IGNACIO LEDESMA
Domingo

La batalla cultural (III):
el ogro y el espejo

La vieja discusión: ¿se puede ganar sin convertirnos en lo que queremos derrotar? Hay que intentarlo.

Osvaldo Bazán | periodista | @osvaldobazan

Si uno seguía las noticias el martes pasado, a eso de las 19, todo era muy claro: al día siguiente no habría clases presenciales en los colegios de la ciudad de Buenos Aires. Lo repetían los portales, lo decían por radio y por TV: “Se suspenden las clases presenciales en la ciudad de Buenos Aires”.

Según los medios, el miércoles 21 no se iban a dictar clases en la ciudad porque así lo había decidido el juez Esteban Furnari. Todos escuchamos que “el juzgado federal en lo contencioso administrativo declaró la incompetencia de la justicia porteña y envió el expediente a la Corte Suprema”. 

Debía ser cierto: lo estaban diciendo desde “ambos lados de la grieta”. Lo afirmaron periodistas convencidos de que eso era así, que no era materia opinable, que ya está, avisemos a las madres que no tienen que preparar la mochila para mañana y que vean cómo se organizan.

Sin embargo, la versión mediática de las 19 no tuvo nada que ver con lo que ocurrió en la realidad al día siguiente. El miércoles 21 sí hubo clases presenciales en la ciudad de Buenos Aires. Y también las hubo el jueves 22 y el viernes 23. 

El 100 % de las escuelas de Buenos Aires estuvieron abiertas y la presencialidad –incluso con paros anunciados– superó el 80 % el miércoles y más del 90 % jueves y viernes. 

¿Qué había pasado?

Que los periodistas no sabemos. 

Que no nos preparamos. 

Se esperaba desde hacía dos días que la reacción del Estado Nacional fuese un intento de suspender la presencialidad, en este tour de force por la ignorancia que el peronismo protagoniza desde hace años y que ahora alcanzó dimensiones inusitadas. 

¿Qué deberíamos haber hecho? Consultar previamente qué pasaba si un juez federal hacía lo que todos suponíamos que un juez federal “del palo” iba a hacer. 

La batalla principal, creo, es contra quienes no saben que están colaborando con Corea del Norte.

Si lo hubiéramos hecho, si nos hubiéramos preparado para ese momento, nos hubiéramos enterado de muchas cosas: que esa declaración de “incompetencia de la Justicia de la ciudad” era cuestionable; que quizás fuese irrelevante que el juzgado federal suspendiese la cautelar porque no es su superior jerárquico o que en todo caso no era taxativo; que Furnari pidiese no significaba que la Ciudad debía necesariamente acatar.

Pero no lo sabíamos en el momento en que debíamos saberlo. Dijimos lo que nos dijeron “las fuentes”.

La batalla cultural, creo humildemente, no se da solamente contra Kim Jong-Un. Es más, contra él, todos los combatientes de Moon Jae-In tenemos algo que decir. La batalla principal es con los portadores asintomáticos, con los que ni sienten que haya una batalla porque dan por ciertos postulados que, según creen, no hace falta contradecir. La batalla principal, creo, es contra quienes no saben que están colaborando con Corea del Norte.

Cuando a las 19 del martes los periodistas recibimos la noticia “mañana no hay clases porque lo dispuso un juez” no supimos qué hacer porque no nos habíamos preparado para eso. Antes de llamar a juristas salimos a decir lo que nos decían. 

Son constantes, perpetuos, decididos y amorales. Y se aprovechan de la ignorancia reinante.

La mayoría de los periodistas que conozco –y a mí me conozco mucho– no sabríamos explicar los alcances de un fallo de un tribunal federal, la relación entre Leliqs y vida cotidiana, cómo se arma un plano y contraplano, o la ley del offside. No estamos lo suficientemente preparados, lo cual es bastante entendible: casi nadie hoy en Argentina está a la altura de su posición. Ni siquiera hablo de mala intención, que también la hay y mucha, pero ese es otro tema.

Esto se complica porque enfrente, en las tropas de Kim Jong-Un, todo el tiempo se dedican a desparramar relato. Eso –y chorear– son sus principales actividades. En realidad, chorear es el verdadero objetivo, todo lo demás está en función al robo. De ahí, el relato, la venganza y la impunidad. Para robar tranquilos o castigar a quienes no los dejan robar.

El entramado de comunicación de Corea del Norte es su mejor posesión. Son constantes, perpetuos, decididos y amorales. Y se aprovechan de la ignorancia reinante. Si una persona llamada Luana tiene que mentir, miente. No tiene problemas, no tiene pruritos, no tiene vergüenza. Luana dice lo que dice porque tenemos gran ignorancia sobre cómo se está llevando a cabo el operativo de vacunación, ocupados todo el tiempo en el “record de hoy”. No manejamos los promedios de vacunados de cada ciudad, ni las vacunas que hay en el país. Tenemos una idea a ojito pero somos, en gran parte, tan anuméricos como todos los habitantes de este país.

Si una persona llamada Luana tiene que mentir, miente. No tiene problemas, no tiene pruritos, no tiene vergüenza.

Por supuesto, estamos los ignorantes y están los que se aprovechan de la ignorancia. Pero esos son más obvios, son más básicos y como dice el señor tapado por el tsunami, “se les nota mucho”. Son parte del entramado, por voluntad, coerción o interés comercial. 

Hablo de los otros. Para usar un clarísimo lugar común que hay que repetir: hablo de quienes creen que si una fuente dice que llueve y la otra dice que hay sol, lo que corresponde es publicar media página de cada uno. Y no, es incontestable que no. Lo que hay que hacer es el mínimo esfuerzo de ir hasta la primera ventana, abrir y sacar la mano. Si se moja es que llueve. Si no, no. Después todas las consideraciones que quieras sobre el pronóstico, las probabilidades, el mapa de las lluvias. Pero primero, ¿llueve o no llueve? Eso es lo que tenemos que decir.

Si fuésemos mejores periodistas se les haría más difícil a los mentirosos. 

Pero si tratamos a los embusteros como fuentes serias, seguiremos jugando para ellos, aun sin saberlo. 

La batalla cultural es, claro, mucho más ancha y profunda. 

Apenas me ocupé de mi metro cuadrado.

Cada vez menos metro y más cuadrado.

 

 

Karina Banfi | diputada nacional | @kbanfi

 


 

 

Jorge Sigal | ensayista | @JorgeSigal

El politólogo búlgaro Iván Krastev suele decir que el liberalismo cometió un gran pecado en los años ’90: creer que había derrotado al comunismo cuando en verdad éste se había suicidado. Parece una referencia demasiado lejana, tanto en relación al epicentro de los hechos, la vieja Europa, como por el tiempo transcurrido, pero creo que sigue siendo el gran desafío de las democracias modernas: demostrar que corre sangre por sus venas. Y que puede superarse a sí misma.

La idea de progreso histórico es una trampa difícil de eludir. Muchos supusieron que, luego de la Guerra Fría, la eternidad les estaba garantizada. Que era cuestión de mantener el motor encendido y la nave conservaría su estabilidad y curso ascendente. Que el sistema ya no estaba en discusión. ¿Cómo se van a repetir experiencias cuyo fracaso está a la vista? ¿A quién se le ocurre que los fantasmas del pasado, con los mismos y raídos atuendos, se presenten nuevamente ante nosotros como ofertas tentadoras? Imposible.

Sin embargo, acá estamos. Discutiendo, una y otra vez, en América Latina y en casi todo el mundo, con partidarios de sistemas autocráticos, con versiones apenas tuneadas del viejo estatismo, con fascistas remozados y con izquierdistas rudimentarios. En muchos casos, además, perdiendo el debate. Y las libertades democráticas. 

El gobierno de Cambiemos (2015-2019) subestimó los valores simbólicos. No dio batalla en ese territorio.

“Las palabras de nuestros discursos cotidianos no son más que una magia débil”, decía Freud. “Y a lo mejor es preferible que sea débil –acotó a su tiempo el psicoanalista francés Jean-Bertrand Pontalis– porque, a veces, el poder mágico de las palabras resulta devastador”, como ocurrió con Adolf Hitler, al que buena parte de las almas bellas de su tiempo consideraba apenas un bufón. Y el lobo terminó por devorarse a las ovejas.

En la Argentina, Néstor Kirchner supo en 2004 reciclar la cascada marca de los ’70, el sueño de los caídos, la épica del pasado glamoroso. Y una parte de la juventud de clase media, hija de la frustración de aquellos violentos años, cansada del mercantilismo sin alma, cayó seducida por aquel relato simplificador. Una fórmula frágil pero envolvente. 

El gobierno de Cambiemos (2015-2019) subestimó los valores simbólicos. No dio batalla en ese territorio. De alguna manera, cedió el podio de la superioridad moral al populismo. Las escuelas, las aulas universitarias, la cultura, los medios de comunicación eran zonas de exclusión, ajenas.

Como Occidente en los ’90, confió en el peso de los hechos. Y subestimó el poder de la magia.

 

 

Quintín | crítico y ensayista | @FantasmaQuintín

No hay una batalla cultural entre los kirchneristas y nosotros. Es una batalla política, una batalla por el poder contra el populismo continental, contra una organización con ideas y metodología leninistas, decidida a establecer una dictadura perpetua. Su objetivo es un Estado policial, unitario y sin división de poderes, que sólo acepta las formas republicanas mientras les permiten avanzar en su propósito. No hay diálogo posible con una tradición ideológica que se ha dedicado históricamente a censurar, perseguir y cancelar a los disidentes en todos los ámbitos en los que consiguió instalar su hegemonía (incluyendo el ámbito de la cultura, en el que da miedo no pasar por progresista) orientada a construir una casta privilegiada que gobierna en nombre de los desposeídos mientras los silencia y los hunde en la miseria.  

Quienes nos oponemos a ese proyecto queremos que el kirchnerismo pierda las elecciones. Esperamos que los dirigentes que representan a la oposición tengan la lucidez, el desprendimiento y la energía como para encontrar el camino que les permita alcanzar la victoria. En ese sentido, es irrelevante ponerse a discutir si nuestros próceres fueron Sarmiento y Alvear o Rosas y Perón: no queremos refundar la patria, queremos que ellos abandonen el gobierno. También es absurdo tratar de convencer a alguien de evidencias tales como que el régimen cubano es desde hace 60 años uno de los peores ambientes posibles para el desarrollo de una vida humana libre, digna y próspera. 

No tiene sentido plantear esta batalla concreta en términos abstractos, como un duelo entre liberalismo y socialismo.

No tiene sentido plantear esta batalla concreta en términos abstractos, como un duelo entre liberalismo y socialismo. Para enfrentar al comunismo no necesitamos oponerle otro dogma sectario y vertical: ya están ellos para repetir al unísono las mentiras de los jefes. Somos anticomunistas, pero no aspiramos a ser soldados del capitalismo. De eso se ocupan los chinos con sus banderas rojas. 

Los kirchneristas han gobernado y lo seguirán haciendo con un insólito grado de corrupción, irresponsabilidad y prepotencia, extraordinario incluso en una época en la que los gobiernos prefieren difundir el miedo y perjudicar a los más pobres en lugar de tratar de que el mundo siga andando. Pero en la infinita torpeza y en la transparente mala intención del gobierno de los Fernández estriba su debilidad. 

Es hora de derrotarlos, no de ceder a sus chantajes. Hay que dejar de pedirles que nos dirijan la palabra, que nos reconozcan el derecho a existir. Cultura es llamar a las cosas por su nombre.

 

Sergio Mandelbaum | guionista | @sershus

Para dar una batalla se necesitan al menos dos ejércitos y declarar una guerra. En Argentina no hay “batalla cultural” porque sólo existe un bando y, por supuesto, nadie ha declarado la guerra.

Recuerdo una entrevista televisiva a Alberto Fernández en su etapa más anticristinista en la que contó, con lágrimas en los ojos, que un día estaba volando en el Tango 01 y Néstor Kirchner, entonces presidente, tuvo una iluminación: “Vamos a hacer nuestra la bandera de los Derechos Humanos”. Hasta entonces no había archivo que registrase interés alguno del matrimonio Kirchner sobre el tema. Entonces, siguió Alberto al borde del llanto, Néstor bajó del avión, convocó a Hebe y Estela a la Casa Rosada y propuso bajar el cuadro de Videla. El resto es Historia.

Aquel kirchnerismo supo leer lo que la sociedad quería escuchar, supo armar un escudo que le diera vía libre para concretar sus planes más perversos: nacionalizar Santa Cruz. Se vistieron de izquierda, de derechos humanos, de anticorporaciones, de antineoliberalismo, de todos los anticualquier cosa que fuesen sinónimo de lo malo. Usaron una estrategia hollywoodense, casi calcada de la estructura dramática de La guerra de las galaxias: ellos son La Fuerza y los demás, El Lado Oscuro. Sólo que, a diferencia del cine, no había una fuerza que se les opusiera. Simplemente tenían que hacer, caminar, pisar como panchos por la Patagonia.

¿Qué hizo el Cambiemos al llegar al poder? En mi humilde opinión, la mayor tontería de todas las tonterías: echar a andar el camión y dejar que los melones se acomoden solos.

¿Qué hizo el Cambiemos al llegar al poder? En mi humilde opinión, la mayor tontería de todas las tonterías: echar a andar el camión y dejar que los melones se acomoden solos. Y allí coparon la parada los exmenemistas que salieron del clóset, reivindicando la década de 1990 y, aún peor, los nostálgicos de la dictadura con la hiriente bandera de “no fueron 30 mil” (en Irán dicen que no fueron 6 millones).

Así llegamos a 2021, con una de las peores administraciones de la pandemia, con la economía tan devastada como en 2001 pero sin nadie protestando en las calles, y ellos relatando el Episodio VII de La guerra de las galaxias.

Creo que hay una oportunidad, un flanco que el kirchnerismo en su afán de convertir a Argentina ya no en Santa Cruz, sino en Formosa, está dejando libre: la bandera del trabajo. Juntos por el Cambio tiene la oportunidad de formar un ejército y declarar la guerra. Ahí sí podríamos hablar de batalla cultural. Puede hacerlo apoderándose de la bandera del General. ¿Se animarán?

 

 

Daiana Molero | economista | @daianamol

Voy a dar un ejemplo práctico de cómo entiendo que debería darse la batalla por las ideas. Pensemos en el capitalismo. El capitalismo y toda su familia de palabras (empresarios, inversión, liberalismo, libre comercio, etc.) tienen connotaciones negativas en nuestra sociedad. Estoy convencida de que para que todos los argentinos vivamos mejor el país necesita más y no menos capitalismo. Pero lamentablemente, si sos exitoso o tenés plata en este país, lo más probable es que sea producto de una herencia, de hacer negocios con el gobierno o de pertenecer a industrias o sectores protegidos. La mala fama no es infundada.

¿Cómo se cambia eso? ¿Reemplazando a Zamba por un mini-Hayek? Evidentemente, que los manuales escolares de los chicos hablen de neoliberalismo salvaje no ayuda. Sin embargo, no creo que sea el rol del gobierno de turno inocular ideología a través de la cultura, la educación o cooptando medios de comunicación. Cuando sos gobierno, la batalla por las ideas se encarna en la gestión. El rol del gobierno es transformar el actual capitalismo de amigos por un capitalismo para la gente. Es crear un sistema de reglas que premie al emprendedorismo y a la innovación, y margine a los empresarios prebendarios. Es nivelar la cancha y equiparar los puntos de largada. Eso es lo que intentó hacer el gobierno de Cambiemos cuando transparentó los procesos de licitaciones públicas, cuando reemplazó los aprietes de la Secretaría de Comercio por una ley de Defensa de la Competencia basada en las mejores prácticas internacionales, cuando inició el camino para ingresar a la OCDE, cuando eliminó procesos burocráticos que sólo creaban kioscos, y así podría seguir enumerando. 

El rol del gobierno es transformar el actual capitalismo de amigos por un capitalismo para la gente.

Ese es un proceso trabajoso que requiere tiempo y coraje porque toca intereses sensibles y poderosos. Esa batalla por las ideas no la gana un gobierno: la gana la sociedad. Si cuando Maria Eugenia enfrenó a los gremios educativos hubiera existido Padres Organizados, ¿no habría sido distinto? Si queremos que las cosas cambien, no alcanza con que cambie el gobierno. Los empresarios, los trabajadores y los intelectuales que quieran una Argentina de oportunidades, previsible, integrada al mundo, tienen que alzar su voz. No creo que los líderes sindicales o las cámaras empresariales los representen. Y no pasa sólo por una cuestión generacional. Vemos jóvenes que cargan con los mismos vicios que los antecesores. Tímidamente empiezan a aparecer otras voces. Muchaches, ¿vieron el chat de mamis? Es por ahí. 

 

 

Franco Rinaldi | politólogo | @francovrinaldi

 

 

 

Hernanii | editor de seúl | @hernaniiba

Tres cosas que pensaba sobre este tema hace cinco años, antes de ser funcionario. La primera: “Cuando más se recostó el kirchnerismo en su relato, peor le fue políticamente y electoralmente”. La segunda: “Una narrativa amplia, que toque todos los temas, no es indispensable para ganar elecciones”. La tercera: “Ofrecer un contra-relato al populismo es entrar en su trampa, la alternativa es la sociedad abierta”.

En abstracto sigo pensando lo mismo, pero con el tiempo, y sobre todo después de mi experiencia en Jefatura de Gabinete, tengo algunas dudas, especialmente sobre la tercera. Sigo creyendo que no hace falta dominar el sentido común de la sociedad para ganar una elección, pero ahora sí lo veo necesario para poder hacer transformaciones profundas. Uno siempre puede negociar, ampliar la base de sustentación política de su coalición de gobierno, pero si no flota en el aire –tanto entre el “círculo rojo” como en el resto de la sociedad– que la dirección que uno propone es correcta o deseable (o al menos inevitable) es mucho más difícil llegar a esos acuerdos y lograr (y mantener) esas transformaciones.

El kirchnerismo no produce futuro: para ellos es más fácil hablar de la Vuelta de Obligado que de pasado mañana.

A la gestión de Cambiemos se la acusó de no impulsar lo suficiente el cambio cultural o no tener un relato global sobre su gestión. Es una discusión larga, pero puede ser cierto en algún punto (en otros no). Igual lo que seguro aprendí es que con el Poder Ejecutivo no alcanza ni de cerca para lograr este tipo de cambios de creencias, y ni siquiera estoy convencido de que sea el mejor actor. La “batalla cultural” es un juego de largo plazo, que hay que plantearse como un juego infinito, por dentro y por fuera de la política partidaria. Hay que crear, alentar o consolidar voces creíbles que impulsen los valores de la democracia liberal, la igualdad de oportunidades y la economía de mercado, en un país donde todavía mucha gente desconfía del comercio y la política. Es un poco lo que tratamos de hacer en Seúl.

De todas maneras, a pesar del barullo, siento que del otro lado ya no hay una narrativa potente. Hay una máquina que escupe cosas, es cierto, pero exhausta y vacía, que no produce futuro. La potencia del kirchnerismo siempre fue su visión del pasado, y lo sigue siendo. Antes aprovecharon los ‘70 o los ‘90, ahora el gobierno de Cambiemos. Para ellos es más fácil hablar de la Vuelta de Obligado que de pasado mañana. El kirchnerismo no ofrece un camino de desarrollo, no tiene ni idea de cómo crecer o cómo bajar la pobreza. Por eso ahí hay una oportunidad, como la que existía y aprovechamos en 2015: ante un relato bronco, repetitivo y prepotente sobre el pasado, ofrecer una visión de futuro, basada en ideas y actitudes, de una vida mejor para cada uno y entre todos como sociedad.

 

 

Marcelo Gioffré | ensayista | @marcelogioffre

Los sensibles al arte, al teatro, a la literatura y a la educación son los peronistas; los no peronistas, egoístas, desalmados y rústicos. Este es el estereotipo predominante en vastos sectores que forman opinión, que catequizan desde cátedras, editoriales, escuelas de teatro o canales periodísticos. 

¿Es verdad que solo los peronistas son solidarios, sensibles y cultos? Basta pensar en los dos dirigentes ejemplares para Alberto Fernández, Gildo Insfrán y Hugo Moyano, para responder que no: están muy lejos de la pureza moral y la sofisticación cultural. ¿Por qué entonces hay un imaginario que repite esa consigna? 

Con Néstor Kirchner existía un populismo frío. Después de 2008 comenzó a urdirse una épica, sobre todo con los festejos del bicentenario con Fuerza Bruta y con la organización de Carta Abierta dentro de la Biblioteca Nacional. La estetización de la política. 

En política es necesaria una iconografía, un cuerpo de metáforas que expliquen hacia dónde se va y que generen un imaginario simbólico.

Cambiemos supuso que bastaba hacer las cosas bien y explicarlas con palabras y gráficos. Así como en las relaciones personales es necesario el erotismo preparatorio, en política es necesaria una iconografía, un cuerpo de metáforas que expliquen hacia dónde se va y que generen un imaginario simbólico. Desde películas a personajes. Como Zamba o como La república perdida. Más aún, se supuso que la idea de épica está vinculada a los populismos y que por ende un partido republicano debe apartarse de ello. Cambiemos quedó atrapado en la necesidad de diferenciarse culturalmente del kirchnerismo y eso lo acomplejó y lo paralizó. 

Recuerdo que un domingo a la mañana me entrevisté con Alberto Manguel, antes de que asumiera en la Biblioteca Nacional como director, a pedido del ministro del área y con la idea de sumarme a ese equipo. Estaban también Ezequiel Martínez y Elsa Barber. Ese mismo día desistí. Manguel es un escritor de primera línea con quien nos hicimos amigos, realizamos viajes, celebramos reuniones y charlamos sobre libros: un exquisito lector. Pero no era el individuo justo para librar una batalla cultural por muchos motivos: veía a la biblioteca exclusivamente como el repositorio de la memoria histórica. En cultura, Manguel organizó actos excelentes: Mary Shelley, Margaret Atwood y Aby Warburg dan cuenta de ello. Pero no existió el más mínimo intento de convertir ese espacio en una caja de resonancia de ideas políticas. Es solo un ejemplo. 

La batalla la deben librar los intelectuales pero es indispensable el respaldo de los políticos para que esa palabra adquiera espesor y repercuta.

 

 

Magalí Pajk | secretaria mujer JPRO | @MagaliPajk

Tengo 24 años, de los cuales más de la mitad los gobernó el kirchnerismo. Supongo que cuando sos joven y te proponen ser revolucionario, comprás. No es mi caso personal, ya que haber vivido en distintas partes del país me permitió ver al kirchnerismo gobernar con total impunidad. Como feminista cambiemita me voy a enfocar en eso. 

Es cierto que el kirchnerismo tiene cooptado el movimiento feminista desde hace tiempo. Uno podría suponer que al haber tenido una presidenta mujer es obvio por qué. Dicen “nosotros te dimos estos derechos”, como la línea 144 o el Plan Nacional para la Erradicación y Prevención de la Violencia hacia las Mujeres, pero no cuentan que el 144 no funcionaba porque no tenía equipamiento o que ni siquiera se medían las violencias a las que estamos sometidas las mujeres. El vox populi llega a ser tan grande (y tan ignorante) que tenemos un Alberto como presidente que dice que por aprobarse la legalizacion del aborto había tirado el patriarcado.

Lo más importante a cambiar en nuestro país es demostrarles a los y las jóvenes que se puede progresar, que se puede salir adelante.

Considero que cambiar el “sentido común argentino” es un laburo de todos, micromilitando en nuestros hogares, en nuestros laburos y hasta con el kiosquero vecino. Uno de los grandes males de la gestión de JxC fue la comunicación: excelentes (o malas) medidas mal comunicadas, lo que permitía al kirchnerismo tergiversarlas y convertirlas en quitas de derechos. 

No sé si va a ser fácil, o al menos no lo ha sido en mis siete años de militancia política, en una provincia tan complicada como Santa Fe. Creo que va a llevar mucho tiempo modificar estos relatos o hacerle entender a la gente que votando algo distinto pueden modificar su vida. 

Creo que lo más importante a cambiar en nuestro país es demostrarles a los y las jóvenes que se puede progresar, que se puede salir adelante, que no es fácil pero que podemos tener otro tipo de vida. Que ningún político ni gobierno te da nada “gratis” ni es dueño de nada.

 

 

Gabriel Palumbo | analista político | @gabrielpalumbo

 

 

 

Juan Villegas | cineasta | @JuanVillegas19

El debate acerca del modelo de país siempre es necesario. Los que creemos que la coalición que nos gobierna sostiene un sistema de ideas que nos va a llevar a más pobreza y decadencia social y cultural, tenemos al menos el derecho de proponer ideas para un modelo alternativo. La aparición de Seúl es solo una muestra de que sobran reflexiones y propuestas dentro de los ámbitos culturales, intelectuales y académicos, por fuera de los esquemas aparentemente hegemónicos del kirchnerismo y la izquierda. Y lo que me parece aún más importante: por fuera de la lógica de agresión, cálculo mezquino y manipulación de la opinión de los que piensan distinto; esa lógica que sostiene gran parte del debate político y cultural en la Argentina, más allá de la adhesión partidaria de los actores de esa discusión pública. 

 ¿Pero cómo, para qué y para quién dar esa batalla cultural e ideológica? No debería ser el principal objetivo ganar la elección más inmediata. El cálculo electoral puede ser una trampa; dejemos eso para políticos y asesores. Tratemos de que sean cada vez más los que nos escuchen, pero no intentemos convencer a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos. Evitemos buscar obsesivamente una reafirmación de nuestras ideas; demos nuestras batallas poniendo en duda incluso aquellas definiciones que venimos sosteniendo desde hace años. No para refutarlas automáticamente y reemplazarlas por las ideas contrarias, sino con el objetivo de una renovación del debate y una búsqueda de verdades más profundas e incluso más incómodas. El discurso liberal antipopulista de la Argentina también está repleto de consignas vacías y repetidas hasta el cansancio, datos manipulados y una ausencia de reflexión y autocrítica. Nosotros también debemos escapar de las frases hechas, los discursos cristalizados y la homogeneidad ideológica. 

Nosotros también debemos escapar de las frases hechas, los discursos cristalizados y la homogeneidad ideológica.

No seamos como ellos. Aunque tal vez sí hay algo que han hecho bien y de lo que debemos aprender: la persistencia y la continuidad en el tiempo. Pero no para repetir lo mismo durante años como quien recita un manual de memoria. Eso es lo que ha hundido al discurso del progresismo argentino y lo ha llevado a defender dictaduras y negar verdades evidentes. Es necesario persistir en el debate, pero intentando decir algo nuevo cada vez. El debate sobre las ideas y el modelo de país tiene que evadirse del objetivo de corto plazo. El camino más largo es más dificultoso y está lleno de peligros y obstáculos, pero inevitablemente nos va a llevar más lejos. 

 

 

Fabio Quetglas | diputado nacional | @fabiojquetglas

El populismo contemporáneo es un resultado de la tribalización sociotecnológica y de la imposibilidad de gestionar las expectativas que tiene el sistema institucional. La superación del populismo significa necesariamente la calificación de la democracia. 

En Argentina, las instituciones nunca gozaron de un prestigio arraigado y nuestras crisis han abierto un espacio inmenso para los populismos en todas sus versiones: estatalista y reivindicativo (de pseudoizquierda), anarcoliberal, represivo y el menos publicitado pero el más corrosivo de todos, el populismo de sobremesa, compendio de lugares comunes e impotencias acumuladas. Se trata de una hidra de cuatro cabezas, la más importante de las cuales es la simplificación.

Simplificar es, las más de las veces, mentir.

Evitar la simplificación requiere reivindicar el rol pedagógico de la política. Volver al tiempo de las explicaciones y los datos. Se trata de un esfuerzo en toda la línea.  De parte de los dirigentes, el esfuerzo de no caer en la tentación de los 15 minutos de popularidad; de parte de los ciudadanos, el esfuerzo de privilegiar la reflexión. La simplificación es la tentación de los diseñadores de campaña, y el pan de cada día de los exitosos furtivos.

Vencer al populismo empieza por asumir Argentina tal cual es.

La segunda cabeza es la renuncia al aprendizaje evolutivo. La idea de que el único cambio posible es un cambio de orden. La “tentación revolucionaria”  sin contenido, la idea hollywoodense de una épica de cambios profundos, pero de utilería. 

Las sociedades que prosperan no niegan sus errores ni deforman sus trayectorias y son capaces de desafiarse en base a un aprendizaje desde la experiencia. Vencer al populismo empieza por asumir Argentina tal cual es.

La tercera cabeza de la hidra es la politización absoluta de todos los espacios sociales, la lucha facciosa, la tensión sostenida de modo permanente deformando la vida cotidiana.

Por último, el populismo porta un mensaje salvífico: viene a “salvar” al mundo, o a los excluidos, o a los derrotados. El populismo recorta el orden social en grandes universos, como elemento de simplificación, pero también de movilización y construcción de identidad. Se niega la política como transacción y las responsabilidades múltiples en los procesos políticos. La des-responsabilización dentro del discurso populista es un pilar de la transformación de ciudadano a cliente. 

El desafío de Juntos por el Cambio es evitar ser la respuesta en espejo de nuestro populismo nacional,  estadocéntrico y reivindicativo. No se trata de movilizar a la sociedad hacia una épica alternativa. Al contrario, se trata de sostener un ideario que se haga cargo de la complejidad, que no renuncie a las explicaciones y al aprendizaje, que libere a los ciudadanos de la politización asfixiante y que pueda sostener la visión de esfuerzo compartido y relaciones sociales maduras y emancipadas.

Hay un modelo agotado, no lo demos vuelta: apelemos a la creatividad y Cambiemos.

 

 

Leonardo D’Espósito | crítico y periodista | @despoleo

Nadie me había dicho “fascista”. En el viaje al Festival de Mar del Plata, en 2013, osé criticar en voz alta a CFK. Un amigo muy amigo entonces, sentado detrás mío, me dijo “D’Espósito, ¿cuándo te volviste fascista?”. Pensé que era una broma, o una chicana de alguien de cuyo peronismo no me cabía duda. Alguien que, entonces, me resultaba entrañable. No pensé en el asunto. Por cierto, meses más tarde comenzó a negarme el saludo.

No se usaba tanto el sintagma “batalla cultural”. Pero “batalla cultural” se instaló. El problema es que una batalla implica, también, que de ambos lados del frente hay un ejército que quiere aniquilar al otro. También que “batalla cultural” es, en cierto sentido, un oxímoron: una sociedad culta no debe –no debería– “batallar”. La cultura es sobre todo una trama de discursos, de discusiones. Los cambios en las sociedades, los que permanecen, son fruto del diálogo que opera como las olas: avanza, retrocede, deja un sedimento y en algún momento, si le sirve a las personas, cristaliza. Vean lo que en la Argentina pasó con el divorcio, el matrimonio igualitario o el aborto, por ejemplo. Cosas que apoyé, cosas que no habría apoyado ningún fascista, porque responden a una lógica liberal que el fascista aborrece. Se sabe: al fascismo se lo combate, se le planta batalla. 

Si uno realmente cree en la cultura, no puede plantearla como un campo de batalla.

Si uno realmente cree en la cultura, no puede plantearla como un campo de batalla. El que plantea una batalla cultural, por ende, niega la cultura. Cuando el kirchnerismo dejó el poder en 2015 creí que, poco a poco, el fantasma de la radicalización contradictoria iba a ir olvidándose, cumpliría su ciclo utilitario y quedaría descartado. De este lado de la grieta, era “vivir y dejar vivir”, pensar que un buen argumento alcanza si no para convencer al que sostiene el contrario, sí para que un tercero sopesara alternativas. Pero no pasó, e incluso de este lado hay quien se ha convencido de que “no dimos la batalla cultural”. No; nadie quería aniquilar a nadie: simplemente que todos se convencieran de la necesidad de la tolerancia y la inmoralidad de ser corrupto. Lo demás era materia debatible y es en el debate donde surgen las ideas. Un debate nunca, por definición, es una batalla. Corolario: quien plantea algo como una “batalla cultural” (justificada al designar al otro como “fascista”) es el verdadero fascista.

No perdoné a mi examigo ni me han perdonado, aunque a veces me saluden con protocolar cortesía ciertas personas. No lo perdoné porque nunca pidió disculpas, porque la radicalización le hace pensar que es un soldado (¿qué otra cosa es un “militante”?, ¿cuándo dejaremos de usar esa palabra?) de una batalla donde yo soy el enemigo a aniquilar o, en el mejor de los casos, doblegar. Y porque no entro en esa lógica, en esas discusiones que terminan con el tipo parado al lado tuyo, recitando una verdad de perogrullo sobre el hambre, la pobreza o la vileza de los ricos, que luego da un portazo y se va. Es decir, tira una granada y se pone a cubierto. Mi miedo –mi tristeza– es que quizás preferiría tener una granada. Quizás se dice “batalla cultural” para que el adjetivo morigere la violencia de la verdad: se desea una guerra de exterminio y lo de “cultural” es solo una molestia temporaria.

 

 

Estefanía Smole | la generación | @chufita_

 

 

 

Eduardo Levy Yeyati | economista | @eduardoyeyati

La “batalla cultural” deriva de la kulturkampf entre Otto von Bismarck y la Iglesia Católica por el control de la educación en la Prusia de los 1870. En el mundo anglosajón, la batalla viró a puja (¿distributiva?) entre conservadores y progresistas por la apropiación del relato identitario. “Hay una guerra religiosa por el alma de América”, predicaba el paleoconservador Pat Buchanan en la Convención Republicana de 1992. El mismo año, anticipando las batallas culturales de los 2000, Ruth Perry (MIT) discutía en “Historically Correct” cómo la “corrección política” se volvía un arma contra el progresismo en una “inversión orwelliana que ridiculiza a todo aquél que cuestiona el statu quo conservador”. Todo esto sugiere que el término puede referirse a distintas guerras, incluso en el mismo espacio-tiempo.

Tomemos el caso de Argentina y su sesgo populista: algunos lo asocian al cortoplacismo de repartir en el presente a expensas del desarrollo futuro; otros lo relacionan con el peronismo (más recientemente, el kirchnerismo) como génesis de todo; hay quienes lo entienden (y hasta lo defienden) como relato inevitable para la acumulación de poder o la justificación de fracasos.

Puesto a elegir mi definición, prefiero volver al comienzo. Como intento argumentar en Dinosaurios & Marmotas, nuestro populismo conserva el origen “pobrista” de las encíclicas sociales: la riqueza material asociada al pecado (“nadie se hace rico trabajando”); la pobreza como estado de gracia, confundiendo la pobreza como problema social con el pobre individual, víctima del fracaso de un Estado que, más que abrazarlo con gesto sensible, debería darle herramientas para dejar de serlo. Esta versión marida bien con el populismo económico: la justicia social (necesaria, impostergable) es excusa para repartir los frutos de un endeudamiento defolteable, subsidiar tarifas y eliminar impuestos a la clase media y alta, o engordar el aparato estatal como portaviones partidario, alimentando así esta crisis económica permanente de difusa atribución.

Este populismo es difícil de atacar en un país donde abundan el acomodo y la corrupción, donde la matriz pobrista es transversal a las coaliciones políticas. Quizás el rol de quienes promueven esta discusión sea pensar una versión actualizada y realista, del Estado de Bienestar de sociedad de clase media al que supimos aspirar, que pueda ser abrazada con convicción por los dirigentes que hoy buscan liderarla.

 

 

Felipe Laciar | putopia | @Lacianarchy

Una forma clara de comprender la batalla cultural es la comunidad LGBT+. En este territorio, específicamente el que supone el funcionamiento como “comunidad” (el de mayor articulación con la política y visibilidad mediática), no gratuitamente el kirchnerismo pudo posicionarse victorioso por años. Hubo conquistas, política y comunicación exitosa para insertar las necesidades de los relegados en un entramado simbólico abarcando desde la expropiación de Vicentin hasta la liberación de Milagro Sala. Es tal la efectividad que muchos comunicadores LGBT+ defienden a Putin, quien promueve la persecución de disidencias en su país.

A su vez tenemos la reacción a esto en movimientos de derecha que denuncian la “ideología de género”, llamando a habitar una homosexualidad limpia, libre de lo gay cultural. Varios buscan usar este concepto a su favor y como el kirchnerismo supo generar la asociación entre comunidad LGBT+ y su partido, llaman al rechazo de ambas ya que para ellos el “homosexualismo cultural” sería una forma de protokirchnerismo, desconociendo para los propios lo ficticio de la apropiación del kirchnerismo de lo LGBT+ y llevándola aún más lejos en su filiación histórica de lo que cualquier político podría pretender.

El camino para la conquista cultural no es la agresión, sino el placer.

Hay que dar la batalla cultural, pero con las herramientas apropiadas. En el período 2015-2019 hubo errores, pero escuchar a quienes ven en todo guerra y conspiración de la mano de quienes son incapaces de imaginar un futuro mejor es condenarse a fracasar. El fundamento del liberalismo es la duda sobre lo dado, y en este sentido su potencia es inagotable. Desde varios lugares ya se están dando primeros pasos, por ejemplo en agrupaciones de género que buscan mostrar una reivindicación de banderas liberales desde una posición que favorece la diversidad sexual. El trabajo no es traer un discurso único y monolítico sobre la conducta sino fragmentarlo. La guerra contra el absolutismo político del siglo XVIII hoy deviene una lucha contra el absolutismo cultural. Colarse por las grietas, visibilizar los errores y la diferencia, resaltar que el sistema de perfecta felicidad que otros proponen siempre va a suponer exterminio e infelicidad. Si se apuesta a un cambio de fondo en la sociedad hacia mayores libertades, el cambio no se puede dar desde una posición que desconoce esas mismas libertades; menos cuando este conflicto se trata en el fondo de una guerra de afectos. Por eso el camino para la conquista cultural no es la agresión, sino el placer.

 

 

Nicolás di candia | escritor | @nicolasdicandia

Tengo ganas de pensar que no hay que “dar la batalla cultural”, sino contrastar con gestión, datos y claridad, y con eso la parte cultural termina dándose sola. El problema es que hay gente que dedica mucha energía a lo simbólico, y lo ven de verdad como una batalla. Y cuando uno es atacado, el pacifismo puede no ser la mejor idea.

Entonces habría que combatir. Pero hacerlo es entrar en sus modos, salir a jugar el partido de ellos. Y creo que lo que nunca hay que hacer es subirse a sus términos y conceptos. Es necesario crear los propios.

En la gestión de Macri hubo funcionarios, como Javier Iguacel, que fueron comunicadores efectivos, al menos en el micromundo de Twitter. Mostraban gestión, respondían consultas, hablaban el idioma de las redes, creaban un lenguaje propio que era muy invitante (#TeAsfaltamosTodo). A mi modo de ver, fueron funcionarios aislados: no noté una estrategia de estimular esas formas de comunicación.

Transmitir un mensaje que creo verdadero: “el peronismo traicionó a su gente”.

Eso, de todos modos, va a lo puntual. Creo que la derrota de 2019 no fue por falta de esa comunicación. Los otros salieron con cosas como “el asfalto no se come” en vez de ignorarlo. No anularon las obras, sino que abrieron un camino para pensarlas menos importantes. Esos, no los de verdad, son los caminos que saben abrir.

Lo importante es cómo hacemos para que mucha gente deje de votar contra lo que creemos que son sus intereses. Creo que hay que ir al ataque en el plano simbólico. Transmitir un mensaje que creo verdadero: “el peronismo traicionó a su gente”. Puedo creer que en el pasado haya mejorado muchas vidas, y para sus descendientes eso pese más que cualquier otra cosa. Pero ya no pasa. El peronismo de ahora no emancipa. Taladra un mensaje de sometimiento y resignación que hace inverosímil irrumpir con optimismo.

Creo que es importante tener un mensaje concreto, positivo y bien distinto de lo que baja desde el poder en este momento. No decir cosas como “se embarazan para el subsidio”, que además de ser falsas no nos hacen ganar amigos. No usar palabras como “meritocracia” para decir “yo estoy donde me merezco y vos también”. Transmitir que si hay más planes sociales, aunque sea necesario, no es una buena noticia: significa un fracaso de la sociedad y del Estado en hacer que la gente se pueda valer por sí misma. Hablar de igual a igual, sobre los puntos en los que los intereses individuales y colectivos están alineados.

Y hay que hacer todo esto desde la paz. Sin invadir ni aturdir, sino estando.

 

José Crettaz | periodista | @jcrettaz

Soy el que debate en todos los chats, lo reconozco. El de padres del colegio, el de colegas, el de los primos, el de la promo ’94… No peleo, no insulto y no soy monotemático. O, al menos, eso trato. Pero si tengo que decir algo del país, la economía, la educación o la política, simplemente lo digo. A veces con más tacto, a veces de manera más directa. Según el momento y el lugar en el que me sorprenda la conversación.

La batalla cultural por el sentido común de la Argentina se libra en esas conversaciones cotidianas de cada uno de nosotros como ciudadanos. Se juega con racionalidad (datos y evidencia) y también con emoción sincera. No tiene que ver con una elección de medio término o presidencial, tampoco con un partido político o coalición electoral. Es una tarea de largo aliento si se busca construir un nuevo consenso mayoritario y duradero. Y el que se cansa pierde.

Hay que participar más y mejor, en todos los espacios. Sin fanatismo, claro, pero sin amilanarse. Con naturalidad y claridad, sin artificios ni volteretas. Sin asfixiar: siempre habrá espacios para hablar de otra cosa. Y con apertura, porque no será posible convencer si no se está dispuesto a ser convencido. Después de todo, la realidad siempre es compleja y –salvo en los límites– podrá haber matices. En resumen, un buen demócrata conversa mejor.

El que se cansa pierde.

El populismo, muy experimentado en la propaganda totalitaria y el adoctrinamiento, sabe imponer su agenda. Ideas básicas, predigeridas y potentes, aparentemente difíciles de rebatir. Hay que tener paciencia para dar vuelta prejuicios y supuestos muy arraigados mientras se propone una agenda distinta: división de poderes, Estado de derecho, economía de mercado, transparencia, apertura al mundo y reformas profundas.

Esos antiguos fundamentos, bases del mundo desarrollado, requieren entre nosotros narrativas nuevas. Los lenguajes, la estética, el humor, la ironía y la instantaneidad de este tiempo vienen en nuestro auxilio. Las verdades más evidentes son más convincentes cuando más simple, directa y brevemente son expresadas. Y cuando las escuchamos de alguien a quien conocemos.

Esa escuela de globalización está produciendo nuevas e interesantes voces de profundo sentido común.

Las nuevas redes, en especial los grupos de chat, son las nuevas plazas públicas donde, investidos de diferentes roles –madres y padres, profesionales, estudiantes, runners, etc– los adultos dialogamos de manera masiva. Ya tenemos alguna experiencia, no necesariamente buena, en esas conversaciones con la familia y los amigos, y tal vez por eso, muchos prefieren retroceder. Y el que se cansa pierde.

Esta conversación social a gran escala está sumando nuevos tertulianos que son como gladiadores. Los más jóvenes, que integran nuevas tribus en torno de juegos, series y sagas, conocen el mundo contemporáneo a través de las pantallas y lo que allí ven cuestiona severamente el contexto del país en el que viven. Esa escuela de globalización está produciendo nuevas e interesantes voces de profundo sentido común.

Conversar es una manera de construir. Y, salvo con los fanáticos, el diálogo es siempre posible. Si se tiene la vocación y el deseo de vivir en un país normal, vale la pena dar la batalla. Y el que se cansa pierde.

 

 

 

 

 

 

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