Domingo

God save Patricio Rey

Una sola banda del mundo se parece a los Redondos: los Smiths.

La banda más parecida a los Redondos no se encuentra, obviamente, entre ninguno de sus émulos. Querer replicar su sonido y su fantasía verbal es ya una cosa boba, una confusión entre esencia y apariencia que, en el mejor de los casos, sólo puede lograr una semejanza superficial. Una comparación digna no necesita una banda que “suene parecido” sino una que posea eso que los Redondos tenían de inimitable, un mismo modo de ser singular. Si los Redondos son únicos en su país, tendríamos, por lo pronto, que buscar otra banda que fuera única en el suyo. Y, siendo nuestra historia rockera más afín a la británica que a la gringa, no debería sorprender que esa banda se encuentre en Inglaterra: son los Smiths. Quizás no sea la más, sino la única parecida. Y si lo decimos al revés quizás suene más desafiante: la única banda parecida a los Smiths son los Redondos. Los paralelismos están por todos lados y nacen y crecen de ese par de almas bipartitas que forman en un caso el Indio y Skay y en otro Morrissey y Johnny Marr. Empecemos por ellos, entonces.

Ambas duplas son una rareza en la historia de las duplas. Desde Jagger y Richards a Axl y Slash, pasando por Page y Plant o Mercury y May, por Roger Daltrey y Pete Townshend o David Lee Roth y Eddie Van Halen o cualquier otro ejemplo que uno quiera, el dúo cantante-guitarrista siempre fue patrimonio del rock más clásico, más “orgánico”, de ese rock macho y canónico del que también forman parte Johnny y Joey como derivación punk u Ozzy y Tony Iommi como derivación metalera. Quizás Bono y The Edge fueron la primera gran pareja en apartarse un poco de ese camino, pero incluso ellos comparten un único mundo musical, sin que eso que los une se riña también con algo que los separa.

Si Johnny y Skay son bichos de la guitarra, Morrissey y el Indio son, en cambio, bichos de “las artes”.

El caso de los Smiths y los Redondos es raro, primero porque su música no se inscribe directamente en el rock clásico; y, segundo, porque aquí la voz y la guitarra parecen venir de mundos distintos y en cierto modo inconmensurables. No salieron, como Steven Tyler y Joe Perry, del mismo huevo. Si Johnny y Skay son bichos de la guitarra, Morrissey y el Indio son, en cambio, bichos de “las artes”, dos tipos con una sensibilidad que no se inclina única o principalmente hacia la música y que, como es sabido, es de corte netamente literario e intelectual. No es que entre las duplas rockeras no hubiera lectores, pero ese interés era marginal dentro de su música. Y si bien la new wave tenía mucho de intelectualoide, se trataba de un aspecto integrado naturalmente a la banda entera, fuera esta Talking Heads, Devo, Wire o –lo dice ya el nombre– Orchestral Manoeuvres in the Dark. En los Redondos y los Smiths, en cambio, los guitarristas son más guitarristas y los poetas son más poetas, de modo que uno y otro polo se acentúan y separan: van juntos, pero por caminos distintos. Su química está en esa tensión.

El caso de los Redondos tiene la rareza adicional de que el rock argentino no conoce muchas duplas de voz y guitarra. Stuka y Pil o Iorio y el Tano Marciello no ocupan la primera plana de nuestra historia. Sumo es una banda de individuos dominada por uno solo. Los Cadillacs, con Flavio y Vicentico, podría contar como ejemplo, pero un bajo no es una guitarra y, además, ahí hay demasiado carnaval como para concentrar la identidad de la banda en dos figuras. Los Redondos parece ser la única gran banda argentina comandada por un dúo.

Poetas urbanos y locales

Ahora bien, si una dupla es espejo de la otra, Skay se refleja en Johnny y el Indio en Morrissey. La similitud entre los dos últimos va más allá de que sean frontmen misteriosos y esquivos, aunque habría que ver en ello algo más que una coincidencia anecdótica. Es un primer rasgo atípico en una profesión extrovertida. Pero más que eso, Morrissey y el Indio son semejantes porque aportan el ingrediente autóctono, lo que una y otra banda tienen de específicamente argentino o inglés y, por eso, lo que tienen de más único. No podría ser de otro modo: el rock es un lenguaje demasiado general y no puede ofrecer una caracterización tan fuerte, tan fina como la que dan la voz y la palabra. Siempre será más local una jerga que un yeite. (De hecho, la falta de carácter de mucho rock europeo se manifiesta ya en su hábito de reemplazar el vernáculo por el anglosajón.)

Ambos cantantes tienen eso que –ya que estamos– resume tan bien el idioma inglés con el vocablo “quirk, y que nosotros deslucimos al traducir como “peculiaridad”. La voz nerviosa, tirante del Indio; la monotonía y los alaridos desubicados de Morrissey: tan raros los dos que parecen intrusos en la música, incapaces de cantar como es debido y de amalgamarse del todo con el resto de los instrumentos. Lo expresa también su forma de moverse en el escenario, con sus lentos meneos, sus bailes interrumpidos, una mano en el aire o las dos simulando una guitarra, girando el cuerpo sobre un solo pie, siempre de camisa. Todo indica que no son del palo pero que igual harán lo que les venga en gana. Introvertidos, aparatosos, pero frontmen al fin.

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Quizás la extravagancia era su modo de anunciar lo que traían de nuevo: un universo poético para los años ’80, una lírica urbana, de calle, ciudad y suburbio, acuñada con un lenguaje ostensiblemente local, trabajadamente inglés o argentino. Oscar Wilde y el sinnúmero de escritores que informan las letras de Morrissey no sólo aportan recursos estilísticos: están ahí para hacer de lo inglés (no obstante Wilde) un tema, para hablar del inglés como idioma y cultura y destacar al mismo Morrissey como hombre de las letras inglesas y del English wit and humour, de esa habilidad para igualar lo terrible con lo banal, lo profundo con lo cotidiano, siempre con la elegancia de la ironía. El inglés antiguo se mezcla con el coloquial, se habla de la reina y de “Dublin, Dundee, Humberside”, se recuerdan los “Manchester schools” y lo que se vio en “Channel Four” y se proclama, como si hiciera falta, que “England is mine and it owes me a living”, porque todo se recubre acá de englishness. El mundo de Morrissey es el de su ser nacional.

El caso del Indio es más difícil porque lo que tiene de particularmente argentino es, en parte, lo que tiene de escurridizo. Sería ingrato decir que las letras del Indio son puro chamuyo, pero también valen porque el chamuyo, la labia, no les son ajenos. Participan de esa inteligencia nebulosa, de cierta propensión argentina por el manierismo discursivo, por un floreo críptico que se remonta al menos a Yrigoyen y que también cultivaron, por ejemplo, Martínez Estrada u Horacio González, Spinetta o Bochatón. Pero esos circunloquios también tienen un sentido directo. ¿No encontramos ahí una forma de soberbia porteña (o platense) que, como suele hacer el Indio, le canta la justa a un “vos” o a un “nene” al que mira desde arriba? Más aún, ellos redoblan la oscuridad de la música con enigmas y acertijos, crean un imaginario de personajes y palabras que forman “lo ricotero” y refuerzan así todo lo que de idiosincrásico tiene la banda, incluida su argentinidad.

Por eso, mucho más que en algunas palabras puntuales como el “bulo”, el “bondi” o el “chumbo”, mucho más que en “los boluditos de la luna” o la “piba con la remera de Greenpeace”, el decir argentino de los Redondos está en el hecho de haber creado un lunfardo propio. “Ñam Fri Frulis”, “drogocops”, “capitanes Buscapina”, “mariposas Pontiac”, por no mencionar toda esa serie de firuletes retóricos que en parte dilucidó Capusotto y que no hace falta citar porque ya todos conocemos. Que las frases del Indio se hayan incorporado a nuestra cultura nac&pop termina de confirmar hasta qué punto han tocado un nervio nuestro.

Héroes de la guitarra

Pasando a los guitarristas, ellos son el anclaje en el rock, la unión inmediata con la tradición musical y, por eso, figuras más típicas que las de Morrissey o el Indio. Son quienes permiten popularizar la altisonancia de sus cantantes, llevar al gran público a esas figuras de sangre azul. A ellos también los une el hecho de haber desarrollado un estilo sumamente individual, haberse consagrado como héroes del instrumento y distinguirse siempre de su entorno inmediato.

En un país más armónico que pentatónico, con más acordes que riffs, el de Skay es un caso improbable: una suerte de Jimmy Page local, no tanto por su destreza ni por un legado que, ajustado a nuestras fronteras, podría ser comparable, sino por haber forjado una identidad singularísima y un repertorio inmenso y memorable con los recursos más habituales de la guitarra rock. (Comparar con un caso como el de Mollo, que, según sus propias palabras, no tiene riffs). Skay no sólo tiene más riffs bajo la manga que cualquier otro violero argentino; los suyos son más suyos. No hay acá riffs a lo Pappo (o a lo Page), que se confunden –a propósito y a gusto– con las generalidades del rocanrol y que abundan en nuestra música. Skay les imprime, como es sabido, la marca del desierto: “Mi padre, que nació en una zona donde hoy están los kurdos, me legó seguramente a través de los genes ese tipo de escalas de Medio Oriente. Me salen solas, me resultan familiares”, dice él. Pero ahí también suenan el circo y la ciudad, hay algo de arlequín siniestro y deambular felino, hay toda una serie de inflexiones ricoteras sobre un vocabulario común que altera de raíz el genio de Skay. Los riffs se vuelven así menos patrimonio del rock que de Patricio Rey. Son piezas de ese universo, siempre oscuro y extraño, siempre cerrado sobre sí mismo.

Los guitarristas son quienes permiten popularizar la altisonancia de sus cantantes, llevar al gran público a esas figuras de sangre azul.

Más inclinado al pop que al rock, Johnny Marr logra una magia mayor. “Ni siquiera él puede tocar lo que toca”, dijo alguna vez Noel Gallagher. Considerando el panorama inglés de entonces, con los sintetizadores a la vanguardia, con ese sonido cavernoso y dramático, era y sigue siendo insólito ver una banda que se sostuviera con arpegios a la Chet Atkins o los Byrds, imposibles de tocar para la mayoría de sus coetáneos new wave. El virtuosismo de los ’80 estaba en la velocidad, los efectos especiales, no en la delicadeza. Aun con sus capas y capas de guitarras, el sonido de Johnny es casi siempre clean y era ese un modo de enfrentar su época, de impugnar por un lado la teatralidad del pop británico y, por otro, la testosterona de la guitarra yanqui, las Harley Davidson que, en sus palabras, él siempre dejaría de lado en favor de un scooter. Era su modo de definir y delimitar el universo de los Smiths, distinguido como indie dentro del pop y como joya dentro del indie. Melodía y armonía articuladas a dos manos para que la guitarra adquiera un decir superior, irreductible a cualquier influencia y demasiado inspirado a nivel técnico y emocional como fundar una escuela y como para no marcar un hito en la historia del instrumento.

Postura política, pasión popular

La afinidad es también extra-musical. Ambas buscaron ser bandas independientes, trabajando con sellos chicos y nacionales (aunque hacia el final los Smiths, ya al borde de la separación, se pasaran a una multinacional).

Por otro lado, la construcción de un imaginario no es sólo obra de los Redondos: lo dejan bien claro las tapas de los Smiths, siempre a cargo de Morrissey (así como las de Patricio Rey estaban siempre a cargo de Rocambole). Una política de la imagen. Tomadas del cine, de revistas y fotografías, las personas que ilustran sus discos no son sólo las figuras de la cultura pop que tanto lo fascinaban; sacadas de contexto, a veces irreconocibles, se convierten en esa gente común a la que alude el nombre de la banda: “El nombre más común, porque creo que es tiempo de que la gente común del mundo muestre su cara”. Nombre e imagen son una declaración de principios, el marco para una música sin artificios, directa y sincera, orgullosamente adversa a los excesos destellantes del rock y del pop. Con eso, la banda termina de insertarse en otra tradición del arte británico: la del realismo, la que retrata y narra a la gente común desde su misma vereda. En lo que a Morrissey concierne, esa tradición va desde la novela victoriana hasta las películas de Tony Richardson y Ken Loach que incluía en sus tapas, habiendo pasado también por la fotografía y la pintura, pero bien podríamos encontrar raíces más lejanas, incluso en la filosofía empirista y antes nominalista, ceñida a las cosas que tenemos enfrente.

Lo cierto es que, otra vez, la posición de los Redondos siempre es difusa: lo que tienen en común con el peronismo es justamente lo que este tiene de lábil, de impreciso.

La sensibilidad de los Redondos comparte aquí una sensibilidad de izquierda. “El lujo es vulgaridad”. Pero, ¿qué izquierda? En Oktubre, la Argentina siempre se confundió con la Unión Soviética. ¿O era al revés? Trotsky, Mao y Lenin ilustran el libro conmemorativo que editó Rocambole, pero el Indio hoy loa al peronismo como la fuerza que “menos mal que está en el medio del sándwich entre la izquierda y los poderosos”. Lo cierto es que, otra vez, la posición de los Redondos siempre es difusa: lo que tienen en común con el peronismo es justamente lo que este tiene de lábil, de impreciso. Esa es su tradición argentina. Vemos las rotas cadenas, los fusilados de Goya, la olla popular en La mosca y la sopa, un cordero atado y un lobo suelto; escuchamos de presos políticos y vencedores vencidos y así nos formamos una vaga idea de injusticias y protestas, de opresiones y libertades, y todo ello queda fundido en un “sentimiento” que nunca se ordena de manera clara, que no logra articularse en una idea firme y libre de ambigüedades.

Una y otra banda mantuvieron siempre su significancia “política”. Su inmensa popularidad nunca logró socavar ese núcleo de resistencia, su independencia artística y el lazo directo que estrecharon con sus seguidores, que los siguen amando hoy con tanto fervor como entonces. En sus respectivos territorios, Smiths y Redondos fueron y siguen siendo una pasión popular. Que el símbolo PR y los dibujos de Rocambole hayan pasado a formar parte de nuestro paisaje urbano no es punto de comparación: ese es un fenómeno exclusivamente argentino, que excede lo musical, y es impensable en Inglaterra y acaso en cualquier otro lado del mundo. Que el Primer Ministro y los parlamentarios del Reino Unido, en cambio, se chicaneen aludiendo a los Smiths ofrece una buena medida de cuánto han calado en la cultura británica.

Lo que ambas bandas comparten es, en definitiva, una misma estructura, una misma serie de características singulares que atañen a lo musical, que lo exceden y que, al interior y exterior, siempre se configuran de modo casi idéntico.

Quizás podríamos ver en ellas un punto de inflexión, uno de los tantos cruces entre la herencia y la novedad. Son duplas tradicionales hechas de modo moderno, sintético. Así como la new wave componía sus canciones de modo aditivo, el Indio y Morrissey se suman a Skay y Johnny como piezas sin articulación que terminan naturalizándose por costumbre, sin nunca identificarse del todo. Pero, en tanto dúo, también trasladan cierto vigor del rock clásico al indie: la mística de la pareja, la fuerza desafiante de dos, de cuatro personalidades que terminan siendo tanto o más grandes que el nombre de su propia banda.

El indie nunca había estado ni nunca volvió a estar bajo el comando de un dúo a la vez tan clásico y tan inaudito.

Líderes populistas

Era inevitable que ambas duplas se separan para siempre. Las diferencias entre una y otra ruptura son menos relevantes que el hecho de que se produjeran y pusieran de manifiesto, por fin, la vocación divergente entre cantantes y violeros. Morrissey y el Indio siguieron una carrera que los destacó como estrellas, que terminó dándoles ese lujo que no sólo nunca habían adquirido del todo, sino del que en parte parecían renegar. Ambos negarían que eso desmiente su legado y tendrían razón, al menos en lo que atañe a ellos y no a la banda: viéndolos en retrospectiva, es fácil detectar el germen de su personalismo acaparador.

El Indio ofrece un nuevo ejemplo de la debilidad argentina por el líder carismático, que encarna una mística independiente de todo contenido. Peronism begins at home. Los temas de Skay siguen siendo más ricoteros que cualquiera de los suyos, pero el sentimiento popular necesita la cara y la voz del conductor, por más que las canciones viejas se coreen más que las nuevas y que luego todo termine, de nuevo, en un paroxismo mortal.

Que se acuse a Morrissey de populista ilustra la deriva de su englishness y lo emparenta nuevamente con el Indio, que también se pronuncia como nunca antes sobre la política.

Morrissey, que viene de la cuna del liberalismo, donde un parlamento le cortó la cabeza a su Rey, no puede aspirar a semejante privilegio. Así y todo, que se lo acuse de populista ilustra la deriva de su englishness y lo emparenta nuevamente con el Indio, que también se pronuncia como nunca antes sobre la política. Aunque sea una crítica ideológica y no musical, resuena demasiado bien con la figura que ha adoptado sobre el escenario, con el “Buenos Aires, I am a star!” con el que nos saludó en 2012. Su nombre gigante en luces de marquesina, él de impecable traje y camisa, con su jopo imperecedero y una voz madura y profesional: un crooner, más cerca de Tony Bennett que de su viejo yo, pero evocando de lleno el universo de mediados de siglo que siempre fueron su obsesión. Su música, sin embargo, es otra cosa y, como la del Indio, se ha vuelto más contemporánea pero menos personal.

La diferencia fundamental entre Johnny y Skay fue que el primero buscó apartarse del sonido que le dio fama mientras que el último sigue, a mucha honra, con lo mismo de siempre. Habiendo sido el más particular de los dos, Johnny ahora se vuelve el más genérico, y ninguna de sus canciones logra –como sí muchas de Skay– volver a alumbrar el viejo farol. No es ninguna falta. Lo esencial es que ambos hayan seguido dedicados a su instrumento y desarrollado una carrera solista sin grandilocuencias, propia de aquellos cuya voz natural está en las manos. También es un dato el que hayan pasado toda su vida al lado de una única mujer y que, en las disputas con sus viejos camaradas, ellos hayan sido más acusados que acusadores y hayan buscado, aunque sin frutos, alguna conciliación.

Parece una sola historia contada dos veces. Como toda gran banda, los Smiths y los Redondos fueron más que la suma de sus partes, y la enorme individualidad de cada uno de sus cuatro genios sólo pudo brillar en compañía.

Hay una foto que, según Johnny, captura el legado de su banda: durante una protesta contra el Gobierno, trepada a un vallado y erguida desafiante sobre una fila de policías, vemos a una chica con una remera de los Smiths. Habría que preguntarse si al menos el Indio no imagina el legado de los Redondos en términos similares. No es sólo una cuestión política: es la rebeldía del rock rehusándose a morir, una juventud menos etaria que espiritual y que a dos, tres décadas de distancia, aún encuentra en esa música una fuente de emoción y verdad, un símbolo que va, como diría el Indio, “en contra del sentido común”.

A todo esto, como confirmación final, faltaría una prueba auditiva: encontrar un eco, una resonancia que una lo disímil, un algo de los Smiths en, por ejemplo, “Motor Psico” o “Salando las heridas”, o un aire ricotero en “Some Girls Are Bigger Than Others” o “Stop Me If You Think You’ve Heard This One Before”. Quizás no sea imposible aguzando el oído y forzando un poco las cosas.

 

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Alejandro Grimoldi

Comunicador social. Fue periodista cultural en Perfil, El Cronista, revista G7 y otros medios. Traductor de francés, italiano e inglés, luego de obtener con honores una maestría en la Universidad de Edimburgo. Hoy da sus primeros pasos como ensayista. Guitarrista y baterista, toca en La Bundesliga.

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