VICTORIA MORETE
Domingo

Parece que conviene hablar así

Las categorías de izquierda y derecha se han convertido más en un rasgo identitario que en posturas claras. Hay que despojarse de etiquetas que sólo sirven para estigmatizar u ostentar superioridad moral.

La categoría “de izquierda” ha dejado de significar una posición política y se ha convertido en un rasgo identitario con una pretensión de superioridad por sobre las demás categorías. Esto determina automáticamente un juicio peyorativo respecto a lo que se considera “de derecha”. La idea de una supuesta superioridad moral e intelectual de la izquierda no es reciente. Tal vez el síntoma más claro de este fenómeno haya sido la adhesión mundial casi hegemónica de intelectuales y artistas a las ideas de izquierda, sobre todo luego de la Segunda Guerra Mundial. Aquellos que se alejaban del dogma eran mirados con desconfianza, incluso si se trataba de artistas que se rebelaban a la represión y el terror de los gobiernos sometidos al régimen soviético.

En 1968 el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante respondió un cuestionario a la revista argentina Primera Plana. Ahí contaba acerca de la represión a los intelectuales cubanos, la decadencia económica y el estado de terror que se vivía en la isla. Lo hacía con su humor y sarcasmo habitual, pero con una crudeza inédita hasta ese momento. Sobre el final decía: “Sé que acabo de apretar el timbre que hace funcionar la Extraordinaria y Eficaz Máquina de Fabricar Calumnias”. Efectivamente, las réplicas injuriosas surgidas de los sectores de la izquierda cultural argentina (sobre todo de parte de Rodolfo Walsh, pero también de David Viñas) no tardaron en llegar y la respuesta posterior de Cabrera Infante ya no fue publicada en la revista.

Alguien podría argumentar que refiero una historia sucedida hace más de 50 años para analizar un fenómeno actual. Lamentablemente, los argumentos de Walsh y de Viñas son los mismos que una parte de la izquierda forzó para minimizar la situación de censura y represión contra artistas cubanos que desencadenó las protestas de julio de este año.

Hasta hace muy poco, el término “de derecha” era algo estigmatizante. Sin embargo, al principio tímidamente y un poco en chiste, algunos se hicieron cargo de la categoría.

Pero en los últimos años hay algo nuevo, al menos en la Argentina. Hasta hace muy poco, el término “de derecha” era algo estigmatizante, hasta el punto que ningún político se autoproclamaba así. Creo que ni Aldo Rico o Alejandro Biondini se consideraron alguna vez como “de derecha” y prefirieron siempre el mote de nacionalistas, que en la Argentina tiene un curioso prestigio. El partido de Álvaro Alsogaray, que para muchos era de derecha, se llamaba Unión del Centro Democrático.

Sin embargo, al principio tímidamente y un poco en chiste, algunos se hicieron cargo de la categoría, como si quisieran hacerse fuertes tomando para sí la calificación externa que buscaba ser ofensiva. Es algo parecido a lo que hicieron los hinchas de Boca, que adoptaron el mote de “bosteros” con orgullo y así lograron desactivar el agravio. Existe un portal de noticias que se llama La Derecha Diario, en aparente respuesta a La Izquierda Diario. Las primeras veces que lo vi en Twitter pensé que era un chiste, pero lo cierto es que el portal existe.

Se podría argumentar que este fenómeno es algo bueno, una forma de sincerar posicionamientos políticos que permitan la existencia de una derecha democrática. El problema es que esta salida del closet de la derecha ha hecho que no sólo la izquierda se haya convertido en una señal identitaria más que en una posición ideológica, sino que lo mismo está empezando a pasar con los sectores que se consideran parte de la derecha.

En una de las entradas del Borges de Bioy se lee: “El hijo menor de Esther (católico, probablemente nacionalista) habría resumido así la cuestión universitaria: ‘Ellos nos llaman nazis y saben que no lo somos. Nosotros los llamamos comunistas y sabemos que no lo son. Pero parece que conviene hablar así’.” Yo creo que seguimos funcionando así. Las etiquetas parecen servir para definir los bandos, pero sobre todo para que cada sector reconozca con claridad al adversario, una referencia contra lo que oponerse.

En la nota publicada en Seúl la semana pasada, Juan José Sebreli argumenta por qué se considera un liberal de izquierda. Sebreli tiene todo el derecho de autoproclamarse de izquierda, porque eso debe responder a su historia personal de afinidades políticas y militancia. Pero está claro que tiene que salir a postularlo porque debe odiar que lo consideren de derecha y quiere separarse de aquellos que ahora sí se hacen cargo de la calificación. Pero me pregunto qué sentido tiene sostener esa postura hoy. Lo mismo diría si esta tendencia a autoproclamarse de derecha siguiera creciendo, una actitud que sólo serviría para evidenciar la oposición a los que se llaman de izquierda y sostienen ideas antiguas, devaluadas e incluso autoritarias.

Sin etiquetas

Creo que no tiene sentido actualizar las concepciones de izquierda y derecha a la coyuntura y a las nuevas realidades del país y del mundo, sino simplemente olvidar y desmarcarse de esas categorías. Sebreli siente la necesidad de seguir reivindicando valores de lo que llama “la izquierda”, pero para eso tiene que hacer el esfuerzo por elegir algunos valores y rechazar otros. Es una especie de trampa, porque los únicos valores que los que se autodenominan “de izquierda” sostienen –con los que gente como Sebreli o yo podríamos acordar– son aquellos que también reivindica para sí misma lo que ellos llaman “la derecha”, eso que representa la verdadera y mejor tradición liberal, que hoy encarna Juntos por el Cambio. Y ese espacio político no necesita llamarse de izquierda para proponerse un camino de crecimiento y desarrollo para el país basado en darle más herramientas a los pobres para que dejen de serlo, que los trabajadores tengan mejores salarios y mejores trabajos, que se respete una cultura de convivencia democrática, etc. ¿Entonces de qué sirve decir que somos “de izquierda”? Porque lo que sí sobrevive en la izquierda son muchas posiciones y conductas históricas con las que no podemos estar de acuerdo: la búsqueda de un mayor poder del Estado sobre el individuo, el desprecio por las instituciones democráticas, la limitación de la iniciativa privada, entre otras.

En el fondo, la idea que sobrevive es que la tradición de izquierda fue en algún momento una tradición virtuosa, pero que su ejecución efectiva, tanto en el ejercicio del poder como en su participación en las organizaciones armadas, la llevó por el mal camino. Tal vez nos cueste ver que esa tradición virtuosa no existe, que las buenas intenciones de la izquierda no fueron más que eso, pero que encarnaban ya en su ideario original un destino de fracaso y violencia. Y más absurdo es reivindicar para sí el mote de derecha, porque esa tradición representó siempre un legado de muerte, represión y autoritarismo.

Me sigue pareciendo interesante el concepto de “liberal”, porque toma en cuenta la libertad como valor a cuidar y sostener. Pero incluso ása me parece una etiqueta tal vez innecesaria.

Me sigue pareciendo interesante el concepto de “liberal”, porque toma en cuenta la libertad como valor a cuidar y sostener, aun con las connotaciones negativas que tiene en la Argentina. Pero incluso esa me parece una etiqueta tal vez innecesaria, porque toda etiqueta fija sentidos, no permite un fluir hacia adelante y termina finalmente en una autopercepción de superioridad automática o, por el contrario, en la estigmatización por parte de los otros.

Llegué hasta acá sin nombrar al peronismo. Muchas veces se ha criticado su ambigüedad ideológica, esa elasticidad infinita para abarcar dentro de sí mismo a la derecha y a la izquierda. Tal vez ese no sea su peor legado, sino precisamente su mayor virtud. Es cierto que esa indefinición ideológica es la que les hizo y todavía les hace creer que pueden ocupar todo el espacio político desde una vocación hegemónica, autoritaria y unanimista, encarnada en la famosa frase de Perón: “Peronistas somos todos”. El problema del peronismo, en todo caso, fue que en su afán de no definirse en sus comienzos ni como “de derecha” ni como “de izquierda”, terminó siendo una cosa y también la otra, en vez de no ser ninguna de las dos. Se convirtió en un movimiento al mismo tiempo fuertemente dogmático y exageradamente pragmático. El dogmatismo terminó en tragedia, pero tal vez no es mala idea reivindicar su tradición de pragmatismo, si lo entendemos como una concepción política que busque el bien común, con soluciones particulares para situaciones particulares, que obture los prejuicios ideológicos para la toma de decisiones, que deje atrás los dogmas y las verdades absolutas, que privilegie las buenas prácticas por sobre las ideas inmóviles.

 

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Juan Villegas

Director de cine y crítico. Forma parte del consejo de dirección de Revista de Cine. Publicó tres libros: Humor y melancolía, sobre Peter Bogdanovich (junto a Hernán Schell), Una estética del pudor, sobre Raúl Berón, y Diario de la grieta.

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