Domingo

Nuevos mataderos

Cuando vuelca un camión y vecinos hambrientos faenan sus vacas resuena el espíritu de Esteban Echeverría, que en su cuento famoso narra dos historias: la de una carnicería y la del país.

El fin de semana pasado algunas crónicas hablaron de un camión con ganado que volcó sobre la Ruta Nacional 11, a la altura de Calchaquí, en el norte de Santa Fe, y la carnicería que siguió después: los vecinos de la zona faenaron unas 50 vacas que no habían sobrevivido al accidente. “Desesperación por conseguir carne”, tituló la prensa local. “Tenemos asado gratis, muchachos”, se escuchó en los videos viralizados. Los medios recordaron un hecho similar ocurrido en Santiago del Estero en diciembre pasado con imágenes más brutales: hombres, mujeres y niños cubiertos de sangre y desesperados por un pedazo de carne se abalanzaron sobre los animales todavía vivos y los descuartizaron.

Y yo me acordé de El matadero, de Esteban Echeverría.

Se dice que es el primer cuento de la literatura argentina, aunque para otros su estructura narrativa doble lo aleja del género. Horacio Quiroga creía que el cuento debía tener una única unidad temática, no distraer al lector más allá de la trama e ir al grano. Sin embargo, un cuento es muchas cosas y Ricardo Piglia, por ejemplo, decía que en los buenos cuentos se narran dos historias más o menos evidentes. El matadero es uno de esos.

Esteban Echeverría nació a principios del siglo XIX en el Alto, el límite sur de la ciudad de Buenos Aires que ahora es San Telmo, lugar de los hechos que transcurren en El matadero. Se crió y educó en el espíritu de la Revolución de Mayo, centrado en la libertad, la igualdad, la ilustración y la confianza en las ideas y la razón. Estudió en la recién creada Universidad Nacional de Buenos Aires, ese reducto de educación laica y liberal que Rivadavia impulsó en 1821 y, mientras trabajaba como dependiente en un almacén, practicaba francés porque quería aprovechar el sistema de becas que el gobierno había creado para formar en Europa “a los profesionales que necesitaba la nueva Nación”.

“Al volver a mi patria –escribió más tarde–, ¡cuántas esperanzas traía! Pero todas estériles: la patria ya no existía”.

Cuatro años vivió afuera. En La Sorbona tomó cursos sobre política, filosofía, sociedad, legislación y letras. A su regreso, encontró al país definitivamente partido en dos: “Al volver a mi patria –escribió más tarde–, ¡cuántas esperanzas traía! Pero todas estériles: la patria ya no existía”.

Él tampoco ya era el mismo. Cuando salió de Argentina en 1825, a los 20 años, se había registrado como “comerciante”; cuando volvió lo hizo como “literato”. En París se había empapado del romanticismo en boga, que era mucho más que una escuela literaria: era un proyecto que aunaba la revolución estética y el cambio social. En sus bases estaban el gusto por la Historia, un espíritu anticlerical, el individualismo y el interés por la construcción de una nación. En poco tiempo se empezó a juntar con otros en un salón literario que tuvo corta vida pero le dio nombre a una generación de escritores.

Se reunían en la parte trasera de una librería y a los pocos meses tuvieron que dejar de hacerlo: a Rosas no le gustaban esos intelectuales. Los integrantes de la Generación del ’37 se fueron al exilio, algunos a Chile o Brasil y la gran mayoría, a Montevideo. Ahí Echeverría escribió El matadero, pero no se publicó hasta mucho después de su muerte, en 1851, que también fue en el exilio.

Después de la inundación

El matadero transcurre en algún año impreciso de la década del ’30 del siglo XIX, durante la época de Rosas y con falta de carne. Hay una inundación y en los lugares antes atestados de vacas no queda ni un solo ratón vivo, todos murieron de hambre o ahogados. Las circunstancias, la atmósfera opresiva, la presencia ubicua del gobierno y la Iglesia, la violencia naturalizada, van pintando un clima social de decadencia. De repente llegan 50 cabezas de ganado, las únicas después de largas semanas de hambruna; hombres, mujeres y niños se lanzan a los gritos.

¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!

Dos muchachos se adiestran en el manejo del cuchillo, se encaran, se tajean. Mientras, cuatro adolescentes disputan el mondongo y la tripa gorda que le robaron al faenador y dos perros flacos compiten por un hígado. “Simulacro del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales”, comenta el narrador. Quince minutos después, los novillos están tendidos en el suelo y todos encima: se mezclan cabezas, cuchillos, manos, hocicos y pies.

El carnicero en cueros y embadurnado de sangre se alza sobre el resto, las mulatas remueven las achuras, una negra sale corriendo con un manojo de tripas, los más chicos se revolean las vejigas, hasta que alguien divisa un animal que había quedado en los corrales. Es un toro y le llegó la hora, pero se defiende con fuerza. “Hijo puta el toro“, gritan los enlazadores de a pie con pañuelo rojo punzó, chaleco y chiripá también colorados. “Es emperrado y arisco como un unitario”.

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Las escenas son cinematográficas o, mejor, teatrales: se pueden sentir los pies en el barro pegajoso, el olor agudo de la sangre, el sudor, la mugre, las moscas, los gritos, las carcajadas. Echeverría lo dice: es algo para ser visto, no escrito. De pronto, un lazo se corta y le arranca la cabeza a uno de los chicos que andaban por ahí. Algunos alcanzan a ver la cabeza degollada en el piso, el tronco todavía palpitante, pero casi todos miran a otro lado: siguen furiosos atrás del toro que no se deja atajar. Las achuradoras esperan al lado de una zanja.

Después de matar al toro, la turba, envalentonada y todavía sedienta de sangre, se lanza sobre un hombre identificado como el enemigo. Como en una tragedia, se dejan llevar por algo más fuerte que ellos. No son individuos: ocupan roles anónimos, son los ejecutantes de algo que no dicta la razón. Borges dice que en el texto de Echeverría hay una suerte de realismo alucinatorio: “El preámbulo es vacilante, pero después van ocurriendo cosas atroces que nos parecen verdaderas”.

También recuerda que a su padre lo impresionaba menos la muerte del unitario que aquel chico decapitado por el lazo. Creo que coincido con don Jorge Guillermo Borges. La matanza final de un gringo unitario a manos de los carniceros federales es una alegoría feroz pero también demasiado dicha y enfatizada. En cambio en la otra muerte, en ese efecto secundario de la desmesura, hay más que torpeza o descuido. Ahí hay otra cosa. En ese chico decapitado y olvidado segundos después, en esa muerte apenas narrada, se cifra la barbarie.

Civilización y vacas

Hay que imaginarse lo que es matar y derribar a un animal a punta de cuchillo, hundir la hoja, sentir encima el chorro caliente de sangre, escuchar los bramidos, cortar los garrones y desmenuzarlo. No me cuesta hacerlo porque me crié en un pueblo del sur de Santa Fe y vi a mis tíos cada invierno en las carneadas. Pero los episodios en Calchaquí y Santiago del Estero son otra cosa. Las vacas en un camión no son como los toros bravos, salvajes y peleadores, las vacas son mansas. Son el producto de una maquinaria cultivada con ingeniería genética al que se le ha medido y pesado cada ración y calculado cada día de desarrollo. Como dice un amigo: “Hoy la civilización son las vacas”. Ese producto de la industria agropecuaria tenía como destino el faenamiento, sin embargo después de un accidente algo irrumpió. La carnicería de animales al costado de una ruta o en las calles de un pueblo, la disputa por los pedazos de carne y el reparto del botín en autos, motitos y camionetas, tienen la brutalidad del matadero de Echeverría.

Norbert Elías –sociólogo, alemán, judío– desarrolló en el siglo XX su teoría de la civilización. Dice que el proceso civilizatorio es histórico, de largo plazo y que en él se cruzan componentes sociales e individuales. Cuando las sociedades se vuelven más interdependientes, las personas van reprimiendo sus instintos más salvajes, internalizan las coacciones en pos de una vida en común. Y lo explica con ejemplos concretos a los que llama “umbrales de la vergüenza” que se fueron atravesando: no comer con las manos, dejar de escupir en la mesa, retirarse para hacer las necesidades, reservar el sexo a la intimidad, cortejar a una mujer en lugar de tomarla, no dirimir las diferencias a los tiros o a las trompadas.

Los estados ayudaron a una organización social compleja, regularon las relaciones entre los individuos.

La civilización, dice Elías, le debe mucho a la formación de los estados nacionales. Los estados ayudaron a una organización social compleja, regularon las relaciones entre los individuos, le aportaron previsión, orden y racionalidad a la vida de las personas, eso repercutió en su comportamiento y ayudó a que las antiguas coacciones externas de castigo se internalizaran en mecanismos de autocontrol.

La civilización, en fin, garantiza la convivencia en las sociedades complejas con alto grado de interdependencia entre los distintos actores y las instituciones.

La ya célebre contraposición entre civilización y barbarie hecha por Sarmiento (amigo de Echeverría, hijo de su época y mejor exponente de su generación) cayó en desgracia y es depositaria de todo tipo de comodidades de pensamiento. En un estudio preliminar de una edición universitaria del Facundo de 2009, José Pablo Feinmann  dice que el pensamiento de Sarmiento siempre fue elitista y colonial: “El concepto de civilización encierra la tarea cultural, moral o religiosa con que el colonialismo embellece y justifica sus acciones”. Para Feinmann la Generación del ’37 trabajó para los intereses imperiales y el Facundo es un texto más colonialista que cualquier otro, incluso los escritos en los países centrales. Acusa a Sarmiento de confiar en el progreso. Después habla de Marx, Heidegger, Benjamin, Foucault para cuestionar “la introducción de la lógica técnico-imperial” que llevó a nuestro país al atraso y que sólo favoreció a la ciudad de Buenos Aires.

Feinmann también dice algo sobre la dictadura militar, la concentración de la tierra, los poderes fácticos y vuelve sobre Sarmiento, estableciendo una continuidad. “Sarmiento fue el más poderoso ejecutor en el Plata de los decursos histórico-dialéctico-progresivos de la civilización de la técnica. La mano del hombre debía poner su huella en la naturaleza intocada. La civilización consistía en hendir, en quebrantar el orden natural e imponer ahí su propia legalidad”. Frente a la civilización de la técnica, la barbarie: la sumisión de la humanidad a las fuerzas naturales, a la materia, a lo instintivo y primitivo.

Mientras miramos impasibles a esas personas bañadas en sangre por un pedazo de carne, se hace evidente, tal vez hoy más que nunca, a dónde nos lleva uno de esos dos carriles.

Sobre el final, Feinmann vuelve sobre un argumento remanido: la Argentina está mal por culpa de los “oligárquicos, liberales”, por los Sarmientos de la historia que impusieron un modelo de país que fracasó “porque el tren del progreso y de la historia con el que soñaba Sarmiento no existía”. En países como el nuestro, dice, no hay un solo carril sino dos y es la figura de Facundo Quiroga la que encarna el modelo opuesto.

Mientras miramos impasibles a esas personas bañadas en sangre por un pedazo de carne, se hace evidente, tal vez hoy más que nunca, a dónde nos lleva uno de esos dos carriles. Como en un western, la cámara abandona el interior del tren y en un plano general nos muestra el precipicio hacia el que, inevitablemente, se dirige el maquinista.

En el cuento de Echeverría se cuentan dos historias, la del matadero y la del país. Pero el tema es la violencia: la que se genera con el hambre, la que se convierte en insensibilidad, la que escala cuando la barbarie se impone sobre la razón, la que baja desde el Estado y se filtra en cada pliegue de la sociedad, la del abuso de poder, la de la humillación del otro hasta hacerlo reventar. El matadero fue el inicio de la narrativa moderna en el país. Las condiciones de su escritura en el exilio y la imposibilidad de publicación llevaban en sí las formas de la violencia que marcó a la sociedad argentina y que no ha desaparecido.

 

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Andrea Calamari

Doctora en Comunicación Social. Docente investigadora en la Universidad Nacional de Rosario. Escribe en La Agenda, JotDown, Mercurio y Altaïr Magazine.

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