LISANDRO BERTERO
Domingo

La Batalla Cultural (V)

La respuesta de nuestros lectores a la edición especial del domingo pasado.

Nuestro especial del domingo pasado sobre La Batalla Cultural generó mucho interés entre nuestros lectores, los que nos acompañan desde el principio y también muchísimos nuevos. Fue el domingo con más visitas a nuestra página y con más conversación en nuestras redes sociales. Claramente era un tema que estaba haciendo cosquillas entre el electorado surcoreano, y estamos contentos de haber contribuido a liberar al menos una parte de esa energía contenida. No buscábamos unanimidad entre nuestros 74 colaboradores (habría sido imposible), sino exactamente lo que conseguimos: miradas distintas pero complementarias sobre un desafío que es evidente y que genera algún tipo de incomodidad en nuestro ecosistema político.

Muchos de ustedes nos escribieron a [email protected] con ganas de continuar la conversación. Nos encanta que nos escriban, que nos apoyen, que nos peleen (un poco). Sigan haciéndolo. A continuación, una selección de sus respuestas.

 

 

Diego C. B. | @diegocbe

Leí escrupulosamente la edición de [el domingo] sobre la batalla cultural. ¿Darla o no darla, y en caso afirmativo, cómo?

Por un lado, trato de no caer en lo que critico. Recuerdo los consejos de micromilitancia kirchnerista ni bien asumió el gobierno de Cambiemos, recomendando garabatear consignas a mano en los periódicos o hacer comentarios como al pasar que fueran escuchados por gente del bando contrario. Pintoresco y risible. Quiero evitar eso, definitivamente. Pero, por otro lado, como cantó Daniel Melero, “vivir para callar no me deja conforme”.

Voy un paso más atrás que la batalla cultural. ¿Vale la pena siquiera darla? ¿Argentina quiere cambiar? ¿Qué franja escucharía el mensaje? No por nada, luego de quedar abajo muy cerca de Scioli en las PASO 2015, esa noche Macri salió atolondrado a decir que Aerolíneas Argentinas no se privatizaba. “Tranqui, no voy a cambiar mucho, sólo retocar”, le faltó decir. Evidentemente conocía qué audiencia tenía en frente.

Cambiemos/Macri, al menos de la boca para afuera, venían a modernizar a una sociedad que en buena medida no deseaba ser modernizada. Creo que cualquier propuesta que nos convenciera de llevarnos a 2005 o 2006 ganaría fácilmente las elecciones, aunque ahí ya se estaban gestando buena parte de los problemas actuales. Una porción de los votos hacia Cambiemos en 2015 y 2017 fueron de gente que quería una versión prolija del kirchnerismo, es decir, un poco menos de delitos y no tan groseros en la administración pública (estimo que a ninguna persona le gusta ser burlada obscenamente por quienes ella misma llevó al poder) y un poquito menos de inflación.

Esa franja de la ciudadanía fue la que me demolió anímicamente en las elecciones de 2019.

Ni bien se intentó marcar una diferencia notoria en algún tema, como fue ir retirando los subsidios del precio de los servicios públicos, parte de esa masa de votantes se empezó a alejar. Y no hablo de gente pobre, no conozco pobres. Hasta la persona que viene una vez por semana a limpiar mi casa es de clase media baja y con un nivel educativo considerable. No conozco a nadie que viva en una villa miseria o que tenga dificultades para leer o escribir. Me refiero a gente incluso ABC1, indignada porque de un combo de McDonald’s mensual de luz, gas, o agua pasó a pagar tres o cuatro. Personas que independientemente de la situación coyuntural del país hacían uno y hasta dos viajes anuales de ocio al exterior y que tenían una segunda propiedad como inversión.

Esta franja de la ciudadanía fue la que me demolió anímicamente en las elecciones de 2019. Pude entender a gente pobre votando kirchnerismo, indiferente al pisoteo de las instituciones o al latrocinio, total con Cristina tenían más changas o el colectivo era más barato. No puedo arrogarme entenderlos ni decirles qué hacer. Pero fue una patada en la mandíbula contemplar gente próspera indignada porque Macri en vez de cuidarlos a ellos los sacudió a tarifazos para con esos fondos llevar cloacas y metrobuses al conurbano, donde igual jamás iban a votarlo. Por eso hubo quienes no titubearon en volver a votar al kirchnerismo, porque serán lo que serán pero al menos te cobraban monedas por los servicios públicos, aunque toda la nueva erogación en tarifas les representara un día de alojamiento y comidas en Miami.

Los medios, que en ocasiones criticaban la tibieza de Cambiemos, sin embargo colaboraban en defensa de mantener todo como estaba. Creo recordar que en 2019 el subte tuvo un retoque de $0,50 (que ya en ese momento no compraba nada y corría muy detrás de la inflación). En TN Marcelo Bonelli habló de “tarifazo”, como si se hubiera duplicado de un día para el otro.

En TN Marcelo Bonelli habló de “tarifazo”, como si se hubiera duplicado de un día para el otro.

Pienso que Macri se enfrentó a algo parecido a Macron en Francia: ambos fueron presuntamente elegidos para cambiar un país que no quiere cambiar. Macron, a diferencia de Macri, puede aplicar gradualismo porque Francia es rica, tiene baja inflación, el corsé de la Unión Europea y Alemania al lado. La decadencia relativa gala es gentil, y si bien pierde posiciones frente a países en ascenso, no necesariamente se empobrece, los demás a lo sumo se enriquecen más. Acá Macri no tuvo ese colchón. Y estimo tampoco hubiera tenido los brazos de la masa sosteniéndolo si se arrojaba al cambio verdadero.

 

 

Joaquín Muñoz | Desde Sydney

Quiero aportar algo a la discusión sobre la batalla cultural, que permea varios de los distintos ensayos y opiniones. Esto es la Paradoja de la Tolerancia, de Karl Popper, enunciada en La sociedad abierta y sus enemigos:

Menos conocida es la paradoja de tolerancia: la tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.

Tenemos por tanto que reclamar, en el nombre de tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia.

Creo que como sociedad, tenemos que estar preparados para defender este concepto, en contra de los intolerantes. Ya que la tolerancia es la base del respeto y la democracia al final del día. No podemos ser tolerantes con los intolerantes. Y si pensamos que el kirchnerismo quizás no llega al nivel de “intolerante” que pide el enunciado superior, empecemos entonces por no tolerar más a los chavistas, a los grupos indígenas secesionistas, etc. Hay mucha tela por cortar.

 

 

Mercedes Colombres | Agrositio | @mercolombres

Excelente producción la de los 74 surcoreanos y afines. Algunas reflexiones sin compromiso de que coincidan o compartan:

1. Crear una narrativa liberal republicana es una tarea de todos, no sólo de la política, pero alguien tiene que ponerse delante de la batalla y creo que debería ser la política. Sin distinción de partidos. Obviamente el empresariado y las ONG deben sumarse a la partida. 

2. La narrativa también debería incluir un fin de la culpa de ser capitalistas. Los empresarios principalmente deben salir a promulgar que no tiene nada de malo ser empresarios, ganar plata, exportar, porque ahí está el motor del progreso. Uno nota hasta hoy como que están escondidos dentro de un placard y compiten por quién parece más pobre. Sin un empresariado orgulloso va a ser difícil erradicar la cultura de “subamos los impuestos cada vez que la frazada se acorta”

3. Como liberal pensaría que la cultura debe ser libre, pero es ingenuo combatir la batalla si del otro lado hay ejércitos de pintores, escultores, actores, modelos e influencers extremadamente cool e inspiradores derramando pensamiento en los jóvenes, y pensamos hacerles frente con un economista pelado que da recetas antipáticas. Quizás sea antiliberal y antimuchos principios pero hay que plantearse algunas posibilidades: ¿Habrá que producir TV? ¿Habrá que producir diarios y radios? ¿Se financiarán desde el Estado cuando vuelva al poder otra opción que no sean los k? ¿Podemos tener nuestro propio mundo de la cultura no k? ¿Cómo se financia? ¿Qué hacemos con los manuales educativos contaminados de marxismo? ¿Eliminamos los contenidos educativos oficiales obligatorios o generamos otros con nuestra versión? ¿Financiamos a determinados periodistas con la pauta oficial o la eliminamos? Preguntas antipáticas, pero que hay que hacerse.

4. El periodismo debe ser parte de la narrativa. No como protagonista, pero debe ser parte de los destinatarios de la conversación. Hacer narrativa con redes sociales y unidireccionalmente, sin interlocutores calificados del periodismo, fue uno de los errores de la experiencia 2015-2019, al menos en la parte que me tocó. Es preferible un periodismo que te critica pero te escucha que no hablar con el periodismo y que ellos solo hablen con otros espacios. Incluyendo a todos, hasta los más críticos.

5. Seúl es un buen primer paso referido al punto 1, necesitamos más.

 

 

Mariano Rodríguez Ribas | @MarianitoTe

“Ojalá aparezca gente nueva en la política… Son todos los mismos de siempre… Justamente necesitamos un cambio de paradigma para cambiar el país… ¿Por qué los partidos no desarrollan nuevos líderes?” Achaca, en un grupo de Whatsapp, un amigo que vive en Australia hace ya varios años. Con la impunidad que le da el exilio y la diferencia horaria, su mensaje llega a mis 5.17am y un poco me desvela.
La batalla cultural “interna” es a veces más dura que la que se da frente al populismo. Como el agua que horada la piedra, nos desgasta y aniquila lentamente ya que la cercanía personal e ideológica de estos comentarios son mucho más hirientes y demoledores que los cascotes que vienen de afuera. Esas gotas constantes de: “Pero en Holanda, bla, bla, bla…” o “lo que habría que haber hecho es xxxxx…” o “está buenísimo pero es increíble que en 2019 estemos celebrando esto…” “¿Por qué no hacen x cosa de otra manera?”

Si queremos volver a ser gobierno, necesitamos definitivamente despojarnos de esa perfección comparativa que nos destruye constantemente. No hablo de bajar la vara ni apuntar a menos, pero sí de ser realistas y entender el contexto de nuestro país. Con una historia como la nuestra, pretender ser Australia (por poner un ejemplo de un ideal del imaginario social de la clase media argentina) de un día para el otro es una utopía. Y criticar constantemente al que lleva el trabajo y se esfuerza por ir acercándonos hacia la honestidad, el respeto, el mérito y tantos otros valores que enarbola nuestro espacio no colabora en esta construcción.

Conozco ex funcionarios jóvenes que luego de haber trabajado a destajo los cuatro años de gestión entre 2015 y 2019 no quieren saber nada con volver a la política.

Conozco ex funcionarios jóvenes que luego de haber trabajado a destajo los cuatro años de gestión entre 2015 y 2019 no quieren saber nada con volver a la política. Pero no porque no hayan podido hacer grandes transformaciones, sino porque sienten una ingratitud tremenda por parte de aquellos que, aunque nos votaron y nos votarían, insisten con que nunca alcanzó, que se hicieron las cosas mal y que es culpa nuestra que el kirchnerismo haya vuelto a ganar. Eso que comenzó como una catarsis post-PASO, sigue latiendo, sigue goteando sobre una roca que hace un enorme esfuerzo por mantenerse firme y unida frente a un populismo que busca entrarle por todas las aristas y destruirla para siempre.

¿Cuál es el incentivo de alguien nuevo, alguien joven, para meterse en el proceso de transformación de nuestro país si sabe que el nivel de exigencia es tan categórico y excluyente, no sólo desde “afuera”, sino desde el mismo espacio?

Lo interesante es que esa roca es sólida y está formada por miles de argentinos que tienen el mismo norte. Argentinos que se pueden juntar en una marcha y hacer 30 marchas por todo el país y llegar a ser casi un millón en la 9 de Julio como hace años no sucedía. Pero esa misma gente tiene la enorme capacidad de destruir al que tenemos al lado por caprichos, ansiedades y celos terrenales que se transforman en constantes distracciones y palos en la rueda.

La búsqueda de consenso se hace más clara cuando hay un enemigo que amenaza a una comunidad.

La búsqueda de consenso se hace más clara cuando hay un enemigo que amenaza a una comunidad, pero también es cierto que se vuelve más difusa cuando tenemos que elegir los métodos y las formas con las que vamos a atacar a ese enemigo y ni que hablar cuando el enemigo ya es vencido y hay que mantener ese logro alcanzado.

Mientras hilamos fino para flagelarnos no hacemos más que des-apropiarnos de lo logrado. Todo se puede hacer mejor, siempre, más aún con el diario del lunes. En nuestra gestión, hicimos cosas muy mal, pero hicimos cosas espectaculares. Y no es una planilla de dos columnas con “lo bueno” y “lo malo” lo que define si podemos seguir construyendo un futuro en nuestro país. De lo que tenemos que aferrarnos es de los hechos y no tanto de los análisis. Los errores los tenemos claros y podemos evitarlos en el futuro. Desprendernos del enfoque culposo y autoflagelante de un nivel de detalle que lo único que revela es que no nos apropiamos de lo que hicimos sólo nos hace sentir que queremos pedir disculpas. Si nos quedamos en el onanismo de solamente apoyar a la gente con la que nos identifiquemos 100 %, sólo construímos “YO-cracias”, islas de perfección que se alejan de la realidad y nos alejan de esos valores que nos amalgaman.

Los nuevos liderazgos existen y están ahí con ganas de ser parte de este proceso de cambio que creo fervientemente que es inevitable. Muchos ya están activos y participando, muchos no se animan aún. Este proceso interno de aceptarnos como somos, entender que nuestras transformaciones fueron enormes, es también una batalla cultural muy fuerte que debería librarse sin heridos de muerte, con consensos más amplios, menos categóricos y entendiendo que si queremos mantener la roca sólida tenemos que dejar de desgastarnos mutuamente.

 

 

Matías Mey | @matiasmey

Gracias por las notas de batalla cultural. Una atrás de otra me recuerdan que vale la pena seguir por este camino. En mi caso empezó en las legislativas de 2017. Después de quejarme tras cada elección del fraude y de que “no puede ser” que siempre hagan trampa, me invitó un amigo a ir a Laferrere, porque le faltaba gente para fiscalizar en las PASO. Vi la oportunidad de dejar de decir y empezar a hacer. Lo que me empujaba era “en mi mesa no, en mi mesa fraude no va a haber”. Termine el día exhausto pero con la certeza del deber cumplido. Lo mismo hice en las generales. 

Empezando 2019 se me volvió a prender ese fuego y empecé a escribir en tuiter. Antes de eso era un mero espectador, algún que otro comentario, pero sin jugármela. Empecé a retuitear a @Apuntes_ con sus hilos sobre las cosas que hizo bien el gobierno de Mauricio Macri y a pedir tímidamente fiscales para las PASO. Fiscalicé en un colegio para voto de extranjeros, novedad para el equipo de fiscales que fuimos con @apschi, aprender reglas distintas sobre la marcha (vale ley electoral provincial ahí) y salir una vez más cumpliendo con el deber, aunque esta vez, derrotados y sin poder levantar cabeza. Ahí fue donde empecé a poner mucha energía a levantar, a que no decaiga. Leía a mis grandes ídolos de Twitter escribir derrotados y les escribí queriendo animarlos. Empecé a romper la espiral del silencio en los ambientes donde me muevo y, apoyado con datos, desmentir en cuanto salía algo en Whatsapp, en Twitter o en una charla. Conocí a algunos de mis “ídolos” de Twitter y encontré a gente común, que la peleaba en medio de su vida normal. Nos juntamos con algunos y empezamos campañas de marketing guerrilla que se fueron contagiando, campañas de Facebook pagadas por nosotros, todo en pos de despertar a la gente y cambiar un voto a la vez. Un grupo de gente que al día de hoy considero grandes amigos que me regaló Twitter. Armamos capacitaciones online para fiscalizar, buscamos sumar gente de donde saliera. Ese 27 de octubre me encontró como fiscal general en Escobar.

Desde entonces sigo dando batalla donde se puede, en cada ámbito, ya sea en mayor o menor medida. Y descubriendo que cada vez somos más presentándose en el frente. No sabemos cómo termina… pero puestos no nos van a llevar. ¡Gracias revista Seúl y perdón por la perorata!

 

 

Patricio Keelty 

Un comentario personal sobre la edición del último domingo. La batalla cultural es el déficit que casi unánimemente se le arroga a la oposición al kirchnerismo. Uno se pregunta porqué los K son tan eficaces, tan pasionales, tan implacables y violentos en dar esa batalla en todos los rincones de la vida cotidiana, y la respuesta es que viven en una guerra. Ya sabemos cuáles son los resortes de una mente y un alma fascistas, que incluye al enemigo eterno y externo y una expectativa granítica, sólida de la realidad enfrentada con la percepción de la realidad. No les interesa gestionar el presente: les interesa victimizarse indefinidamente en el tiempo.

Así y todo, las elecciones hay que ganarlas y para eso hay que ganar el sentido común. Pero los métodos (que no son la forma sino el fondo) contradicen la ética que nos hace oposición. Sustituir un ideal revolucionario por otro, una zanahoria estalinista por otra. Nosotros no creemos en la revolución eterna, no respiramos maniqueísmo, somos heterogéneos y nos une (o desune) la heterogeneidad. No creo que para vencer al monstruo haya que convertirse en uno. Hay que ser más dignos de nuestra forma de vivir, más ruidosos y más intransigentes con la injusticia. Ojalá eso sea para los neutrales más atractivo que cualquier relato. 

 

 

Patricio Marchionna | Ingeniero industrial | @MarchionnaPato

¡Hola! ¡Me encanta la revista! Creo que estamos ante una guerra cultural, no una batalla. Hay millones de personas en este país que son físicamente incapaces de entender conceptos básicos. La única forma de conquistar a ese segmento es con sentimientos: necesitamos desarrollar el sueño argentino.

Se me ocurren tres batallas puntuales que podemos librar contra el kirchnerismo universitario –o al menos, escolarizado– en el marco de la gran guerra cultural:

1. Amor por la vida. El país tiene que recuperar el optimismo, el amor por la vida. Bajarle el volumen al tango, la zamba, e imitar un poco a nuestros amigos cariocas. Sonriamos, dejemos atrás la mueca de amargura. Levantemos la mirada, despeguemos los cuerpos cansados de las paredes en las que nos apoyamos, melancólicos, mientras fumamos un pucho y nos tomamos un mate. Dejemos de decir “qué se le va a hacer”. Hagamos.

2. Visión de largo plazo (o las virtudes del gradualismo). Ya no estamos acá para hacer la América y volver a nuestros pueblitos en España o Italia (o Bolivia). Estamos acá para quedarnos, si tenemos suerte, 80 años. Y nuestros hijos también. Si partimos de esa base, podemos reconstruir la confianza en el otro: confío en vos porque sé que mañana vas a estar acá, y yo también. Juntos podemos mejorar, pero lleva tiempo y requiere planificación y constancia; la Buenos Aires de 1920 no se construyó en diez años, sino que llevó más de cien años de luchas, esfuerzo y sacrificios. ¿Por qué? Porque no somos un país rico: la soja no crece sola, el oro no se extrae solo, el petróleo tampoco. Todo lleva trabajo, y los resultados de ese trabajo se ven de forma gradual.

3. Matar el nominalismo. Lo que importa es la realidad, no lo que se dice de ella. Si la persona que recibe un título no sabe nada, ¿para qué recibe un título? ¿De qué le servirá? Solamente para reconfortar su ego y engañarse sobre sus capacidades y posibilidades, perpetuando el ciclo de resentimiento. No podemos tener leyes que contemplen cada caso particular y que regulen cada interacción entre cada persona. No podemos pretender que el Estado decrete una ley para cada situación particular: cada persona tiene que poder hacerse cargo de su propia vida.

Por último, les comparto una cita de Jugarse la piel, de Nassim Taleb:

Cuanto más tiempo circula una idea sin ser falseada, mayor será su esperanza de vida. Una idea sobrevive si gestiona bien el riesgo, es decir, si además de no perjudicar a sus defensores fomenta su supervivencia.

Gracias por escribir desde el sur del paralelo 38: necesitábamos escucharnos.

 

 

Luciana Dussert | @LucianaDussert

Me quedé pensando en algo en lo que pienso mucho que es parte del relato kirchnerista y que hoy, con el tema clases se recrudece. Y que se ata a la eliminación del sujeto, o el “insoportable pobrismo” ideológico. ¿Cómo damos la batalla cultural desde nuestro lugar de privilegiados? ¿Empleo en blanco? Privilegiado. ¿Dueño de tu casa? Privilegiado. ¿Reclama clases presenciales? Privilegiado. 

¿Que pasó en estos años que aun para gente universitaria, de clase media y con las mismas oportunidades que otros, de pronto estos reclamos vengan desde la comodidad? No hay día que pase que piense qué poco esperamos, qué baja tenemos la vara, qué destrucción emocional y de las posibilidades del individuo se produjo para convivir con estas nociones. Creo que de todo lo mucho que nos pasa, dar esta batalla cultural es de las más severas.

 

 

Pablo Bianchi | @pabloabianchi

La batalla cultural se pierde porque el kirchnerismo-populismo la encara como tal: una batalla. Mientras que del otro lado se trata de armonizar, dialogar, pacificar.

Es más sencilla y efectiva la dialéctica amigo-enemigo. Además, se pierde porque quien se victimiza se siente cómodo en ese rol y se paraliza. Sus males son culpa de otro. Es más cómodo. Ganarle al populismo requiere esfuerzo personal y colectivo que muchos no quieren hacer.

El bienestar económico es la clave. Por eso se requieren recursos sabiamente utilizados para generar oportunidades que terminen con la victimización y “muevan” las voluntades individuales y colectivas. Y firmeza y audacia. No se puede combatir un cañón con un cuchillo.

 

 

Carlos Federico Grinblat | abogado | @CFGrin 

Yo recuerdo que en casa teníamos un libro muy lindo del Centenario de la Argentina: Argentina y sus grandezas, de Blasco Ibañez. Era un español que había llegado y no podía creer que eso fuéramos. No creo que casi nadie (menos de los que están del otro lado) sepa lo que era esa Argentina. Es volver a esa idea de país. Todo eran fotos, no una caricatura y como eso hay por todo el país datos, edificios que demuestran que eso existió.

En Rosario de la Frontera está el primer hotel termal del continente, Sarmiento llegó a ir como huésped y fue uno de los impulsores. También se abrió la biblioteca popular, la escuela normal y el tren en esos años. Es contar esa historia. La otra se cuenta en las escuelas: les pasan a Zamba que te muestra a Sarmiento como un ser malo, les hacen leer a Pigna. Si no se crean contenidos, eso seguirá pasando (como pasó en todo el gobierno de Macri).

 

 

Santiago Gallichio | filósofo y economista | @Santi_Gallichio

Sentimos que ellos pelean más y mejor que nosotros y que están ganando la batalla cultural. Más allá de que pensemos que batalla y cultura son antónimos, que nosotros no somos totalitarios y no pretendemos adoctrinar como lo hacen ellos, que ellos son inescrupulosos y compran voluntades débiles y por eso hoy son más en la cultura que nosotros o que tengan más vocación y militancia comprometida y por eso nos ganan, sea como sea, creo que todos sentimos que hay una disputa cultural y la estamos perdiendo.

Nuestra reacción ante ello, cuando nos ponemos a pensar en cómo defender nuestros valores, es eso: una reacción. En lo cultural, puestos a discutir con los populistas, somos reaccionarios. Y es que salir a defender la democracia liberal con entusiasmo es lo que hicieron Rousseau o Madison o Mariano Moreno. ¿Cómo podríamos nosotros hacer esa misma campaña con el mismo entusiasmo más de dos siglos después? La campaña del populismo, en cambio, es novedosa, es de esta época y, por eso, tiene mucha más energía que la nuestra y, en consecuencia, nos gana.

¿Acaso la democracia liberal debe repetir su lucha hoy y resistirse al cambio populista democrático? La primera respuesta que imagino me darán es que el populismo no es democrático: es una respuesta equivocada. El populismo no es un fascismo; es un intento de transformar la democracia hacia una forma que a nosotros nos disgusta por muy válidos motivos. Ahora bien, ¿hemos escuchado suficientemente qué le critica el populismo a la democracia liberal que nosotros defendemos? Creo que, o bien nos limitamos a reaccionar sin escuchar, o bien saltamos al final de la crítica y, mostrándoles en qué termina el populismo (Venezuela), pretendemos invalidar toda esa crítica.

Muchas de las razones por las que el populismo critica la democracia liberal son razones que seguramente compartimos. ¿O no aborrecemos, como aborrecen ellos, el hiper-resistente corporativismo de sindicalistas, empresarios prebendarios, burócratas estatales, corporaciones judiciales, mafias periodísticas al mejor postor, poderes provinciales feudales y hasta casta de políticos eternos en que se transformó nuestra democracia argentina? Que no compartamos la solución no implica que no compartamos la crítica. Creo que ese es el motivo por el que nos sucede que amigos de la juventud hayan quedado del otro lado de la grieta: compartíamos la base y tomamos distintos caminos.

No podemos encender la mística de una campaña política que atrasa más de dos siglos. Esa campaña ya se hizo antes. La de ahora es diferente: debemos encontrarla nosotros con palabras nuevas para esta realidad. No podemos volver al catecismo liberal, porque no alcanza y no enamora. Ni subestimar las críticas que compartimos con el populismo, aunque tengamos soluciones muy diferentes. Animémonos a debatir. No con ellos, si es que no quieren. Con sus ideas, que están muy claras para nosotros.

 

 

Elisa Ferrero | @ForElisa_

Quería felicitarlos por la edición de hoy. No puedo dejar de leerlos. Aprovecho para compartir lo que pienso al respecto:

A mí lo que me llama la atención es la ceguera generalizada. Porque lo que yo veo no es más valioso que la visión de un fanático, salvo por la sencilla razón de que, en mi caso, lo que veo es la realidad. Una realidad tan dura que se alimenta a base de eslóganes, de rivalidades existentes sólo en la cabeza de un niño que aún cree en Papá Noel. ¿Cómo defender lo indefendible? Fácil: te pongo un rival, que no existe, y te lleno de información sin ningún tipo de sustento para que te enojes con ese irreal que te presenté. Y para que pelees por mí, ya que estamos. 

¿Por qué nos dicen que quien no está acostumbrado a usar el cerebro, mejor que no lo use? Y sí, porque el que duda, el que se pregunta, el que descree, aprende, se responde, busca, se equivoca, vuelve a aprender y no necesita a nadie que le diga qué hacer. Y ese, para nuestra clase política, es un peligro. Porque no da votos al gobierno de turno. Porque no milita a favor de ideas-basura que, de no ser por esa militancia, sería imposible instaurar. Sin ir más lejos, llegamos al punto de discutir si escuelas con clases presenciales sí o no. ¿Entendés? Es de-men-cial.

Cuando comprendas que el Estado somos todos, que el país somos nosotros; cuando no necesites que un gobernante de turno se haga pasar por tu mamá o tu papá, tratándote de idiota por no saber hacer tal o cual cosa; cuando entiendas que la educación es la única herramienta que nos da las mismas oportunidades a todos… Recién ahí, recién en ese momento, nos vamos a dar cuenta de qué lindo es usar el sentido común. 

 

 

Pedro E. Nazar | [email protected]

Estimados, ¡genial esa publicación! Y sobre todo ir quitando el velo que nos impide usar el sentido común. Creo que éste va unido a un sano orgullo nacional por vivir en un país que pasa a resolver sus problemas y por lo tanto a generar riqueza con inclusión para todos. 

Ambos serán los motivadores que generen una votación masiva buscando el diálogo y los consensos nacionales. En lugar de la devaluación de la palabra y del peso nacional, que nos angustian y suman a muchos más argentinos en una pobreza y dependencia vergonzosas.

 

 

Alejo Rodríguez Román | economista

“A ustedes porque no les importan los pobres”, “ustedes son fachos”. ¿Lees esto y te sentís identificado con alguna situación en la que un kirchnerista te ha increpado con esas ideas?

Son frases que sólo engloban sus ideas fascistas y alejadas de la realidad y es por eso que hay que dar la batalla cultural. El debate es qué tan fuerte y qué tan importante es que esto ocurra: fuerte en que todos, desde el ciudadano hasta el político que te representa lo tienen que hacer, ya sea mostrando disconformidad en redes o en la calle, o con la desfinanciación de sus actividades (por ejemplo, dinamitar el Ministerio de Cultura y, con muchísimo menos presupuesto, hacer un recital por año en la 9 de Julio de Dua Lipa o los Stones). Y es importante que ocurra porque, si bien tibiamente se esbozó un relato de republicanismo, gestión y obras (a mí el cemento me excita), hay que hacerlo en todos los ámbitos y con ejes claros, sabiendo que es una batalla a largo plazo.

Ganar elecciones es complejísimo, pero Cambiemos supo encontrar la formula para hacerlo. Ahora hay que ir por la otra fórmula; lograr un modelo discursivo-decisional bastante novedoso que tiene que empezar a aparecer. Mi propuesta: a gobernar empezás desde hoy con el discurso. Ese discurso tiene que venir armado en un relato con tres o cuatro premisas a las que TODO el espectro de lo que hoy es el no-populismo tiene que adherir. A diferencia de ellos, que hoy pueden decir apoyo blanco y al otro día negro sin siquiera ponerse colorados, nosotros somos plurales (desde socialdemócratas hasta liberales), lo que nos lleva a pensar distinto en varias cuestiones.

Una de las premisas tiene que ser que el Estado no puede gastar sistemáticamente más que sus ingresos. Eso ocurrió en los últimos 100 años y la experiencia nos arrastra a crisis recurrentes e inflación persistente que impacta más en los más pobres, que no paran de aumentar en Argentina. (“A ustedes no les importan los pobres”, te corren los cínicos). Esa premisa, para cuando en el día de mañana te toque gobernar, va a servir para sostener lo decisional. Lo decisional es ordenar las cuentas públicas; para ordenarlas debés tener el relato en donde TODOS nos pusimos de acuerdo, ciudadanos-electores inclusive. Que no quepa posibilidad para que ningún surcoreano ni centrocoreano pueda exclamar “pero yo pagaba lo mismo que dos empanadas la luz, ajustadores sin alma”. Por lo tanto, es importante que para cualquier ciudadano o político no populista, ante la pregunta de si está de acuerdo con que el Estado no debe gastar más que sus ingresos, sólo pueda existir una respuesta: “Sí, ESTOY”.

En resumen, podemos ponernos de acuerdo en las dos o tres premisas faltantes que delimitarían la avenida por la cual transitaremos y que pasarían a formar, a largo plazo, la identidad del nuevo argentino, el argentino libre y maduro sobre las consecuencias que tienen sus actos (a través de sus representantes). ¡A debatirlas y batallar!

 

 

Tomás Fernández Martinchuk | @TomasFM14 

Hacer fuego requiere de tres elementos: el combustible, el comburente (oxígeno) y la energía de activación.

Creo que a todos nosotros (los surcoreanos) nos pasó de sentirnos abrumados, hasta cierto punto, por la aplanadora K. Sentirnos en ese incómodo silencio personal de querer decir, pero callarnos, y tener esa (mala) costumbre de muchas veces dejarlo pasar aun sabiendo que queríamos y sentíamos que teníamos algo para aportar, desaprovechando todo nuestro combustible interior y esas ganas de ser partícipe.

Por mucho tiempo nos hicieron creer que éramos una minoría insignificante (quién no se sintió derrumbado por ese famoso 54 %). Hasta me parecía muchas veces raro encontrarme con gente que expresaba abiertamente sus ideales surcoreanos en cualquier ámbito. Este tipo de situaciones son las que internamente son una bocanada de aire, saber que con un desconocido compartís los mismos ideales que con tus amigos o familia. Sentirnos muchos nos aporta ese respiro, oxígeno que nos damos entre nosotros y que (por lo menos a mí) nos llena de valor y orgullo de respaldar y defender nuestros valores.

Si ya tenemos el combustible y el oxígeno, solo nos falta la activación. Esa chispa que conseguimos cada vez que salimos a una marcha envueltos en la bandera argentina, cada vez que defendemos nuestras palabras con argumentos y no con relato o chicanas.

Ya tenemos el fuego listo, amigos. A mantener viva la llama.

 

 

Emanuel Martín | @salieri678

A diferencia de la mayoría, lo que más me quedó grabado la primera vez que vi Apocalypse Now fue la escena en la que Kurtz habla de los aldeanos que les cortaron a sus pequeños hijos los brazos recién vacunados contra la polio. Kurtz da a entender que, al ver eso, comprendió que para ganar la guerra necesitaba un ejército ciego que peleara no por algo difuso como una patria, sino por una religión. El kirchnerismo es una religión: ¿podemos ganarles una batalla cultural sin ser una religión nosotros, sin querer serlo, y sabiendo perfectamente que serlo estaría pésimo?

Lo que más me queda tras leer la edición especial de Seúl es que todas las dificultades argentinas obedecen al mismo principio: el deseo de que las cosas se solucionen mágicamente mediante el exclusivo esfuerzo de los demás.

Así como hasta los liberales más conscientes de la necesidad de un ajuste del gasto público fueron los primeros en llorar aumentos en la tarifa de luz, o en quedarse mudos en los paneles televisivos cuando había que defender los despidos en Télam, así también nosotros queremos que exista un contra-relato, pero no estamos dispuestos a sufrir por este fricciones con amigos, familiares o desconocidos. Que el esfuerzo lo haga el otro. Si el relato propio no se impone, siempre será más fácil culpar a los medios o a los políticos de nuestro espacio que mirar qué responsabilidad nos cabe por no ser capaces de explicar, en el taxi, en la mesa navideña, en la cola del supermercado o en cualquier lugar ajeno a las redes, las razones objetivas por las cuales Aranguren fue un excelente ministro.

¿Queremos un relato propio? A arremangarse y agarrar el martillo.

¿Queremos un relato propio? A arremangarse y agarrar el martillo. Empecemos siquiera con el munipa shaming. Pero no solo en las redes: en la vida real. Quizás en alguna situación quedemos solos contra todos, como Galileo contra la Iglesia, y tal vez esto se dé incluso en el ámbito laboral; ¿vamos a callar por eso? No: la batalla cultural por el relato no está en la cómoda burbuja contenedora que nos hace de caja de resonancia en el mundo virtual; la batalla está ahí afuera. Y tiene costos. Relativos, porque quizás el precio de perder un amigo hoy equivalga a no perder la libertad mañana, pero costos al fin. Librémosla o no, pero no pidamos a los demás lo que no estamos dispuestos a pagar o perder nosotros.

La responsabilidad individual es una de las banderas de este lado de la trinchera: somos cada opositor, y cada uno de los que quedaron en esta vereda cuando el kirchnerismo trazó la línea divisoria entre “buenos y malos” que dio origen a la grieta, los que tenemos sobre nuestros hombros la tarea de combatir el relato K. Quizás no necesitemos una religión para ganarles, pero solo cuando estemos al fin dispuestos a perder algo (una amistad, una posición, un silencio, una comodidad) habrá una batalla cultural. Hasta entonces, sólo seguirá habiendo una voz hegemónica y un país yéndose por la borda.

 

Juan Ignacio Martignone | @JuaniMartignone

Hace un tiempo repasaba con unas amigas de la militancia feminista el crecimiento constante de los números de las víctimas de violencia de género. A su vez, insistía en pensar cómo todas las medidas decretadas en pandemia afectaban particularmente a las mujeres y, sobre todo, a las mujeres más pobres. La conversación era casi unidireccional, del otro lado recibía caras consternadas y poca refutación (quizás por el cariño que nos une), hasta que llegó, del otro lado, la respuesta que pretendía cerrar la conversación: “Al menos tenemos Ministerio de la Mujer”. Obviamente mis amigas son kirchneristas.

Creer que la utilización, a modo de argumento, de un eslogan puede contrarrestar todo lo que no se hace en relación a la materia, no es potestad única del movimiento feminista. A diario escuchamos que repiten “salud es ministerio”, “quieren privatizar el río”, “privatizaron las vacunas”, “gracias a Cristina se pueden casar”. No importan los detalles de cada caso, no importa si se utiliza una punta floja de un modo capcioso para teñir todo de forma uniforme, el eslogan mata cualquier argumento; y eso los conforma. Los conforma porque el kirchnerismo ganó la batalla cultural.

Muchos se niegan a discutir en estos términos porque las peleas se dan con los datos en la mesa. Lo que no entienden es que la batalla cultural es eso: es una batalla por el marco simbólico que tienen los proyectos políticos. Para un kirchnerista puede ser un desastre el manejo de la pandemia, pero sabe que, pase lo que pase, salud no dejará de ser ministerio. Es un alimento simbólico que los satisface, que lo creen, que los convence. Lo simbólico es más fuerte que la realidad del vecino de al lado porque los hace sentir parte de algo más grande, de un conjunto de valores que los diferencia de los demás, al menos en los símbolos que los representan.

En otros tiempos a este plano simbólico se le llamó “mitos fundacionales” y teníamos desde el mito educativo de Sarmiento hasta el mito de que “con la democracia se come, se cura y se educa” de Alfonsín.

En otros tiempos a este plano simbólico se le llamó “mitos fundacionales” y teníamos desde el mito educativo de Sarmiento hasta el mito de que “con la democracia se come, se cura y se educa” de Alfonsín. En su momento no eran del todo plenos y reales, pero al menos eran un símbolo, un norte a seguir. Más cerca en el tiempo se lo llamó relato básicamente porque operaba más sobre el pasado que sobre el futuro, pero esa visión del pasado es la que los definía y los justificaba en su búsqueda de “justicia social”.

Para empezar a combatir en la batalla cultural al menos hay que tener un relato. Sé que hay reticencia a esto, pero el relato no debe ser una narración mentirosa, sino más bien un manifiesto de valores que son inclaudicables y que a la vez son un horizonte a seguir.

Los relatos pueden construirse también desde la oposición; de hecho, el kirchnerismo hizo una bandera con el relato, entre otros, de que “el cemento no se come”. Para hacer un contrapunto en la actualidad es importante ver el trabajo de los jóvenes que luchan por la reapertura de aulas. Insistir sobre la idea de que el fútbol y los casinos estaban permitidos en 2020 mientras las escuelas no fue parte de un relato opositor que marcó esos valores y ese horizonte. Para unos la importancia son escuelas abiertas; para otros, que cada problemática del país tenga un ministerio dentro del Estado. Seguramente el debate es bastante más complejo que Baradel bajando el cuadro de Sarmiento, pero es un horizonte a seguir que no es mentiroso. Más bien, que no debe ser mentiroso.

De nada serviría seguir usando al aparato estatal como medio de promoción partidaria.

Para combatir en la batalla cultural no solo alcanza con un relato sino también que ese relato sea una propuesta distinta a lo que ya existe. De nada serviría seguir usando al aparato estatal como medio de promoción partidaria, la adoración de líderes cual divinidades o las visiones sesgadas y parciales de una historia y una realidad para que encaje con los desmanejos que pretendemos hacer.

Creo que la alternativa está en crear un relato donde eso simbólico, que tanto satisface a algunos, tenga un anclaje con la realidad, demuestre resultados palpables, sea inamovible, y no vire acorde a las conveniencias de la coyuntura. Porque todo lo contrario ya se hizo, y hasta ahora viene ganando la batalla cultural.

 

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