BERNARDO ERLICH
Domingo

Isabel en el armario

La ex presidenta, que cumplió 93 años y esta semana volvió a los medios, sigue siendo un estigma para el peronismo. Un libro y un documental intentan descifrarlo.

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Isabel
Facundo Pastor
Aguilar, 2024.
129 páginas, $12.999
Una casa sin cortinas
Dirigida por Julián Troksberg
2021, 91 minutos.

 

En 2001, un guionista y psiquiatra infantil que venía de meter golazos en la ficción televisiva de los ’90 me dijo que, para conectar con el gran público, había que escribir para una audiencia con “edad mental de cinco años”. Yo siempre fui un poco lerdo, pero se ve que a los seis o siete había alcanzado la madurez del lustro de vida, porque entendí claramente el mensaje cuando vi, en la TV blanco y negro, a ese señor que todos llamaban El Brujo. Estaba en el balcón de la Casa Rosada, a un costado y detrás de la presidenta. Ella me daba miedo porque se envolvía en capas y llevaba el pelo levantado en un peinado mantenido a puro spray. Isabel Perón pronunciaba un discurso. Gesticulaba, gritaba. En mi imaginación, su apariencia era la de un extraterrestre, o un genio del mal, o las dos cosas a la vez. Pero había algo más aterrador todavía, y era que El Brujo movía los labios, como si le dictara las palabras o controlara que dijera lo pautado.

El episodio tuvo que haber ocurrido en el año y pocos días que transcurrieron entre la muerte de Perón y la renuncia de López Rega como ministro de Bienestar Social, a mediados de 1975. Una salida con cargo de “embajador itinerante” en España que el vulgo interpretó como una fuga, en medio del caos provocado por el Rodrigazo. La Triple A, máxima creación de Lopecito o Daniel (el alias que usaba para los ritos mágicos), ya había dejado un tendal de víctimas. Faltaban, como cereza del postre, en octubre del ’75, los decretos del interinato de Ítalo Luder para ampliar a todo el país y a las tres Fuerzas Armadas la orden de “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”. La misma frase había escrito Isabel Perón en un decreto de febrero del ’75,  limitado al Ejército y a la provincia de Tucumán.

Casi nadie tiene interés en recordar a Isabel Perón y su «influencer» de palacio. Mucho menos en el peronismo, esa extraordinaria máquina de crear relato.

Casi nadie tiene interés en recordar a Isabel Perón y su influencer de palacio. Mucho menos en el peronismo, esa extraordinaria máquina de crear relato, capaz de repetir hasta el convencimiento que Cristina Kirchner fue la primera presidente mujer, cuando no, sorry, fue Isabel. Por eso no extraña que las filmaciones se pierdan, se borren o, cuanto menos, resulten difíciles de hallar.

Da igual. Quedan registros tanto o más oprobiosos. Como este corto fragmento donde López Rega responde una pregunta por Isabel o el histórico anuncio de la muerte del General, en el que el Brujo se aferra al respaldo del sillón de la presidente en supuesta demostración de apoyo, pero dando pie a otra posible interpretación: “Sin mí, la señora se cae”. El director de cámaras le tira un primer plano cuando se lleva la mano a los ojos en señal de llanto, justo cuando Isabel dice, con voz quebrada, que asume la primera magistratura.

“El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”, escribió Willliam Faulkner, y la cita calza como anillo al dedo cuando hablamos de la violencia de los ’70. Isabel resurge cada tanto a modo de incógnita. Se la menciona en los aniversarios del golpe del 24 de marzo de 1976. Es inescindible del comienzo de la dictadura. El gran misterio sigue siendo por qué Perón, sabiendo que estaba viejo y enfermo, la eligió como vice para encarar su tercera presidencia (en la que duró apenas ocho meses y veinte días). ¿Fue por puro marketing tribunero para que los afiches y la boletas dijeran Perón-Perón? ¿Para que las distintas facciones internas no se mataran (se mataron igual)? ¿O lo hizo con la esperanza de que el apellido la protegiera cuando él faltara? Ya no importa. Pasó lo que pasó. Y ni siquiera es pasado.

Bizarra pero leal

El último gran acto que le falta a María Estela Martínez Cartas es morirse. Nadie se lo desea (¿o sí?), pero tiene 93 años. En cuanto llegue la noticia de Madrid, saldrán necrológicas ya escritas, suplementos especiales, la radio y la TV entrevistarán a historiadores y políticos y volveremos a ver las imágenes del espanto y las vísperas. Se reeditarán libros, entre ellos la biografía más completa publicada hasta hoy, La primera presidente, de María Sáenz Quesada.

Acaso como aperitivo, Aguilar puso recientemente en librerías Isabel, del periodista Facundo Pastor, que recopila información ya conocida, suma datos y acude a mecanismos de la literatura para recrear, por ejemplo, las voces que supuestamente escuchaba la señora en los instantes previos al golpe y luego, durante el cautiverio en El Messidor, donde la raparon dos veces alegando que tenía piojos y llegó a pesar 40 kilos, o cuando intentó suicidarse en su segunda cárcel, un cuartel de Azul, hasta terminar la detención en la quinta de Perón en San Vicente.

La novedad del libro de Pastor es que reproduce, íntegro, un documento que aparentemente los militares quisieron hacerle firmar a Isabel al momento de derrocarla. Según esta versión, la cúpula militar le ofreció viajar a España de inmediato a cambio de que renunciara y delegara el Poder Ejecutivo en las Fuerzas Armadas. Como se negó a poner el gancho y dar así una pátina de “legalidad” al golpe, la metieron presa.

El documento, dice Pastor, fue aportado por Diego Mazzieri, un joven abogado ligado a la ortodoxia sindical peronista que dice hablar por teléfono todas las semanas con Isabel. La curiosa relación se inició por carta cuando Mazzieri tenía 13 años. La expresidente y el admirador recién se conocieron personalmente en enero de 2023, cuando él viajó a España. Mazzieri publicó en 2020 una “biografía política autorizada” de Isabel. Un mamotreto de 700 páginas titulado María Estela Martínez, por siempre de Perón. Cada año lo reedita con datos actualizados.

O sea, el documento habría sido aportado por la propia ex presidente. La pregunta es: ¿cómo la dejaron conservar una copia de lo que no firmó?

La nube de palabras en torno de Isabel incluye: espiritista, loca, vergüenza, torpeza, bizarra, perversa. El único valor que le reconocen es la lealtad.

Otra producción cultural sobre Isabel, el premiado documental Una casa sin cortinas (estrenado en 2021, disponible en Flow), también trae un “notición” de origen dudoso. Uno de los entrevistados, Juan Gabriel Labaké, ex abogado de la señora, asegura que Isabel y Perón se conocieron en 1954 en Argentina, no en Panamá a fines de 1955 o principios de 1956, como sostiene la historia oficial. Más aún, dice que Perón e Isabelita concibieron un hijo, pero el embarazo no prosperó por un aborto natural. El propio director de la película, Julián Troksberg, cree que las afirmaciones de Labaké son “un camelo atómico”.

Los testimonios que recoge la película son tremendos. La nube de palabras en torno de Isabel incluye: espiritista, loca, vergüenza, torpeza, episodio negro del peronismo, oscuridad, lo peor de esa etapa, bizarra, perversa, no era nadie, nadie la reivindica, cabaretera no fue nunca, devaluada, corcho en la tormenta, no entendía la política. El único valor que le reconocen es la lealtad, por haber estado más de cinco años presa sin transar (dicen) con el Proceso.

Una casa sin cortinas empieza con una visita al Museo Histórico 17 de Octubre Quinta San Vicente, en el predio que Perón adquirió junto a su esposa Eva Duarte en 1946. Las 19 hectáreas fueron declaradas de utilidad pública en 1989 y hoy son administradas por la provincia de Buenos Aires. Allí se encuentra el mausoleo donde, desde 2006, se encuentran los restos del General. Imposible olvidar aquel traslado con toda la liturgia justicialista (banderas, bombos, tiros, lío y cosha golda).

Los guías del edificio central del museo dicen que tuvieron que sacar toda referencia a Isabel, porque la gente quiere ver a Perón y Evita, nada más. Los rastros de Isabel están guardados en placares de la casa principal. Hay vestidos, kimonos, capas y hasta su banda presidencial. En otra entrevista habla el escultor que la talló en mármol para el Hall de Honor de la Casa Rosada, también conocido como Galería de los Bustos Presidenciales. La obra de arte nunca fue exhibida. Está perdida en algún depósito.

La banana francesa y la tragedia

Es feo que mi primer recuerdo nítido sobre la vida institucional del país sea el capítulo de Isabel y el lacayo susurrante. Nací en 1968 y a Perón, de chico, lo tenía en una nebulosa. Vislumbro hoy un juego, sentado en el umbral de la calle Cucha Cucha, para ver quién se animaba a gritar “viva Perón”, porque los niños teníamos la noción de que era, todavía, algo prohibido. De su muerte guardo impresiones igual de difusas: que me fueron a buscar antes al colegio, porque dieron asueto, y que siguieron varios días parecidos a Semana Santa. No había clases y en televisión sólo daban imágenes y música tristes, todos se veían muy serios, algunos lloraban. Encima llovía. Faltaba que dieran Los diez mandamientos.

¿Cuál será el primer recuerdo sobre la política argentina que tendrán los que se criaron con Néstor, Cristina, Macri o Alberto Fernández? ¿Y con Milei?

El aspecto personal del presidente es una cuestión de Estado. ¿Quién decidió que Isabel llevara en los actos oficiales el pelo levantado que me aterrorizaba? Era una de las variantes de la “banana francesa”, derivación a su vez del peinado Pompadour, que viene del 1700 y toma su nombre de Madame de Pompadour, amante del rey Luis XV. ¿Cuál era el objetivo del look? ¿Hacerla parecer más sobria, más inteligente (por las creencias populares acerca de la frente amplia), con mayor autoridad? ¿O fue simple coquetería de ella para sumar diez centímetros a su menuda figura, más los que pudiera agregar con los tacos?

Vislumbro hoy un juego a ver quién se animaba a gritar “viva Perón”, porque los niños teníamos la noción de que era, todavía, algo prohibido.

Para su documental, Julián Troksberg entrevistó al famoso peluquero Miguel Romano, que atendió la cabellera de Isabel, pero por cuestiones técnicas y narrativas ese testimonio quedó fuera de la película. Le pregunto por mail a Troksberg sobre el tema y me responde que Romano, en la conversación, tenía un relato no lineal y volvía recurrentemente a Susana Giménez y a Evita. “Sobre Isabel –agrega– era mucho más parco, tenía reacciones un tanto resentidas o despreciativas. Después de los ’70, creo, Isabel no volvió a tener mucha relación con Romano, ni volvió a su peluquería, algo que a Romano no le gustó y de lo que se quejaba. ¿Cómo Isabel no pasó a saludarlo o a atenderse (cuando volvió al país en los ’80 y ’90)? Sospecho que eso viene pegado a otra cosa: Romano es íntimo de Norma López Rega (hija de López Rega). Tiene cuadros pintados por ella colgados en su peluquería y decía que él era como un hijo de Lastiri (Raúl, marido de Norma y diputado que fue presidente interino en 1973, durante los tres meses que mediaron entre la renuncia de Cámpora y la asunción de Perón), así que me parece que su visión actual de Isabel viene teñida por esas relaciones”.

Abunda Troksberg: “Yo creo que Romano evitaba hablar del look de Isabel porque en realidad ella tenía dos peluqueros: Bruno Porta y Miguel Romano. Y me imagino que el más importante era Porta, al que le pusieron una bomba en su peluquería de la avenida Las Heras. Porta, supongo, fue el creador de la imagen de Isabel con la banana francesa que Romano, en todo caso, replicaba”.

¿En qué fundamenta Troksberg esta creencia? “La cercanía de Isabel con Porta era tal que, cuando estaban por viajar desde España, Isabel le escribía a la esposa de Porta para que les preparara la casa. Esa correspondencia con saludos de López y el General e instrucciones a la señora de Porta, que va desde el ’70 hasta cuando Isabel era presidenta, fue de las primeras cosas que encontré en la investigación. A través de un conocido di con una mujer que se mudó a un nuevo departamento y cuando abrió el placar encontró una caja floreada con todas esas cartas de Isabel. En una de ellas, Isabel habla de que había que poner cortinas en la casa de Buenos Aires porque una casa sin cortinas es como un jardín sin rosas. De ahí sacamos el título de la película. Yo después resumí la historia, porque es larga e intrincada, y fue una línea narrativa que también nos quedó afuera”.

Pero el pasado nunca muere, ni siquiera es pasado. El Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV), la entidad que creó la actual vicepresidente Victoria Villarruel para reclamar “derechos humanos completos”, tiene entre sus banderas el atentado a la peluquería de Bruno Porta. En un posteo de sus redes, la entidad dice: “Cuando pases por Las Heras 2429, Capital Federal, tratá de imaginarte que allí vivían Gladys Medina, de 13 años, y su mamá, Celia Palacios de Medina. Ambas murieron carbonizadas porque su departamento se incendió mientras dormían. Y ese departamento se incendió porque el 2 de septiembre de 1975 un comando terrorista arrojó una bomba contra la peluquería que frecuentaba Estela Martínez de Perón, en el local de abajo”.

La banana francesa conecta con la tragedia y la tragedia llega hasta el presente.

El último acto

Isabel reapareció en estos días a raíz de un premio que le entregó en España una asociación cultural que defiende, según se presenta, los valores de la hispanidad. El grupo se llama Preserva y tiene una página web que parece diseñada en 1995. Al 19 de marzo último, poseía 43 seguidores en Facebook y 64 en Instagram. En sus publicaciones hay vivas a la Guardia Civil, recordatorios de cuando España tenía más colonias en África y una foto de un cocido de la hostia con morcilla, chorizo, panceta, carne de cerdo y de gallina, verdura y garbanzos, joder, porque es de una fiesta por la Ruta del Garbanzo.

En las fotos donde posa con el premio, a Isabel se la ve bastante bien. Sonríe y tiene el ojo derecho un poco cerrado. Ya no lleva el cabello a lo Megamente. Pero es notorio que sigue yendo a la peluquería, o la peluquería va a ella.

Alguna vez, a los seis o siete años, esta mujer me dio miedo. Hoy me sorprendo al sentir cierta ternura.

Sólo le falta su último gran acto.

 

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José Montero

Nació en Buenos Aires en 1968. Es periodista, escritor y guionista. Autor de literatura infantil y juvenil, sus libros se leen en escuelas primarias y secundarias. Colabora en La Agenda. Acaba de cursar la Diplomatura en Dramaturgia de la UBA.

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