Domingo

Ni yanquis ni marxistas: corporativistas

'La república corporativa', de Jorge Bustamante, fue publicado en 1988 y olvidado poco después. Sin embargo, merece ser rescatado, porque su diagnóstico es tan actual como entonces.

En el poblado catálogo de libros sobre los problemas de Argentina y sus posibles soluciones —a esta altura, casi un género literario en sí mismo—, hay ejemplos de todas las clases imaginables: algunos se han convertido en clásicos, otros no han envejecido bien y otros pasaron totalmente inadvertidos. También hay algunos que, por distintos motivos, tienen razón; otros que no la tienen en lo más mínino y, finalmente, unos pocos que se destacan por su asombrosa actualidad aun décadas después de su publicación. La república corporativa, de Jorge Bustamante, es uno de estos últimas: un libro y un autor poco recordados que, además, tienen razón.

Publicado en 1988 por Emecé en las postrimerías del gobierno de Alfonsín, el libro es contemporáneo de al menos otros dos que se refieren con distintos enfoques a aspectos del mismo fenómeno: La Argentina informal, de Adrián Guissarri (1989), y Un país al margen de la ley, de Carlos Nino (1992). A su vez, Guissarri y Nino tienen razón a su modo, de manera que también merecerían una relectura adecuada a estos tiempos.

La solapa de La república corporativa informa que su autor es abogado, becario Fulbright y master en Derecho de la Universidad de Columbia, que tuvo un paso por la función pública en Corrientes y también como subsecretario de Economía de la gestión de Roberto Alemann, en 1982. También, por entonces, solía colaborar con diarios como Ámbito Financiero, La Nueva Provincia y, muy especialmente La Nación, en donde aún hoy suele escribir notas editoriales. De perfil bajo y a punto de cumplir 80 años, Bustamante (de quien podría decirse que es una suerte de héroe intelectual un tanto olvidado del liberalismo argentino), es autor, además, de La respuesta liberal (1988), un libro breve en el que ofrece una visión global y argentina del sistema de ideas liberales; y Desregulación (1993), uno de los trabajos liminares del análisis económico del Derecho y la regulación económica de Argentina.

‘La república corporativa’ es un libro escrito con lenguaje culto y a la vez accesible, con un ácido sentido del humor.

La república corporativa es un libro escrito con lenguaje culto y a la vez accesible, con un ácido sentido del humor y que tiene la particularidad de estar muy documentado: nada menos que 611 notas con referencias a libros y artículos de diarios y revistas se acumulan en las páginas finales. El texto principal cuenta con dos partes (“El Estado al alcance de todos” y “Las corporaciones sectoriales”), a las que se le suma un apéndice titulado “Las raíces del corporativismo”. En la primera parte Bustamante presenta el concepto de corporativismo y su efecto más directo, el de la sociedad bloqueada; en la segunda, lo describe en acción en sus múltiples facetas. El apéndice, en tanto, indaga en sus orígenes y se extiende hasta sus manifestaciones más recientes (como el neocorporativismo y hasta el liberalismo igualitario). La república corporativa fue uno de los textos tomados como referencia para el dictado del famoso Decreto 2284/91 de desregulación de la economía impulsado por Domingo Cavallo y fue citado por los convencionales del Partido Demócrata para argumentar en contra de la creación de un Consejo Económico y Social durante la Convención Constituyente de 1994.

El corporativismo

El libro comienza con una serie de preguntas de las que no puede obviar su carácter recurrente: “¿Por qué un país que tiene una población educada y disponibilidad de recursos naturales es incapaz de crecer al ritmo de las naciones desarrolladas, satisfaciendo las expectativas de progreso de su población? ¿Por qué los argentinos suelen tener éxito en el exterior, pero carecen de oportunidades en su propia tierra? Es tan profunda la crisis argentina que no existe ensayo ni artículo de actualidad que no comience con estas preguntas”. Bustamante cree que la clave para encontrar las respuestas se encuentra en las reglas de juego que inducen las conductas productivas de una comunidad. Afirma entonces que es válido preguntarse por qué la República Argentina ha adoptado con tanto entusiasmo las reglas de juego del atraso.

El autor entiende por corporativismo a “un modelo de relaciones entre el Estado y las demás instituciones sociopolíticas, donde el gobierno cumple el rol de arquitecto del orden político, definiendo, estructurando y delimitando el ámbito de la actividad de los grupos, coordinando el funcionamiento de las asociaciones privadas y profesionales y creando mecanismos explícitos de representación directa de los sectores en la elaboración de políticas”. Añade que esta visión del fenómeno colectivo se basa en un concepto organicista, donde cada individuo pertenece a un grupo o asociación “natural” insertándose éstos en un lugar determinado del cuerpo social. Así, el corporativismo percibe a la sociedad como un cuerpo, cuyo cerebro está ocupado por el Estado. A su vez, no existen individuos (“células”) sino órganos o extremidades, con finalidades colectivas distintas de aquellos. Sólo los funcionarios, como cabeza del conjunto, están en condiciones de apreciar el bien común y de determinar el rol de cada una de las partes. Ello permite advertir que, en el país corporativo, “quien carece de aparato propio carece también de políticas sectoriales o promocionales a su favor. Es un simple receptáculo o «tomador» de políticas ajenas (policy taker). Es un simple hombre de la calle, inerme como un pollo mojado”.

En el país corporativo, quien carece de aparato propio carece también de políticas sectoriales o promocionales a su favor.

Más adelante, Bustamante aclara que cuestionar al sistema corporativo no implica impugnar el rol legítimo de los grupos de intereses en las sociedades abiertas (que puede incluir hasta la presión directa sobre las autoridades en reclamo de medidas favorables a esos grupos que representan) sino algo muy distinto: de la entrega del poder del Estado para ventaja de quienes están en su estructura o de quienes lo usan en manipulaciones sectoriales: “En nuestro país, por razones de debilidad institucional y de ideología intervencionista, el poder del Estado ha sido completamente «privatizado», hasta el punto de confundirse la bandera nacional con una empresa estatal o el bienestar general con abusivas protecciones sectoriales”. En resumidas cuentas, “la contradicción principal que se plantea actualmente en la Argentina no reside en el enfrentamiento entre partidos, sino entre el sistema de partidos y el sistema de factores”.

La sociedad bloqueada

De este modo Bustamante presenta uno de los conceptos centrales del libro, el de sociedad bloqueada: una sociedad rígida, anquilosada e incapaz de adaptación o de cambio, represiva e intolerante ante los desafíos externos y contraria a reconocer el talento o dar oportunidad a la imaginación. Una de las características principales de una sociedad de ese tipo es lo que él denomina la obstaculización recíproca, es decir, un modelo en el que un número creciente de disposiciones particulares hacen luego necesarias aclaraciones y excepciones que los distintos sectores empresarios o gremiales reclaman en un forcejeo corporativo típico de las sociedades ingobernables. Según Bustamante, “esta acumulación de distorsiones trajo la semilla de su propio fracaso: la ineficiencia resultante provocó el estancamiento y éste multiplicó los reclamos sectoriales hasta que la inestabilidad económica se convirtió en ingobernabilidad política”.

Pero claro que la sociedad no es ajena a esto: “Existe un natural pudor por parte de los argentinos en reconocer los privilegios propios e incluso en denunciar los ajenos. De allí que se ha desarrollado una suerte de connivencia colectiva, forma hipócrita de «vivir y dejar vivir», tolerando los abusos de los demás como forma de que los propios no sean objetados”. Es, nada más ni nada menos, que el llamado “costo argentino”.

Establecidos los caracteres generales del sistema corporativo y sus efectos, el autor realiza en los capítulos siguientes un recorrido por los distintos aspectos y variantes del sistema: las facciones dentro del Estado, las cofradías profesionales, los feudos sindicales, las guildas industriales, la corporación industrial militar, los gremios ruralistas, los clanes de servicios, las logias comerciales, los sínodos culturales y los privilegios jubilatorios. En un puntilloso y demoledor análisis de las interacciones del Estado con cada una de estas corporaciones, de su origen histórico, evolución y sus motivaciones presentes, no falta el repaso sarcástico de una jerga que parece tomada de un diario de la semana pasada: “el Estado no puede permanecer indiferente”, el “acuerdo nacional”, la necesidad de una “decisión política”, los “sectores estratégicos”, las advertencias contra “la apertura «ingenua»”, el “ser nacional, la cultura y la identidad nacionales”, la “soberanía” y cómo no, la definición de un “modelo de país”.

¿Cuál es la fuente de financiamiento que permite esta infinita sucesión de concesiones a las corporaciones? Pues ni más ni menos que la renta agropecuaria.

Y, desde luego, otra cuestión fundamental con resonancias muy actuales. ¿Cuál es la fuente de financiamiento que permite esta infinita sucesión de concesiones a las corporaciones? Pues ni más ni menos que la renta agropecuaria, que depende de los precios internacionales: “Con la caída de los precios agrícolas, la «renta» que permitía distender presiones ha desaparecido y Argentina se enfrenta ahora con una estructura productiva incapaz de generar excedentes en base a una competencia abierta al mundo”. “Al agotarse esa renta, ante la caída de precios internacionales, emerge la «restricción externa» por la incapacidad de exportar competitivamente los bienes producidos para el mercado interno, haciendo ineludible el famoso «ajuste», siempre postergado con recursos obtenidos a través del endeudamiento y la inflación”.

Este fenómeno colectivo mediante el cual los distintos sectores creen progresar al prevalecer sobre el resto sin percibir que se destruye el conjunto, no puede tener otro resultado que una sociedad con problemas de bloqueo e ingobernabilidad. Y eso más allá de que “lamentablemente este sistema se encuentra tan fuertemente arraigado en la comunidad, aferrado con dientes y uñas a las creencias de muchos y los bolsillos de pocos, que aún a pesar de la decadencia, de la intensa rotación de presidentes y ministros, de los discursos inflamados de los desaparecidos y los que siempre reaparecen, las reglas de juego colectivas permanecen inmutables, ratificando con su increíbles subsistencia el entrañable apego argentino al régimen corporativo”.

Por cierto, existen válvulas de escape que explican la duración de ese consenso tácito. Así como a nivel político, la crisis del sistema conduce a la ingobernabilidad, a nivel social se difunde la informalidad que, aunque termina siendo cada tanto convalidada mediante blanqueos, regularizaciones o sinceramientos, no es solución para nada ni nadie. “Así mediante la evasión fiscal, el contrabando, la evasión previsional, los mercados negros o paralelos de precios, salarios y divisas, la elusión de trabas burocráticas y la producción y distribución autorregulada, la sociedad sigue produciendo, aunque las actividades dejen de reflejarse en las estadísticas oficiales. Otros optan por emigrar directamente al exterior o, por lo menos, por enviar allí a sus hijos y eventualmente a sus capitales”. Como se puede apreciar, la canción sigue siendo la misma.

Posibles soluciones

Bustamante ubica las primeras presiones sectoriales que llevaron a una modificación concreta de las políticas del Estado en los años ´30, cuando el partido conservador que detentaba el gobierno mediante la revolución o el fraude procuró compensar a los sectores rurales por las fuertes caídas de los precios internacionales de sus exportaciones. Sin embargo, sin nombrar explícitamente al peronismo, pone el acento en el año 1946 como el momento en el que el Banco Central decide abandonar la defensa del valor de la moneda nacional para pasar a ser un canalizador del crédito para políticas productivas. Nacía de este modo la era de la tasa real negativa en la que aún hoy seguimos inmersos.

Del mismo modo, fue a partir del primer peronismo que la “coalición corporativa” empezó a consolidarse y a acumular cada vez más poder. El eje de esta coalición pasa por el sistema de las organizaciones sindicales, el elemento más fuerte y más decididamente corporativo de nuestra sociedad. También incluye a diversas organizaciones empresarias y profesionales necesitadas de una alianza “para la producción” con el sector sindical a efectos de legitimar y estabilizar en el tiempo sus diversos privilegios. Esta coalición se fortalece cuando se incorporan, cíclicamente, sectores importantes de las fuerzas armadas, movidos por los intereses corporativos que se gestan en las estructuras productivas controladas por ellas. “Finalmente, la coalición corporativa alcanza su máximo nivel de potencialidad cuando se pliega a ella la dirigencia local de la Iglesia Católica, ansiosa de cumplir una función terrenal que oscila entre la defensa franca de los intereses sindicales y una vocación mediadora entre éstos y los gobernantes, que necesariamente vuelca el equilibrio a favor de los primeros”.

La solución no es sencilla: “como todo statu quo que se ha prolongado en el tiempo, ha generado una estructura de intereses creados adaptados a las reglas de juego vigentes”

Por cierto, la solución no es sencilla: “como todo statu quo que se ha prolongado en el tiempo, ha generado una estructura de intereses creados adaptados a las reglas de juego vigentes (…) Nadie se atreve a enfrentar el cambio y quien lo desease, carecería del respaldo suficiente para llevarlo a cabo”. Pero la clave de la oposición al cambio es la siguiente: “Si la situación es mala y en particular la mía es peor, ¿por qué habría de renunciar a mis pequeños privilegios corporativos, que son la única ventaja que mantengo en este contexto tan adverso?”

Por ello señala que el cambio en las reglas de juego debe ser global e instantáneo, pues todo proceso gradualista será derrotado por las presiones políticas de los sectores secuencialmente afectados, sin que se escuchen las voces de los beneficiados. Indica también que Juan José Llach percibe la dificultad de encarar una transición gradualista, en la medida que ello requeriría una continuación de las prácticas discrecionales del Estado, las que estarían inevitablemente bloqueadas por el sistema corporativo. Así, afirma que “solamente con la derogación simultánea de los privilegios quienes fueron afectados percibirán inmediatamente los beneficios recibidos”. Y, si bien no sugiere una estrategia para lograrlo, advierte que si no nos atrevemos a enfrentarnos con nuestra idiosincrasia y con los intereses creados, regresaremos sin complejos a la raíz esencial de nuestro destino rioplatense, como modernos Diógenes sudamericanos.

¿Por qué sigue vigente?

Así como el Diario de una temporada en el quinto piso de Juan Carlos Torre se convirtió en el libro político del año pasado y de lo que va de éste, La república corporativa, una obra escrita en la época narrada por el Diario, parece decirnos mucho sobre la recurrencia de nuestros problemas y sus posibles soluciones. Llama la atención que el libro de Bustamante se publicara pocos meses antes de que el sistema corporativista que describe llevara al gobierno de Raúl Alfonsín a la hiperinflación y la entrega anticipada del gobierno. También, que poco después el menemismo se embarcara en un gran proceso de reforma del Estado e impulsara el citado decreto de desregulación del año 1991, seguramente el ataque más frontal contra el sistema corporativista que se recuerde en nuestro país.

Sin embargo, por motivos que desde luego exceden el espacio de esta nota, aquellas reformas no pudieron consolidarse y así fue como el corporativismo fue recuperando cada vez más poder, especialmente a partir de los gobiernos kirchneristas. Así es que en la actualidad algunos actores han cambiado, o quizás el peso relativo de otros ya no es el mismo, pero los mecanismos corporativistas han vuelto más firmes que nunca. Ya no existe el gran complejo de Fabricaciones Militares o la monstruosa red de empresas públicas de los 80, pero allí están YPF y Aerolíneas Argentinas como símbolos de la soberanía que nos cuestan miles de millones de dólares por año. El sindicalismo tradicional seguramente perdió peso, pero ahora tenemos las nuevas corpos de la administración de los planes sociales. Puede que no estén las cajas del Programa Alimentario Nacional para dinamizar o compensar al sector agropecuario, pero existe el Previaje para el turismo y la protección de la industria electrónica en Tierra del Fuego se mantiene tan campante como entonces. El corporativismo sigue ahogando el desarrollo de las fuerzas dinamizadoras de la economía y la sociedad.

Por eso, entre otras cosas, cada vez que se compra tecnología e indumentaria a precios más altos y de menor calidad, que cambiar de obra social sea poco menos que un triunfo, cuando los taxistas marchan contra Uber, los bancarios protestan porque las fintech dan créditos, hay tarifas mínimas para tomar un avión, o se paga junto con la entrada al cine una tasa para el INCAA, cuando se propone volver a reformar la dañina ley de alquileres con la creación de una comisión integrada con el Sindicato de Encargados de Edificios, el libro de Bustamante parece decirnos: “¿Vieron que tengo razón?”

 

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Carlos M. Parise

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales. Magíster en Economía y Ciencias Políticas. Profesor de Teoría General del Derecho y Filosofía del Derecho, Facultad de Derecho (UBA).

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