“PYONGYANG”, GUY DELISLE (LA EDITORIAL COMÚN)

Señales de Pyongyang

Una primera semana agitada, llena de mensajes lindos de apoyo y agradecimiento. Y también de los otros.

Como creemos que un medio es, antes que casi cualquier otra cosa, una comunidad de lectores, queremos comentar los sábados en este espacio las interacciones que tuvimos durante la semana con quienes están de acuerdo con lo que dicen nuestros colaboradores pero también (especialmente) con los que no. Si en estos días, entonces, tenés algún comentario para hacer sobre nuestras notas, dejanos un mensaje en el formulario de contacto y tendrás un espacio estelar en esta sección.

Tuvimos una primera semana agitada, con reacciones diversas, gente que entendió todo desde el principio y gente que se vio confundida, quizás en su buena fe, por algunas de las cosas que fuimos publicando.

Una confusión que notamos fue respecto al nombre de nuestra revista, sobre todo en Twitter, y sobre todo de usuarios con simpatías oficialistas, que tomaron literalmente el nombre de Seúl para decirnos que Corea del Sur no es el modelo de desarrollo que nosotros pensamos y que, en realidad, no tiene nada que ver con el supuesto liberalismo o republicanismo que nosotros defendemos. Qué giles estos liberales, parecían decirnos, se ponen de nombre la capital de un país que no tiene nada que ver con lo que ellos proponen. ¿No ven lo burros que son?

Dos cosas tenemos para decir sobre esto. La primera es que la historia de éxito de Corea del Sur es mucho más discutible de lo que esto heterodoxos industrialistas proteccionistas argentinos quieren mostrar. Sobre todo porque incluyó distintas etapas, algunas más cerradas (hace medio siglo) y otras más abiertas (más recientes), pero lo cierto es que Corea del Sur era un pantano olvidado hace 70 años y hoy es uno de los países más ricos del mundo, con una economía basada en la inversión, el conocimiento y el comercio internacional. Y es un país democrático, más allá del modelo que dio origen a su conversión en tigre asiático, primero, y en país del primer mundo después.

Insistimos, de todas maneras, en que esto no es lo importante. El nombre de Seúl no tiene nada que ver con la Seúl real o la Corea del Sur real, sino que es un chiste sobre otro chiste, inventado hace años precisamente por uno de nuestros editores, Diego Papic. El chiste original era la idea de Corea del Centro para definir a quienes intentaban hacer equilibrio entre el kirchnerismo y Cambiemos, eligiendo siempre (o casi siempre) una posición equidistante entre ambos espacios, como si la verdad estuviera siempre a mitad de camino entre unos y otros y ninguno de los dos grupos tuviera nunca razón.

El nombre Seúl, entonces, es un comentario sobre Corea del Centro, un país imaginario, que sólo existe en nuestras cabezas y que se popularizó tanto en los últimos años que dos de los periodistas que mejor encajaban en ese perfil, Ernesto Tenenbaum y María O’Donnell, se apropiaron del nombre con humor y le pusieron así a su programa de televisión. (Antes, Jorge Fontevecchia había patentado el nombre para usar en su canal.)

Además de ser un chiste, que pronto será olvidado, porque las marcas de los medios se van llenando de contenido con el tiempo (nadie se acuerda por qué Página/12 se llama Página/12 y todo lo que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en Página/12 viene de nuestra experiencia como lectores, no de la idea original), el nombre Seúl sí tiene un componente serio y es una declaración de principios. Ese componente serio es que nos definimos como defensores de la democracia y las instituciones republicanas, por un lado, y de un capitalismo basado razonablemente en el funcionamiento de los mercados y el comercio internacional. Comparada con Pyongyang, Seúl es indudablemente más democrática y más próspera. 

algo que estaba faltando

Aclarado este punto, estamos muy contentos con las respuestas que recibimos en nuestra primera semana, de los lectores que nos dieron la bienvenida, se suscribieron a nuestro newsletter y nos siguieron en las redes. Y también de los más de 100 lectores y posibles colaboradores que nos escribieron para ofrecer sus textos y sus ilustraciones. Estamos revisando esos mails y respondiendo cada uno.

Algo que destacan muchos lectores, en el correo y en las redes, es que venían esperando desde hace tiempo una publicación como Seúl. Nos dicen que no había, en el paisaje de medios digitales argentino, una revista de ideas y opinión fuera de la órbita oficialista y que necesitaban un lugar, un refugio, donde encontrar ideas y argumentos que los ayudaran a pensar mejor sobre nuestra política y nuestra vida en común. Agradecemos mucho esta confianza, y esperamos estar a la altura.

Dos parrafitos finales para la exagerada reacción que nuestra salida generó en las cohortes kirchneristas o afines. Tranquilos, muchaches, venimos a conversar civilizadamente, con nuestras ideas y nuestros argumentos. Si están en desacuerdo con algo que decimos, aceptaremos las críticas e intentaremos mejorar. Pero ninguna de las burlas y los insultos que recibimos en estos días –muchos de ellos, antes de que hubiéramos publicado una sola nota– estaban relacionados con nuestro contenido. Las críticas y el ñañañeo iban dirigidos a nuestra propia existencia, como si no fuera posible para una revista como nosotros, hecha por personas como nosotros, participar de la conversación pública en términos respetables. Somos cuatro gatos, no se pongan nerviosos.

De todas maneras tenemos que admitir que un poco nos gustó tanto revuelo y tanto nerviosismo. Hasta Digamos, el canal kirchnerista de Telegram, les mandó a sus 5.000 seguidores un mensajito para venir a incordiar. Fue halagador, porque siempre es divertido llamar la atención, incluso de quienes nos critican. Y al mismo tiempo un poco deprimente, porque volvió a mostrar los problemas que tienen los populistas con la mirada ajena y con quienes no piensan como ellos.

En síntesis: una semana agitada, llena de buenos deseos públicos y privados y con críticas y subestimaciones de parte de la gente correcta. Ahora empieza lo más difícil, que es sostener la expectativa y hacerla crecer. Téngannos paciencia, que recién estamos arrancando y todavía quedan muchos melones por acomodar.

 

 

 

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