JOLLY
Domingo

Cuándo se jodió la Argentina

En 'La moneda en el aire', Gerchunoff y Hora recorren la historia argentina buscando comprender más que juzgar. Si tuvieran que responder con una fecha la pregunta del título dirían, quizás, 1975.

Al inicio de Conversación en La Catedral, Santiago Zavala se pregunta “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, un país que, a través de los ojos de su protagonista, Mario Vargas Llosa describe como sumido en la corrupción, el pesimismo y la apatía de una sociedad frustrada. La equivalente a esa pregunta en clave argentina es harto conocida y sus respuestas, numerosas. Sin la melancolía que caracteriza al alter ego de Vargas Llosa, Pablo Gerchunoff y Roy Hora se proponen, en La moneda en el aire, desmenuzar la historia argentina, desde la organización nacional hasta la actualidad, no con la intención de sentenciar cuándo se jodió Argentina, de asignar culpas o de alimentar espíritus de revancha, sino con el ánimo de reflexionar sobre el pasado, presente y futuro de un país que, hace ya muchos años, parece haber perdido el rumbo.

A partir de su diálogo, Gerchunoff y Hora buscan comprender el pasado por medio del presente y el presente por medio del pasado. Por eso, si, como escribió Marc Bloch en Apología para la historia o el oficio del historiador, comprender es “la palabra que domina e ilumina nuestros estudios”, entonces La moneda en el aire es, definitivamente, un libro de historia, pero organizado de manera poco convencional. A lo largo de diez capítulos, la conversación entre dos historiadores sólidos y experimentados permite ampliar horizontes, deshacer lugares comunes y provocar nuevas preguntas, mediante un intercambio fluido e informal pero no por eso menos riguroso. Además, al organizar el libro, Hora ha evitado los cortes temporales habituales, armando los capítulos de tal forma que desmontan las narrativas fundacionales de cada momento político y logran encontrar continuidades y relaciones comunes entre fenómenos que, a priori, parecerían antagónicos. Es así que el lector encuentra, en cada capítulo, extrañas parejas conformadas por los primeros gobiernos radicales y la década infame, Perón y Frondizi, la última dictadura y Alfonsín, Menem y los Kirchner, para luego finalizar con dos capítulos dedicados a la experiencia de Macri y “el futuro incierto”.

Desarrollo o democracia

El libro comienza con la inquieta vida intelectual y profesional de Pablo Gerchunoff, “sobre el telón de fondo de las transformaciones de la izquierda y de los avatares del debate político nacional”, una época dinámica y de acelerados cambios en los patrones culturales e ideológicos. Como el autor reconoce, por aquel entonces los intelectuales de izquierda no tenían a la democracia dentro de sus preocupaciones. Las claves eran la revolución, el antiimperialismo, la modernización y el desarrollo. De hecho, Gerchunoff confiesa que la inquietud por cruzar desarrollo y democracia apareció recién hacia finales del último gobierno militar. Desde entonces, los crímenes del Estado revelaron que la democracia debía ser entendida como un aspecto central para lograr una mayor igualdad en todos los ámbitos y proteger los derechos de los ciudadanos. Reacio a formar parte del programa de amnistía militar de sus amigos peronistas, Gerchunoff encontró en Raúl Alfonsín el ideal de democracia que se estaba gestando y la posibilidad de un liberalismo progresista.

Por otro lado, la narración sobre sus años como asesor en el Ministerio de Economía de Juan Sourrouille y luego de José Luis Machinea dan una imagen más humanizada de la función pública, en la cual Gerchunoff dice haber “mordido la manzana de la comprensión” y perdido mucha de la soberbia del intelectual. Su concepto de la primacía de la política viene de estas experiencias, en las que pudo comprobar la rigidez del path dependency en Argentina, donde agendas políticas, rutinas institucionales, derechos adquiridos e ideas consolidadas sacrifican las opiniones de los técnicos y los programas económicos más razonables.

Ahora bien, esto no quiere decir que los autores caigan en el otro extremo, el de la historia caótica y el puro azar.

La dinámica de diálogo permite un ida y vuelta permanente a lo largo del relato histórico, en el cual no se busca establecer una cadena inexorable de causas y consecuencias, sino colocar los eventos en la perspectiva del largo plazo, jugar con contrafácticos y contrastar el sentido común de los argentinos con la realidad histórica situada en su momento, para demostrar que nada está escrito y que la moneda siempre está en el aire. Como Gerchunoff y Hora saben, situarse en el pasado y reconocer la incertidumbre en la cual se movían los actores contemporáneos contribuye a desdramatizar la historia, a quitar el sentido determinista y la tentación épica.

Ahora bien, esto no quiere decir que los autores caigan en el otro extremo, el de la historia caótica y el puro azar. El propio Hora advierte sobre las constricciones de toda época, al decir que “los hombres no son plenamente conscientes del papel que les toca jugar en la historia, son ciegos ante las fuerzas que ordenan su mundo”, parafraseando al joven Karl Marx de El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

En La moneda en el aire, la explicación para los aciertos y los accidentes de nuestra historia económica tiene más que ver con la comprensión de la Argentina en el contexto global y con los componentes inerciales de la política y de la sociedad que encarrilan el accionar de los gobernantes. Si la premisa madre de Gerchunoff es que el problema argentino es un problema político, se trata de uno presionado y dibujado por los dos ejes del largo plazo que permitirían comprender toda la historia económica argentina: “El federalismo desigual y la rebeldía social frente a lo que se percibe como una injusticia”.

Ambas cuestiones serían resueltas, inicialmente, por la política de Julio A. Roca y Carlos Pellegrini, a través del acuerdo entre las élites del interior y las porteñas que permitió construir el Estado nacional y el modelo de desarrollo agroexportador. Una gimnasia mantenida por Hipólito Yrigoyen y Marcelo de Alvear, que lograron mantener su coalición popular exportadora, basada en el crecimiento y en la incorporación social de nativos e inmigrantes. De acuerdo con Gerchunoff, a diferencia de la vocación igualitarista, que suele ser colectiva y reformista, la incorporación social describiría mejor la historia de gestos y procesos individuales y familiares mediante los cuales la sociedad argentina ha demandado participación y bienestar. Como dice Hora, esta distinción ayuda a comprender las aspiraciones de nuestras clases populares y el dinamismo de nuestra movilidad social, así como las dificultades de los partidos clasistas, a izquierda o a derecha, para constituirse como una opción electoral masiva. 

La inercia de la Revolución justiciera

En Argentina, el proceso de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) se inició en la década de 1930 y no estuvo libre de tropiezos. Desde entonces comienza, en palabras de Gerchunoff, la convergencia con América Latina: una etapa de crecimiento consistente, pero menos acentuado que en los países vecinos. Con respecto a la década infame, lo que hubo no fue retroceso socioeconómico, sino estancamiento. Además, el cambio estructural a favor de la industria protegida y mercadointernista se convertiría en el eje de la modernización y de la inclusión por muchas décadas, a pesar de todas sus limitaciones tecnológicas, su baja productividad y el mercado reducido.

A raíz del factor Perón, Gerchunoff y Hora reconocen el carácter disruptivo de su salto igualitario, pero aun así mantienen que es posible observarlo en perspectiva histórica, dados los fenómenos anteriores que habían empujado la incorporación social de las masas, como la cultura popular y el propio ISI, que Perón profundizó. A su vez, tampoco desestiman la influencia de las tendencias que estaban atravesando las democracias de Occidente hacia el Estado de Bienestar y el empleo industrial.

Ahora bien, según Gerchunoff, Perón sobreactuó. El nacionalismo económico y su “indigestión igualitaria” desequilibraron todas las cuentas y, en pocos años, provocaron inflación, escasez de reservas, déficit fiscal y externo. Al parecer, Perón “no quería tanto”, era más moderado y el experimento se le fue de las manos por motivos políticos. De acuerdo con los autores, el desequilibrio económico fue el costo que Perón pagó para cumplir sus promesas a los trabajadores y afirmar una base electoral adquirida muy recientemente y de lealtades volátiles. Una vez consolidado su poder, tras la recesión de 1949, pudo enderezar el rumbo y tomar medidas más ortodoxas, hasta el clímax de 1952, cuando sacrificó el nacionalismo económico a favor del acercamiento a los Estados Unidos.

Gerchunoff y Hora coinciden en que Perón fue un realista, pero que al intentar su giro “protodesarrollista” se encontró con la inercia de su “revolución justiciera”.

Gerchunoff y Hora coinciden en que Perón fue un realista, pero que al intentar su giro “protodesarrollista” se encontró con la inercia de su “revolución justiciera”, es decir, con la resistencia burocrática del Estado peronista, la dirigencia sindical y las demandas salariales de las masas.

Las mismas trabas hallaría Arturo Frondizi, quien intentó superar las limitaciones de la industria liviana (poco capitalizada, con baja tecnología y centrada en el mercado interno) mediante un plan de estabilización que atrajese la inversión extranjera directa, necesaria para crear un complejo industrial-capital intensivo, incrementar la productividad y exportar manufacturas. Con todos los obstáculos políticos, errores y su eventual derrocamiento, Frondizi dejó unas bases sólidas para la modernización del aparato productivo, a tal punto que el desarrollismo sería la marca distintiva de la época, tanto de presidentes civiles como militares. Una suerte de “consenso subterráneo” del modelo económico, por debajo de toda la conflictividad y la violencia de los años ’60.

¿Cuándo se jodió la Argentina?

En La larga agonía de la Argentina peronista, Tulio Halperín Donghi describió a la “sociedad peronista” como una sociedad inviable, con fecha de nacimiento, en octubre de 1945, y fecha de caducidad, en la hiperinflación de 1989, perfilada por las aspiraciones de unanimidad de Perón, su capitalismo prebendario y una plétora de actores sociales que corroían al Estado por dentro por medio del chantaje. Estén de acuerdo o no con la lectura política de Halperín, en el libro de Gerchunoff y Hora no se percibe esa noción de “sociedad peronista”. Más bien, tratan de comprender la Argentina industrial y salarial como un fenómeno social dentro del trayecto de industrialización protegida, iniciado en la década de 1930, y en el contexto internacional del Estado de Bienestar de la posguerra. En sus páginas, la Argentina de 1930-1975 estaría más cerca de las experiencias latinoamericanas desarrollistas que de la singularidad de la “Argentina peronista”.

Si Halperín probablemente pensaba que la Argentina se jodió en 1945, Gerchunoff y Hora están más inclinados a tomar algún momento de los ’70: “Algo se perdió, y ya no fue posible recuperarlo”. Como explica Hora, los cambios acaecidos en el mundo, con la globalización financiera, el aumento de los precios del petróleo, el avance tecnológico y la aparición de centros industriales en el Sudeste Asiático encontraron mal preparada a una Argentina que arrastraba un complejo industrial atrasado y costoso. Desde entonces, ningún gobierno ha sabido trazar un patrón de desarrollo sostenible en el largo plazo, que garantice estabilidad y bienestar. Entre los factores de este bloqueo han estado la dinámica del gasto público, imposible de desmontar, la nueva configuración de la pobreza suburbana, que ha invertido el antiguo federalismo desigual en contra de la provincia de Buenos Aires, y las demandas de una sociedad bien estructurada, que ni siquiera los militares, con toda su represión, pudieron deshacer.

La Argentina de 1930-1975 estaría más cerca de las experiencias latinoamericanas desarrollistas que de la singularidad de la “Argentina peronista”.

De ahí el eterno conflicto, desde 1976 en adelante, entre consumo y competitividad, que tan bien explica Gerchunoff en los capítulos concernientes a la era democrática. En palabras del economista: “No tenemos un patrón de desarrollo sino movimientos espasmódicos muy guiados por los movimientos de capitales. Y no tenemos un patrón de desarrollo porque consolidar su arquitectura es socialmente costoso en los momentos iniciales”.

Yendo contra la mentalidad desarrollista-estatista de los militares, en 1979 Martínez de Hoz logró la apertura económica para atacar la inflación. Desde entonces, la Argentina dependió más que nunca de los capitales externos de corto plazo para sostener el gasto público, el tipo de cambio bajo y el consumo alto. En palabras de Gerchunoff, el “triángulo popular”.

La dinámica se repetiría otras veces: la Argentina recibe capitales que aprecian el peso, suben los salarios y dan sensación de bienestar, pero que, ante cualquier señal de desconfianza, se retiran de la plaza y producen los efectos conocidos: devaluación, desempleo, marginalidad. A esta dinámica que, en cada una de sus ocurrencias, establece pisos de pobreza irreversibles, se debe agregar el endeudamiento externo.

Esta fue la historia de Alfonsín, gobernando en moratoria permanente, acorralado por banqueros americanos y sindicatos peronistas e incapaz de cumplir su Tercer Movimiento Histórico y de restituir bienestar material a una sociedad golpeada. Las urgencias electoralistas, la inercia de las ideas y la resistencia de los actores, se combinaron con las restricciones externas para bloquear al gobierno de la primavera democrática y llevar a la crisis de 1989. Para ese entonces, la sociedad argentina que había comenzado a dibujarse hacia el final de la dictadura rompió el ciclo argentino de incorporación social e inauguró este nuevo panorama social de alto desempleo, alta pobreza y alta marginalidad, ya no minoritario y localizado en lejanos parajes provinciales, sino masivo e instalado a pocos kilómetros del Obelisco. Un contexto popular muy alejado de la sociedad salarial con aspiraciones de movilidad. Es este nuevo orden social apremiante el cual el peronismo moderno ha tratado de administrar y el que todo partido o candidato debe considerar.

La primacía de la política

Gerchunoff y Hora continúan el relato donde lo dejó Halperín y explican la capacidad de adaptación del peronismo para reinventarse antes los cambios de época. Los dos peronismos, uno de mercado y otro nacional-popular, que marcaron la historia argentina entre 1989 y 2015, han tenido breves edades de oro, pero, eventualmente, fracasaron en establecer un nuevo patrón de crecimiento, si es que lo intentaron.

Aunque los autores les reconocen algunas virtudes, como el impulso reformista en el caso de Menem y la sensibilidad social al kirchnerismo, a la hora de comprenderlos, insisten en la primacía de la política y del cortoplacismo electoral para explicar sus dificultades económicas. La necesidad de refrendar el poder cada dos años, el crecimiento económico y el “aliento en la nuca” de una sociedad demandante de salarios altos y dólar barato fueron factores demasiado limitantes o demasiado tentadores para los gobiernos peronistas, aun cuando, en el caso de Menem, las devaluaciones de los países emergentes lo urgían a desprenderse de la Convertibilidad, o en el caso de los Kirchner, cuando los altos precios internacionales comenzaron a bajar.

Según Gerchunoff, el kirchnerismo gobernó con “los ojos en la nuca”, teniendo al pasado como su futuro. Su utopía estaba en las décadas de la “Argentina peronista”, por lo que se guiaron por ideas anacrónicas y fórmulas vencidas sobre la industrialización de los ’60 que nunca llegaron a comprender. Al pasado romántico sumaron el corto plazo absoluto para sostener el “triángulo de lo popular”, debido a su permanente miedo a perder el poder.

Siguiendo el razonamiento de Steven Levitsky en La transformación del justicialismo: del partido sindical al partido clientelista, Gerchunoff y Hora comprenden la supervivencia del kirchnerismo y el mantenimiento inamovible de su 30-35 % del electorado a partir del análisis sociológico del voto. Desde los ’80, el mundo del trabajo en Argentina se estaría partiendo en dos universos, el empleo registrado-sindicalizado y los trabajadores informales, cuyas perspectivas se alejan cada vez más. Según Gerchunoff y Hora, Cristina representaría a ese tercio inferior de la pirámide social presente en las periferias urbanas, que no dispone de mecanismos de protección social, ni de trabajo estable. El resto, los “trabajadores de Perón” formarían parte de esa clase media volátil, temerosa de perder lo poco que le queda, de voto oscilante en cada elección; una clase que constituye un desafío electoral tanto para el peronismo, como para su oposición.

Según Gerchunoff, el kirchnerismo gobernó con “los ojos en la nuca”, teniendo al pasado como su futuro.

Con respecto al PRO, Gerchunoff y Hora explican su rápido crecimiento electoral a través de la tradicional escasa sintonía entre demanda y oferta electoral en el voto antiperonista. Después de 1945, los dirigentes de la UCR, primer partido nacional y popular, no se habrían adaptado bien a su conversión en el partido de la clase media y de la clase alta. Durante décadas, el votante antiperonista fue con la UCR por mera oposición al peronismo, no por convicción en su agenda de contenido social y su estilo popular. De este modo, desde el desprestigio del radicalismo con la crisis del 2001, en palabras de Hora, “el PRO mejora lo que la UCR tenía para ofrecer”. Macri construyó un partido como expresión de la centro-derecha, que esgrime un discurso liberal, a favor de la globalización y de una economía abierta al mundo, junto con un guion conservador en defensa de la familia y el orden.

Según los autores, aunque es un producto de la nueva política, es posible insertar al PRO en la tradición de los grandes partidos atrapa-todo de la historia argentina, ya que no es inmune a las aspiraciones fundacionales y hegemónicas y siempre ha promovido la absorción de políticos y de votantes de todas las procedencias. Del mismo modo, el conservador Mauricio Macri estaría más apegado a las tradiciones del personalismo verticalista argentino de lo que muchos de sus seguidores estarían dispuestos a admitir.

En cuanto a la gestión económica, al igual que en Menem y en los Kirchner, las prioridades electorales y “el aliento en la nuca” obligaron a sostener el “triángulo de lo popular” como fuese. De hecho, Gerchunoff divide el gobierno de Cambiemos en dos etapas. La primera, la “etapa dogmática de la Revolución macrista”, desde 2016 hasta mayo 2018, en la cual Macri buscó combinar el consumo con la inversión, mediante la libre movilidad de capitales, la corrección de precios y el gasto público, pero manteniendo la disciplina monetaria. En palabras de Gerchunoff, una utopía macrista o un serio error de cálculo que creó una tensión irresoluble entre lo fiscal y lo monetario, la cual terminó por deteriorar el cuadro entre diciembre de 2017 y mayo de 2018 y obligar al recurso del endeudamiento externo. A partir de entonces, en la segunda etapa, Macri gestionó la economía a la defensiva, sin dominar la agenda, esperando el milagro de resolver la competitividad mediante la restricción fiscal.

El futuro incierto

La lección del experimento macrista es que sin un patrón de crecimiento económico que permita mantener las demandas sociales y la inversión, no hay batalla cultural que valga. Como dice Hora, “con o sin cambio cultural, no puede haber largo plazo si no es gracias al auxilio de algunas recompensas de corto plazo”. Fiel a su postulado del poder de transformación de la política, Gerchunoff cree que una coalición exportadora lo suficientemente amplia puede tender los acuerdos necesarios y establecer unos objetivos a largo plazo razonables para mejorar la competitividad. “Vaca Muerta, agricultura, ganadería, cuatro o cinco unicornios de calidad internacional, industrias competitivas, plantas nucleares, vinos y frutas. Lo que sea. Lo que está ante nuestros ojos y lo que todavía no está ante nuestros ojos”. Para ello, se requiere una visión, que proporcione un horizonte, una secuencia de iniciativas y una velocidad adecuada para llevarlas a cabo. Según Gerchunoff, Macri tuvo la visión, pero no acertó en la secuencia y en la velocidad. De hecho, en la mirada del economista, si la Argentina sufre de un bloqueo político no sería por la carencia de visiones, sino por la existencia de tres visiones que no logran articularse adecuadamente: conservadurismo popular, liberalismo conservador y reformismo. En otras palabras, un país predominantemente conservador, reacio a los grandes proyectos transformadores.

Con todo, si, como Gerchunoff dice, el peronismo es mayoritariamente conservador-popular y Cambiemos es predominantemente liberal-conservador, repartiéndose entre ambos las fracciones afines del reformismo progresista, entonces habría que preguntarse si sirve seguir pensando el mapa político argentino en términos de izquierda y derecha o si las ideas que los dividen son otras.

Según Gerchunoff, Macri tuvo la visión, pero no acertó en la secuencia y en la velocidad.

Los balances de Gerchunoff y Hora sobre el año y medio de gestión kirchnerista no son positivos. Aunque éste último reconoce la “ingeniería electoral de alto vuelo” de Cristina para reunificar a la familia peronista, postula que este armado complejo es una prueba de sus propias debilidades políticas y de la precariedad de su ascendiente sobre el electorado justicialista. “La presidencia de Alberto Fernández carga con esta marca de origen. Su manera de gobernar, también”, dice Hora.

Gerchunoff resalta que, si bien la historia argentina tiene antecedentes de presidentes débiles ungidos por la cabeza del partido, esta es la primera vez que tenemos un presidente débil elegido por una jefa minoritaria, que no puede compararse con líderes masivos como Yrigoyen o Perón. Además de una pandemia que obligó a Fernández a administrar la recesión y el malestar, el resultado de la alquimia política, según los autores, es un gobierno bicéfalo, la ambigüedad y la falta de nitidez, sumado a un discurso que solo puede apelar a la nostalgia del pasado ante un futuro negro. Una sucesión de contradicciones que tocan todos los temas y todos los ámbitos, pero que probablemente, sea la única manera de sostener la supervivencia de una coalición creada para ganar elecciones y que debe defender las demandas poco conciliables de esos dos universos peronistas fragmentados: el salarial y el marginal. Como dice Gerchunoff con su facilidad para las frases estilizadas: “Cada día asombra, pero el conjunto no asombra”.

La premisa general de los autores, que no pierden la esperanza, es que “la solución siempre es política”. La Argentina no sufre de ningún determinismo para explicar su decadencia, ni de causas estructurales únicas que le impidan crecer. El país supo tener dos patrones de desarrollo, el agroexportador (1880-1930) y el industrialista (1930-1975), y ambos fueron modernizantes y progresistas para sus respectivas épocas, garantizando desarrollo económico e incorporación social. Lo que no se puede hacer es tratar de reproducirlos en el siglo XXI.

El diálogo entre los dos historiadores muestra que no hay certezas en la historia, que la moneda estuvo en el aire en el pasado y que siempre está en el aire en el presente. Visión de futuro, secuencia para las iniciativas necesarias y velocidad para llevarlas a cabo. De eso depende, para Pablo Gerchunoff y Roy Hora, la construcción de aquel nuevo patrón de desarrollo sostenible que saque a la Argentina de sus ya casi “cincuenta años de soledad”.

En conclusión, La moneda en el aire es un excelente repaso de la historia política y económica de nuestro país, narrado en un formato original por dos cultores de las ciencias sociales y de la conversación que, sin ocultar sus opiniones políticas, no pretenden dictar sentencias, sino comprender, explicar y problematizar. Una obra apta para todo público y, a su vez, rigurosa e inquietante, como todo buen libro de historia.

 

Compartir:
Salvador Lima

Licenciado en Historia. Integrante del GEHiGue (UBA/CONICET). Analista internacional en GEOPOL21.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

Identidades sagradas

En ‘Generación ofendida’, Caroline Fourest denuncia las políticas identitarias, pero, atrapada en su propia identidad de izquierda, no puede evitar acusarlas de hacerle el juego a la derecha.

Por Quintín

El fin del dedazo cristinista

Si en noviembre se repite el resultado de las PASO, la hegemonía kirchnerista en el Conurbano estaría terminada y el peronismo ya no tendría por qué aceptar el liderazgo de Cristina.

Por Ignacio Labaqui

Odio y resentimiento
en el peronismo plebeyo

El autor reflexiona sobre el origen de su último libro, ‘La vida breve de Dardo Cabo’, que pudo ser una biografía pero terminó siendo una novela-ensayo, más libre, más profunda y con más humor.

Por Vicente Palermo

El bull market argentino

El kirchnerismo fue desangelado por la juventud, que esta vez eligió otros artefactos igualmente desmesurados pero que pueden ser buenos aliados del próximo presidente no peronista.

Por Esteban Schmidt