JAVIER GIANGIACOMO
Domingo

Repudiables palabras de V.S. Naipaul

En los '70, el Nobel británico viajó mucho a Argentina. Lo que vio no le gustó.

El dictador es derrocado y más de la mitad del pueblo se alegra de ello. El dictador había llenado las cárceles y vaciado la tesorería. Al igual que muchos dictadores, no había empezado mal. Quería engrandecer a su país. Pero no era un gran hombre, y quizás no era posible engrandecer el país”. Así empieza el texto que estuve leyendo esta semana. No es una ficción, es una crónica que escribió V.S. Naipaul sobre la Argentina. Me gustan los relatos de escritores que llegan y cuentan algo de lo que somos o, en todo caso, de lo que creen que somos a partir de lo que ven. Cada época tuvo sus visitantes característicos: conquistadores, piratas, científicos, exploradores, inmigrantes, curiosos, invitados ilustres, agregados culturales, trotamundos, turistas ocasionales.

No es fácil ver cómo nos ven. Solemos aceptar con naturalidad nuestra propia subjetividad y reivindicarla; sin embargo, es más difícil con la subjetividad ajena, sobre todo si no nos deja bien parados. Lo que en nosotros reivindicamos como un natural e inocuo punto de vista —nuestro modo de mirar el mundo— en los demás lo imputamos como puro prejuicio. “¿Qué viene a hablar si no sabe? No entendió nada. Argentina, no lo entenderías”. Podemos hablar de todo y de todos, pero ojo con nosotros porque tenemos nuestras singularidades y la realidad no acepta simplificaciones. Es más complejo. Y, si los que nos miran y hablan de nosotros son norteamericanos o europeos, siempre se puede jugar la carta del colonialismo y el imperialismo.

Si los que nos miran y hablan de nosotros son norteamericanos o europeos, siempre se puede jugar la carta del colonialismo y el imperialismo.

El texto es “El regreso de Eva Perón”, de V.S. Naipaul. La V es de Vidiadhar y la S de Surajprasad, por eso optó por las iniciales. A veces se agrega adelante un Sir, porque Naipaul no era un blanco eurocentrista privilegiado pero sí un caballero inglés. También un personaje antipático. De familia india, nació en Trinidad y Tobago en 1932 y murió en 2018 en Londres. En el medio hizo de todo, incluso ganar el Nobel en 2001 y dedicar algunos minutos de su discurso para hablar de la Argentina.

Hace unos 30 años fui a Argentina. Fue en el tiempo de la crisis de la guerrilla. La gente estaba esperando que el viejo dictador Perón regresara del exilio. El país estaba lleno de odio. Los peronistas estaban a la espera para saldar viejas cuentas. Uno de esos hombres me dijo: “Hay buena tortura y mala tortura”. Buena tortura fue la que hiciste a los enemigos del pueblo. Mala tortura fue la que los enemigos del pueblo te hicieron a ti. La gente del bando contrario también decía lo mismo. No había debate real sobre nada. Había sólo pasión y la jerga política prestada de Europa. Escribí: “Donde la jerga convierte asuntos vivos en abstracciones, y donde la jerga termina compitiendo con la jerga, la gente no tiene causas. Sólo tiene enemigos”.

La escritura a la que hace referencia es la crónica que escribió después de sus visitas a Argentina, que publicó en The New York Review of Books y muchos consideran su mejor texto de no ficción. No es sencillo escuchar lo que dicen de nosotros, después de todo la mirada es cuestión de perspectiva y nunca coincidirá con la propia, por eso no les recomiendo este texto a quienes tengan inclinación por la autoindulgencia, ni a los espíritus sensibles, ni a los que padezcan de orgullo nacionalista o sean propensos a las ofensas.

Como pasa con cualquier libro, no hace falta estar de acuerdo. Naipaul se mete con todos. Hasta se metió con Borges, pero se lo perdono porque entiendo el gesto casi infantil de bajarle un poco el precio como escritor ya que en esa época el prestigio de Borges en el mundo anglosajón no hacía más que crecer. Entonces Naipaul dice que su maestría literaria está inflada y que sus relatos más celebrados no son más que bromas intelectuales, lo cual es una forma del elogio. El que más le gusta es “Del rigor en la ciencia”, ese relato en el que los cartógrafos se empeñaron tanto en representar con fidelidad la realidad que terminaron haciendo un mapa del imperio tan grande como el imperio. “Es absurdo y perfecto: la parodia exacta, la idea grotesca”, escribió Naipaul.

Pero no me quiero distraer con Borges porque Naipaul puso el ojo en el país entero y lo siguió haciendo, tanto como para volver sobre él 30 años más tarde en aquella ceremonia en Estocolmo que lo tenía como protagonista. Después de su breve descripción de lo que era el país que encontró en los ’70, en 2001 cerró con esto: “Y las pasiones de Argentina aún continúan funcionando, todavía derrotando a la razón y destruyendo vidas. No hay solución a la vista”. Había estado en el país por primera vez entre abril y junio de 1972 y vino muchas veces más porque acá tuvo una novia o una mujer. Después dejó de venir y publicó su crónica.

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Esto no es una reseña, es una lectura. Y leer es siempre una actividad situada, un acá y ahora en el que incorporamos lo que nos rodea, por eso la lectura de “El regreso de Eva Perón” en este momento está atravesada por los hechos y dichos (más dichos que hechos) de las últimas semanas. Es inevitable y, en todo caso, es el poder irrenunciable que tiene cualquier lector.

V.S. Naipaul llegó al país y se acomodó como para quedarse un tiempo. Caminó por las calles de Buenos Aires, viajó a distintas provincias, se juntó con escritores, dibujantes, curas, embajadores, sindicalistas, militantes, miró televisión, leyó los diarios, charló con los mozos y los taxistas. Nada muy diferente de lo que suelen hacer los que comparten el oficio. Un cronista anda por ahí, recorre el mundo, mira, escucha, pregunta y después lo cuenta para muchos. La mirada de extrañamiento es necesaria para el género. Algunos tienen un estilo seco y conciso, otros son más floridos y buscan el color local, están los que se inclinan por las historias y los que se aferran a los datos, hay cronistas que logran captar detalles significativos, esos que muestran un clima en una sola pincelada. Si tiene buen ojo, puede hacer que los lugareños reparen por primera vez en las cosas de todos los días, aquellas que no se alcanzan a percibir porque están naturalizadas, cubiertas por la pátina de la cotidianeidad y ocultas por la recurrente dificultad de ver lo obvio.

Naipaul tiene más detractores que los que suele tener cualquier escritor —por sus posiciones políticas, por su postura sobre el colonialismo, por sus declaraciones— y a partir de los últimos años sumó muchos más por su vida privada y la relación con las mujeres. Casi nadie habla mal de su escritura y todos coinciden en que esta crónica sobre la Argentina es extraordinaria. También dicen que es provocador, insultante, gorilón, mala leche. Hay dos o tres ideas que se repiten siempre porque son las que generan enojo: Argentina es una tierra de saqueo, los hombres prefieren practicar sexo anal con sus mujeres para someterlas, Evita era la mujer-víctima ideal del machismo argentino. “Repudiables palabras del escritor V.S. Naipaul sobre nuestro país”, serían los titulares si fuera publicado hoy. Vamos a saltearnos las polémicas por recurrentes y leer la crónica completa para ver qué dice y si nos reconocemos o no en esa pintura de la argentinidad hecha en los años ’70.

Decíamos ayer

El texto está dividido en capítulos, el primero es de 1972, después hay uno sobre Borges, otro sobre su estadía en Montevideo, el siguiente de 1974 y el último es de 1977. Abre su narración diciendo que las líneas que va escribir deben ser tratadas como una narración de Borges (después de todo, tanto no le disgustaba el viejo escritor ciego) y enseguida va a su principal punto de interés. Habla de Perón —en adelante, el dictador—, de su derrocamiento, el exilio con su tercera mujer y el cadáver de la segunda, siempre joven, embalsamada. Acordemos que es un comienzo prometedor para cualquier lector.

Para un argentino esos personajes y los hechos que hay detrás están cargados de historias, de preconceptos, de simbolismos; la contundencia viene de la enunciación simple que sólo puede conseguirse desde una mirada ajena. Imaginemos a ese lector que Naipaul tiene en mente cuando escribe para The New York Review of Books, no sabe nada de Argentina pero ya está enganchado con el realismo mágico sudamericano. La realidad del país la resume en pocas líneas: un territorio rico en ganado, cereales, petróleo y minerales que, sin embargo, anda a la deriva. Para muestra, está el derrumbe de la moneda: de 5 pesos por dólar en 1947 pasó a 16 en 1949, siguió aumentando en los años siguientes y en 1972 llegó a 1100.

“Es una pesadilla. Salarios, precios, tipo de cambio: todo el mundo habla de dinero. Los que pueden permitírselo compran dólares en el mercado negro”. Los aumentos de sueldos (¡dos veces al año!, se asombra Naipaul) no alcanzan para compensar las subas de precios, la gente busca un segundo y hasta un tercer empleo; quieren ganar más pero saben que deben gastarlo lo más rápidamente posible. El salario medio de la clase trabajadora es de 50 dólares.

Naipaul explica lo que hace la inflación con la gente. Pero eso no es lo peor, los movimientos armados meten terror en las calles.

Naipaul explica lo que hace la inflación con la gente. Pero eso no es lo peor, los movimientos armados meten terror en las calles. Hay disturbios, bombas, secuestros, pedidos de rescate. Algunos son comunistas, otros son peronistas y pelean para que vuelva su líder. Así Naipaul va tirando información de utilidad para el lector. Le cuenta que hubo atentados en la provincia de Mendoza, que en Buenos Aires un grupo guerrillero secuestró y mató al gerente de la Fiat y que en la ciudad industrial de Rosario los guerrilleros mataron a un general Sánchez, reconocido torturador. Hay policías y militares por todos lados, no hay ley, no hay orden. Pasa de todo y no pasa nada: “Quizás muy poco de lo que ocurre en Argentina es verdaderamente noticia. No se está resolviendo nada. La vida política argentina es como la vida de una comunidad de hormigas: llena de acontecimientos, llena de crisis y de muertes, y el año siempre termina como empieza.”

Nada parece tener arreglo en este país. Para poner en contexto cuenta lo que fue pasando en la Argentina: la colonia, extensiones de tierra vacías, el origen estanciero, la expansión proletaria urbana, los militares, los intentos de industrialización, los fracasos, los movimientos sindicales, los inmigrantes de países vecinos, los curas tercermundistas, las primeras villas miseria, el poder, el resentimiento, la santificación de Evita, los guerrilleros y de nuevo la espera por Perón.

Si Naipaul quiere comprender por qué este país está como está, deberá entender lo que es el peronismo, pero eso no es fácil; en Argentina no hay historia ni archivo, sólo consignas, peleas y pintadas en las paredes. El país está hecho de palabras y hay algunas que sirven para pintarlo: macana y chanta son las más evidentes.

El peronismo como síntoma

Hay un lugar común, de esos que generan comodidad, que dice que el peronismo es un fenómeno inexplicable fuera del país. Algunos lo repiten con orgullo, otros con resignación. Naipaul ve en el peronismo las claves del país entero, no como causa sino como síntoma, como la expresión más cabal de lo que es la sociedad, como su reflejo. La sociedad engendró un régimen que la ha llevado a un estado de crisis terminal, sin embargo ningún argentino es capaz de comprender cómo se llegó hasta ahí. Cómo se explica Argentina, parece decir Naipaul. Mostrando al peronismo, parece responder.

Es 1974. La esperada vuelta del líder ya tuvo lugar. Él y su mujer están en el poder. “Perón conduce, Isabel, verticaliza. Las palabras resultan tan difíciles en español como en inglés”. ¿Por qué ese gusto por las consignas? Una detrás de la otra: en la prensa, en los carteles, en las calles, en los actos oficiales que son actos del partido. El cronista no tiene respuestas.

El país se hunde, está fuera de control y el gobierno ve enemigos por todos lados. Habla la vicepresidenta y acusa a los especuladores y acaparadores, habla López Rega y nadie le entiende, dice algo como que la filosofía del justicialismo no busca más que la felicidad, habla el presidente y dice que está harto de la falta de cooperación. Entonces los sindicatos y el partido se juntan para apoyarlo y Perón se siente satisfecho. La prensa está detrás de las últimas declaraciones. Hay rumores de traición y se dice que van a rodar muchas cabezas en el poder, el gabinete entero renuncia y al otro día el gabinete completo es nombrado de nuevo. Naipaul no puede creer la farsa, el efecto dramático, el montaje y la ingenuidad de la prensa: todos detrás de noticias que no son noticias, de esos shows preparados en medio de una crisis terminal. “Los periódicos son así en Argentina”.

Hay inflación, hay guerrilla y represión, hay violencia en las calles y en el gobierno sólo hay discursos. Proliferan las palabras hasta que en la tapa del diario Crónica aparece una sola: MURIÓ. No hay necesidad de decir quién porque el país entero gira en torno de ese hombre que murió, presidente de la nación por tercera vez, una leyenda incomprensible.

“El fracaso fue obvio. Perón no pudo controlar a la Argentina que él había creado 20 años antes, no había podido reorganizar la sociedad que él mismo había minado”.

“El fracaso fue obvio. Perón no pudo controlar a la Argentina que él había creado 20 años antes, no había podido reorganizar la sociedad que él mismo había minado”. Naipaul cree también que ningún político podría haber organizado el país en ese momento y entonces escribe una de sus frases más citadas: “Argentina es una tierra de saqueo, y su política no puede ser otra que la política del saqueo. En Argentina todos entienden y aceptan eso”. El misterio no es el peronismo, la Argentina es un misterio.

Naipaul dice que acá el saqueo se disimula con retórica, que el país tiene todo el aparato de una sociedad culta —prensa, intelectuales, universidades, editoriales, industria cinematográfica— pero no tiene una idea sobre sí mismo. Argentina no se ha pensado a sí misma, no sabe cómo contarse como país más allá de las palabras vacías. Todo se resume en ponerle nombre de presidentes y generales a las calles, hay leyenda y romance —listas de presidentes, algunos acontecimientos puntuales— pero no hay historia verdadera. En Argentina las palabras son muchas y, de tanto usarlas mal, han adquirido un significado inferior. General, artista, periodista, historiador, universidad, aristócrata y muchas otras palabras perdieron tanto su valor que deberían ser puestas entre comillas.

La conclusión es que no se puede escribir sobre Argentina con realismo y la ficción tampoco alcanza. Naipaul está verdaderamente impresionado por el uso y degradación de las palabras en la Argentina y el nivel superlativo que esto alcanzó con un nombre propio que se volvió omnipresente y cargado de significados no sólo diversos sino también contradictorios. Muerto Perón, quedó expuesta la realidad brutal que se escondía detrás de todos los sentidos atribuidos a ese nombre.

Al final Perón sólo podía ofrecer sus palabras. Se había convertido sólo en su nombre, una presencia por encima de todo, por encima del pueblo que actuaba en su nombre, por encima de la inflación y de la escasez, de la creciente y vertiginosa caída del peso, las luchas entre las facciones, los secuestros diarios y los tiroteos con la guerrilla, los fuertes rumores de saqueo en las altas esferas; por encima de la Argentina, cuya brutalidad él había adivinado y explotado. Era muy viejo y quizás su causa había llegado a ser más personal de lo que él mismo suponía: volver a su patria y ser rehabilitado.

Sé que la cita es extensa, pero la crónica de Naipaul está llena de momentos como éste que no deberían perderse. Si se quedaron con ganas de leer el texto completo y de añadirle sus propias arbitrariedades, el camino más fácil es descargarlo en la web. Después de su primera publicación en Estados Unidos, circuló en diferentes medios anglosajones y Seix Barral la publicó en español en 1983 como El regreso de Eva Perón y otras crónicas, pero el libro está fuera de stock y en Mercado Libre se consigue por unos módicos y devaluados 60.000 pesos argentinos.

 

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Andrea Calamari

Doctora en Comunicación Social. Docente investigadora en la Universidad Nacional de Rosario. Escribe en La Agenda, JotDown, Mercurio y Altaïr Magazine.

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