HASSANIBAL
Domingo

Los regalitos de Menem

El menemismo nos dejó riqueza, desigualdad y tongo. El kirchnerismo se patinaría la riqueza sin modificar la desigualdad y llevó el tongo a récords nunca vistos.

Desde diciembre de 2001, cuando implosionó el sistema monetario conocido como “la convertibilidad”, la reflexión sobre los ’90 ha sido el tema elegido por cientos de tesistas de ciencias sociales. El balance en la academia ha sido casi siempre negativo. Sin embargo, la muerte de Carlos Menem parece haber renovado la curiosidad sobre la cuestión en relación con la figura de Menem, en tanto líder máximo del experimento económico liberal por excelencia en la historia política argentina desde la década del ’80 del siglo XIX. En este sentido, Menem es más que Cavallo, quien fue quien dirigió los detalles técnicos del programa de reformas. Por lo tanto, en estas líneas se propone debatir sobre “menemismo”, la conjunción de una agenda amplia de reformas económicas desarrolladas en la mayor parte de América Latina, más o menos en los mismos años, con las prácticas políticas (construcción de poder) del Partido Justicialista asociado con las organizaciones liberales y conservadoras clásicas. La reflexión sobre el menemismo que se intenta es retrospectiva: qué quedó de aquel proceso en la actualidad y (ya se verá) por qué quedó tan poco. Y también, si lo que quedó de aquello es un recurso o un lastre para los que actualmente rechazan el antiliberalismo explícito que domina al Partido Justicialista manejado por la familia Kirchner.

El menemismo fue el gran articulador del consenso reformador de la economía argentina. La economía argentina basada en el mercado interno de importaciones parcialmente sustituidas había caído herida de muerte a mediados de los ’70. Sin embargo, ni la dictadura militar ni el gobierno de Raúl Alfonsín pudieron construir una agenda de reformas para superar la crisis. Para ser sinceros, hay que reconocer que el radicalismo formuló desde 1985 un intento de construir un consenso modernizante de la economía del país. El famoso discurso de Parque Norte y la agenda de reforma estatal formulada por Rodolfo Terragno postularon un horizonte de cambio económico, integración a la globalización en curso y de modernización del complejo industrial. El peronismo de entonces no fue un buen socio para ese plan. Más allá del acuerdo entre ambos partidos para rechazar cualquier alteración del orden constitucional, el PJ se encargaría de bloquear “por izquierda” cualquier atisbo de cambio económico promercado.

En la campaña presidencial de 1989, el radical Angeloz sería el candidato de la modernización y el del PJ, Menem, el candidato de la resistencia popular al ajuste.

En la campaña presidencial de 1989, el radical Angeloz sería el candidato de la modernización y el del PJ, Menem, el candidato de la resistencia popular al ajuste. En el tiempo transcurrido entre la derrota radical y la asunción de Menem se tejieron las condiciones que harían viable la pirueta histórica que llevaría a Menem desde la resistencia hacia el neoliberalismo arrastrando consigo al 99% del Movimiento Nacional Justicialista. Por un lado, la debacle final de la economía arrastrada hacia una hiperinflación galopante; por el otro, el acuerdo con el radicalismo para colaborar en el Congreso con el gobierno de Menem a cambio de su aceptación a comenzar seis meses antes su período constitucional. Esa crisis y ese acuerdo permitieron un amplio consenso para encarar las reformas tantas veces bloqueadas. El menemismo es hijo de esas condiciones económicas y políticas.

Menem da señales contundentes con su primer gabinete de su giro promercado: designa como canciller a Domingo Cavallo, que era diputado nacional electo por el peronismo cordobés de De la Sota, y a un alto ejecutivo de la multinacional agraria Bunge y Born, un símbolo de la rancia oligarquía en la mitología de la izquierda nacionalista argentina. Con esas señales hacia el mercado y la comunidad internacional, Menem fulminó todas las expectativas de cambio social por izquierda que había llevado a la izquierda argentina a votarlo orgánicamente en las elecciones presidenciales. El 17 agosto de 1989, el Congreso sanciona la Ley de Reforma del Estado, generando el marco jurídico para el proceso de privatización de las empresas públicas y para desmantelar los organismos estatales que regulaban el funcionamiento de vastos sectores y actividades económicas. Sin embargo, durante el primer año y medio de Menem continuaron las condiciones hiperinflacionarias y de fuerte inestabilidad financiera. Para evitar una nueva hiperinflación, Menem confiscó el 60% de la base monetaria mediante un canje compulsivo de los ahorros en pesos en los bancos por bonos dolarizados a 10 años de plazo. Simultáneamente, se anunció un fuerte recorte del gasto público nacional. El Plan Bonex, como es conocido este programa, provocaría una fuerte recesión económica, pero luego de varios meses más de alta inflación, lograría evitar que se espiralice al infinito.

En enero de 1991, Menem mueve a Cavallo desde la Cancillería hacia el Ministerio de Economía para completar el diseño de poder del programa de reformas. Cavallo aseguraba el acuerdo auspiciado por el gobierno de Estados Unidos para rescatar a los países deudores de la década del ’80 y a sus acreedores. Con el Plan Brady, el país recuperaría el crédito internacional que permitiría el financiamiento del capital extranjero interesado en el proceso de privatizaciones. A pesar de la contundencia de la agenda de reformas y del apoyo de los inversores extranjeros, el paquete de políticas necesitaba una garantía contra la volatilidad macroeconómica argentina: la caja de conversión fija entre el peso argentino y el dólar americano. La llamada “convertibilidad” sería la regla de oro para asegurar el valor de las inversiones realizadas en el país y el ahorro de los argentinos. Por entonces el consenso “noventista” nos prometía una economía de mercado, abierta, con equilibrio fiscal y un régimen político bipartidista, con un peronismo dominante y los militares encerrados en los cuarteles para siempre.

El proceso de cambio de la economía argentina fue vertiginoso. Las reformas económicas tomaron rápidamente el adjetivo de “estructurales” ya que modificarían profundamente la matriz productiva del país y las funciones estatales en la organización de las relaciones sociales. El menemismo alteró definitivamente la relación entre el Estado y la economía, permitiendo que las fuerzas del mercado pudieran operar en un contexto de mínimas restricciones regulatorias y con garantías suficientes a los derechos de propiedad de los inversores. Las reformas consolidaron la estabilización de la economía, permitieron el ingreso de capitales, iniciando un ciclo de crecimiento económico con notables resultados sobre la productividad de la economía y en los ingresos reales de vastos sectores de la población.

Sin embargo, como muy bien muestra Leo Tornarolli en este gráfico, las reformas económicas de los ’90 generaron una “anomalía” socioeconómica: el aumento simultáneo del ingreso per cápita y de la pobreza por ingresos. Si aumentan al mismo tiempo el ingreso nacional y la pobreza, es porque está aumentando la desigualdad entre los perceptores de ingresos. No se trataba solamente de la desigualdad “a la Piketty” (entre el 0,1% más rico y el resto), sino también del aumento de la desigualdad dentro del universo de la fuerza de trabajo, entre los trabajadores que son ganadores de las oportunidades laborales que se abren con las reformas económicas y los que los pierden como consecuencia de esas mismas reformas.

El menemismo fue un pésimo gestor de los llamados “costos sociales del ajuste”. Sus políticas compensatorias fueron pobres y mal concebidas.

El menemismo fue un pésimo gestor de los llamados “costos sociales del ajuste”. Sus políticas compensatorias fueron pobres y mal concebidas. El seguro de desempleo establecido en 1992 fue restringido en cobertura y tacaño en beneficio. Se priorizó el sistema indemnizatorio para las grandes empresas públicas, pagando dos o hasta tres veces lo establecido por ley con fondos prestados por el BID y el Banco Mundial. Siempre se rechazó la universalización de las asignaciones familiares y del sistema previsional. En cambio, se avanzó en las políticas de empleo asistenciales (el Plan Trabajar) y en la individualización y privatización del sistema previsional. Paralelamente, el Estado Nacional transfirió funciones educativas y sanitarias a las provincias, incorporando las desigualdades regionales a las, hasta entonces, prestaciones más universalistas y homogéneas que tenía el país. El final de la historia es conocido. De todas las reformas estructurales quedó poco y nada, pero sí han sobrevivido las consecuencias “estructurales” que sobre la sociedad tuvieron las reformas económicas del menemismo: la desigualdad social, la marginalización económica de amplios segmentos urbanos y las políticas de empleo asistenciales.

La agenda económica del menemismo le permitió ganarse el apoyo de las organizaciones políticas liberales y de los sectores sociales de clase media y alta tradicionalmente antiperonistas. Sin embargo, no por ello perdió apoyo en los sectores populares. En la Provincia de Buenos Aires mantuvo las adhesiones históricas, aunque en muchas provincias el PJ sufrió muchas y variadas crisis de gobernabilidad resueltas en muchos casos con intervenciones federales. Más allá de los movimientos piqueteros que comenzaron a mediados de la década del ’90, el menemismo nunca tuvo momentos de “vacío de poder”. En este sentido, el menemismo llevó a las instituciones nacionales las prácticas políticas que en su versión más autocrática ejerce el peronismo en muchas provincias: el control del poder judicial y de los organismos de control, las reelecciones sistemáticas en el poder ejecutivo y los cambios recurrentes de las reglas electorales.

El menemismo llevó a las instituciones nacionales las prácticas políticas que en su versión más autocrática ejerce el peronismo en muchas provincias.

El menemismo se aseguró rápidamente una corte propia y una justicia federal adicta. La cobertura judicial fue un gran activo político para que las reformas económicas no fueran trabadas en los tribunales y para que los funcionarios pudieran manejarse sin muchos controles. El menemismo promovió el cambio de la Constitución de 1994 que permitió la reelección de Menem y luego intentó forzar una segunda reelección, sin éxito. El menemismo en el plano institucional se comportó más como un populismo tradicional que como una fuerza liberal institucionalista. Este contraste, entre el liberalismo económico y su poco respeto a las normas, llevó a que muchos se imaginaran la posibilidad de una continuidad de las reformas económicas, pero con mejores instituciones políticas y mayor sensibilidad social. Un menemismo de rostro humano. Un menemismo sin Menem.

Lamentablemente, el orden económico inaugurado por el menemismo no resistió el cambio en el contexto internacional de fines de los ’90, ni los cambios sociales y políticos que sus políticas económicas generaron sobre la estructura social. La paradoja de la convertibilidad fue que mientras su fortaleza política se basaba en la promesa de la estabilidad del peso y de los altos salarios de los trabajadores más calificados, su viabilidad económica exigía devaluar el peso o deflactar los salarios. En una sociedad cuyos contratos estaban todos dolarizados, es obvio entender por qué era imposible poner en cuestión la caja de conversión, aún al costo de aguantar más de dos años de recesión económica y altísimo desempleo.

La Alianza fue ese intento de hacer menemismo de rostro humano, pero terminó siendo la mejor coartada para que el peronismo pudiera compartir el fracaso con el radicalismo. Cuando años después, el kirchnerismo proclamase que el menemismo no era peronismo, la operación de lavado quedaría terminada: “el menemismo fue eso que luego continuó la Alianza que no somos nosotros… los peronistas” se podría leer en cualquier cuaderno de un alumno de FSOC de estos días.

néstor, un heredero

El kirchnerismo fue el gran heredero de la década menemista. Con la crisis de la convertibilidad (devaluación y default) se produjo la mayor y más rápida caída de los salarios reales que nuestro país tenga memoria. El shock de pobreza acentuó la crisis social y dinamitó al sistema de partidos políticos. En el primer semestre de 2002, las condiciones políticas combinarían estados de anomia social y de agitación política que demolerían el consenso promercado que el menemismo había construido. De esa crisis se nutrió la legitimidad del relato kirchnerista. Sin embargo, la modernización de la economía argentina impulsada por el menemismo posibilitó en el nuevo contexto pos-convertibilidad la rápida recuperación de la economía argentina durante los primeros años de la década del 2000. El boom de los commodities agrícolas potenció esa recuperación y cuando los “drivers” se le agotaban, el kirchnerismo recurrió a los recursos de las administradoras privadas de fondos de pensión para surfear la crisis global de 2008 y llegar con oxígeno económico a las elecciones de 2011. Desde entonces, el kirchnerismo se dedicó a intervenir casi todos lo precios de la economía y a regular casi todos los mercados. En este contexto, los stocks de riqueza heredados de los ’90 se irían consumiendo velozmente mientras la economía se estancaba y se consolidaba la marginalidad social en amplios segmentos de la fuerza de trabajo.

La sociedad actual se construyó durante el menemismo en lo económico y social pero también en lo político. El menemismo enseñó que “gobernabilidad” es algo más que consenso social.

La sociedad actual se construyó durante el menemismo en lo económico y social pero también en lo político. El menemismo enseñó que “gobernabilidad” es algo más que consenso social. También es una justicia adicta, medios de comunicación al servicio del poder y canales de recursos por “debajo de la línea” que ayudan a sostener lealtades y motivaciones en la tropa propia. El menemismo enseñó que gobernabilidad es manejar la caja y tener el dólar planchado, y sobre todo barato, por la mayor cantidad de tiempo que sea posible. El menemismo nos dejó para los tiempos que vendrían riqueza, desigualdad y tongo. El kirchnerismo se patinaría la riqueza sin modificar la desigualdad y llevó el tongo a récords nunca vistos.

Queda pendiente una pregunta final sobre qué rescatar del menemismo desde la perspectiva de construir una alternativa liberal y democrática al actual oficialismo. La pregunta es pertinente para una fuerza política como Cambiemos, que intentó ser una experiencia de gobernabilidad promercado que no buscó una referencia propia en el menemismo. El kirchnerismo sí intentó relacionar al macrismo con el menemismo (también con el golpe de 1955 y con la dictadura militar), pero Cambiemos (sobre todo los sectores no peronistas de esa coalición) siempre rechazó ser alguna continuidad de ese modelo. Seguramente el menemismo ha dejado lecciones útiles que merecen ser aprendidas. Entre ellas, el menemismo enseñó que es factible en democracia realizar transformaciones sustantivas del sistema económico y del aparato estatal. En este sentido, es inevitable reconsiderar a la experiencia menemista en tanto antecedente relevante para imaginar proyectos políticos de inspiración liberal que propongan salidas capitalistas al estancamiento perpetuo de la economía argentina.

 

 

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Daniel Nieto

Economista (UBA). Subsecretario de Desarrollo Inclusivo en el Ministerio de Desarrollo Económico y Producción (GCBA). Ex presidente de la FUA. Especialista en Políticas Sociales (London School of Economics).

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