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Domingo

Sueños capitales

El viernes se cumplieron 35 años de la ley para llevar la capital a Viedma. El proyecto de Alfonsín nunca se pudo implementar, pero sigue flotando en el imaginario como una cuenta pendiente.

Dicen que los santos cometen siete pecados por día,
yo tendría siete errores por día.
Hay una equivocación que, sin embargo,
es fundamental a mi criterio,
porque impidió el traslado de la capital.
Yo me dediqué demasiado tiempo a planificar
y me tendría que haber ido aunque sea en carpa;
al sur, al mar y al frío, como decía.
–Raúl Alfonsín

 

En 2006 se estrenó el documental Yo, presidente y murió el Proyecto Patagonia o, al menos, Raúl Alfonsín, su mayor y más férreo impulsor, volvió a echarle tierra a la sepultura. La figura de la carpa y el presidente a la vera del Río Negro, soñando con la segunda república, es tan romántica como entonces impracticable. Pese a eso, ya sea la visión, el empuje o el convencimiento cimentaron un “qué hubiera sido” en el inconsciente colectivo nacional como pocos otros proyectos fallidos en la historia.

El viernes se cumplieron 35 años de la aprobación de la ley que declaraba capital de la República a los núcleos urbanos “erigidos y por erigirse” en el área de las ciudades de Carmen de Patagones, Viedma y Guardia Mitre. Estos terrenos habían sido previamente cedidos por las provincias de Buenos Aires y Río Negro, cumpliendo así con los requisitos constitucionales previstos para el caso. La ley nunca llegó a efectivizarse, pero ha dejado un impacto tal que regularmente aparecen proyectos que buscan que “se instrumenten los mecanismos necesarios para el traslado del Parlamento”, el último en 2019. ¿Por qué volvemos a este proyecto? ¿Acaso ese halo místico responde simplemente a la fuerza discursiva de Alfonsín, que con un “es indispensable crecer hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío” logró persuadir a millones de que aquel “improvisado y pobre” plan, como lo describe Juan Carlos Torre en Diario de una temporada en el quinto piso, era el destino manifiesto de una nueva Argentina que daba sus primeros pasos en la consolidación democrática?

¿Acaso ese halo místico responde sólo a la fuerza discursiva de Alfonsín, que con un “es indispensable crecer hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío” logró persuadir a millones?

La cuestión capital es de larga data y nos acompaña irresuelta o emparchada desde la génesis, o incluso desde el big bang, de nuestro país. La puja entre los ranchos y la ciudad frente al mar dulce, entre los recursos de aduana y las hermanitas pobres, y toda una lista frondosa de analogías para suavizar el conflicto entre la metrópolis y el resto del país es el problema que subyace y continúa desde los primeros intentos de alcanzar algo parecido a la organización nacional. No por nada, a poco de asumir como presidente, Bernardino Rivadavia impulsó la federalización de un territorio, similar al que hoy ocupa lo que se denomina el Área Metropolitana de Buenos Aires, para convertirlo en capital y a su vez dividió la campaña de la entonces provincia adyacente en dos, con capitales en San Nicolás al norte y Chascomús al sur, creando de hecho dos unidades administrativas inexistentes. Esta solución, que duró lo que su presidencia –poco y nada–, se fue repitiendo en los subsiguientes intentos de ordenamiento institucional.

En la Constitución de 1853, en su artículo 3, justo después de adoptar la forma representativa republicana federal y asegurar el sostén al culto católico apostólico romano, se definió que “las autoridades que ejercen el Gobierno federal residen en la Ciudad de Buenos Aires, que se declara Capital de la Confederación por una ley especial”. Situación compleja de resolver cuando dicha ciudad está en un territorio que se define a sí mismo como un estado aparte, el estado de Buenos Aires. Cepeda y pacto de San José de Flores mediante, y con la vuelta de la hermana mayor a la confederación, una comisión examinadora de notables, entre los que estaban Mitre, Sarmiento y Vélez Sarsfield, comenzó a evaluar cómo se insertarían los vencidos en la constitución vigente. Es así como los vencidos comienzan a recuperar en el escritorio lo perdido a la vera del arroyo por las armas, y uno de los artículos actualizados es justamente el 3°, que pasa a decir algo menos taxativo sobre la localización del gobierno federal: “Las autoridades que ejercen el Gobierno Federal residen en la Ciudad que se declare Capital de la República por una ley especial del Congreso, previa cesión hecha por una o más Legislaturas Provinciales del territorio que haya de federalizarse”.

Esta ley definitiva se hizo esperar y, en los 20 años que van hasta 1880, la cuestión tuvo un importante protagonismo en el Congreso, donde varias fueron las ciudades que casi logran alzarse con el cetro de capital. Con más de una decena de proyectos de ley, incluso con varios aprobados en el Congreso, el camino de las alternativas a la Reina del Plata fue cuesta arriba. Mitre vetó el traslado a Rosario, y Sarmiento hizo lo propio con Rosario y con “Rivadavia”, una ciudad a fundar en las inmediaciones de Villa María, Córdoba. Finalmente en 1880, tras la revolución y al costo de miles de vidas, halló su final el período del Gobierno Nacional como huésped de la provincia de Buenos Aires y se federalizó la ciudad.

Este recorrido histórico, que puede haber parecido una digresión, no lo es tanto. Uno de los más acérrimos críticos a la federalización de Buenos Aires desde su banca de diputado provincial fue Leandro N. Alem, a la postre fundador de la Unión Cívica Radical, que cual oráculo y entre barbas dijo, contraponiendo los efectos centrípetos de la decisión que veía inevitable: “La centralización, atrayendo a un punto dado los elementos más eficaces, toda la vitalidad de la República, debilitará necesariamente las otras localidades; y como muy bien dijo Laboulaye, es la apoplejía en el centro y la parálisis en las extremidades”. Este punto citó Alfonsín al retomar el proyecto cien años más tarde.

Ojos en Canberra y Brasilia

Si bien durante este hiato de cien años el tema no dejó de resultar provocador, presentándose proyectos varios y recibiendo el calor de los ejemplos en el mundo, como Sydney y Canberra a principios de siglo, fue el traslado capital en Brasil el que se convirtió en un faro. De resultados más concretos, de la mano de Juscelino Kubitschek y su Plan de Metas para impulsar el desarrollo nacional, y con antecedentes históricos similares, mudando el centro de poder de Río de Janeiro, la costa, a Brasilia, el interior del país; el ejemplo de la ciudad diseñada por Lucio Costa y con los edificios de Oscar Niemeyer fue una referencia ineludible. Sin embargo, no es hasta la vuelta de la democracia que se dieron las circunstancias para impulsar el proyecto, que no se presentó sólo como un traslado capital, sino con un paquete de medidas más amplio.

Para reconstruir un federalismo afectado por este crecimiento amorfo, la nueva capital sería acompañada por la creación de una nueva provincia: Tierra del Fuego.

El 15 de abril de 1986, frente al Consejo para la Consolidación de la Democracia, Alfonsín llevó adelante la presentación en sociedad del anteproyecto de traslado de la Capital. Sin embargo, su discurso no se limitó a eso. En cadena nacional, el Presidente mencionó la creación de una nueva provincia del Río de la Plata que incluiría a la ciudad que dejaba su puesto. Citando la predicción de Alem, destacó el desarrollo de la megalópolis “que fue poco a poco invadiendo, paralizando, o distorsionando las fuerzas de todo el país, ha significado en los hechos una deformación del sistema político nacional y del núcleo de creencias y conceptos fundamentales que dieron origen a nuestra nación”. Para reconstruir un federalismo afectado por este crecimiento amorfo y compensar la extrema vulnerabilidad de la Patagonia es que la nueva capital, Viedma, se iba a ver acompañada por la creación de una nueva provincia, Tierra del Fuego. La modernización y descentralización del Estado junto con una reforma constitucional también fueron parte de la alocución, en la que puntualmente pide colaboración al consejo para abordar la situación de la nueva provincia metropolitana y su configuración conurbana.

Sabemos que, algo más de un año más tarde, el proyecto finalmente aprobado dejó en el camino buena parte de las características mencionadas, hasta verse reducido al traslado de la capital, que eventualmente fracasaría una vez que el Ente para la Construcción de la Nueva Capital (ENTECAP) fuera derogado a los pocos meses de asumir Menem la presidencia. De todos los puntos mencionados, sólo la provincialización de Tierra del fuego en 1990 y la reforma constitucional en 1994 llegarían a término.

Durante mucho tiempo se dijo que nada impedía que el proceso de traslado se reiniciase, incluso en 1997 Alfonsín jugó o se ilusionó con esa idea ante un eventual triunfo de la UCR en las elecciones de 1999. No obstante el impulso irreductible, las leyes provinciales que cedían los terrenos a la Nación traían bajo el brazo una fecha de caducidad en caso de que no se concretara el proyecto; el traslado ya estaba para entonces trunco.

Salir del laberinto

Desde la reforma constitucional de 1994 y la autonomía porteña, el gobierno federal ha vuelto, de alguna manera, a la situación de fines del siglo XIX de vivir de prestado en residencia ajena. Se especuló con un destino federal santiagueño recientemente, desde el Ejecutivo nacional, y revisando proyectos de la última década están quienes reflotan el pasado reciente o incluso el decimonónico, y quienes traen nuevas opciones al abanico de posibilidades capitalinas. Hoy, para reflotar el sueño alfonsinista, habría que iniciar el proceso de cesión de tierras nuevamente, como un primer paso. Proyectos no faltan, la fantasía cotiza, aunque la información precisa escasea. La disolución del ENTECAP, como sucede con muchas cosas, se llevó consigo un acervo de información difícil de hallar. La revista Summa durante fines de los ’80 publicó una sección dedicada al proyecto y este año el director Jorge Leandro Colás prepara un documental.

En el citado libro de Torre se cuenta con crudo detalle cómo fueron las conjeturas y las idas y vueltas en torno al discurso del anteproyecto, las carencias, los puntos flojos y la terquedad del presidente que había abrazado la idea, con una importante cuota de romanticismo a los ojos del entonces morador del quinto piso. Quizás incidental, previamente, meses antes de enterarse de la existencia del proyecto, el autor le escribe a su hermana y se pregunta: “¿Por qué este país tiene que estar permanentemente acosado por las convocatorias a grandes designios, a grandes desafíos? ¿Por qué la historia argentina tiene que desenvolverse como una sucesión de gestas heroicas o, para usar otra imagen, funciones de ópera?”. Páginas más tarde, y ante una encendida defensa del presidente del proyecto, ve a un hombre enamorado de una idea, de una historia, de su historia y halla su respuesta; una persona que ha encontrado un catalizador para expresar, en un destino, el propio y el de los que cree representar.

Hoy el Ejecutivo parece presidir sobre el AMBA, vive donde están los votos y se focaliza principalmente allí, como un intendente con banda.

Pero, entonces, ¿qué hacer? Pronto estaremos por cumplir el bicentenario de la solución rivadaviana y seguimos con el problema a cuestas. ¿Es acaso la solución al centralismo mudar la capital? Quien conozca Brasilia podrá decir que es una ciudad que claramente fue pensada para otro tiempo y que su rigidez no le permite adaptarse. Más cerca tenemos nuestra propia historia, con una capital trasladada: La Plata. En este caso, la cercanía con su antecesora creó otro problema. El cómo y el dónde parecen ser elementos clave. Viedma tenía un ideario geopolítico, pero los alrededores de Villa María, Córdoba también.

La pregunta puede ser otra: ¿necesita el gobierno federal un espacio propio para moverse y gobernar, sin ser huésped de nadie? La tecnología parecería indicar que no. Descentralizar es posible, pero al mismo tiempo hoy el Ejecutivo parece presidir sobre el AMBA, vive donde están los votos y se focaliza principalmente allí, como un intendente con banda. Es un laberinto del que más temprano que tarde tendremos que salir, ya sea creando nuevas unidades administrativas, o mudando la capital, o ambas.

Alfonsín no dejó de añorar nunca ese lugar al que no pudo, no supo o no se atrevió a ir, contra toda crítica, así sea en carpa. Su solución a un problema real quedó trunca, pero subsiste el conflicto irresuelto del desarrollo desigual, la megalópolis que concentra recursos y un federalismo que no puede articularse porque sus partes no funcionan bien entre sí. Pensar el mediano plazo, ya no el largo, nos obliga a volver a plantear estas cuestiones. Viedma no era la salida del laberinto, pero supo darle alas a Ícaro.

 

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Santiago Rodríguez Rey

Licenciado en Ciencia Política y Gobierno (UTDT), Máster en Marketing, Consultoría y Comunicación Política (USC). Hizo los podcasts La banda presidencial y Hay que pasar el invierno para La Nación.

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