Domingo

Insoportablemente vivo

Paul McCartney cumple 80 años y se presenta en Glastonbury. El beatle al que se acusaba de "careta", pero que fue el motor de la banda y el más interesado en las vanguardias, sigue vigente.

Las nuevas oleadas de corrección política que implican que uno debería comportarse según determinados parámetros sociales establecidos por la progresía vienen agujereadas a conveniencia. Y por esos hoyos se caen los preceptos inconvenientes en vez de establecer condiciones de noble igualdad para todos y todas. Claro que es muy malo discriminar, pero lo que esos santos patronos de la cancelación piensan –aunque no lo digan– es que hay discriminaciones buenas y otras malas.

Una de esas discriminaciones frente a las que hacen ojos y oídos ciegos es la discriminación por viejo. Ni siquiera la idea es nueva: ya la plasmó Adolfo Bioy Casares en su inolvidable Diario de la guerra del cerdo. Y también la tuvo el rock en sus primeras décadas. ¡Cómo olvidar la tragedia que significaba que los Rolling Stones llegaran a los 40 años! ¿Alguien recuerda la frase que Pete Townshend profirió en su insolente “My Generation”, himno de los mods? “Espero morir antes de llegar a viejo”. Obviamente, se retractó hace varias décadas y aún hoy sigue de gira con The Who, a sus 77 años recién cumplidos.

Hoy, Paul McCartney es un tesoro universal que ha vivido lo suficiente como para poder observar el poderío de su obra.

Ahora Paul McCartney ha llegado a la venerable edad de 80 años y además de celebrarlo, se prepara para ser uno de los principales artistas del no menos legendario Festival de Glastonbury. Hace tiempo que ha perdido esa maravillosa voz de terciopelo que ahora luce sus callos añosos en forma de rugido, más a lo Little Richard que con la tersura de “Yesterday”, pero las canciones siguen siendo mágicas. Hoy, Paul McCartney es un tesoro universal que ha vivido lo suficiente –también Ringo, que va por los 82– como para poder observar el poderío de su obra y la influencia que aún hoy ejerce sobre la música, las artes y el inconsciente colectivo. Y, aun mejor, se resiste al retiro ante la indignación de algunos chicuelos que lo preferirían en una mecedora antes que verlo desafiar al tiempo sobre un escenario. Pero al igual que la corrección política, el rock ha cambiado su ecualización por imperio del tiempo transcurrido, fenómeno conocido como experiencia.

Los Beatles se preocupaban por lo que sería de su vida a los 30; sus pares etarios sobrevivientes hoy tratan de no contraer Covid para no obstaculizar sus giras presentes (como le pasó a Mick Jagger la semana pasada). Sólo que ahora los años acumulados son un factor que cotiza: uno quisiera llegar a esa edad tan vital y activo como Paul. La gente paga cifras astronómicas para verlo a él y a sus pares porque sabe que estamos ante especies en peligro de extinción, y el recambio no parece estar a la altura. Por eso hay tanto principiante berreando contra estos monstruos que se empecinan en seguir haciendo retumbar los suelos.

El mito del careta

Paul McCartney nació el 18 de junio de 1942 y fue el primero de los dos hijos varones de Jim y Mary McCartney, que murió de cáncer cuando Paul tenía sólo 14 años. Su padre, esforzado miembro de la clase trabajadora, debió apañárselas para alimentar a su tribu con un solo trabajo. “¿Qué haremos sin el sueldo de mamá?”, dijo Paul, siempre previsor y con los pies en la tierra. Parece un comentario insensible por parte de un adolescente que perdió a su madre, pero también era una muestra de adultez prematura. Y es esa sensatez la que lo llevó a ser catalogado como “el careta” de Los Beatles.

El que se interesaba por John Cage, por las nuevas tendencias y las novedades del arte siempre fue Paul.

Eso siempre viene acompañado por la falsa convicción de que John Lennon era el revolucionario, el que pensaba fuera de la caja, el vanguardista. Una falsa creencia: el que se interesaba por John Cage, por las nuevas tendencias y las novedades del arte siempre fue Paul, y por eso Yoko Ono golpeó primero su puerta antes que la de John. Pero, una vez más, la sensatez: ante el pedido de unas partituras para hacerle un regalo a Ornette Coleman, McCartney dijo que tendría que consultar con John (coautor de todas sus canciones con Los Beatles) y le propuso que hablara con él, y el resto es historia. Paul también fue el generador del delirio psicodélico de Magical Mystery Tour y de los sonidos de falsas gaviotas (hechos con cintas cortadas y reconstruidas al azar) de “Tomorrow Never Knows”.

Equivocado o no, Paul McCartney siempre fue el motor dentro de Los Beatles. Es más: fue el más feliz de ser un beatle, el que nunca hubiera querido que aquella historia hermosa se tornara agria y se terminara, como ahora lo podemos ver en Get Back, esa increíble serie de Peter Jackson que mostró el lado claro del cuarteto cuando solo había prevalecido el lado oscuro que nos dejó Let It Be.

Paul también fue el que se dio cuenta de que estaban en una trampa cuando se separaron y no pudieron dividir lo ganado en cuatro partes. Para poder hacerlo, uno de ellos tendría que demandar a los demás. ¿Quién querría ponerse el traje de villano mundial aun cuando fuera absolutamente necesario? En un punto, ese momento es parecido a la Argentina actual, donde todos quieren que el país cambie pero no están dispuestos a cambiar para que ello ocurra. Bueno, en 1970 Paul tuvo los huevos para demandar a sus ex compañeros y varios años más tarde los demás le reconocieron que había tenido razón en sospechar de Allen Klein, ese mánager que los engatusó aprovechando la bruma que cubría sus relaciones interpersonales.

Después de Los Beatles

Durante los años post-Beatles, Paul fue el que tuvo una carrera solista consistente, con altibajos, con discos bochornosos y gloriosos, con sus dramas personales (la pérdida de Linda, víctima de un cáncer), escándalos de divorcio con Heather Mills y posterior matrimonio con Nancy Shevell. Lennon estuvo retirado cinco años antes de un regreso truncado por su terrible asesinato en 1980; Harrison también se retiró intermitentemente, y Ringo conoció las adicciones y el olvido a comienzos de los ’80.

McCartney, en cambio, siempre conservó el centro del ring. Estuvo varias veces contra las cuerdas, pero jamás colgó los guantes. Apoyó a sus mujeres en sus causas benéficas, le reveló a Michael Jackson el valor del negocio de los derechos editoriales de canciones (hecho que se volvió en su contra), hizo alianzas breves como la que tuvo con Elvis Costello a fines de los ’80, discos electrónicos y bodrios de cámara. Lo hizo todo y siempre fue por más. No perdió el hambre de la sana competencia, y buscó mantenerse vigente sin andar exhibiendo sus pergaminos como herramienta que debiera darle algún privilegio.

No perdió el hambre de la sana competencia, y buscó mantenerse vigente sin andar exhibiendo sus pergaminos como herramienta que debiera darle algún privilegio.

Para entender este punto, su espíritu de lucha, sus ganas de superarse a sí mismo, sólo hay que mirar los últimos años. En 2005 alumbró una obra maestra, Chaos and Creation in the Backyard, inspirado en el patiecito de su casa donde hizo los primeros pininos con John Lennon, pero enfocado en aquel presente y sacándose chispas con Nigel Godrich, el productor de Radiohead, que lo mantuvo corto y lejos de su zona de confort. ¿Tenía necesidad de trabajar con alguien que le exigía más y más, que despachó a su banda en una semana, que le rechazó algunos temas y le pidió mejores? No, y por eso pensó en despedirlo; luego recapacitó y entendió que esa fuerza extraña de Godrich lo sometía a un esfuerzo del cual podía zafar con un chasquido de dedos, pero que, justamente, rendirse a esa exigencia del productor lo haría andar un camino no transitado.

Y continuó grabando con productores de la nueva camada, de los que hacen los hits de hoy. “Tengo la suerte de que los jóvenes sigan interesados en trabajar conmigo”, declaró después de participar de un trío con Rihanna y Kanye West que culminó en “FourFive Seconds”, uno de los grandes éxitos de 2015. Hacía 29 años que un tema con Paul a bordo no llegaba al top ten de Estados Unidos. Quizás eso le haya abierto el apetito, porque luego llamó al cantante de One Direction, Ryan Tedder, para que le produjera una canción.

–¿Y qué pretendés sacar de esta colaboración? –le preguntó el joven productor al venerable beatle.
–Un hit –dijo Paul, el hombre que lo hizo todo.
–Entonces hablamos el mismo idioma.

Podría decirse que esa es la historia de “Fuh You”, la canción más exitosa de Egypt Station, su disco de 2017. Emprendió otra gira y al poco tiempo llegó la pandemia de Covid, que atravesó con una de sus hijas, el marido y su nieta en su coqueto hogar londinense. Para no aburrirse, Paul bajaba al estudio a juguetear con ideas. “¿Qué hiciste hoy, abuelo?”, le preguntó la nieta, y Paul le contó. Esa pregunta se transformó en un ritual cotidiano, y ese ritual se transformó en el sorprendente McCartney III, uno de los mejores discos del año en que conocimos el confinamiento mundial. A los 78 años, Paul volvía a concretar una obra maestra experimental y tarareable a la vez. ¡Menos mal que estaba muerto!

Dentro del rock, nadie llegó más lejos que esta clase de gente. Paul, los Stones, The Who: todos podrían disfrutar de los beneficios que una vida de éxitos puede comprar sin preocuparse por la ANSES o el PAMI. Pero siguen adelante, testeando el límite, ampliando la frontera, desafiando a una mitad del mundo que preferiría verlos retirados jugando al golf y haciendo feliz a la otra mitad que se sorprende pensando ya no sólo en la vitalidad física de estos ancianos rockers, sino también encontrando inspiración para sus propias vidas.

La existencia tiene un límite, y la salud puede volverse una barrera infranqueable. Pero como cantó Emilio del Guercio en Aquelarre hace medio siglo: “¿Quién te puede parar cuando el ave sopla luz de libertad?” Todo lo que necesitas es buen espíritu. Y a Paul le sobra.

 

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Sergio Marchi

Periodista especializado en la cultura del rock. Escribió 9 libros, entre ellos las biografías de Charly García, Luis Alberto Spinetta y Pappo. Pasó por medios como Clarín, ADN La Nación, Página 12, Cosmopolitan, y por las radios Rock & Pop, Del Plata, Rivadavia, La Red y Nacional.

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