BERNARDO ERLICH
Domingo

El misterio inextricable

Los escritores Marcelo Birmajer y Marcelo Gioffré se intercambian mails sobre el problema del fundamentalismo islámico y las estrategias de las democracias liberales para incorporar al mundo musulmán.

Marcelo Birmajer

Buen día, tocayo. Durante la gran fantochada de las restricciones, nos encontramos de casualidad en una parrilla semivacía; y más recientemente en un evento entre social y político, a medias entre el vernissage y la tertulia, incluyendo al maestro Sebreli. Surgió el tema del fundamentalismo islámico y el Medio Oriente, sobre el que estudio y escribo al menos desde mitad de los años ’90 del siglo pasado. Las democracias liberales enfrentaron tres grandes amenazas en el siglo XX: el nazismo –la peor–, el comunismo y el fundamentalismo islámico. Derrotamos a los nazis y la hegemonía del totalitarismo soviético, pero llegamos al siglo XXI sin haber derrotado decisivamente el fundamentalismo islámico.

En su versión de la República Islámica de Irán, aliada con Hezbollah, esta forma de opresión contra la libertad atentó contra nuestro país en dos ocasiones: contra la Embajada de Israel en Argentina, en 1992; y contra la Amia, en 1994. Su designio contra la democracia es claro. Un funcionario iraní citó decisiones de Alfonsín como parte de una inquina de la teocracia iraní contra la democracia argentina. El movimiento fundamentalista islámico, que es transversal a chiitas y sunitas, asestó el peor ataque contras las democracias liberales en los albores del siglo XXI: el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York por medio de aviones tripulados por terroristas suicidas. La República Islámica de Irán y sus aliados sirios son chiitas. Al Qaeda y su heredero Isis, sunitas.

El único bastión democrático en Medio Oriente, como la aldea gala de Asterix, es Israel. El Estado judío nació en 1948 como una excepción democrática, defensor de los derechos humanos, de la igualdad entre el hombre y la mujer, de la libertad de expresión y circulación, del valor del trabajo y los derechos de los trabajadores, del respeto por la propiedad privada y la libre asociación en cooperativas. Aún representa el mayor éxito de la democracia en Medio Oriente, más de 70 años después. Ha sobrevivido al intento de exterminio por parte de todos sus vecinos; y recientemente ha celebrado cuatro acuerdos de paz con países que, aun remotos, se declaraban sus enemigos. ¿Cuál es el camino a seguir desde aquí? De eso hablamos en nuestro último encuentro, y te cedo la palabra al respecto.

Marcelo Gioffré

Querido Marcelo, si concentramos la mirada en los atentados que el fundamentalismo islámico ha infligido al mundo en las últimas tres décadas queda poco espacio para la búsqueda de un diálogo fecundo. Los dos dolorosos atentados que sufrió la Argentina y el horrendo de las Torres Gemelas, como bien señalás, son paradigmas de la barbarie. Pero ha habido también infinidad de pequeñas o medianas acciones que cada tanto parecen querer recordarle a quienes quieren tomar un tren en Madrid, disfrutar de un martini en una terracita parisina, o desplazarse de un lado a otro de Londres para llevar a su hijo al colegio, que no deberían estar tan tranquilos, que allí están ellos agazapados y dispuestos a sembrar el terror.

En la tarde del 22 de marzo de 2017, Khalid Masood, con su camioneta Hyundai, atropelló sobre el puente de Westminster a decenas de personas. El ataque de Londres fue reivindicado por la organización Estado Islámico como parte de su lucha contra Occidente, y Scotland Yard exhibía perplejidad ante la súbita radicalización de esta persona de 52 años. Dos semanas después, un camión se lanzó sobre la multitud en pleno centro de Estocolmo, matando a cuatro personas y dejando muchos heridos. Estaban ahí, escondidos entre la multitud, y de repente asestaron el golpe.

Si a esto sumamos los argumentos de los nacionalistas europeos: argumentos económicos, que los inmigrantes musulmanes son pesadas clientelas de los servicios de educación, de salud y hasta de subsidios; y culturales, la sensación de que hay ciertas oleadas inmigratorias que no se asimilan a las culturas a las que emigran, ya la cuestión parece ponerse en términos casi islamofóbicos. Si se piensa que los musulmanes se han regodeado en la punición, como cortar las manos de los ladrones; en la misoginia, como la ablación del clítoris de las niñas; y hasta en la abierta sexofobia, para no hablar de la discriminación a los gays, no parece haber vuelta atrás.

También es verdad que aún hoy en muchos países de Medio Oriente rige la anacrónica prisión por deudas, que en los aeropuertos las requisas son invasivas y que en sus hoteles internacionales los pasajeros son sometidos a revisiones exhaustivas cuando entran para alojarse. Visto desde afuera, todo el mundo árabe parece un inmenso polvorín a punto de estallar.

Es verdad que las elecciones en Irán son farsescas, que el régimen es totalitario y que auspicia terroristas, pero ¿no es también verdad que habría que distinguir entre el gobierno y la sociedad civil?

Ahora bien, decir que son “oleadas inmigratorias impermeables”, o que hay “un choque de civilizaciones”, ¿no es racismo? ¿Se gana algo tirando sal en las heridas con libros como Sumisión de Houellebecq? ¿Se gana algo prohibiendo a las chicas musulmanas que viven en Francia que vayan a la escuela con burka o a la playa en burkini? ¿Se gana algo confinándolos en las periferias para que acumulen odios mirando todo el día el canal Al Jazeera? ¿No son acaso todas estas manifestaciones tan simétricamente torpes y delirantes como las de esa izquierda que, después de haber perdido las utopías, ha cambiado la boina del Che por la kufiyya palestina?

Es verdad que las elecciones en Irán son farsescas, que el régimen es totalitario y que auspicia terroristas, pero ¿no es también verdad que habría que distinguir entre el gobierno y la sociedad civil, pues hay allí una ciudadanía activa y organizada en la que se puede albergar alguna esperanza? ¿Por qué no pensar que Irán también puede mutar hacia una sociedad más abierta como lo es hoy Jordania, donde los gays muestran su inclinación sexual de modo más o menos manifiesto?

Y la pregunta central: ¿es posible pensar en la globalización dejando afuera a 1.300 millones de personas?

Birmajer

Querido tocayo: gracias por tan rigurosa respuesta. Acuerdos y desacuerdos: no creo que Houellebecq tire sal en la herida. La herida fueron los atentados de Isis contra la Francia libre. Incidentalmente, compré ese libro de Houellebcq el mismo día de los atentados contra Charlie Hebdó en París. Lo compré primero y luego me enteré de la masacre. La sola idea de que un novelista, como Houellebecq, o una revista, la revista danesa acusada de herética [Jyllands-Posten], o la propia Charlie Hebdó, deban estar atentos a no ser asesinados por tal o cual contenido publicado nos alerta sobre la gravedad de la amenaza fundamentalista islámica. No es la religión, ni la cultura ni la etnia del grupo que sea lo que nos alarma, sino los actos terroristas. Intentar eludir la realidad de que la República Islámica de Irán, Hezbollah, Isis, Al Qaeda, Hamás, Yihad Islámica y otra media docena de organizaciones criminales con nombres similares forman parte de un mismo movimiento fundamentalista islámico no nos hará más tolerantes ni liberales. Los hechos son los hechos, por duros e incluso inverosímiles que resulten.

No veo cabida para la islamofobia en el combate contra el fundamentalismo islámico. El enemigo es el fundamentalismo islámico, no el islam ni los musulmanes.

En cualquier caso, no veo cabida para la islamofobia en el combate contra el fundamentalismo islámico. El enemigo es el fundamentalismo islámico, no el islam ni los musulmanes. Pero el fundamentalismo islámico es un movimiento diverso en su conformación y unívoco en sus objetivos: derrotar a las democracias, exterminar a los homosexuales, oprimir a las mujeres, eliminar al Estado judío, abolir la libertad de expresión y de circulación. Convertir a la mayoría de la humanidad al islamismo y esclavizar a los sobrevivientes. No es una interpretación: lo declaman.

Desconocía que en Jordania las personas homosexuales podían vivir libremente: en ese reino, porque es un reino, no una monarquía constitucional, aún se permiten los asesinatos por honor; es decir, asesinar a una mujer que tenga sexo por fuera del matrimonio. Esos femicidios son legales en Jordania. Nuestra compatriota Gabriela Arias Uriburu dio testimonio y escribió libros al respecto, sobre cómo la ley jordana la arrancó de sus hijos por ser mujer y no querer permanecer junto a su opresor jordano. El problema, repito, no es una religión ni una cultura ni una etnia: son los terroristas fundamentalistas islámicos.

Qué hacer al respecto es tema de mi próximo mail. Dejo paso al segundo tuyo.

PD: Israel es el único país de Medio Oriente donde hay desde hace más de una década una marcha del orgullo gay y donde los gays pueden vivir libres y en sociedad abierta con su identidad sexual.

Gioffré

Querido Marcelo: salvo por lo de Houellebecq, no hay tantos desacuerdos. Y aun en ese caso quiero aclarar que nunca objeté la existencia del libro, más aún: creo que es un libro necesario, como lo son las caricaturas del diario danés Jyllands-Posten de 2005, el cortometraje Sumisión del cineasta asesinado Theo Van Gogh, o las viñetas de Charlie Hebdó, tan necesarios como las obras de arte de Maurizio Cattelan o de León Ferrari que cuestionan al catolicismo. Cualquier manifestación artística está bien que exista a condición de que sea un testimonio de su época y de su lugar.

Cuando dije que tira “sal en las heridas” me refería a una misión que una novela no tiene por qué cumplir en absoluto: ayudar al diálogo entre culturas. No criticaba, describía: que esté bien como literatura no significa que esté bien como estrategia política, un cometido que –repito– no hay que exigirle. Lo que no me impide decir que los políticos no deben seguir ese camino.

Tenés razón también en distinguir tajantemente a los terroristas islámicos de los millones de musulmanes que muy probablemente estén dispuestos a vivir en un mundo libre: es verdad, el enemigo son los fundamentalistas, no los musulmanes, muchos de los cuales son víctimas.

No dije que Jordania fuera ejemplar, pero en un viaje que realicé a Amán hace apenas cuatro años visité un restorán llamado Beit Sitti, donde no sólo sirven comida árabe sino que enseñan a los comensales a prepararla. Habíamos hecho una reserva y, no bien vieron llegar nuestro taxi, salieron a recibirnos a la callejuela, con saludos en inglés, dos mujeres jóvenes, sin chador ni hijab, y un muchacho ostensiblemente gay, con mechones teñidos. Es una experiencia personal, un detalle como cualquier otro, un asterisco tal vez, pero el diablo se esconde en los detalles. No digo que en la semana que pasé en Jordania todo haya tenido ese matiz, esa coloración, pero no es tan excepcional y prueba que allí hay gente no sólo dispuesta a vivir su libertad de costumbres y de sexualidad sino que tiene algún margen para hacerlo.

En otra ocasión, viajando por el Líbano, recuerdo la confesión del chofer que nos llevaba por distintos lados, un hombre muy conservador y religioso que, a pesar de ser admirador de Hezbollah, el último día y con la voz entrecortada nos dijo algo que fue como una súbita toma de conciencia: “No soy feliz”. Se refería a una vida castrada en la que trabajaba catorce horas diarias para evitar que la mujer, que tampoco era feliz encerrada, saliera a trabajar afuera de la casa: todo residía en el miedo a una probable infidelidad.

Claro que los grupos terroristas deben ser combatidos, claro que hoy en el mundo árabe no hay prácticamente democracias, pero que en el barrio de Yafo de Tel Aviv convivan árabes e israelíes, así como en los años ’30 y ’40 en la calle Lima, en Constitución, convivían tenderos musulmanes y judíos, prueba que el diálogo es posible. En el islam hay mujeres que luchan por sus derechos, ciudadanos que pelean por la participación en la vida pública, escritores que levantan su voz contra las tiranías: los bárbaros no son los musulmanes en general sino los fundamentalistas que lapidan a las mujeres, persiguen a los disidentes y financian con el petróleo a terroristas para sembrar deliberadamente el terror en el mundo.

Hay que mostrarles que la democracia liberal es mejor que las dictaduras, hay que confiar en la potencia oculta de todas esas sociedades civiles, en nuestras razones democráticas y en la fuerza de la comunicación.

Como hemos visto después de las experiencias fallidas de Irak y Afganistán, no hay mucho espacio para las aventuras bélicas. Pero, si estamos de acuerdo en que la globalización es un valor a conquistar, y que no habría verdadera globalización si quedan afuera 1.300 millones de seres humanos, y que todos los seres humanos por el solo hecho de serlo tienen la capacidad de comunicarse y entenderse en algún idioma, deberíamos plantearnos la necesidad de operar sobre ese inmenso mundo con toda nuestra capacidad de seducción. No hay que implantar allí democracias de prepo, con fórceps y ortopedias, no hay que aniquilarlos, tampoco segregarlos, tampoco ignorarlos. Hay que mostrarles que la democracia liberal es mejor que las dictaduras, hay que confiar en la potencia oculta de todas esas sociedades civiles, en nuestras razones democráticas y en la fuerza de la comunicación.

¿Difícil? Claro, muy difícil. Pero decir que es imposible seducirlos es sólo una forma de decir que somos haraganes.

Birmajer

Querido tocayo: gracias por tu respuesta y por el aporte de tus experiencias vivenciales, siempre valiosas.

Las dos incursiones lideradas por Norteamérica en respuesta al derribo de las Torres Gemelas de 2001 y en procura de defender la democracia y democratizar el resto del Medio Oriente, en Afganistán y en Irak, tuvieron resultados distintos. Irak es aún un enigma, mientras que Afganistán, con el regreso del Talibán, es un fracaso. Pero, ¿fueron en sí un esfuerzo desencaminado? ¿Son ahora Irak y Afganistán más peligrosos que antes del 11 de septiembre del 2001? No creo que haya una conclusión mecánica al respecto. Probablemente Irak sea menos amenazante hoy que bajo el régimen de Saddam Hussein. El Talibán es en sí mismo una de las agrupaciones fundamentalistas islámicas, tan peligrosa y criminal como Hamas o Boko Haram, pero Afganistán como espacio geopolítico, en cuanto amenaza para el mundo libre, no es hoy más peligroso que cuando cobijaba a Bin Laden. ¿No ha habido ningún resultado positivo, si lo miramos en la perspectiva de la respuesta al 11 de septiembre, a partir de esas dos incursiones, que en el caso de Afganistán fue acompañada por un espectro de democracias aliadas?

Yo creo que, a largo plazo, retrospectivamente, los recientes Acuerdos de Abraham, la paz entre Israel, Emiratos Árabes, Bahrein, Sudán y Marruecos, apadrinados por los Estados Unidos durante la presidencia de Donald Trump y la primera magistratura de Benjamin Netanyahu, en parte son un coletazo virtuoso de las intrincadas postrimerías de las incursiones bélicas norteamericanas en Irak y Afganistán. La firmeza democrática del presidente Trump y su éxito en la pacificación del Medio Oriente puede haber tenido un respaldo en el antecedente de la respuesta bélica del presidente George W. Bush: un Estados Unidos dispuesto a intervenir en defensa de la democracia llegado el caso.

Reconozco que mi argumento se presta especialmente a debate, y que el efecto de esas incursiones bélicas no es tan evidente en el sentido del éxito como el más citado de los ejemplos, el de la Segunda Guerra Mundial; pero lo cierto es que ninguna victoria bélica posterior a la de la Segunda Guerra fue tan evidente como esa.

¿Son democracias hoy Irak, Bahrein, Marruecos, Sudán y Emiratos Árabes? No, pero su acercamiento con Estados Unidos y la paz con Israel de los países implicados los acerca, aunque milimétricamente, a esa posibilidad.

Con precaución, y siempre considerando la guerra una tragedia a evitar, considero que el Medio Oriente es menos peligroso hoy que si no hubieran existido esas dos incursiones. Si bien no definiste esas dos guerras como “aventuras bélicas”, sí usás luego ese vocablo: yo considero que las incursiones en Irak y en Afganistán no fueron “aventuras”. No obstante, el casus belli de las “armas químicas” en Irak es una vergüenza para la administración Bush. Sin embargo, sacando ese bochorno, ¿es menos malo Irak hoy, sin la dictadura de Saddam Hussein? Yo interpreto que sí. ¿Son democracias hoy Irak, Bahrein, Marruecos, Sudán y Emiratos Árabes? No, pero su acercamiento con Estados Unidos y la paz con Israel de los países implicados los acerca, aunque milimétricamente, a esa posibilidad.

El enfrentamiento frío entre esos países que firmaron la paz con Israel, junto a Arabia Saudita –que no la firmó–, contra la potencia hegemónica fundamentalista islámica Irán es un escenario menos peligroso que la hegemonía iraní sin contrapartes. E incluso menos peligroso que durante la década del sangriento enfrentamiento, con millones de muertos, entre el Irán de Khomeini –aún vigente– y el Irak de Saddam Hussein –ya depuesto– en la década del ’80.

Me atrevo a decir, tocayo, que es el Medio Oriente menos inestable en décadas. Sólo la firma del tratado de paz entre Egipto e Israel tuvo el peso pacificador de los recientes Acuerdos de Abraham. Y si bien ya Nixon no estaba en la presidencia, creo que en buena medida ese acuerdo de paz Egipto/Israel, tan justamente celebrado, fue en parte la consecuencia de una correcta actuación internacional de la dupla Nixon/Kissinger. Me refiero a que las consecuencias de las decisiones geopolíticas a gran escala no necesariamente son evidentes en el período de quienes las tomaron.

Hay dos modelos citables de enfrentamiento de enemigos de la democracia con dimensiones de escala mundial: la ex-Unión Soviética y la China comunista. El enfrentamiento entre el mundo libre y la Unión Soviética siguió el esquema que planteó George Kennan en los ’50 en la revista Foreign Affairs: contención y retaliación. Con China, luego de la Guerra de Corea, el camino fue la indiferencia y, finalmente, una relación de paz fría absolutamente novedosa, que no tenía antecedentes ni tuvo réplicas: los acuerdos entre Nixon/Kissinger y Mao.

Precisamente al lugarteniente de Mao, Zhou Enlai, le preguntaron cuál había sido el efecto de la Revolución Francesa en la humanidad: aún es muy temprano para dar un veredicto, respondió. Quizás también lo sea para juzgar las incursiones lideradas por Norteamérica en Irak y Afganistán. Coincido, tocayo, en que la paz y la integración entre ambos mundos es nuestro objetivo irrenunciable: pero sólo hay una cosa peor que la guerra, rendirse a la violencia. La frase no es mía ni literal, pero la asumo. Espero otro mail tuyo.

Gioffré

Querido Marcelo, gracias por tu aporte tan rico. Matizaría en cuanto a que me resulta difícil percibir en la política exterior de Trump un puente o continuidad (vos usás la palabra “respaldo”) con la de Bush (h), más bien fueron antitéticas en el sentido de que Trump fue muy restrictivo y casi renunció al papel de Estados Unidos a nivel mundial, mientras que Bush (h) sí pensó Estados Unidos con un liderazgo mundial.

Había terminado mi anterior correo con la idea de que no veo espacio para que Occidente se imponga por la vía de la violencia y que, si bien difícil, es posible intentar un diálogo cultural con las sociedades civiles de esos países en la búsqueda de que esas sociedades, convencidas de los beneficios de la democracia liberal, operen sobre sus gobiernos. Pero no había dicho casi nada sobre las formas de ese intento. La Primavera Árabe mostró que cualquier movimiento en las placas tectónicas de la política árabe puede ser peor que no hacer nada: se saca dictadores para que lleguen dictadores peores o teocracias sanguinarias o guerras civiles interminables entre etnias o facciones. Hoy con nuestra mirada eurocéntrica vemos todo ese mundo como un misterio inextricable. Ya que mencionaste a Zhou Enlai, recordé que Kissinger viajó a China en 1971 para restablecer contactos después de dos décadas de hostilidad y le dijo a Enlai que para su delegación China era un lugar misterioso, a lo que Enlai le respondió: “Cuando se familiaricen con nosotros se darán cuenta de que no hay ningún misterio”. Primer paso: familiarizarnos.

El presidente egipcio Anwar el-Sadat, en 1981, durante su visita a Washington, lo invitó a Henry Kissinger a las celebraciones por la recuperación de la Península de Sinaí, pero luego recapacitó y le cambió la fecha para seis meses más tarde, de modo de evitar una prescindible provocación. Sadat fue asesinado esa primavera, justo durante las celebraciones, pero quedó la estela de un mensaje pacifista proveniente de esos lugares “misteriosos”.

Todo el gran cine iraní, de Abbas Kiarostami a Asghar Farhadi, muestra que esa incipiente reflexión democrática es tensa y nutritiva. En la película El cliente, de Farhadi, se discute si frente a un abuso sexual el ofendido tiene o no derecho a ejercer la venganza personal. No son completamente indiferentes a los grandes problemas de la humanidad, no son monstruos: hay una rumia sobre la vida, la muerte, la esperanza, y en ese registro es posible maniobrar con cierta eficacia, sobre todo disponiendo hoy de medios tecnológicos que nos permiten acceder a esos espíritus culturalmente porosos. No olvidemos que hace poco más de un siglo en este Occidente que reputamos tan civilizado le abrieron un expediente a Hegel para echarlo de la universidad por ofensas a la iglesia. Segundo paso: ayudar a los árabes a que se piensen como seres reflexivos y laicos.

No hay globalización posible ni exitosa sin ese complemento de mestizaje cultural que es el mundo árabe. El de ‘Las mil y una noches’ y de la gran arquitectura de Andalucía.

Tal vez la tarea demande más de medio siglo, pero si no la pensamos nunca la emprenderemos. Tal vez en el medio se supere la era del petróleo, sobre cuyo dinero se montan el fenómeno yihadista y las mayores atrocidades, pero ¿acaso no depende del mundo libre pensar un modelo de vida donde el petróleo no sea una clave económica? Tercer paso: repensar nuestro modelo en relación al petróleo.

No hay globalización posible ni exitosa sin ese complemento de mestizaje cultural que es el mundo árabe. El de Las mil y una noches y de la gran arquitectura de Andalucía. Si queremos que haya una justicia mundial, un gobierno mundial, que el mercado de trabajo sea global, que los delincuentes puedan ser perseguidos sin tener en cuenta las fronteras políticas de los países, estamos obligados a sostener nuestra disposición a convivir con el extranjero, con el distinto, con el otro. No a soportarlo sino a incorporarlo, aunque nos parezca guarango y aunque sus costumbres nos disgusten. Si los empezamos a mirar como pares no habrá más lobos solitarios ni Torres Gemelas ni Charlie Hebdó.

Finalmente, Marcelo, quiero agradecerte por este intercambio que nos ayuda a pensar y que, en tu caso, está atravesado por una tragedia familiar que sin embargo no te impide una reflexión tan firme como serena.

Abrazo.

Birmajer

Gracias, Tocayo, por compartir este intercambio que me ayudó a pensar y desarrollar ideas a las que no había arribado previo a este intercambio. Para terminar, por mi parte, tomo tu referencia a mi tragedia, y para los lectores, ya que hacemos público este intercambio: mi hermano Eduardo Rubén Birmajer fue asesinado por dos terroristas fundamentalistas islámicos palestinos en la Puerta de Yaffo, en la capital de Israel, Jerusalén, el 23 de diciembre de 2015.

Mis posiciones sobre el fundamentalismo islámico, expuestas por escrito, en diarios, radios y canales de televisión, fácilmente rastreables, anteceden en 20 años por lo menos a la tragedia personal que sufrí con el asesinato de mi amado hermano. Su asesinato no cambió mi punto de vista. Sólo me dejó dolor.

 

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Marcelo Birmajer presenta su espectáculo Birmajer se hace cuento en vivo el domingo 21 en La Sodería (CABA, las entradas se pueden comprar acá) y el lunes 22 en el Teatro Broadway de Rosario (entradas, acá).

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Marcelo Birmajer y Marcelo Gioffré

Marcelo Birmajer es escritor y guionista. Entre sus novelas se destacan El túnel de los pájaros muertos (2010) y El alma al diablo (1994). También fue coguionista de El abrazo partido, de Daniel Burman.

Escritor y abogado. Autor de las novelas El amor sigue sin nosotros y Mancha venenosa y coautor, con Juan José Sebreli, de los ensayos Desobediencia civil y Conversaciones irreverentes.

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