VICTORIA MORETE
Domingo

Qué difícil fuiste, Henry

La muerte de Kissinger deja un vacío.

Qué difícil fuiste, Henry. Tu vida fascina a todo estudioso del poder. Te contemplé siempre atento, leyendo vorazmente tus memorias, devorando tus libros, mirando tus manos apretando a las de Mao en los álgidos ’70. Pero también, como argentino, vivo las consecuencias materiales directas de tus genialidades estratégicas. ¿Acaso no puede uno contemplar la brillantez de Bismarck cuando le tocó ser un francés aplastado en los campos de Sedán? ¿O fascinarse con las obras maestras en batalla de Napoleón, cuando le tocó ser austríaco humillado en Austerlitz? También me pregunto si los celtas no se interesaron en la asertividad de César en las Galias, o yendo a  la ficción, si Gandalf El Gris alguna vez sobreestimó el intelecto de Sauron, o viceversa.

Como argentino, maradonianamente convencido de mi vocación de grandeza, detesto lo que nos hiciste. Pero te entiendo. Asesorar al hombre mas importante de Washington implica mantener Sudamérica pendulando cerca tuyo. Me duele, pero te entiendo. Como cristiano, convencido de que el destino de los bienes es universal, detesto tu planteo de eliminar gente para que tales bienes alcancen, cuando ya alcanzan. Pero te entiendo. Asesorar al poder más grande de la historia implica asegurarse todos los recursos posibles para mantenerlo en pie. Como feligrés de la justicia y la soberanía, detesto la sangre de compatriotas derramadas en las camas de tortura. Pero te entiendo. Asesorar al hegemón del hemisferio implica mantener al continente fuera de alcance de otros, a toda costa, a cualquier precio. Me pregunto si no soy el celta que atestiguó la brillantez militar y política de César, el mismo que incendió mi aldea y me condenó a vivir en el pantano. Te admiro Julio, pero algún día saldré de los bosques nuevamente.

Cien años de testimonio

En cien años de vida, Kissinger fue testigo de todos los órdenes. Sus inicios fueron en el importantísimo puesto de asesor presidencial y Secretario de Estado, rol que asumió a partir de la invitación del mismísimo Richard Nixon, su rival político.

En las elecciones presidenciales de 1968, el demócrata Humphrey Hubert disputó el poder en las urnas contra el republicano Richard Nixon. Kissinger se encontraba, junto a Nelson Rockefeller, en el equipo del candidato demócrata. Su agudeza para comprender el mundo como ninguno, hizo que el líder republicano le ofreciera el cargo de Secretario de Estado una vez que ganó la presidencia en los comicios. Los lineamientos en política exterior del adusto menonita se acomodaban a la visión de Henry. Se veían fisuras, ya a fines de los 60’s, entre los dos gigantes comunistas, la URSS y China. La convicción de explotar esas diferencias para partir en dos la unidad euroasiática justo por la mitad, unió a los dos hombres en una misma misión.

Ser contemporáneo de un judío que sobrevivió al nazismo y que asesoró al longevo Joe Biden en 2023 es haber transitado la historia misma.

Además, la guerra de Vietnam había entrado en una fase de empantanamiento, en la cual Nguyen Giap y Ho Chi Mihn llevaban adelante una guerra de descolonización, interpretada desde Washington como una avanzada orgánica de un comunismo orquestado desde Moscú. Tal organicidad solo existía en la mente de los asesores del Pentágono, y la independencia de acción y la determinación del Vietcong transformó la península indochina en un infierno para los Estados Unidos. Salir de allí con garantías de evitar avanzadas comunistas sistémicas, era lo que nadie sabía como lograr. Ni John Kennedy, ni Lyndon Johnson. Nixon tenia planes, y necesitaba de la brillantez de Kissinger. La cumbre Nixon-Mao fue, sin dudas, la obra maestra. No solo se dinamitó la unidad de Eurasia, sino que Kissinger expuso al mundo que la multipolaridad se avecinaba en el horizonte y que China iba a irrumpir de lleno en el concierto de potencias.

Ser prudente frente a Rusia para no provocarla, y diplomático con China para no tentarla a refugiarse en Asia, fueron sus dos grandes premisas. Sus sucesores parecieron ir por el camino opuesto. Envalentonados por el triunfalismo liberal de 1991, los norteamericanos optaron por instalarse militarmente en las fronteras de Rusia y cercar China en un cordón naval por todo el Pacífico, lo que solo logró que estas potencias reaccionasen con violencia para asegurar su entorno cercano, y se unieran más entre ellas. En Washington la experiencia cubana había quedado en el olvido, la vivencia del estrés por verse cercados entre misiles ya era inexistente en los pasillos del Capitolio. Y con tal descuido, cercaron a dos gigantes esperando que no pasara nada. La virtud, diría Maquiavelo, o la prudencia, diría Hans Morgenthau, abandonaron los camarines donde otrora Kissinger telefoneaba permanentemente a todas partes del globo para mantener los balances de poder mundial en su punto exacto.

Kissinger dinamitó la unidad de Eurasia y expuso al mundo que la multipolaridad se avecinaba en el horizonte y que China iba a irrumpir en el concierto de potencias.

La gran prueba de virtud llega cuando uno se encuentra en la cima, con la potestad de hacer cumplir su voluntad. En 1991 se puso en marcha un proyecto de mundo: el Atlantista-Liberal, término geopolítico el primero, ideológico el segundo. El consenso de la expansión comercial desregulada y del crecimiento militar sin contrapartes rigieron la política exterior norteamericana. Ya no había barreras. La URSS había desaparecido, China aún no era una potencia, la India tampoco. El mundo estaba servido en bandeja. Y el poder sólo es poder si se ejerce.

El avance de esta civilización triunfante, apoteósica en términos liberales, desgraciada en términos premodernos, no reparó en que en dos décadas la jungla tendría osos siberianos recuperados, dragones orientales crecidos y elefantes hindúes desarrollados. Eurasia se volvería a poner de pie luego del gran colapso y se encontraría con las águilas de la libertad, obesas por comer en McDonald’s, instaladas en sus puertas. Kissinger, el viejo sabio, habló nuevamente a los jóvenes Clinton, Bush y Obama: no crucen ciertas líneas. Pero se cruzaron.

La presencia del anciano asesor fue una constante, y ahora dejó un vacío de expertise que no encuentra equivalentes en la política norteamericana. Justo en el momento histórico en el cual su rol en el concierto de naciones pasa a ser cuestionado en sus bases más profundas, y la colección de fracasos, desde Irak a Afganistán y de Siria hasta Ucrania, llenan el prontuario de una potencia que venció a los nazis, derrotó a los comunistas, y ahora trastabilla en territorios peligrosos.

Dejó un vacío de expertise que no encuentra equivalentes en la política norteamericana.

Kissinger vivió desde el caos de la Segunda Guerra Mundial, la consolidación del orden bifronte, y la llegada del nuevo orden multipolar, que hoy sus herederos parecen no querer aceptar, lógicamente. Su abrazo con los chinos, para embromar a los rusos; sus presiones sobre Berlín, para aflojar la tensión en Corea; su implacable dureza en Cuba, para distender las broncas en Vietnam; o su vuelo negro sobre Sudamérica, como contracara de su apoyo leal a Israel. El globo entero fue para él una gigante interconexión de nodos, la Diplomacia del Encadenamiento.

Ser contemporáneo de un judío que sobrevivió al nazismo y que asesoró al longevo Joe Biden en 2023 es haber transitado la historia misma. Las logias esotéricas dicen que la figura más elevada por excelencia en el proyecto humano, liberal y universal es la del arquitecto. Henry fue, sin dudas, un arquitecto. Diseñó, ejecutó y mantuvo al enorme rascacielos del poder americano, atlántico y liberal, como consagración laica del ideal modernista de una humanidad redimida en el disfrute de la materia.

Fue un profeta hacedor de sus propias profecías, como todo sueño iluminista que atravesó el siglo XX persiguiendo la emancipación del humano a través de la propia voluntad. Y vaya que lo logró. Admirable. Toca ahora presenciar los destinos de ese rascacielos que, desde la pequeñez de este observador perdido en un rincón de cono sur, parece verse agrietado.

Una sincera despedida

El ruso Vladimir Soloviev, en su Breve Relato del Anticristo, dice que el Joven Hermoso que personificó el poder del mal en el mundo no soportaba una sola cosa: ver a las campesinas polacas tirándose en tierra a orarle a un Dios omnipotente que no fuese él. He visto la irritación que genera en el poderoso la convicción del sencillo cuando no reconoce en él algo admirable. Irrita. Y creo, Henry, que en las vastas extensiones del mundo hay millones de silenciosos invisibles que no ven en tu rascacielos la divinidad triunfante, la realización del humano, ni la emancipación de los libres. Y el espíritu del siglo XX, si aún sigue vivo, está muy irritado. No soporta no ser admirado. Los tambores de guerra regresaron, y tu prudencia ya no está presente en esta tierra para detener las espadas de fuego que tus jóvenes estudiantes querrán blandir.

Te leí con pasión, y te agradezco por las lecciones de política que tanto me nutrieron. Tu nombre quedará junto al del Cardenal Richelieu y al de Nicolás Maquiavelo, los grandes asesores de reyes y príncipes. Te despido sin aventurarme a condenar, porque no soy juez; ni a indultar, porque no soy Dios. Solo lo hago agradecido, en nombre de todos los analistas políticos que ahora veremos cómo continúan los vientos de la fortuna sin vos.

 

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josemoyano
José Moyano

Licenciado en Relaciones Internacionales (UCC) y maestrando en Periodismo de Investigación (USAL). Analista político, columnista de radio y miembro de Fundación Córdoba Global.

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