo más deseable, porque sólo a los totalitarismos les gustan las sociedades militantes. Los que creemos en las democracias liberales queremos que las personas tengan la posibilidad de elegir su presente y su futuro con la mayor libertad posible, y eso lleva a que sólo una minoría elija la política como forma de vida.

Por otro lado, que ciertos valores sean frecuentes en la sociedad no significa que puedan trasladarse a la esfera política, porque en general ahí se desvirtúan. En términos de Bourdieu, la política es un campo, y en tanto que campo tiene sus propias formas, actores, códigos y mecanismos. Por eso, es falso que para transformar la política se necesite una sociedad virtuosa que le transmita sus valores. Lo que se precisa es un sector dentro de la clase política que tenga verdaderamente la intención de transformar sus modos de funcionamiento, sus prácticas y sus objetivos.

El problema no es la grieta

La política está ensimismada en sus propias discusiones. Un ejemplo es el de la “grieta”. Según las encuestas, la mayoría de los ciudadanos no están preocupados por la grieta, lo que les preocupa es que la política no les resuelve ninguno de sus problemas. Entonces cuando escuchan a algún político hablar de la grieta, parte de la ciudadanía puede pensar que terminar con ella es la solución al problema. Hay mucho de pensamiento mágico ahí. Si las diferencias entre unos y otros son verdaderamente profundas ─yo estoy segura de que sí─ la grieta no se puede cerrar o no resultará sencillo cerrarla.

En Argentina conviven, desde mediados del siglo XX o aun antes, ideas nacionalistas, estatalistas, con una impronta económica guiada por diferentes mecanismos de subsidios y carentes de sensibilidad con las instituciones republicanas, con otras ideas centradas en las libertades individuales, una integración virtuosa con el resto del mundo democrático, una apertura económica que propicie el crecimiento y el desarrollo, la generación de empleo sustentable y la igualdad ante la ley. Entre ambos “modelos” (llamémoslos así por economía de lenguaje) no hay un diálogo posible, no existe un punto medio que permita el acuerdo.

Sería fantástico vivir en un país en el que existan políticas de Estado y acuerdos que no se quebraran cuando cambia el partido en el poder. Muchísimos países tienen eso, incluso vecinos nuestros, y son aquellos a los que mejor les va. Pero en la Argentina hay un lado de la grieta que discute el capitalismo, la propiedad privada, la división de poderes y que, cuando pudo ─por ejemplo, durante la pandemia─ cercenó fuertemente libertades y derechos individuales. No hay nada que discutir con quienes sostienen esas ideas y luego impulsan prácticas acordes. Lo que se debe hacer es ganarles. Y, una vez que se accede al gobierno, hacer bien las cosas, mejorar la vida de los ciudadanos y trabajar todos los días para la reelección. Porque, tal vez, después de ocho años o de doce años de buenos gobiernos, los que están del otro lado de la grieta no van a tener chance de volver con sus ideas, van a tener que modificarlas y adaptarse al siglo XXI, tanto en materia económica como en libertades y pluralismo.

Así la Argentina no tendrá más gobiernos populistas. Pero para eso es necesario impulsar cambios necesarios y urgentes, con la certeza de que no se puede seguir pactando con los que se pactó hasta ahora ni entablando diálogos con los que permanentemente los quiebran.

 

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Sabrina Ajmechet

Licenciada en Ciencia Política y doctora en Historia. Profesora de Pensamiento Político Argentino en la Universidad de Buenos Aires. Diputada nacional por la Ciudad de Buenos Aires (JxC).

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