ELÍAS WENGIEL
Domingo

Pilatos en el Vaticano

La equidistancia del Papa Francisco entre Israel y Hamás disminuye su condición de estadista.

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A mediados de diciembre, el portal de noticias del Vaticano, Vatican News, publicó una nota titulada “Gaza: israelíes atacan la parroquia La Sagrada Familia”. La fuente de la noticia había sido un comunicado del Patriarcado Latino de Jerusalén, que responsabilizó a francotiradores israelíes por la muerte de dos mujeres: “Se les disparó a sangre fría”. Durante el Ángelus del día siguiente en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco dio eco a esta acusación, absteniéndose de nombrar a los perpetradores: “Sigo recibiendo noticias muy graves y dolorosas de Gaza. Civiles desarmados están siendo bombardeados y tiroteados. Y esto ha ocurrido hasta dentro del recinto parroquial de la Sagrada Familia, donde no hay terroristas, sino familias, niños, enfermos y discapacitados, monjas. […] Algunos dicen: «Es el terrorismo, es la guerra». Sí, es guerra, es terrorismo”.

El ejército israelí respondió aclarando que terroristas de Hamas habían lanzado una granada contra las tropas de las Fuerzas de Defensa Israelíes “desde las cercanías de la iglesia”, y que en respuesta dispararon contra personas que guiaban a los milicianos de Hamás hacia los objetivos israelíes. Y aseguró: “Las FDI sólo atacan a los terroristas y la infraestructura terrorista y no a los civiles, sin importar su religión. Las FDI toman amplias medidas para evitar daños a los civiles no involucrados, mientras luchan contra una organización terrorista que hace todo lo posible para poner a los civiles en riesgo, incluido el uso de civiles y lugares sagrados como escudos humanos para sus actividades terroristas”.

A pesar de la naturaleza confusa de la situación, al igual que con la acusación del ataque contra el hospital Al-Ahli, la noticia quedó instalada como cierta.

A pesar de la naturaleza confusa de la situación –y de la imposibilidad material de que el Patriarcado Latino de Jerusalén hubiera podido saber con certeza el origen de los disparos–, al igual que con la previa falsa acusación del presunto ataque israelí contra el hospital palestino Al-Ahli, la noticia quedó instalada como cierta. “Los israelíes han abierto fuego contra los cristianos de Gaza”, afirmaba sin dudarlo la primera línea de la nota de Vatican News.

Diez días más tarde, la agrupación chiíta libanesa Hezbolá disparó un misil guiado contra la iglesia greco-católica Santa María en Iqrit, en el norte de Israel. Un anciano feligrés cristiano resultó herido, lo que motivó que soldados israelíes fueran a rescatarlo. Entonces Hezbolá lanzó un segundo misil, que hirió a nueve de ellos. Orgullosamente, la milicia pro-iraní posteó un video del incidente. Aunque esta vez no había dudas acerca de la identidad del atacante ni de la intencionalidad de la agresión contra un sitio sagrado del cristianismo, no hubo reacciones indignadas significativas por parte de oficiales católicos.

Esta doble vara tipifica la respuesta vaticana a la guerra Israel-Hamás (más Hezbolá) en estos meses. Ya la primerísima reacción oficial católica a la incursión ultraviolenta de Hamás al territorio israelí había sido un fracaso moral. El mismo 7 de octubre, el Patriarcado Latino de Jerusalén (que integra la Iglesia Católica) emitió un comunicado donde no condenaba las atrocidades de Hamás y las ponía en pie de igualdad con la incipiente respuesta israelí. Declaraba:

El ciclo de violencia que ha matado a numerosos palestinos e israelíes en los últimos meses ha estallado esta mañana, sábado 7 de octubre de 2023. Asistimos a una explosión repentina de violencia que es muy preocupante por su extensión e intensidad. La operación lanzada desde Gaza y la reacción del ejército israelí nos están devolviendo al peor período de nuestra historia reciente. Las demasiadas víctimas y tragedias que tienen que afrontar tanto los palestinos como las familias israelíes crearán más odio y división y destruirán cada vez más cualquier perspectiva de estabilidad […] Hacemos un llamado a la comunidad internacional, a los líderes religiosos de la región y del mundo, a hacer todos los esfuerzos posibles para ayudar a desescalar la situación, restaurar la calma y trabajar para garantizar los derechos fundamentales de los pueblos en la región.

Tildar a la situación apenas de “preocupante”, definir a la invasión jihadista palestina como “operación”, no llamar por su nombre a la agrupación terrorista palestina, no condenar las masacres, hablar de “ciclo de violencia”, pedir “calma” y reclamar por “los derechos fundamentales de los pueblos de la región” –una obvia mención al nacionalismo palestino– el día mismo del ataque escalofriante, fue poco menos que asombroso. (Para la procesión navideña en Belén, dos meses y medio después, el Patriarca Latino de Jerusalén, Pierbatista Pizzaballa, vistió una kefya palestina sobre su atuendo religioso).

El 13 de octubre, el secretario de Estado vaticano, cardenal Pietro Parolin caracterizó al golpe del movimiento integrista palestino de ser “inhumano” y afirmó que “es el derecho de aquellos agredidos defenderse”, aunque matizó: “Pero aun la legítima defensa debe respetar los parámetros de la proporcionalidad”. También llamó al diálogo entre las partes para “evitar un baño de sangre, tal como está sucediendo en Gaza, donde muchas víctimas civiles inocentes fueron provocadas por los ataques del ejército israelí”.

Un falso equilibrio

¿Y qué sobre el Sumo Pontífice, cuyo mensaje es seguido por cerca de más de mil millones de fieles globalmente? El Papa Francisco respondió a la invasión del territorio soberano de Israel y la consecuente matanza de alrededor de 1.200 israelíes con discursos pacifistas y condenas genéricas a las guerras. Al final de su audiencia semanal, el 11 de octubre, el Santo Padre dijo que “quien es atacado tiene derecho a defenderse, pero estoy muy preocupado por el asedio total bajo el cual viven los palestinos en Gaza”. En general, pidió por la liberación de los rehenes israelíes y extranjeros capturados por los terroristas palestinos y balanceó esos exhortos con llamados humanitarios a favor de los civiles gazatíes. No condenó explícitamente a Hamás ni sus acciones durante los primeros tres meses posteriores a aquél fatídico 7 de octubre, y prefirió hacer alusiones vagas; cuando repudió con claridad, lo hizo sin nombrar a Hamás. En este plazo, insinuó que Israel cometía crímenes de guerra y que respondió “al terror con terror”. El Papa Francisco mantuvo una tensa llamada telefónica con el presidente israelí Isaac Herzog el mismo mes del ataque, dado que según informó el Washington Post “el Papa estaba calificando su campaña en Gaza como un acto de terrorismo”. Asimismo, clamó por un cese de fuego repetidas veces, algo que desde la perspectiva israelí equivalía a otorgar la victoria a Hamás.

A fines de octubre hizo un rezo por la paz que no incorporó una condena al terrorismo palestino, eligiendo en su lugar atenerse a meditaciones espirituales del tipo “María […], Reina de la paz, sufres con nosotros y por nosotros, al ver a tantos de tus hijos abatidos por los conflictos, angustiados por las guerras que desgarran el mundo”. Fiel a su visión personal de la ecuanimidad, Francisco recibió a mediados de noviembre en Roma, en continuado, a familiares de israelíes secuestrados y a familiares de gazatíes. “Recemos por el pueblo palestino, recemos por el pueblo israelí”, entonó el Papa argentino, “para que llegue la paz”. En declaraciones públicas posteriores, dijo: “Hemos ido más allá de las guerras. Esto no es una guerra. Esto es terrorismo”; frase que fue interpretada como una crítica dura a Israel. Una pequeña controversia se gestó ante los trascendidos –afirmados por la delegación palestina y negados por el Vaticano– de que el Sumo Pontífice había tildado de “genocidio” lo que estaba ocurriendo en la Franja de Gaza. Los ángelus pronunciados todos los domingos en la plaza de San Pedro sirvieron de ocasión para que el Papa se exprese sobre la continua guerra Hamás-Israel. Todos fueron humanistas, pero políticamente ambiguos.

Los ángelus en la plaza de San Pedro sirvieron para que el Papa se exprese sobre la guerra. Todos fueron humanistas, pero políticamente ambiguos.

Recién el 8 de enero, en ocasión de su tradicional saludo de Año Nuevo al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, Francisco pronunció uno de sus mensajes más contundentes. A diferencia de los ángelus, dirigidos a la feligresía católica, aquí la audiencia era la comunidad diplomática, y las palabras del Papa sonaron más enfáticas. El Sumo Pontífice instó una vez más a la liberación de los rehenes, pidió por un cese de fuego –“incluso en el Líbano”–, expresó su preocupación por los sucesos “en Israel y Palestina” y disparó munición gruesa, políticamente hablando. Por un lado, condenó sin miramientos las atrocidades de Hamás como nunca antes lo había hecho:

Todos nos hemos quedado conmocionados por el ataque terrorista contra la población de Israel del pasado 7 de octubre, en el que fueron heridos, torturados y asesinados de manera atroz tantos inocentes y en que muchos otros fueron tomados como rehenes. Repito mi condena por esa acción y por cualquier forma de terrorismo y extremismo.

Cabe notar la categorización de “terrorista” a la agresión de Hamás, aun cuando, una vez más, eligió no nombrarlo explícitamente, y “mi condena por esa acción”. A continuación, el Santo Padre responsabilizó al movimiento palestino por las consecuencias padecidas por los gazatíes como resultado de su invasión:

No es este el modo en el que se pueden resolver las controversias entre los pueblos, es más, las hacen más difíciles, causando sufrimiento a todos. De hecho, lo que provocó fue una fuerte respuesta militar israelí en Gaza que ha traído la muerte de decenas de miles de palestinos, en su mayoría civiles, entre ellos muchos niños, adolescentes y jóvenes, y ha provocado una situación humanitaria gravísima con sufrimientos inimaginables.

Como era de esperar a la luz de los equilibrios que persigue la diplomacia vaticana, Francisco se aseguró de incluir este dardo a Israel:

Por otra parte, las guerras modernas ya no se desarrollan sólo en los campos de batalla delimitados, ni afectan solamente a los soldados. En un contexto en el que ya no parece observarse una distinción entre los objetivos militares y civiles, no hay conflicto que no termine de algún modo por golpear indiscriminadamente a la población civil. Los sucesos de Ucrania y Gaza son una prueba evidente de esto. No debemos olvidarnos de que las violaciones graves del derecho internacional humanitario son crímenes de guerra.

Vale decir: el ataque de Hamás contra civiles fue un acto “terrorista”, pero Israel comete “crímenes de guerra”; aun cuando en realidad nunca ponga en la mira a civiles deliberadamente. La equivalencia moral quedó establecida. “Incluso cuando se trata de ejercer el derecho a la legítima defensa”, afirmó además el Papa, “es esencial atenerse a un uso proporcionado de la fuerza”. Francisco solicitó a la comunidad internacional que “promueva con determinación la solución de dos Estados, uno israelí y uno palestino, así como también un estatuto especial internacionalmente garantizado para la Ciudad de Jerusalén”. Esto último se excedió de los contornos de la guerra en curso e incursionó en una larga aspiración diplomática vaticana a propósito del estatus de la ciudad santa.

La trampa del hiper-pacifismo

El Vaticano incluye a la Iglesia Católica, que lidera espiritualmente, y a la Santa Sede, que lo hace política y diplomáticamente. Ambas son gobernadas por el Sumo Pontífice, que es simultáneamente el líder religioso y político supremo de ambas instituciones. El Papa tiene gran influencia en los asuntos globales y en la opinión pública, especialmente la católica. El Vaticano podrá no tener un solo tanque o jet militar, pero el Papa trata de igual a igual a los líderes de las grandes potencias del mundo y Roma es un muy importante centro diplomático. La palabra del Papa importa.

Es entendible que como autoridad religiosa Francisco haya impartido mensajes morales, centrados en la tragedia humanitaria de la guerra. Pero él también es una autoridad política, y sus pronunciamientos fueron decepcionantes en este campo. El Papa protestó contra la guerra en sí misma sin reconocer que Hamás era el responsable primario de haberla iniciado. No denunció la práctica conocida de Hamás de incrustar su arsenal militar y combatientes en la infraestructura civil de Gaza, sea en hospitales, escuelas, mezquitas, hogares y oficinas de la ONU. No denunció el yihadismo de Hamás como un componente crucial de una ideología religiosa supremacista, ni pidió combatirla. No instó a Hamás a que desista de proseguir con esta confrontación, limitándose a pedir por la liberación de los secuestrados. Estos llamamientos hubieran balanceado un poco sus reiteradas exhortaciones por los civiles gazatíes (por cuyo destino Israel es principalmente responsabilizado) y por un cese de fuego (que militarmente sólo beneficiaría a Hamás).

Francisco expresó un pacifismo a rajatabla y protestó contra “los fabricantes de armas”, lo cual dejó en evidencia una comprensión limitada de la geopolítica regional.

Francisco ha hecho gala de un pacifismo a rajatabla, llegando a protestar contra “los fabricantes de armas”, lo cual dejó en evidencia una comprensión limitada de la realidad geopolítica regional: del rol de la República Islámica de Irán, del papel que juega la ideología fundamentalista en el Medio Oriente, de los intereses de varios actores regionales y potencias mundiales. Su expectativa de nulas bajas colaterales, además de irrealista en el marco de una guerra –de cualquier guerra–, equivale a exigirle la rendición a Israel, que fue la nación agredida. Aquello de que “lo que se construye sobre escombros nunca será una verdadera victoria”, que declaró el Papa, tiene precedentes históricos que lo desmienten: la transformación democrática de Japón, Alemania e Italia tras la Segunda Guerra Mundial. Para peor, su híper-pacifismo está en contradicción con la doctrina de la guerra justa enunciada por San Agustín en el siglo IV y que fue una piedra basal de las leyes modernas de la guerra. Andrea Tornielli, director editorial de los medios vaticanos, confirmó este punto en un editorial del 24 de noviembre en L’Osservatore Romano:

Durante más de un siglo, la Santa Sede, con un crescendo de pronunciamientos determinado por el agravamiento de las amenazas bélicas y el uso de armas cada vez más sofisticadas y destructivas, declara con fuerza su “no” a la guerra. Del llamamiento profético de Benedicto XV contra “la inútil masacre” de la Gran Guerra hasta las repetidas palabras en cada ocasión del Papa Francisco sobre la guerra como una derrota para la humanidad, el magisterio de los Obispos de Roma ha clarificado y profundizado que no existen “guerras justas”.

Según esta mirada pontifica, entonces, no habría justicia en la guerra de defensa y de necesidad que Israel se vio obligada a librar tras un ataque no provocado de dimensiones horrorosas que incluyó asesinatos en masa, violaciones grupales, decapitaciones, mutilaciones, incendios de personas vivas y secuestros masivos, perpetrado por un enemigo imbuido de una aspiración religiosa de exterminio. Dar respuesta a esta guerra santa de siglo XXI, ¿no sería una guerra justa? Para nada, cree Francisco, puesto que “la guerra es en sí misma un crimen contra la humanidad”, tal como afirmó durante su ángelus del 14 de enero.

Con sus sermones humanistas en torno a la confrontación entre Hamás e Israel, Francisco puede estar honrando su misión como líder religioso. No obstante, está al mismo tiempo disminuyendo su estirpe de estadista. Su pacifismo puede ser loable, pero poco afectará la dinámica compleja que hoy vincula en una lucha de supervivencia a una democracia liberal con una milicia integrista genocida.

 

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Julián Schvindlerman

Profesor titular en la carrera de Relaciones Internacionales de la Universidad de Palermo y profesor invitado en la Universidad Hebraica de México. Es autor de cuatro libros de historia y una biografía novelada; entre ellos Roma y Jerusalem: la política vaticana hacia el estado judío (Debate).

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