LISANDRO BERTERO
Domingo

La guerra gauche

Francia está importando la política identitaria de moda en Estados Unidos. Así, en un país de tradición laica y universalista, la izquierda se pone del lado del oscurantismo religioso.

Desde París

“¿Las ideas estadounidenses destrozarán a Francia?”, se preguntaba la semana pasada el corresponsal del New York Times en París, Norimitsu Onishi. “Políticos franceses, intelectuales de alto nivel y periodistas advierten que las ideas progresistas estadounidenses –en concreto sobre raza, género y poscolonialismo– están socavando su sociedad”, explicaba en una columna muy comentada del 9 de febrero. Y subrayaba: “Destacados intelectuales se han unido contra lo que consideran una contaminación por el izquierdismo woke de los campus estadounidenses y su consiguiente cultura de la cancelación”.

Y es cierto. Fenómenos como Black Lives Matter, el #MeToo y el boicot a artistas y obras por transgresiones morales han estado aterrizando aquí al ritmo de la renovación del catálogo de Netflix. En  campus universitarios y redes sociales de Francia se ejerce la justicia social expeditiva de acuerdo con el código penal informal elaborado en los departamentos de estudios culturales y género del otro lado del Atlántico. Se busca –y obtiene– la censura y muerte social de quienes reciben el inapelable sello de “racista” según criterios cada día más amplios. Proliferan los safe spaces en marchas callejeras, seminarios y hasta catas de vinos, donde se prohíbe la presencia de quienes tienen el color de piel o el género del opresor histórico designado; se practica el deplatform, la intimidación para impedir, incluso por la fuerza, que el otro tenga la palabra mientras se cuenta de manera sistemática la representación de la “diversidad visible” (de apariencia, nunca de ideas); la orden es combatir el “privilegio blanco”, el “racismo”, siempre acompañado de la palabra “sistémico”. La Francia que hasta ayer se mofaba del puritanismo anglosajón se puso à la page en el virtue signaling, ejercicio narcisista que consiste en validar y, sobre todo, en denunciar públicamente la moralidad de alguien para ser festejado por su tribu.

Fenómenos como Black Lives Matter, el #MeToo y el boicot a artistas y obras por transgresiones morales han estado aterrizando aquí al ritmo de la renovación del catálogo de Netflix.

Francia ha vivido la era Trump con una etnicización de la cuestión social, viendo retroceder su tradición universalista y adoptando todos los tics y eslóganes de la izquierda identitaria. En un país que rechaza catalogar a su población en razas, en el que el censo étnico está prohibido –su práctica en los años ’40 ha generado anticuerpos–, estas reivindicaciones se apoyan a menudo en el contencioso histórico entre descendientes de las excolonias en África y descendientes del Estado francés.

El “pensamiento decolonial” pretende imponer una grilla de lectura primordial de la realidad marcada por un racismo estructural del Estado que perpetuaría la dominación, sometiendo a las minorías étnicas, los “racializados”. Para el principal referente de este movimiento militante, el Partido de los Indígenas de la República, existen dos bloques en pugna, el blanco y el negro. Su portavoz, la franco-argelina Houria Bouteldja, quien se jacta de imponer su agenda en las universidades francesas, explica que “lo blanco es una fortaleza, y toda persona blanca es constructora de esta fortaleza”. Otras definiciones de esta influyente militante: “Pertenezco a mi familia, a mi clan, a mi raza, a mi barrio, al islam, a Argelia. […] Encima de mí hay aprovechadores blancos […] mis opresores”. Sobre los homosexuales: “El marica no es del todo un hombre. Así, el árabe pierde su potencia viril y deja de ser un hombre”. Las presiones occidentales contra la homofobia en Oriente Medio no son bajo esta óptica otra cosa que un “imperialismo gay”.

Se es culpable o inocente de nacimiento, por el color de piel o el sexo, más allá de las acciones individuales. El determinismo del ser prevalece sobre la libertad del hacer: esta es la guerra ideológica de la izquierda identitaria contra el universalismo.

El enigma Macron

Una de las grandes incógnitas de la sorpresiva llegada al poder del presidente más joven de la historia de Francia (39 años) era cómo se posicionaría ante el laicismo y las reivindicaciones comunitarias. El 22 de mayo de 2018 se encendieron las alarmas. Un año después de llegar al Elíseo, Emmanuel Macron presentaba un proyecto para el desarrollo de los barrios periféricos en los que se concentra la población de origen africano. Frente a la prensa, se refirió a sí mismo y al funcionario que había redactado el proyecto así: “De alguna manera, no tendría sentido que dos hombres blancos, que no viven en estos barrios, se intercambiaran un informe sobre estos sectores”. La idea era que ellos, representantes del Estado, no tenían legitimidad por ser blancos. Aquel día, Macron pareció inscribirse en el modelo cultural anglosajón de las identity politics en ruptura con la tradición universalista francesa.

Luego de tres años en el poder, el 2 de octubre de 2020, el tono cool era historia. “El problema es el separatismo islamista –denunciaba–. Se trata de un proyecto político-religioso consciente y teorizado, que toma la forma de repetidas desviaciones de los valores de la República, que a menudo se traducen en la formación de una contra-sociedad, cuyas manifestaciones son el abandono escolar de los niños y el desarrollo de prácticas deportivas y culturales comunitaristas, que son el pretexto para enseñar principios no conformes con las leyes de la República. Es el adoctrinamiento y, a través de él, la negación de nuestros principios, la igualdad entre mujeres y hombres y la dignidad humana”.

Macron, diplomado en Filosofía, entiende el trasfondo ideológico y la pugna entre estos dos modelos.

Macron, diplomado en Filosofía, entiende el trasfondo ideológico y la pugna entre estos dos modelos. “Les hemos dejado el debate intelectual a otros –decía–, a los que están fuera de la República ideologizándola, pero a veces a otras tradiciones académicas. Pienso en la tradición anglosajona, que tiene otra historia y no es la nuestra. Y cuando veo hoy ciertas teorías de las ciencias sociales totalmente importadas de los Estados Unidos de América, con sus problemas, que respeto y que existen, pero que se suman a los nuestros, me digo que no nos falta razón al no hacer esa elección”.

Irónicamente, la importación mencionada por Macron no es más que una devolución de la french theory fabricada en los años ’60 en las universidades francesas, cultivada luego en la academia estadounidense y mezclada con el movimiento de los derechos civiles. Derrida, Foucault, Deleuze, De Beauvoir y Lacan son tan franceses como el camembert. Hoy regresan como un búmeran en un producto globalizado, propulsado por las universidades estadounidenses y por Hollywood, poniendo en boca de todes la palabra “deconstruir” y otros productos derivados para jóvenes “despiertos”, o woke, armados para guerrear por la justicia social.

Esta militancia no es la de la vieja izquierda, centrada en la lucha de clases que sueña con la emancipación del obrero. Con la caída del Muro de Berlín, el sujeto revolucionario pasó a ser la minoría étnico-sexual, y el campo de batalla no es más la economía, sino la cultura. El obrero o campesino, abandonado por tener un “privilegio blanco”, engrosa ahora el electorado de un Donald Trump o una Marine Le Pen, mientras los partidos de izquierda se concentran en lo que llaman “la diversidad” y el electorado blanco urbano de las grandes ciudades, ganadores de la globalización.

Esta militancia no es la de la vieja izquierda, centrada en la lucha de clases que sueña con la emancipación del obrero.

“La moda decolonial y pseudo-antirracista ha sustituido a la moda marxista y pseudo-antifascista”, resume el filósofo Pierre-André Taguieff, director de investigación del CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica). Taguieff fue uno de los 100 profesores universitarios que tras la decapitación del profesor de Historia Samuel Paty (por mostrar una caricatura de Mahoma durante una clase sobre la libertad de prensa) firmaron una carta en Le Monde denunciando las reticencias de sus pares a nombrar el carácter islamista del ataque y apoyando al ministro de Educación, que había fustigado los “estragos” de “las corrientes de islamo-izquierdistas muy poderosas en los sectores de la enseñanza superior”. “Las ideologías indigenistas, racialistas y ‘decoloniales’ (transferidas de los campus norteamericanos) están muy presentes, alimentando el odio a los ‘blancos’ y a Francia; y una militancia a veces violenta ataca a los que todavía se atreven a desafiar la doxa antioccidental y el blablá multiculturalista”, advertían.

El cambio de chip de la izquierda la ha llevado a enterrar banderas históricas y a celebrar alianzas contra natura. La lucha contra el oscurantismo religioso era una de esas banderas. Las principales víctimas de esta traición son justamente quienes llegaron a Europa huyendo de la opresión hacia las mujeres y las minorías sexuales, que ven cómo la intelectualidad de izquierda sirve de Caballo de Troya para los ayatolás de barrio, adoctrinadores de la forma más acabada de machismo, homofobia y antisemitismo. Como botón de muestra, el último caso de una larga lista.

El extraño caso de las piscinas escolares

Al principio cuesta entender la noticia. Algo huele mal en las piscinas de Francia, eso está claro. Y al parecer tiene que ver con el cloro, que estaría provocado una explosión en el aumento de alergias en la piel. Lo más llamativo del fenómeno es que afecta exclusivamente a niñas que aprenden a nadar en el marco de sus actividades escolares.

Los medios online se limitan primero a reproducir extractos de un comunicado del Ministerio del Interior: “En los últimos años, ha aumentado el número de certificados emitidos por los profesionales de la salud que prescriben una contraindicación para las clases de natación de las niñas”. Parece serio. El texto citado por la prensa está firmado por dos ministros de alto perfil: el de Educación, Jean Michel Blanquer, y la de Ciudadanía, Marlène Schiappa. Pero a medida que uno avanza en la lectura, el asunto se vuelve aún más opaco: “Estos certificados de conveniencia sobre una supuesta alergia al cloro no pueden ser tolerados en las escuelas de la República si no se basan en razones médicas”, denuncian los ministros.

Pero ¿por qué tantas chicas estarían inventándose alergias y consiguiendo certificados médicos para evitar los chapuzones, al punto de movilizar a la primera plana del gobierno en plena crisis sanitaria y educacional? Hay que tratar de leer entre líneas y, sobre todo, ir al sitio oficial del Ministerio del Interior para enterarse de que la “alergia del cloro” está ligada al “separatismo religioso”. Así, sin más.

¿Por qué tantas chicas estarían inventándose alergias y consiguiendo certificados médicos para evitar los chapuzones?

¿Entonces se está impidiendo que las mujeres aprendan a nadar en nombre de la religión, un saber del que podría depender su vida y que da gratuitamente la escuela pública francesa? Se podría esperar que el feminismo actual, tan alerta a los “micromachismos”, y los intelectuales-de-izquierda reaccionaran frente a esto, mientras que los conservadores, los “neoliberales” y la extrema derecha relativizaran este atropello al laicismo en una institución pública. Bueno, no. Fue al revés.

“En nombre del laicismo y el feminismo, espiar a las adolescentes. Los ‘valores de la República’ de Jean-Michel Blanquer y Marlène Schiappa quedan al desnudo”. Esta reacción no es la de una liga de virtud, sino el comentario en Twitter del sociólogo de izquierda Eric Fassin, profesor de la Universidad París-8.

La noticia, lo que nadie escribe negro sobre blanco, es lo siguiente: un creciente número de niñas son excluidas de las clases de natación porque sus progenitores, en nombre del islam, rechazan que usen el traje de baño, que deja al descubierto sus extremidades.

Un creciente número de niñas son excluidas de las clases de natación porque sus progenitores, en nombre del islam, rechazan que usen el traje de baño.

El gobierno francés entiende que hay un problema y el asesinato de Paty le dificulta ya tapar el sol con las manos, porque no es un hecho aislado de la presión del islamismo en el bastión de la República. El 82% de los franceses estima que la libertad de enseñar se encuentra amenazada, mientras que el 49% de los maestros admite que ya se ha autocensurado a la hora de hablar del laicismo y temas religiosos. La intimidación religiosa está en aumento no solo en Laicismo (+12%), sino también en disciplinas como Moral y Cívica (+10%) o Ciencias (+6). La reciente negativa, apoyada por sindicalistas, de bautizar una escuela con el nombre de Samuel Paty para “no convertirse en blanco” terrorista confirma el nivel de intimidación. Ésta va aparejada por las recurrentes polémicas sobre el cuestionamiento del menú del comedor escolar por contener cerdo, el ayuno de niños durante el Ramadán, mientras aumenta la dificultad en las aulas a la hora de enseñar el Holocausto, en un país que fue partícipe de la matanza o el éxodo definitivo de los alumnos judíos de la escuela pública de barrios de fuerte inmigración.

La lista, incluso circunscrita al ámbito escolar, es interminable. Y en cada caso, la izquierda antaño anticlerical se convierte en la idiota útil del islamismo, al que quiere ver como el arma cultural de los débiles ante el imperialismo del hombre blanco occidental. Cuando el heteropatriarcado viene envuelto en exotismo, por arte de magia deja de ser un problema para la izquierda identitaria. Porque, como explica Chantal de Rudder, exredactora jefe del semanario L’Obs y autora de Un voile sur le monde (Un velo sobre el mundo), un estudio internacional sobre el avance del velo en varios países, “para los decolonialistas, el islam no es tanto una religión como un contra-universalismo practicado por una cuarta parte de la población mundial”.

Un chantaje eficaz

¿Por qué tan pocos llaman a las cosas por su nombre? ¿Por qué hay que leer entre líneas para comprender la publicación de las noticias? Primero y principal, porque la academia y la prensa progresistas tienen las riendas del discurso y el poder simbólico. La intimidación que provoca la acusación de “islamofobia”, como si el cuestionamiento de una religión y su práctica fuesen una forma de racismo, paralizan en la era de la cancelación. El anatema, que asimila la crítica de una creencia a una patología mental, busca rehabilitar el delito de blasfemia: que una religión goce de un privilegio frente a otras ideas o convicciones. La Francia de Voltaire, de larga y sangrienta historia en su lucha por la sociedad laica, revive así el debate que pareció haber zanjado con la Ley de 1905 que prevé la separación de la Iglesia y el Estado, con la escuela como campo de batalla.

El asesinato de Paty es el lado más espectacular de la noticia, pero no el corazón de lo que está ocurriendo. Que el profesor viviera con miedo, que hubiese sido intimidado por padres que no querían que sus hijos presenciaran la clase sobre las caricaturas y unas 400 violaciones al minuto de silencio por su muerte ilustran mejor esta crisis.

Con el atentado, Macron decidió endurecer el texto que preparaba contra lo que llama púdicamente “el separatismo”, un término que remite hábilmente a la secesión o el apartheid. Desde la izquierda denuncian que el mandatario se derechiza con miras a las elecciones del año que viene, que auguran una repetición de la segunda vuelta de las presidenciales frente a la ultraderechista Marine Le Pen. Lo que la izquierda francesa debería preguntarse es por qué su alternativa se ha convertido electoralmente en algo irrelevante. Que haya dejado de hablarle a los obreros para concentrarse en las minorías étnicas y sexuales y en la burguesía progresista tal vez tenga algo que ver.

Lo que la izquierda francesa debería preguntarse es por qué su alternativa se ha convertido electoralmente en algo irrelevante.

Paralizadas por el temor a ser tratadas de islamófobas, las voces más desesperadas son las traicionadas por el progresismo. “Las mujeres no andan en bicicleta en los países musulmanes, es un acto político de rebelión en Egipto, está prohibido por ley en Irán. En Francia, las neofeministas defienden el patriarcado que impide a las niñas musulmanas aprender a nadar”, resume Fatiha Agag-Boudjahlat. Como esta maestra de Historia, hija de una mucama argelina, que se define como “feminista universalista y laica”, son varias las mujeres de ascendencia islámica que exigen cada vez más alto que no se las esencialice, que no se las juzgue por su color de piel o su género, sino por su experiencia de vida y sus ideas. Se llaman en Francia Zineb El Rhazoui (periodista sobreviviente de la masacre de Charlie Hebdo), Abnousse Shalmani (escritora), Linda Kebbab (policía). En Estados Unidos están Yasmine Mohammed, autora de Unveiled: How Western Liberals Empower Radical Islam (Sin velo: Cómo el progresismo occidental empodera al islam radical), y la iraní Masih Alinejad, impulsora del movimiento contra el velo obligatorio llamado White Wednesday. Son las caras más valientes y notorias de esta rebelión, aunque para usar una expresión que le es cara al progresismo, son “invisibilizadas” por no encajar con el nuevo orden moral.

Como explicaba la semana pasada la somalí Ayaan Hirsi Ali: “Las mujeres y sus derechos se sacrifican en el altar de las políticas identitarias, la inmigración y la corrección política. Básicamente, la gente dice que podemos volver a la época victoriana, o parecernos a los países de los que vienen estos hombres, y si las cosas son malas para las mujeres, pues mala suerte”.

 

 

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Alejo Schapire

Es periodista especializado en cultura y política exterior. Reside en Francia desde 1995. Es autor de La traición progresista (Libros del Zorzal/Edhasa, 2019).

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