LEO ACHILLI
Domingo

¿Sirven para algo los debates presidenciales?

Sí, pero no para convencer al ciudadano de que cambie su voto.

Influyen los debates en los electores? Los debates generalmente son leídos como una contienda en términos de vencedores y vencidos. El enfoque temático suele centrarse en si un candidato u otro primó en la competencia. Al final del día, la pregunta de fondo es sólo una: ¿tuvieron relevancia para modificar la intención de voto? Esta pregunta es necesaria pero insuficiente. En primer lugar, porque se enfoca en la relación lineal entre el debate y la obtención de votos por parte de tal o cual espacio. En segundo lugar, porque se posa en analizar la necesidad de la oferta política antes que en la demanda ciudadana. Como tal, termina siendo una agenda partidocéntrica y resultadista.

A los fines de comprender el impacto integral de los debates, esta es una mirada estrecha, dado que para los partidos más pequeños, los nuevos candidatos, e incluso la ciudadanía, los debates tienen otras influencias como la variación en el nivel de conocimiento de los candidatos, la variación de su imagen o el conocimiento temático de sus posturas. Como tal, aquella mirada es imprecisa en sus efectos.

En nuestra agenda de investi­gación nos preguntamos sobre tres efectos posibles de los debates sobre los electores en a) los niveles de conocimiento, imagen y posiciones políticas de los candidatos; b) la decisión del voto; y c) la intención de voto. Los resultados preliminares de la investigación muestran un impacto del debate, con diferentes intensidades, en los tres niveles: en la intensidad de la decisión, en la orientación del voto y en las ganancias cognitivas para la ciudadanía.

Ganancias cognitivas

En primer lugar, el debate visibilizó de manera tangible a los candi­datos. [N del E: se usaron para este estudio los debates presidenciales del 13 y el 20 de octubre de 2019] Pudimos observar mejoras en el conocimiento de su personalidad, de sus posiciones políticas, y de su actitud ante las posiciones políticas de los rivales.

La audiencia frente a la que se pararon constituyó una tarima sin igual que aumentó sus niveles de conocimiento entre quienes vieron el debate. Los más beneficiados por este efecto fueron los candidatos menos conocidos (Juan José Gómez Centurión, José Luis Espert, Nicolás del Caño y Roberto Lavagna). Nicolás del Caño (FIT) logró un aumento de su imagen positiva de casi 15 puntos porcentuales después del debate e incluso una mejora en el nivel de conocimiento sobre el pensamiento del candidato (del 18% al 32%). La dinámica de la imagen de José Luis Espert (Frente Despertar) es similar. El candidato liberal logró bajar su nivel de desconocimiento del 18% al 1% y lo pudo traducir a un aumento de su imagen positiva. Aún más interesante es el caso de Juan José Gómez Centurión (Frente NOS): logró bajar su nivel de desconocimiento del 25% previo al debate hasta el 2 % en la previa a la elección. Sin embargo, no logró capitalizar y aumentar su imagen positiva: su imagen “mala” pasó del 15% al 25%. Estos resultados pre­sentan a los debates como una horizontalización de la oferta política única dentro del ciclo electoral.

La audiencia constituyó una tarima sin igual que aumentó sus niveles de conocimiento. Los más beneficiados fueron los candidatos menos conocidos

En cuanto a la pregunta sobre las variaciones en la imagen de los candidatos, la respuesta también fue afirmativa. En los dos principales competidores, Alberto Fernández y Mauricio Macri, registramos un incremento en la intensidad de la imagen positiva, abrevando al efecto refuerzo de los debates, en un contexto de alta polarización. Respecto del resto de las candidaturas, con menores niveles de conocimiento, es interesante observar que la variación en su imagen no fue lineal. Es decir, todos aumentaron su nivel de conocimiento, pero el incremento en su imagen positiva/negativa no fue proporcional. De acuerdo a la performance percibida de cada uno de ellos en el debate, el “premio” fue mayor o menor.

Por otro lado, nos propusimos evaluar si los debates generan ganan­cias cognitivas en los electores, es decir, si incrementan el umbral de información que poseen sobre los principales candidatos y sobre los temas generales que se plasmaron en el debate. La teoría sostiene que los debates son episodios que generan un cúmulo de información, que ayudan a los votantes a tomar conciencia del estado de ciertas “variables fundamentales” como el rumbo del país, su economía o la situación social. En el estudio, encontramos aumentos en los niveles de conocimiento sobre las posiciones políticas generales de cada candidato y aumentos en la información sobre sus posturas en los bloques temáticos del debate presidencial del 20 de octubre.

Pero, ¿de qué manera aportan esta nueva información? Entre los participantes del estudio se registró un alto nivel de acuerdo con la idea de que los debates permiten a la ciudadanía conocer mejor la posición de los candidatos sobre diferentes tópicos. Según esta investigación, a través del tiempo dicha noción se consolidó: pasó de un 72% de acuerdo en el formulario predebate hasta casi un 78% en el posdebate.

Además de lograr el efecto sobre la imagen y conocimiento individua­les de los candidatos, la realización del debate permitió a los ciudadanos aumentar su conocimiento sobre los cuatro ejes temáticos planteados en el debate presidencial del 20 de octubre. Los principales beneficiarios de este conocimiento fueron los candidatos que se situaron de las terceras fuerzas que poseían un menor nivel de conocimiento general previo al debate.

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Pero, ¿qué pasó con la intención de voto? En la mayoría de los casos, si se le pregunta a un espectador quién ganó el debate, señalará al candidato por el que se inclinaba de antemano. Esta visión representa la idea de que los debates solamente refuerzan visiones preexistentes y man­tienen congelada la preferencia electoral. La teoría incluso indica que los resultados son más pronunciados a medida que nos acercamos a la fecha de la elección; esto es cuando ya no queda margen para procrastinar la decisión del voto.

A siete días de las elecciones, antes de realizarse el debate, el 67% de la muestra conformada para este estudio estaba muy segura de su intención de voto. El debate generó mayor influencia en la definición de la decisión, ya que, luego del debate, el 79% de los participantes manifestaron estar seguros de su voto. Respecto a la preferencia sobre la oferta electoral, el estudio registró variaciones de la intención de voto en los márgenes. Coincidente con la polarización intensa que caracterizó la elección, las dos principales fuerzas (Frente de Todos y Juntos por el Cambio) generan antagonismos excluyentes entre sus votantes, que hacen virtualmente imposible cualquier migración. No registramos ningún trasvasamiento de electores del Frente de Todos (Fernández) o de Juntos por el Cambio (Macri). Sin embargo, Espert y Del Caño, los candidatos de fuerzas con menor caudal electoral, lograron acaparar la atención de un segmento de los indecisos y votantes en blanco, aunque de forma limitada.

Finalmente, queda evaluar cuántos de estos efectos se sedimentan y cuántos se disuelven. Los resultados de la encuesta realizada cinco días después del debate a la misma muestra arrojaron datos interesantes, sobre todo respecto al voto: mientras encontramos una mínima variación en la intención de voto inmediatamente después del debate, esta tendió a licuarse con el correr de los días. Tal efecto es consistente con la fuerza centrífuga que tuvo la campaña en la intención de voto, y refuerza la visión de que ninguna variable tiene un poder explicativo exhaustivo en el desenlace de una elección. Como sostienen Robert Erikson y Christopher Wlezien en The Timeline of Presidential Elections: How Campaigns Do (and Do Not) Matter: “… la existencia de los efectos de una campaña es sólo la mitad de la historia. Los efectos son importantes en la medida en que su impacto sobreviva hasta el día de las elecciones. Los efectos en diferentes días pueden cancelarse. O pueden compensarse”. En tal sentido, todos los eventos son susceptibles de impactar en la decisión de los electores; corresponde a los analistas poder diferenciar en qué elección lo hacen con mayor énfasis y en cuáles con menor peso. El resultado de la elección, por lo tanto, no será la suma fija de determinados elementos, sino la agregación variable de todos los efectos de campaña que se producen en la línea de tiempo y subsisten hasta el día de la elección.

¿Cómo impactó el discurso político en los electores?

Conocer la recepción de los mensajes en la audiencia fue siempre un factor esencial de los debates. A fin de cuentas, es para ganarse el favor de la audiencia que se esgrimen argumentos y contraargumentos. Los debates presidenciales procuran ser un ejercicio de argumentación diferenciadora.

Los candidatos construyen sus posicionamientos de manera que su perfil público pueda ser distinguible de su oponente, ya sea en términos de agenda de política pública, de posiciones ideológicas o de atributos del carácter. Parece relevante estudiar la estrategia discursiva de cada candidato para comprender el tipo de posicionamiento buscado por cada contendiente. Lo difícil es registrar cuáles impactan y cómo. Parte de esta investi­gación tiene como objetivo comprender los mensajes políticos de mayor impacto. Para esto necesitábamos recoger unidades de tiempo mínimas que puedan explicar momentos de alta atracción en los electores. A su vez, tratamos de comparar los momentos de mayor o menor impacto en cada segmento de votantes y comprender los momentos de convergencia entre electores.

Los resultados del estudio nos permitieron identificar mensajes de refuerzo, que son aquellos con alto impacto en el segmento de votan­tes de cada candidato; mensajes de ampliación, que impactan tanto en los votantes propios como en los segmentos ajenos; y por último, mensajes transversales, que performan con altos niveles en más de tres segmentos de votantes. El refuerzo fue la norma para los dos principales contendientes, Mauricio Macri y Alberto Fernández, y la ampliación de la ventana para las terceras fuerzas.

Los principales hallazgos de nuestro estudio confirman la polari­zación intensa entre Mauricio Macri y Alberto Fernández. El discurso del presidente en ejercicio genera una impugnación automática entre los seguidores del Frente de Todos (Alberto Fernández), mientras que los votantes de Mauricio Macri aprobaron el mensaje de su candidato y rechazaron sistemáticamente las palabras de Alberto Fernández. Esto representa de forma visual la ausencia de vasos comunicantes entre estos espacios políticos. El “electrocardiograma de la grieta” presenta reacciones al discurso simétricamente espejadas.

Por esta razón, entre los discursos políticos de mayor impacto posi­tivo en el total de los participantes del estudio, se registró el de Nicolás del Caño, un candidato de una tercera fuerza. Esto se debe a que las terceras fuerzas no provocan, en promedio, tanto rechazo automático en los dos polos y pueden llegar a audiencias mayores que las de sus votantes directos.

Dinámica interna del debate y aporte de información

De los datos relevados entre los participantes del estudio, se des­prenden dos conclusiones básicas respecto del evento: en primer lugar, se registra un consenso elevado sobre la utilidad del debate como medio para obtener información sobre los candidatos y, en segundo lugar, el formato actual de debates es percibido como “rígido” por parte de la ciudadanía. A rasgos generales, las primeras impresiones sobre la dinámica propia del debate presidencial son negativas. Los datos cuantitativos relevados al finalizar el debate registran que las respuestas más elegidas fueron “aburrido” (7%), “previsible” (6%), “pobre” (6%), “mediocre” (5%), “intrascendente” (5%) y “acotado o limitado” (5%). Cabe destacar que la pregunta implementada era de formato abierto, por lo que las categorías de respuesta se fueron configurando sobre la base de las expresiones libres de los encuestados. Las impresiones positivas son escasas en general, y entre ellas se des­tacan: “interesante” (6%), “democrático” (4%) y “constructivo” (3%).

Estas primeras impresiones mayormente negativas entran en contradic­ción con la pregunta “¿Cuánto le gustó el debate?” Al ser consultados en este sentido, casi el 80% de los encuestados expresó que el debate le gustó “algo” (54%) o “mucho” (26%).

El formato de debate presidencial instaurado desde el año 2015 obtiene un importante consenso sobre su utilidad como medio para obtener información político-electoral. El 36% de los encuestados lo señalan como un medio de comunicación válido, y queda en segundo lugar en las preferencias. Al ser consultados en este sentido, el 48% de los encuestados contestó que el debate les aportó “algo de información”, mientras que un 11% aseguró que les aportó “mucha información” y un 13% “poca información”. Sólo un 13% expresó que el debate no les aportó “nada de información”.

El formato de debate presidencial instaurado desde el año 2015 obtiene un importante consenso sobre su utilidad como medio para obtener información político-electoral.

En el primer lugar de las preferencias aparecen las entrevistas de los candidatos en TV, con casi el 55% de las menciones. Es posible que la dinámica propia de las entrevistas sea más “amigable” con la ciudadanía al momento de ordenar los mensajes y la información que los candidatos desean comunicar al electorado. Empatadas en tercer lugar aparecen las coberturas periodísticas en general y los discursos políticos de los candidatos en campaña, ambas con el 23% de las preferencias. En cuarto lugar, con casi el 22% de menciones, están los comentarios y discusiones en redes sociales entre conocidos.

Respecto del formato elegido para el debate presidencial, casi un 42% expresó que el mismo le gustó “algo” y un 16% que le gustó “mucho”. Por otro lado, un 42% de los encuestados sintió que el formato le gustó “poco” y “nada”. Ocho de cada diez encuestados recomendaría ver el debate presiden­cial. También se consultó a los encuestados sobre posibles modificaciones en el formato de realización del próximo debate presidencial. Por ejemplo, casi el 90% está de acuerdo con la posibilidad de que los ciudadanos comunes sean quienes formulen las preguntas dirigidas a los candidatos que participan. Además, tres de cada cuatro encuestados considera que el formato debería incluir más tiempo para que haya cruces entre los candidatos.

Estas dos últimas variables relevadas podrían indicar que el formato actual es percibido como demasiado rígido por la ciudadanía. Dicha rigidez también parece ir en línea con la preponderancia de las percepciones de “aburrido” y “previsible” que se analizaron previamente.

Conclusiones

Los debates presidenciales, como ritual de la política democrática moderna, procuran representar públicamente una serie de principios. El primero de ellos es que el debate pacífico puede reemplazar a la violencia como medio para zanjar las diferencias políticas. Sin importar cuál sea la intensidad de las diferencias políticas o la naturaleza de las divergencias, siempre es posible debatirlas pacíficamente. Cuando los candidatos eligen debatir públicamente simbolizan que es posible “estar de acuerdo en estar en desacuerdo”.

El segundo principio subyacente es que los debates brindan información y proveen conocimientos para que los electores tomen una decisión informa­da. Este principio implica cierta obligación del ciudadano para hacerse con la información pública necesaria, pero también un imperativo tácito de la liturgia electoral moderna: las campañas brindan información a la sociedad.

Estos dos principios se encuentran bastante distantes de la curiosidad instrumental de la intención de voto que es, sin embargo, el foco más ha­bitual en los estudios de los debates presidenciales, por lo que se posa el ojo más en la necesidad de la oferta política que en la demanda ciudadana.

Con el objetivo de ampliar la mirada sobre los efectos, el presente estu­dio procuró realizar un abordaje que diera respuestas sobre el impacto de los debates en cinco niveles, tanto en a) el ciclo de atención pública; b) el nivel de conocimiento de los candidatos y de sus propuestas de los candidatos; c) el impacto del discurso político; d) la intención de voto; y e) la evaluación general del formato y la dinámica del debate dentro de los participantes.

De los resultados podemos sintetizar, en primer lugar, que los debates presidenciales generan un ciclo de atención pública de alta resonancia. Frente a una sociedad cada vez más reticente a las campañas electorales, se presentan como grandes episodios multimediáticos que generan un cúmulo de información.

Frente a una sociedad cada vez más reticente a las campañas electorales, los debates se presentan como grandes episodios multimediáticos que generan un cúmulo de información.

En la actualidad, el reto para la agenda de investigación sobre las campañas electorales es poder distinguir los eventos que unifican tanto la atención del público cómo de los medios dentro de un proceso electoral y no de uno o el otro. Los debates se presentan como eventos que generan altos ciclos de atención pública, saltando los consumos informativos segmentados de las pequeñas audiencias y unificando los archipiélagos de noticias del ecosistema mediático actual. Sus repercusiones noticiosas, comentarios, memes y posteos, por distintas vías, visibilizan de manera tangible a los candidatos a presidente. Este efecto parece ser particularmente relevante para los partidos más pequeños y para los nuevos candidatos que buscan aumentar sus niveles de conocimiento e incrementar su imagen.

En segundo lugar, hemos evaluado si los debates generan mejoras en el conocimiento de la personalidad de los candidatos, de sus posiciones políti­cas, y eventualmente alteran la opinión de los electores ante las posiciones políticas de los rivales. Los resultados encuentran evidencia afirmativa en las tres dimensiones, aunque los más beneficiados por estos efectos son los candidatos con mayor nivel de desconocimiento.

Estos tres hallazgos sitúan a los debates como un evento masivo que horizontaliza la competencia por el espacio mediático. La audiencia frente a la que se posicionan los candidatos de fuerzas con bajo caudal electoral constituye una tarima sin igual.

En tercer lugar, analizamos el impacto de las estrategias discursivas de los candidatos tendientes a visualizar los niveles de diferenciación pública que persiguen y sus consiguientes efectos. Cada uno de los candidatos pro­curó construir su posicionamiento de manera que su perfil público pueda ser distinguible de su oponente, ya sea en términos de agenda de política pública, de posiciones ideológicas o de atributos del carácter. No registra­mos un debate político repleto de zonas comunes e intentos de acercarse al centro sino todo lo contrario: un debate con altos niveles de contraste político. A los fines de sus efectos, hemos visto que la polarización tamiza el impacto del discurso político.

Por último, en cuanto a la intención de voto, los hallazgos son con­sistentes con otros estudios, la variación en la intención de voto se da en los márgenes, con baja estabilidad. Lo cierto es que toda estrategia de abordaje que busque aislar un solo factor como determinante de la intención de voto se encuentra con un cuello de botella. Los debates no pueden tomarse como un evento único y aislable, sino como parte del largo y complejo proceso electoral. Generan ciclos de alta atención temática que forman parte del contexto interpretativo dentro del cual el elector toma la decisión de votar. Este es el valor herestético de los debates: pueden no cambiar el contenido de la decisión de un votante, pero sí los criterios usados para tomarla.

Tal vez, las preguntas más valiosas de futuros estudios no haya que buscarlas en la ganancia política, sino en el enriquecimiento de la sociedad. Quizás la conclusión más valiosa de la investigación es que los debates incrementan el conocimiento público de los ciudadanos, a través de un evento con altos niveles de audiencia, y les brindan una enorme visibilidad a las ofertas políticas menores, que horizontaliza la competencia política. Todas estas son razones para ubicar los debates como parte de las elecciones presidenciales y, esencialmente, son incentivos para seguir estudiándolos.

 

Fragmento del libro Debatir para presidir, compilado por Daniela Barbieri y Augusto Reina (Eudeba)

 

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Daniela Barbieri

Es socióloga (UBA) y magíster en Comunicación Política (GWU). Se especializa en investigación de opinión pública y estrategias de comunicación para campañas electorales, instituciones y gobiernos.

Augusto Reina

Es politólogo (USAL) y magíster en Ciencia Política y Sociología (Flacso); doctorando en Ciencia Política (UCM). Se especializó en comportamiento electoral en la Universidad de Milán y en campañas electorales en KAS-Berlín.

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