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Domingo

Milei, un tío y su sobrino

El Gobierno triunfa en lo que hacen bien los Caputo: cuidar la imagen del presidente (Santiago) y sostener la firmeza del ajuste (Toto). El resto es casi todo improvisación y provocaciones.

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Hay tres maneras de evaluar a un gobierno. Una es compararlo con las expectativas y las ideas de cada uno: esto me gusta, esto no me gusta, de esto estoy a favor, de aquello estoy en contra. Otra es, más allá de las preferencias, separar la paja del trigo para ver si está teniendo éxito para lograr sus objetivos, si le va bien o le va mal. Y la tercera es tratar de interpretarlo de acuerdo a su propia lógica: tomar las cosas que un gobierno dice sobre sí mismo para echar luz sobre decisiones que puedan parecer inesperadas. Los columnistas con frecuencia fusionan los tres enfoques en uno, concentrándose en los últimos dos pero sin poder contener el primero, que se les cuela aunque no quieran. Yo voy a intentar evaluar los primeros 100 días del gobierno de Javier Milei, que se cumplieron el miércoles, intentando que no se me mezcle la hacienda de los distintos corrales interpretativos.

Empiezo el tercer enfoque, sobre el cual es el que menos tengo para decir. Como tuiteó Quintín el otro día, “Milei es el primer presidente cuya lógica de gobierno se nos escapa”. A principios de febrero, después del fracaso de la Ley Bases en Diputados, el presidente publicó un largo texto en X donde parecía sintetizar con claridad los objetivos de su gobierno: “Arreglar tres problemas fundamentales que sufre nuestro país: la inflación, la inseguridad y los privilegios de los políticos”. Me pareció en su momento una definición clara y útil, que se sostiene más o menos bien en las dos primeras partes pero cuya tercera parte hoy me resulta imposible conciliar con la decisión de, por ejemplo, proponer a Ariel Lijo para la Corte Suprema. “Nosotros vinimos a plantear un modelo distinto al modelo empobrecedor de los últimos 100 años”, escribía Milei en el segundo párrafo. ¿De qué manera podría la designación de Lijo, un emblema de la casta, del modelo corporativo y del sostenimiento de los privilegios de los políticos, colaborar con la aparición de ese nuevo modelo? No tengo la menor idea y sospecho que el Gobierno tampoco la tiene: veo al nombramiento de Lijo menos como una jugada maestra de largo plazo que como una consecuencia (otra) del extravagante y frágil sistema de decisión instalado en la Casa Rosada: alguien trajo la idea, atravesó pocos filtros y salió a la intemperie. Por eso insisto con Quintín en que fuera de la lucha contra la inflación, que es consistente en hechos y palabras, y el cuidado de la imagen del presidente, su otra gran prioridad, este gobierno es impredecible, inestable y difícil de interpretar.

Aprovecho este pie para correrme al segundo eje de análisis: cómo creo que le está yendo al Gobierno. La respuesta corta es que le está yendo mejor de lo pronosticado en diciembre, especialmente en estas dos áreas fundamentales donde ha mostrado lógica y firmeza: la protección de la relación de Milei con sus votantes y la política económica. En estos dos aspectos ha tenido un éxito indudable y para nada garantizado hace 104 días. Alrededor de eso, mucho ruido, un clásico de la política argentina pero esta vez subido a volumen 11, a veces por el Gobierno, que tira manos sin saber a quién le quiere pegar, y a veces por los opositores, que sobreactúan sus acusaciones en nombre de la democracia. Recordemos que hace un mes teníamos a un gobernador amenazando con cortarle el petróleo al resto del país y al presidente respondiéndole que era un “degenerado fiscal”. En ese momento parecía que la crisis entre Nación y Chubut iba a ser un antes y un después, y sin embargo ahora ya es parte del ruido olvidado. Los argentinos ladramos mucho y mordemos poco. Somos el “agarrame que lo mato” hecho país. Por eso hay que hacer un esfuerzo por distinguir el ruido de la señal y las únicas dos cosas consistentes del Gobierno son la comunicación presidencial y el sacudón económico. El Gobierno es la popularidad de Milei (Santiago Caputo) y la firmeza del ajuste (Toto ídem): lo demás es casi todo ruido.

Los argentinos ladramos mucho y mordemos poco. Somos el ‘agarrame que lo mato’ hecho país.

Los balances sobre los cien días de Milei publicados en estos días pusieron énfasis en todas cosas que son ciertas: las derrotas legislativas, los conflictos con los gobernadores, la profundidad de la recesión, el caos interno. Todo eso es verdad y muestra las limitaciones de un gobierno con poco poder institucional que tiene que luchar contra sus enemigos pero también, con frecuencia, contra sí mismo. Uno puede argumentar, como hace el oficialismo, que la caída de la Ley Bases o el purgatorio donde está el DNU ayudaron a mostrarle a la sociedad quién está de un lado y quién del otro. Es una manera de verlo. Pero también es cierto que la estrategia inicial fue torpe, que algunas partes de la ley eran estrafalarias, que la negociación parlamentaria fue cáotica y que, sobre todo, el Gobierno se moría de ganas de que el DNU y la Ley Bases fueran aprobados. Habrían festejado su sanción mucho más que estos limbos.

Hay, aún así, algo de cierto en la narrativa oficial de que también importan otras cosas, como el apoyo de la sociedad, que se mantiene alto, sobre todo entre los votantes de Milei en el ballotage (de esos casi no ha perdido a ninguno) y como haber establecido una autoridad presidencial de la que hoy casi nadie duda. Ya casi estamos en Semana Santa, cuando supuestamente, según los pícaros de diciembre, el gobierno iba a empezar a tambalear. Y no está tambaleando. No es un logro menor para un equipo de gobierno deshilachado, insulso, cambiante (cada dos días se va un funcionario), inexperto y en minoría. Salvo Economía y el Banco Central, a los que Milei ha logrado aislar del mundanal ruido de su gobierno, y Cancillería y Seguridad en un escalón más abajo, las demás áreas dan la impresión de que podrían salir con cualquier cosa cualquier día, como salieron el miércoles con lo de Lijo.

Esto, insisto, no estaba escrito en diciembre. La fragilidad económica de entonces parece algo más firme ahora, pero recordemos que el Banco Central sigue teniendo reservas netas negativas a pesar de haber comprado unos 10.000 millones de dólares desde el cambio de gobierno. No estaba para nada claro que a fines de marzo el riesgo país iba a ser el más bajo en años o que el dólar iba a valer lo mismo (o menos) que hace tres meses. Siento que el furor parlamentario del verano, que sacó al Gobierno a la cancha desde el minuto uno, sin rounds de estudio ni tiempo para ver cómo jugaba el otro equipo, nos puso muy rápido en modo toma-y-daca político y nos hizo olvidar de que las bases de la economía seguían muy endebles. Esto hace doblemente meritorio el éxito hasta ahora de Caputo. Si alguien nos hubiera dicho en diciembre que en marzo nos íbamos a estar quejando de que el dólar estaba barato, no le habríamos creído. Lo vi el otro día a Toto en el almuerzo del CICyP, un grupo de grandes empresarios, y lo vi bien, claro en sus ideas, creíble en su firmeza, incluso con sentido del humor. Me alegré por él, porque su primera experiencia como funcionario la había padecido, incómodo ante la exposición pública y el chicaneo fair play de la política. Ahora parece no sólo entero sino incluso estar disfrutando de su rol político, lo que es importante.

Me gusta mucho, poquito, nada

Paso al primer eje: ¿me gusta este gobierno? Como defensor hace 15 años de la idea de que lo primero que tiene que darle el sistema político a los argentinos es la estabilidad macroeconómica (después nos podemos seguir peleando por el resto del modelo productivo), tengo que admitir que admiro y apoyo la convicción con la que Milei, Caputo y Bausili están encarando el ordenamiento de las cuentas del Tesoro y del Banco Central. Ojalá les vaya bien y su legado, si lo consiguen, se transforme en una bandera defendible por una mayoría de los actores políticos. Incluso siento que pueden esperar para más adelante las famosas “reformas” contra el Estado corporativo, algunas previstas (otras no) en el DNU y la Ley Bases. El foco económico tiene que ser macroeconómico, lo demás se irá acomodando con el tiempo, sobre todo si sale bien.

En cuanto a lo político, en cambio, es difícil hacer un balance de los primeros 100 días cuando el día 101 el Gobierno propone a Lijo para la Corte Suprema. No digo que esto lo cambia todo, porque podría terminar siendo otro episodio de ruido en un gobierno extremadamente ruidoso, pero cambia bastante, porque es una decisión para mí incomprensible, desde mi punto de vista (desde lo que a mí me gustaría) pero también desde lo que creo que es la lógica del gobierno. Como ya dijeron varios opositores y analistas en estos días, Lijo es un emblema de la impunidad y de la casta, del sistema que negocia todo para beneficiarse a sí mismo, de la máquina infinita de hacerse y deberse favores, de la Argentina donde la ley es secundaria frente al amiguismo, la extorsión o la corrupción. Sería un desastre que Lijo llevara este virus de Comodoro Py a la calle Talcahuano, donde la Corte parecía estar entrando en una fase de atención a la Constitución por encima de la atención a la política.

Le contesté lo mismo que vengo diciendo desde antes incluso del balotaje: que le tengo más miedo a la anarquía que a la tiranía.

El otro día me encontré en un cumpleaños con un tuitero del mundo de las finanzas. “Estoy preocupado”, me dijo. “Creo que se viene el fascismo”. Le contesté lo mismo que vengo diciendo desde antes incluso del balotaje: que le tengo más miedo a la anarquía que a la tiranía. En el siglo XIX, los pensadores de modelos de países usaban la anarquía y la tiranía como extremos de un eje a lo largo del cual diseñar constituciones e instituciones: por un lado, un poder centralizado garantizaba orden pero poca democracia, con riesgo de que ese poder se hiciera tiránico; por el otro, un poder central más diluido (por federalismo, división de poderes o voto universal) pondría límites a los tiranos, pero también tendría adentro el riesgo de la anarquía o la posibilidad de revoluciones constantes. ¿A qué le tenemos más miedo, a la tiranía o a la anarquía? Ésa era la pregunta central del siglo XIX, que yo adapto a nuestra bochinchera coyuntura actual: estoy convencido de que en el experimento Milei todavía hay un riesgo mucho mayor de anarquía que de tiranía. Es decir, de que le vaya mal, esto produzca una crisis económica aguda (la actual es crónica) y el sistema político fragmentado que tenemos no pueda hacerse cargo de la situación. Veo, por lo tanto, mucho menos riesgo de que Milei se transforme en un tirano, por tres razones: porque todavía está muy lejos de tener el poder necesario, porque la sociedad argentina ha mostrado tener los anticuerpos suficientes y porque, honestamente, no estoy convencido de que sea su intención.

Milei tiene, por supuesto, actitudes desagradables que uno podría llamar autoritarias o populistas. Su incapacidad para aceptar que alguien está en desacuerdo con él y respetarlo como un participante de la democracia lo emparenta con Cristina Kirchner, que lleva 20 años sin reconocer una crítica legítima, no empujada por los poderes concentrados o el lawfare. Este rasgo, que comparten sus militantes digitales, es preocupante en sí mismo pero también tácticamente, porque con los apoyos que hoy tiene el Gobierno no le alcanza para aprobar las reformas que quiere aprobar. En cualquier caso, una personalidad intolerante no debe ser confundida con un gobierno autoritario. Cristina quiso disciplinar a los medios en 2013 y a la Justicia en 2014. No lo logró. Tampoco creo que Milei lo lograría si quisiera intentarlo. Por otro lado, y esto es importante muchas de las reformas que propone, sobre todo las económicas, son para quitarse poder, no para acumularlo. Un gobierno que, por ejemplo, ya no controla el precio de las prepagas de salud es un gobierno que tiene menos poder sobre un sector productivo. Y así con muchas otras reformas incluidas en el DNU o el proyecto de Bases, dedicadas a que el Estado tenga menos (no más) autoridad sobre la economía. Eso no es autoritario ni populista, sino más bien lo contrario: es anti-populista. Lo populista de Milei hay que buscarlo en sus arengas anti-élite y en su lógica amigo-enemigo, pero sin olvidar que, al revés de muchos otros populistas, en la economía cede poder en lugar de concentrarlo.

Al revés de muchos otros populistas, en la economía Milei cede poder en lugar de concentrarlo.

Más sobre el eje me gusta/no me gusta, que algunos dirán que no es importante pero prefiero decirlo así, para no disfrazarlo de otra cosa. Milei y el Gobierno parecen haber empezado ayer a hablar en serio, por primera vez y coordinadamente, sobre el aborto. Estarán poniendo el dedito en la pileta para ver si hay agua. Yo creo que no la hay, pero más allá de eso es algo que no me gusta, no sólo porque estuve y estoy a favor de la despenalización y regulación del aborto, sino porque un Congreso elegido democráticamente ya se expresó sobre este tema hace poco más de dos años. En la ensalada ideológica que llevó a Milei a la presidencia, donde entran su origen libertario (como le dijo a Fantino: liberal en la economía y liberal en la cama) pero también el conservadurismo de su vicepresidente, el nacionalismo de otros y la obsesión anti-progre o anti-woke de muchos, el aborto es un electrón suelto, loco, defendible por los conservadores pero indefendible por los liberales. No veo manera de ser libertario, de defender la sacralidad del individuo y su cuerpo frente al Estado, y estar en contra del aborto. Al virus iliberal del wokismo se lo combate con más liberalismo, no con menos. En fin. Here we go again, como dice el meme, aunque siempre podemos confiar en la improvisación y las ganas de provocar del Gobierno para que esto al final, como tantas otras cosas, quede en la nada. El mileísmo sabe mucho mejor de qué está en contra, con qué está enojado, que qué es lo que les gusta y el modelo que propone, sobre todo fuera de la economía, donde Toto reina en paz. El resto es una tómbola, donde cada día puede salir cualquier cosa.

Los analistas, que en diciembre decían que el destino del mandato de Milei se jugaba en sus primeros cien días, ahora dicen que ese mismo destino se juega en los cien días que vienen ahora. No será así. Los gobiernos argentinos tienen un talento especial para arrastrarse en la fragilidad mucho más tiempo del previsto. Eso habla bien de la fortaleza de nuestra democracia. Otra gran pregunta habitual es cuánto durará la paciencia de la gente con el ajuste si no empieza a ver resultados, pero lo mismo se decía, insisto, en diciembre. La gran novedad del mapa político argentino, como el de otros países, es la polarización. El compromiso que tienen sus votantes con Milei, incluso los de la segunda vuelta, es mucho más profundo del que tenían los suyos con Macri. La paciencia no será eterna, nada en política lo es, pero aquellos votantes moderados que votaban según su conveniencia son cada vez menos. Y cada vez son más los que se ponen camisetas y se convierten en hinchas de los políticos. Quizás el aborto o Lijo hagan bufar a más de uno, pero no serán muchos, porque la alternativa a sus ojos (Massa, Cristina) era peor. Si Milei sigue cuidando la relación con sus votantes y mantiene la firmeza y el aislamiento del equipo económico, podrá seguir avanzando. Si no, no le quedará casi nada.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y American Sarmiento (2013), entre otros libros.

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