Domingo

La musa de la cancelación

El libro de Victoria Donda, 'Cuando el amor vence al odio', es una suerte de autobiografía teen en la que vuelca su visión maniquea del mundo: todo aquel que no piensa como ella, es un odiador.

Me sometí a leer la biografía de una celebrity. No pude evitarlo. Entre la batea de novedades captó mi atención la tapa, donde la estrella en cuestión se lucía con los labios pintados de rojo, sonrisa Colgate y escote prominente secundado por encaje negro. Unas letras rosa chicle chillaban “Cuando el amor vence al odio”. Quedé obnubilada por este despliegue digno de portada de Sports Illustrated y no me resistí a sumergirme en la vida de Victoria Donda, esta Kardashian vernácula que, en lugar de lucirse sobre las tablas o en un reality show, pudo brillar caceroleando en el recinto de la Cámara de Diputados y repudiando expresiones opositoras desde el púlpito del INADI.

“Estoy segura de que no conocés gran parte de mi vida. Es posible, en cambio, que hayas leído o visto comentarios falsos sobre mí o que pretenden ocultar mi verdadera historia. Para hablar de esa Historia, que es mía y es de tantos y tantas argentinas, de esa Historia que se escribe con mayúsculas, escribo…”. Con esas ínfulas arranca su crónica esta femme fatale inflacionaria, que en sus páginas se jacta de haber decidido no pasar nunca desapercibida, en lo que más que a la declaración de un político suena a un hit de Bizarrap.

En la historia de superación de una hija de desaparecidos hay dibujos con estrellitas, frases de horóscopo Bazooka, nostalgia guevarista y confidencias estilo Teen Vogue.

Debo decir que la estructura del relato es un empacho para el comensal irónico, un banquete de inconexiones. Porque en la historia de superación de una hija de desaparecidos se cuelan ilustraciones con estrellitas, frases de horóscopo Bazooka, nostalgia guevarista, sobreactuación de rockerismo, una tibia rebeldía antipolicial y confidencias estilo Teen Vogue sobre cómo la autora cuida su look ante los flashes. Una obra tan cachivachesca que dificulta tomar algunos de sus tópicos con la seriedad que ameritan.

¿Qué es el amor?

Volvamos al título y corazón conceptual del libro, a ese sagrado mantra que el kirchnerismo repite buscando la salvación electoral. Donda internaliza el eslogan del amor, cree que ese verbo vive en su carne y abusa tanto del recurso que su literatura parece la de José María Listorti.

La matrix en la que vive Victoria se divide sencillamente entre buenos y malos, entre los que aman y los que odian. Escribe: “El proceso social de cambio (…) está en plena definición entre dos variantes: o vamos a un sistema de mayores cuidados, de respeto de la vida, de conexión con la naturaleza, o vamos a un sistema individualista y neoliberal. Amor u odio”. Esta visión binaria está presente en la manera en que ella explica todo tipo de acontecimientos y en la forma en que narra la dictadura, hablando únicamente de los jóvenes idealistas desaparecidos y silenciando a los muertos por terrorismo. Sobre esa cuestión, mejor fingir demencia.

La matrix en la que vive Victoria se divide sencillamente entre buenos y malos, entre los que aman y los que odian.

¿Quiénes son los emisarios del amor para Vicky? Cristina y Néstor. No le importa que en la época en que sus padres estaban bajo detención forzada el matrimonio Kirchner no sólo se callara la boca sino que amasara una fortuna gracias a la Circular 1050 de Martínez de Hoz, y siendo ambos abogados no presentaran ni un solo habeas corpus. Para ella fue un acto de trascendental gallardía el de descolgar un cuadro de Videla veinte años después.

Al mismo tiempo, no tiene ningún prurito en reivindicar en su libro al Che Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez y Rafael Correa. Vaya manera de evocar al amor. Eso sí, para ella el mandato de Mauricio Macri fue una regurgitación de la dictadura, y en estos términos lo describe: “Cuando nos olvidamos del pasado, volvieron los villanos y al partido militar lo reemplazaron las fake news, la influencia de los medios de comunicación, la cooptación de una parte del aparato judicial, y así empezó a faltar todo: hasta el pan¨.

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Cuando la extitular del INADI cuenta su historia personal y familiar, insiste en que su trauma es una amenaza latente: “Los monstruos hoy no usan botas y uniformes, usan otras herramientas aunque el fin es el mismo”. Ese postulado, además de perverso, es falso. La sociedad argentina logró –y en buena hora– importantes consensos con respecto a la dictadura. La condena al plan sistemático de desapariciones forzadas, torturas y robo de bebés perpetrado por el Estado es prácticamente unánime en todos los sectores del poder. La reivindicación de las atrocidades cometidas por los militares al margen del Estado de derecho, si bien existe, es un fenómeno marginal, sin peso político. Agitar hoy en día esos fantasmas es naftalinoso.

Di lo tuyo, Vicky

A mitad del libro aparece el plato fuerte: los discursos de odio. Es la profilaxis de Victoria cuando alguien la critica por ofrecerle a la empleada doméstica un cargo en el INADI en reemplazo de una indemnización, o por militar el cierre de escuelas durante la pandemia. La antojadiza etiqueta que llamativamente sólo se estampa sobre los que están en desacuerdo con sus ideas.

Ella promete que la obra versa sobre esta categoría discursiva, pero lo cierto es que en ningún momento logra definirla de forma convincente. Su rigor teórico es infinitesimal. Según el método de análisis dondístico, lo que define a un discurso de odio como tal es, taxativamente, la sensibilidad del receptor.

La narrativa de Vicki sobre el odio es un cajón de sastre donde entra la dictadura pero también el capitalismo, los empresarios, el agro, los organismos de crédito.

La narrativa de Vicki sobre el odio es un cajón de sastre donde entra la dictadura pero también el capitalismo, los empresarios, el agro, los organismos de crédito, las grandes corporaciones, el poder judicial, el antikirchnerismo, el macrismo, los libertarios, las críticas a los planes sociales, los proyectos de reformas laborales o previsionales, y podemos seguir. Ese espléndido wok ideológico se expresa en un fragmento de la carta que les dedica a sus padres desaparecidos:

Mami, papi (…): no ganamos, no ganaron ustedes, los portadores de sueños; ganaron los “hacedores de muerte”(…). Despojo de territorios, apropiación de los recursos naturales, extensión del modelo extractivista, aceleración de desastres en la naturaleza, pandemias de dimensiones como nunca vivió la humanidad; los asesinatos, las desapariciones, la apropiación de seres humanos, es un mundo donde esos horrores se repiten. Pero también las luchas, las conquistas sociales. Ganamos varias batallas contra los que, aun teniendo todo, quieren más. Si hoy pudieran volver, verían que durante estos años el pueblo siempre se organizó contra el modelo individualista de acumulación en pocas manos.

Con esta me cancelan

Podemos resumirlo así: Victoria no soporta que, ante la evidencia del fracaso del modelo kirchnerista, exista un fuerte sentimiento popular de aversión hacia sus referentes. Entonces elige creer que esta impopularidad es forzada y producto de una conspiración. Si sos monotributista, alquilás un monoambiente que se come todo tu sueldo y puteás al Gobierno porque no llegás a fin de mes, para ella estás enojado porque te lobotomizaron los poderes mediático y judicial.

Cuando Sabag Montiel gatilló a Cristina Fernández, Donda no demoró en culpar de esta canallada a los discursos de odio. Dijo que “las armas de los odiadores las cargan los Macri, las Bullrich, los Milei, las Granata y los López Murphy”. Es decir, no conforme con sostener que el odio es siempre creado y nunca un sentimiento genuino (y por qué no legítimo, si no se canaliza con violencia), establece una linealidad entre ser vocero opositor y ser cómplice de un intento de magnicidio. Llama a odiar a los “odiadores seriales”. Se podría decir que el discurso sobre el discurso de odio es en sus propios parámetros un discurso de odio.

Lo grave de esta atrofia conceptual es que Donda pretende llevarla a la praxis política. Por eso, hace rato que milita el proyecto de una herramienta legal que sancione las “prácticas discursivas odiantes” (“Debemos fijar la lupa sobre los actores que ponen en peligro al sistema político a través de los discursos de odio”, dice en el libro). Una avanzada peligrosísima contra la libertad de expresión, irónicamente ideada por alguien que fue víctima de la restricción de las libertades y derechos.

Para la musa de la cancelación todos (los opositores) estamos fuertemente condicionados por los discursos dominantes, que son funcionales a un supuesto sistema de opresión. En consecuencia, todos (los opositores) somos potenciales odiadores seriales. Por eso nos corresponde andar de puntillas y autocensurándonos, so pena de entrar en la misma bolsa que un criminal de lesa humanidad.

Su obra autobiográfica no es más que una reivindicación del kirchnerismo desde el prisma más maniqueo y termo que existe, que desvirtúa categóricamente la bandera de los derechos humanos y vuelve su lucha más cuestionable y difusa que la situación fiscal de su mucama.

 

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Luz Agüero

Licenciada en Comunicación Social (CUP). Cordobesa. Trabajó en la comunicación del Club Atlético Belgrano y hoy es consultora independiente.

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