VICTORIA MORETE
Domingo

Las obligaciones compartidas

El mundo cultural, universitario y científico debe ser parte de una narrativa que explique los objetivos y las obligaciones que conlleva un proyecto de país.

En el provocador análisis que desarrolla en su nota “¡Estatismo nunca más!, Ergasto Riva relativiza el peso de la llamada batalla cultural que ha dominado el debate político argentino en las últimas décadas. En su mirada, “el kirchnerismo ganó elecciones no por su discurso, sino pese a su discurso”. Las falencias cada vez más evidentes del paradigma cultural que el kirchnerismo construyó con dedicación y recursos pueden sugerir que generar una narrativa desde el espacio de Juntos por el Cambio ya no es una tarea necesaria. Que se puede entonces prescindir de ciertas herramientas culturales. Creemos que esto no es así. Sin embargo, más que plantearlo en los términos bélicos de una batalla, en los cuales se enfatiza el contra quién, sería más efectivo elaborar ese discurso pensándolo desde un por qué y, más aún, desde el cómo hacerlo.

En 2002, durante el discurso de inauguración de su cátedra de Historia moderna y contemporánea de lo político en el Collège de France, el historiador Pierre Rosanvallon hizo referencia a la fuerte crisis que atravesaba la Argentina. Sostuvo que, si bien la causa inmediata de la crisis eran los factores económicos y financieros, ésta debía entenderse principalmente como la “dificultad recurrente en hacer existir una nación fundada en el reconocimiento de las obligaciones compartidas”. La crisis tenía un componente sociocultural y político fundamental. Parafraseando a Rosanvallon, no se había logrado transformar un agrupamiento de individuos en una comunidad mediante un proceso de elaboración de las reglas explícitas o implícitas de lo participable y lo compartible. Restituir los ejes mediante los cuales nuestra sociedad argentina simboliza su trama comunitaria era en 2002 y es hoy más que nunca una tarea política clave. Las obligaciones compartidas, necesarias para proyectarnos como una sociedad provista de sentido y de futuro, están rotas en Argentina.

Las obligaciones compartidas, necesarias para proyectarnos como una sociedad provista de sentido y de futuro, están rotas en Argentina.

El menosprecio al campo de las ideas desde ciertos ámbitos asume que la mejor forma de restituir las obligaciones compartidas es llevar adelante una airosa gestión de gobierno. La mentada batalla cultural se ganaría automáticamente con una lluvia de inversiones o un plan de estabilización exitoso. La primera objeción a esta idea es, naturalmente, que el plan debe ser exitoso en un plazo palpable entre elecciones y la magnitud del desafío en Argentina implica que eso probablemente no sea posible. La segunda es que, aunque sirviera en el corto plazo, es improbable que el éxito de medidas o programas sea sostenible en un horizonte más amplio sin un cambio de mentalidad en la sociedad. El plan de convertibilidad, por ejemplo, fue muy exitoso para terminar con la hiperinflación, pero sostenerlo demasiado tiempo desencadenó serios problemas sociales. Salir a tiempo de la convertibilidad era una decisión política y no hacerlo fue no sólo una derrota económica, sino también cultural: millones de personas eligieron creer que un peso valdría siempre un dólar y la clase política no se molestó en explicar que eso no era así, hasta que todo estalló.

Que Cristina Fernández de Kirchner pueda volver a presentarse y ganar una elección, entre otros factores, porque promete a empresarios, clase media y media alta pagar una parte ínfima del costo real del gas y otros servicios, como afirma Riva, es una derrota política y cultural, además de económica. Según una reciente encuesta de la consultora Analogías, casi 60% de la población piensa que las tarifas no deben aumentar. Otro relevamiento también mostró que Argentina está entre los países con menos adherencia a la libertad económica y a una economía competitiva. Ese pensamiento generalizado emergerá ante cada fracaso o agotamiento de los planes económicos y es un motivo clave para darle mayor importancia al mundo de las ideas. Allí se juega la diferencia entre lo efímero y lo sustentable y el porqué de la importancia de construir una narrativa que restituya las obligaciones sociales compartidas.

Por otra parte, los campos de significado y los símbolos que se abandonan, se pierden. De este modo, no dar relevancia a ciertos debates centrales conlleva ceder esos espacios a posiciones políticas menos moderadas, como representa el caso de Javier Milei. La amplia difusión del líder de La Libertad Avanza también se explica por la elaboración de una narrativa que, aunque extrema y poco programática, logra interpelar a parte del electorado.

La ciencia como camino

Nuestro país enfrenta una multiplicidad de desafíos que necesitan ser abordados también con políticas y narrativas de cambio. El cómo construirlas debería partir de una eficaz incorporación de los aportes de ámbitos científicos y universitarios a lo político. El conocimiento científico es un vehículo fundamental para construir un proyecto de país desde posturas sólidas. El sector científico en Argentina tiene presencia en todas las provincias del país, ocupa un rol destacado a nivel internacional y cuenta con las instituciones de mejor imagen para la población, según un reciente estudio de la Universidad de San Andrés. Por otro lado, la universidad pública representa para cientos de miles de personas un cruce entre la esperanza de ascenso social con un valor fundamental para potenciar las cualidades de una comunidad, un valor menospreciado discursivamente por el kirchnerismo: el mérito. El sector científico y las universidades no son compartimentos estancos, una mayoría de los investigadores del CONICET somos además docentes en las universidades a las que asisten cientos de miles de estudiantes del país.

El gobierno de Macri cedió al kirchnerismo el territorio y el simbolismo que constituye el mundo de la universidad, el ascenso social, la investigación y la ciencia al quitar el estatus de ministerio a esta última área y aplicar políticas de grandes recortes (con un impacto presupuestario general negligible). En contraposición, Alberto Fernández supo leer durante su campaña a presidente el valor que la universidad pública tiene para la sociedad y resaltó su labor docente en la Universidad de Buenos Aires. Además, sumó el apoyo de miles de investigadores del organismo, coronado con inaceptables afiches firmados por CONICET como institución. Sin embargo en el ejercicio de su gobierno el financiamiento real fue cada vez menor y los salarios están actualmente por debajo de los de colegas de países de la región.

El CONICET es una institución sumamente perfectible y no está exento de los problemas propios de la administración pública en Argentina.

El CONICET es una institución sumamente perfectible y no está exento (¿cómo podría?) de los problemas propios de la administración pública en Argentina. Aún son obligaciones pendientes un mayor compromiso de los investigadores con la transferencia tecnológica y social, con la formación de docentes de nivel inicial, primario y secundario y con la comunicación pública, así como un mayor énfasis en ligar las temáticas de investigación a las necesidades del país. Sin embargo, y a pesar de los prejuicios prevalentes en ciertos ámbitos de la twitósfera, los estudios que desarrolla el CONICET tocan todas las esferas de la vida cotidiana y abarcan todos los campos del saber básico y aplicado en proporciones bastante equilibradas, desde agronomía a tecnología aplicada, medicina, educación, geología y humanidades. Tomando un ejemplo clave en el diagnóstico de nuestros problemas, hace pocas semanas tuvo gran repercusión —incluso entre detractores de CONICET— una entrevista a la investigadora del organismo, Ana María Borzone, en la que explicaba lo mal que se enseña lectura y escritura en Argentina y las funestas consecuencias que esto conlleva. Además de su aporte a una reconstrucción de las obligaciones compartidas como sociedad, casos como el de Borzone hacen visible la diversidad ideológica que existe en los organismos de investigación y las universidades y la necesidad de sacar esa diversidad del clóset.

La saludable diversidad de posturas dentro de Juntos por el Cambio deberá cristalizar en un núcleo de ideas que, aunque posean cierto margen de apertura, deben sustentarse en ejes esenciales y transmisibles. Ese mundo cultural, universitario y científico es esencial para el desarrollo de las sociedades en el siglo XXI y tiene un rol clave en todas las naciones que admiramos. No se trata de un reclamo por nuevos cargos, como refiere Riva en su nota. Se trata de integrar la eficiencia de los ingenieros, la gestión como bandera y el marketing político, por un lado, y la posibilidad de articular una narrativa basada en la evidencia científica sobre ejes culturales claves, por otro. De construir una narrativa sobre un proyecto de país con objetivos y obligaciones compartidas que debe involucrar a especialistas en economía, agronomía, tecnología y otras disciplinas que tengan una vocación comunicadora y docente. Mientras a millones de personas les parezca lógico que un Estado quebrado financie vacaciones en hoteles de lujo, tendremos un problema cultural y político, no solamente económico. Mientras millones crean que la deuda que adquiere un Estado insolvente crónico es para ser “fugada”, también. No enfrentar estos debates implica renunciar a construir una narrativa sobre las obligaciones compartidas de una sociedad democrática. Y, por sobre todo, implica renunciar a construir un proyecto de nación viable.

 

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María Victoria Baratta y Ramiro Barberena

María Victoria Baratta es historiadora, investigadora adjunta en el CONICET y docente en la UBA. Autora de 'La Guerra del Paraguay y la construcción de la identidad nacional' y 'No esenciales. La infancia sacrificada'. En Twitter es @decimononnica. Ramiro Barberena es arqueólogo, investigador independiente en CONICET y docente en la UNCUYO. En Twitter es @BarberenaRamiro.

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