JOSEFINA JOLLY
Domingo

Historias de aparecidos

Las periódicas reapariciones de Cristina Kirchner ya sólo sirven para generar una expectativa tan mecánica como vacía.

En medio de una –otra– crisis política y económica terminal, con el peso argentino por el piso y cayendo, vuelve la insistencia mediática sobre “la reaparición de Cristina”. Con la expectativa de un hecho inminente, como si se tratara de una epifanía, los diarios y portales, más o menos cada 30 días, se excitan como si algo fuera a suceder. En el último año hubo reaparición de la Vicepresidenta de la Nación en la Universidad del Chaco Austral, en Ensenada, en un acto en Pilar, en un estadio en Avellaneda, en el Grupo de Puebla, en Río Negro, como una virgencita trasladada en procesión. Y después, el vacío. El milagro de la revelación no se produce.

Lo que sorprende no es el ritual y la liturgia militante —el peronismo es eso desde su inicio—, lo que no deja de asombrar, lo que no me deja de asombrar, es la naturalización de las palabras. Creyentes y no creyentes recitan a coro y se repiten como un mantra, un rezo, una invocación, las mismas palabras. 

Clarín: “La reaparición de Cristina Kirchner pone a prueba a Sergio Massa y suma tensión a la interna con Alberto Fernández”. Infobae: “Crece la expectativa por la reaparición de Cristina Kirchner tras el renunciamiento de Alberto Fernández”. La Nación: “Reaparece Cristina”. El Litoral: “Expectativa por la reaparición de Cristina en medio de la suba del dólar y la renegociación con el FMI”. Los Andes. “Tras la renuncia de Alberto Fernández a la reelección, Cristina Kirchner reaparecerá este jueves en un acto en La Plata”. Podríamos seguir, pero se entiende.

Titulares idénticos, como si hubieran salido de un comunicado oficial. Las mismas palabras, como si hubieran olvidado los hechos.

Y no son sólo los medios oficialistas y los portales con pauta que transcriben sin alteraciones lo escrito por Télam, es el periodismo “independiente” (o “los medios hegemónicos”, según quien los califique): la reaparición el día previo, la clase magistral el día después. Titulares idénticos, como si hubieran salido de un comunicado oficial. Las mismas palabras, como si hubieran olvidado los hechos.

Y me acordé de Andrés Armoa, un texto de Borges. Es la estampa de un personaje, un degollador. Me gusta tanto ese texto que siempre estoy tentada de calificarlo (mínimo, perfecto, impecable, contundente, brillante), pero a fuerza de leerlo descubrí que la potencia de ese perfil está en nunca calificar al protagonista sino en mostrarlo en acciones. Borges no condesciende al adjetivo fácilmente y acá no lo hace ni una vez. Decía, entonces, que la insistencia periodística en las mismas palabras me hizo acordar al degollador.

No es bebedor, pero suele achisparse los sábados. Tiene la costumbre del mate, que puebla de algún modo la soledad. Las mujeres no lo quieren y él no las busca. Tiene un hijo en Dolores. Hace años que no sabe nada de él, a la manera de la gente sencilla que no se escribe. No es hombre de buena conversación, pero suele contar, siempre con las mismas palabras, aquella larga marcha de tantas leguas desde Junín hasta San Carlos. Quizá la cuenta con las mismas palabras, porque las sabe de memoria y ha olvidado los hechos.

Probablemente no hacía falta el párrafo completo pero siempre está bien leer a Georgie. Lo que interesa es la última frase: es el olvido de los hechos lo que nos hace repetir las mismas palabras. Ésa es la condición de posibilidad de las ficciones y, en general, de cualquier narrativa. Entre los hechos y el discurso que los cuenta hay una distancia. Dice Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras: “Al traducirse en palabras, los hechos sufren una profunda modificación. El hecho real es uno, en tanto que los signos que podrían describirlo son innumerables”. Él está hablando de la novela, un claro y evidente artificio literario, un género que no busca ocultar esta condición. Pero la narrativa no se reduce a las novelas y los cuentos; el periodismo y la historia son también grandes artefactos narrativos, sólo que estos pretenden desconocer esa alteración ineludible que sufren los hechos con las palabras.

¿Esto quiere decir que no hay diferencias entre una pieza periodística o un texto de historia y una ficción? No, claro que no. Hay sistemas opuestos de aproximación a lo real. Sigue Vargas Llosa: “En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La noción de verdad y mentira funciona de manera distinta en cada caso”. Saber que el lenguaje no es transparente y que poner en discurso ya supone una alteración de los hechos, no equivale sin embargo a pretender que una pieza periodística o histórica no deben cotejarse con la realidad. A más cercanía con la realidad, más verdad y, a más distancia, más mentira.

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Hay una ficción histórica en la que estamos envueltos desde hace casi 80 años, el cuento con el que nos vamos a dormir cada noche y repite la infalible historia de héroes y villanos. A fuerza de renacimientos, reinvenciones y reapariciones, esta vieja historia nos tiene adormecidos. Y aunque el peronismo es su expresión más acabada —nuestra leyenda folklórica recurrente— esta narrativa no nació en el ’45. El problema, como decía Borges, es que nunca tuvimos western. Cuando los poetas habían olvidado su deber de ser épicos, Hollywood se encargó de ese deber y nos devolvió el sabor de la épica con héroes, vidas con valor, muertes gloriosas. En Argentina, a falta de relatos épicos de ficción, la épica se ha trasladado a la historia. Y al periodismo. 

Entonces todos vuelven sobre lo mismo: la reaparición.

Recurrentes reapariciones

Bajo la forma verbal, que se insista tanto en que “reaparece Cristina” no hace más que puntualizar una falta: aparece quien está desaparecido y re-aparece quien ha desaparecido muchas veces. Bajo la forma sustantiva, el asunto se pone místico: la aparición remite a un fantasma, un espectro, una sombra, un espíritu, un aparecido (appārēscere, el que se hace visible). Es innegable la perplejidad humana frente a una manifestación inexplicada y es tal vez esa perplejidad la que asalta a los tituladores en los diarios cuando, cada 20 o 30 días, Cristina Fernández parece emerger desde el más allá.

En la mitología griega, el eidolon es la copia astral de un difunto, no mucho más que una imagen, una “imagen descarnada”, dicen los mitólogos. A veces la imagen toma la forma de una advertencia enviada al mundo por las fuerzas sobrenaturales y los pobres mortales creen estar frente a un monstruo (monstrum derivado del verbo monere: advertir). El monstruo, cuando llega, no sólo advierte, también aparece para avisar que nos hemos pasado de la raya, que hicimos lo que no debíamos. El monstruo mitológico señala, grita, castiga.

El culto a las imágenes y apariciones de muertos es tan antiguo como la civilización y la literatura da cuenta de ello: Sófocles describe el encuentro de Clitemnestra con su difunto esposo Agamenón, Esquilo hace surgir el espectro de Argos, Filóstrato muestra a Aquiles abandonando su tumba, Homero cuenta la visita de Patroclo después de morir en Troya. Los aparecidos de la antigüedad clásica hablan, aconsejan, indican, censuran. Y más o menos así se mantienen hasta que con Shakespeare empiezan a hacer cosas: el espectro del fiel Banquo se presenta frente al traidor Macbeth y el fantasma del padre de Hamlet clama por venganza. Los aparecidos ya no se limitan al terreno discursivo, actúan entre los vivos, quieren influir en sus decisiones, agitan sus temores.

Los aparecidos ya no se limitan al terreno discursivo, actúan entre los vivos, quieren influir en sus decisiones, agitan sus temores.

Hace poco más de siete años que venimos con esta historia de apariciones. Desde que el 9 de diciembre “se despide frente a la multitud” como una deidad que no baja para cumplir con el mandato institucional de entrega del mando (demasiado terrenal), desde aquel día los mensajeros, cada tanto, nos traen la buena nueva: “expectativa por la reaparición de Cristina”.

Una expectativa que, finalmente y a fuerza de repeticiones, como en el cuento de Juan y el lobo, no alcanza más que para llenar dos días de horas muertas en la tele, festejar un trending topic, alinear baradeles, massas y kicillofes y comprobar que la palabra sagrada no son más que unas chicanas, unos gestos, unas canchereadas y unos grititos sin clase. Algunos festejan, otros se enojan y aquí no ha pasado nada.

Leemos en El pudor de la historia que, frente al avance de un ejército, Goethe habló del origen de una época para la historia del mundo, con cierto orgullo por estar presenciándola. Entonces Borges dice: “Desde aquel día han abundado las jornadas históricas y una de las tareas de los gobiernos ha sido fabricarlas o simularlas, con acopio de previa propaganda y de persistente publicidad”. Y después agrega: “yo he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas”.

 

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Andrea Calamari

Doctora en Comunicación Social. Docente investigadora en la Universidad Nacional de Rosario. Escribe en La Agenda, JotDown, Mercurio y Altaïr Magazine.

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