ELÍAS WENGIEL
Domingo

Fitito Coppola

La nueva biopic sobre el famoso manager de Maradona muestra todas las ventajas de una ficción construida a partir de anécdotas, pero también sus limitaciones.

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Voy a abrir esta nota sobre Coppola, el representante, la nueva miniserie de seis capítulos construida a partir de anécdotas (Star+), con un breve comentario que nos va a llevar a otra anécdota. Una a la que llegué buscando una punta para tratar de entrarle a esta novedad del streaming que ya se perfila como un gran éxito de público y que recibió muchos elogios de la crítica, pero que a mí me dejó más bien perplejo: no porque no haya advertido sus méritos —que los tiene— sino por la dificultad para entender exactamente por qué me parece que la serie promete más de lo que cumple. En cualquier caso, apenas terminado el último capítulo de Coppola, tuve en claro que me resultaría difícil reseñarla con el formato de una crítica tradicional.

Pues bien, la anécdota en cuestión se dispara con el enésimo guiño de la serie a los espectadores de la Generación X: se trata del tema que musicaliza el momento culminante de la separación entre Guillote y Diegote, la escena en la que un devastado representante ve partir en su camioneta a su representado en un plano cenital desde el balcón de su departamento. Es el final de esta historia, es seguramente la clave que contiene y revela los conflictos más íntimos de los personajes, que explica su proceder, la razón última de todo lo que hemos visto a lo largo de los seis episodios. Y lo que suena durante esos breves minutos es “la canción de Socolinsky”, la célebre cortina del programa de televisión “La salud de nuestros hijos”.

Ya no puedo recordar cómo era escribir antes de Google, pero en esta época es posible guglear “canción de Socolinsky” y encontrar información relevante. Primer dato: ya había sido usada en Relatos salvajes, en la escena en la que Bombita Darín se sienta en un bar luego de haber dejado activada su trampa explosiva. Me pareció genial, porque no lo recordaba y ya me había quedado con ganas de hablar mal de Relatos salvajes en mi anterior nota sobre Nada (no encontré la forma de meter un bocado sobre esa película sin que resultara forzado o tuviera que gastar 5.000 caracteres adicionales en un rodeo argumental).

Ya no puedo recordar cómo era escribir antes de Google, pero en esta época es posible guglear “canción de Socolinsky” y encontrar información relevante.

Segundo dato: la canción puede encontrarse con el título “Aire libre”, interpretada y firmada por un tal Lucien Belmond. ¿Y quién era Lucien Belmond? Y acá la revelación de la anécdota: no era nadie, no existía ni existió, es un nombre inventado por unos músicos cordobeses en los años ’70 para robarse un tema del hoy ignoto músico alemán Grafi Deutscher (la historia completa la escuché en este breve podcast). Sería genial entonces imaginar una escena en la que hoy, en 2024, tres o cuatro boomers mediterráneos se juntan a comer un asado regado con fernet y vuelven a recordar entre risas, también por enésima vez, de la vez aquella que le kirnerearon una canción a un alemán culiau y todo terminó convertido en una de las cortinas más famosas de la historia de la TV local. Y todo esto sin que nadie sospechara siquiera de la maniobra y sin que nadie conozca aparentemente al día de hoy sus verdaderas identidades.

El modesto hallazgo de esta historia es una buena manera de apreciar las posibilidades, límites, ventajas y desventajas del anecdotario como género narrativo. Después de todo, con la trampa de aquellos cordobeses nunca se hará una serie, pero el mecanismo de robarle un tema a un alemán es esencialmente el mismo usado por cualquier tahúr competente. Por ejemplo, por uno que dice haber sido capaz de pasarlos al cuarto a don Enzo Ferrari y al presidente del Napoli con la compra de una Ferrari negra.

En todo caso, la decisión de cerrar Coppola con la canción de Socolinsky me pareció uno más de los muchos gestos cancheros a los que la serie parece recurrir para deslindar responsabilidades y subrayar que lo que estamos viendo no es más que un gran entretenimiento, una sucesión de anécdotas divertidas llevadas a la pantalla y ejecutadas con suma competencia técnica. Algo así como esas fiestas de disfraces temáticas de los ’80 y ’90, pero con el generoso presupuesto que Disney le puede aportar a su sucursal regional. La serie parece abrir una y otra vez el paraguas para evitar reclamos por una mayor densidad o profundidad en su tratamiento, pero resulta también que en muchos otros aspectos (en la elección misma del personaje, en sus reflexiones acerca de los mecanismos de los ámbitos del fútbol, la fama y el poder que representa, en sus recortes temporales, en el arco narrativo que se detiene justo antes del estallido de diciembre de 2001), Coppola parece señalar que tiene otras ambiciones, que nos quiere decir otras cosas. En todo caso, no se sabe del todo bien cuáles.

(A propósito: ¿hay un modo correcto de usar una canción pop a la que hace rato que se le pasó el cuarto de hora y en un presente dado oscila ya entre el kitsch y el consumo irónico? Es desde luego algo muy personal, pero para mí no hace falta ir hasta la última escena de Los Soprano, se puede ver otro gran ejemplo en Historias Extraordinarias, de Mariano Llinás: con su inevitable toque sarcástico, pero perfectamente integrado a la historia en general y a la escena en particular.).

Uno de los méritos indudables de la serie es la actuación de Juan Minujin. Al evitar el recurso fácil de la mímesis o la caricatura, hace un gran aporte para que su Guillermo Coppola se parezca más a un personaje de una ficción que a un avatar rejuvenecido de la persona real. El acierto se repite en el caso de Santiago Bande, a quien le toca interpretar al joven Coppola de sus comienzos como empleado bancario en ascenso, si bien contaba con la ventaja de que aquel Coppola era alguien que aún estaba lejos de ser una presencia constante en los medios y reconocible para el público.

Hay también una reconstrucción muy meticulosa del ambiente de cada época, que funciona mejor cuando se instala como un fondo natural y no tanto como un chiste subrayado. Los seis capítulos de la serie se animan al juego paródico con un montón de formatos, géneros, subgéneros y estéticas pop, es igualmente competente en la recreación de todos ellos pero, otra vez, la serie se tienta con hacer una de más. Es comprensible, por ejemplo, que el largo episodio del joven Coppola aparezca como un insert que ocupa casi todo el capítulo de Maradona en Cuba: abrir la serie respetando la cronología de los hechos podría haber espantado a los espectadores del streaming, por lo que resulta más conveniente empezar por Nápoles, la Ferrari y Silvio Berlusconi (además, representar a Diegote y Guillote en Cuba es algo casi imposible de resolver en términos prácticos y un camino a la sordidez que la serie prefiere evitar). Lo que sí resulta otro guiño-chiste-referencia molesta es el “envase” del insert como película falopa de la productora Aries enlatada en el canal Volver.

Es comprensible, por ejemplo, que el largo episodio del joven Coppola aparezca como un insert que ocupa casi todo el capítulo de Maradona en Cuba.

Algo parecido pasa con la estética retro al estilo de Winning Time, la serie que recrea a los Lakers de Magic Johnson. Más allá de que los tonos ocres, los dorados y el clima de disco-baby-disco se adaptan mejor a los ’90 de la convertibilidad argentina que a la malaria proteccionista de los ’80, hay un efecto igualmente devaluatorio cuando la alegría y el descontrol se bailan al ritmo de “Gomazo” en lugar de Earth, Wind & Fire. Pero está bien, era lo que había.

Así y todo, otro problema de Coppola es que en esto sí hay quizás un pecado de mímesis: la serie muestra sexo, droga y rocanrol —como en Boogie Nights, El lobo de Wall Street y tantas otras—, pero la impresión que me quedó es que le falta nervio para trasmitirla. No necesariamente porque las escenas de sexo o las líneas de cocaína aspirada resulten escasas; no se trata de cantidad, sino, tal vez, de intensidad. Las fantasías y la fascinación que se supone que provoca el anecdotario coppolo-maradoniano no parecen  tener correlato en la pantalla. Incluso la destrucción total de la mansión de Barrio Parque se percibe como una lista en la que se van tachando ítems: pirotecnia, incendios, ravioles, pintura en aerosol, asado en el parquet, puteadas de los vecinos, gente rota de múltiples maneras. En los papeles, la fiesta inolvidable, pero en la serie cuesta entusiasmarse. Será que estoy grande, pero me pongo más del lado de Susana, que putea porque no puede dormir por el escándalo.

Las anécdotas del mundo del fútbol son algo así como una variante de la definición del humor que Woody Allen pone en boca de Alan Alda en Crímenes y pecados: son escándalo o historia prohibida más tiempo. La proscripción del Papu Gómez de la Scaloneta de hoy será el material cómico del Luzu de 2032. Y tienen otra ventaja: no hace falta que sean ciertas, alcanza con que sean graciosas y tengan protagonistas pesados. Tanto Maradona como Perfumo nos pudieron contar el patadón que le dio el Mariscal al Pelusa y su frase al ir a levantarlo (“No te duele nada, pibe, ¿no?”); que ellos dos nunca se hayan cruzado realmente en una cancha es lo de menos.

Y así es como a las anécdotas de los boomers (el Coco, el Bambino, Mostaza, Guillote) se les suman las de los X (el Cabezón Ruggeri), y el género hace todo el recorrido que va de la información deportiva de último momento al meme y el Tik Tok. No es raro entonces que un día los escuche a mis hijos en edad de primaria repitiendo entre ellos como chiste “el Johnnie Walker Blue Label, es un elisssir”. A ver, mocosos, ese señor es Alfio Basile, campeón del mundo con Racing, nos sacó del infierno de la B, nos hizo ganar la Supercopa, fue bicampeón de América con la Selección: más respeto.

Dijimos antes —y es algo que todas las críticas favorables señalan— que la serie maneja bien la presencia fantasmal de Maradona. Es casi siempre una voz en el teléfono, alguien que está encerrado en una habitación y no quiere abrir o no se lo puede molestar, una imagen fugaz en un noticiero. El problema es que el Coppola de ficción pasa una buena parte de su tiempo definiéndose a sí mismo como manager del Más Grande y actuando efectivamente como su niñero, médico, asesor financiero, guardaespaldas, abogado, utilero, vocero, enfermero y crash test dummy. Guillermo Coppola sabe que está donde está y es quien es gracias al Diego, jamás va a renegar de eso, pero es inevitable que el personaje caiga en el agotamiento y la autolimitación que le impone su condición de planeta principal en la órbita del sistema del Dios Sol. Y ni que hablar cuando éste, a medida que pasan los años, pasa de estrella luminosa a agujero negro que parece devorarlo todo.

Se da entonces el efecto paradójico: Coppola la serie y el personaje Coppola funcionan mejor cuando el protagonista gana en autonomía, cuando se puede ocupar de sí mismo o cuando no necesita invocar al ídolo máximo para conquistar a una mujer imposible. En ese sentido, el segmento del Coppola joven tiene el interés de mostrar la verdadera madera del héroe, la razón por la que llegó tan lejos. Empleados bancarios simpáticos, con buen trato con los clientes y capaces de seducir a sus compañeras de trabajo ha habido miles; uno que además consiga la representación de más de un centenar de futbolistas, que asesore financieramente al presidente de Boca y que consiga la exclusividad de la máxima supernova del fútbol, hubo uno solo. Y eso es más que una anécdota: es una historia.

Yuyito en el jardín

Y claro, yo también puedo contar las anécdotas pavotas del par de veces que me crucé a Coppola en la vida real. En la primera, yo tendría 13 o 14 años y había salido a darle una vuelta al perro después de cenar. A la vuelta de casa, Coppola y Yuyito salían de una pizzería y restaurante sin mucho glamour (pero en donde era habitual verlo al Loco Gatti, por ejemplo), y caminaron para el lado que venía yo. Ni me miraron, desde ya, y en los pocos segundos en los que pude reconocerlos y observarlos llegué a notar un par de cosas: que ella era efectivamente algo imposible de entender para un simple mortal, que era notoriamente más alta que él y que él sonreía como sonríe alguien que ya es Coppola y que ya está con alguien como Yuyito. Dato, no opinión.

A los que somos espectadores del show de las castas nos toca apenas el privilegio de un encuentro fortuito e intrascendente.

El de las anécdotas es entonces un género rígidamente estratificado: vale más cuanto más alto se ubican el que narra la historia y sus protagonistas. Los “ricos y famosos” también lo son por su rol de privilegio en este sistema. A los que somos espectadores del show de las castas nos toca apenas el privilegio de un encuentro fortuito e intrascendente. En el mejor de los casos, y si las necesidades de quien sólo se mueve en la categoría superior así lo determinan, una verdulera, un médico, un pabellón de Devoto o un periodista puede acceder a una propina en dólares, una camiseta autografiada, una Playstation, un termotanque. Son las reglas, no importa si son justas o injustas. Otro dato, no opinión.

Desde que salió Coppola, el Coppola real se la pasa de acá por allá dando entrevistas y enredándose en nuevas polémicas. Que si la Pradón, que si la Callejón, que si hizo esto o aquello, qué le pareció a Susana, el emotivo mensaje de la hija de Coppola en Instagram que conmovió a todos. Previsible, desde luego, si basta con repasar un poco el archivo histórico de chismes, escándalos y noticias sensacionalistas para comprobar que Guillermo Coppola ha tenido una presencia constante en los medios de comunicación como pocas otras figuras públicas en los últimos 40 años. Hubo muchas cosas que excedieron su rol como manager de Maradona, sus conquistas o relaciones sentimentales: el “jarrón de Coppola”, desde luego, pero también su paso por la cárcel, sus relaciones con los notables de aquel sistema-espejo del maradonismo llamado menemismo, la amistad con Poli Armentano y las controversias relacionadas con su asesinato. Y siempre con la sombra del narco, los negocios sucios, la Camorra. Y cosas que hasta parecen irreales, como el encuentro de Maradona con Muamar Gadafi en el casamiento del hijo de éste. No se perdió una, Guillermo. Estuvo en todas.

Mi otra anécdota pavota con Coppola. Yo tendría ya unos 25 y una madrugada llegaba con unos amigos a uno de esos boliches de los Arcos a donde iba a pasarla mal porque qué sé yo, había que ir y amigos son los amigos (guiño). Mi estado no era de mucha sobriedad, pero en el medio del gentío alcancé a verlo a Guillote que salía del lugar en un estado bastante peor, tambaleándose. Me causó mucha gracia verlo en público en una situación tan poco elegante para sus propios parámetros y me empecé a reír, de manera quizás un tanto ostentosa. Fue entonces cuando noté que sus ojos se clavaban en los míos y sentí un frío en la espalda: me miró con furia y desprecio, no podía admitir que un gil cualquiera se riera así de él. Supe entonces que no habría propina en dólares ni una pelota firmada para mí, sino algo que llegó unos segundos después: un piñón hermosamente colocado en mi sien izquierda por algún integrante de su entourage.

A golpes se hacen los hombres, está todo bien, loko, no pasa nada, hay que aprender a respetar. Y la anécdota del piñón no sé si no vale más que una Playstation.

 

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Eugenio Palopoli

Editor de Seúl. Autor de Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas (Blatt & Ríos, 2014) y Camisetas legendarias del fútbol argentino (Grijalbo, 2019).

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