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Domingo

Una lucha por la existencia

La sociedad israelí suspendió la grieta por un objetivo común: aniquilar a Hamás. Pero cuando la guerra termine, Netanyahu tendrá que hacerse cargo por las fallas en la seguridad.

Las comparaciones no se hicieron esperar. Una vez que las aberraciones cometidas por Hamás en suelo israelí dieron la vuelta al mundo, se habló de Pearl Harbor, del 11 de septiembre, y de la guerra de Yom Kipur, que había empezado justo 50 años y un día antes. Pero la proporción de los números, la incertidumbre de la situación de los secuestrados y la crueldad superlativa de los terroristas sitúan a ésta, sin discusión, como la mayor calamidad sufrida por el Estado de Israel y la peor para el pueblo judío desde la Shoá. Cualquier evento contemporáneo con el que se lo compare queda chico. No hay israelí que no conozca personalmente a un asesinado, desaparecido o secuestrado. La diversidad de nacionalidades y orígenes de las víctimas justifican esa sensación global de que podría haber sido cualquiera, de que el resto del país, y tal vez el mundo, se salvó sólo por cuestiones de tiempo y capacidades.

La Segunda Intifada, entre 2000 y 2005, era recordada hasta hoy como el período más aterrador en la joven historia del Estado. Mil israelíes fueron asesinados durante el primer lustro del siglo en atentados suicidas, cometidos cada semana en autobuses, pizzerías, centros comerciales y discotecas. Ese número fue superado en apenas unas horas del sábado pasado. Los detalles morbosos sobre torturas, redadas en masa a familia enteras, e incendios con bombas termobáricas están en las redes sociales. La descripción más concisa la hizo Lloyd Austin, actual secretario de Defensa de Estados Unidos, y comandante del CENTCOM entre 2013 y 2016: “Las atrocidades de Hamás son peores que las del Estado Islámico”.

Tras aquella Segunda Intifada, causa y consecuencia del fracaso de los acuerdos de paz, la sociedad israelí se inclinó a la derecha y se aquerenció en el statu quo. Las barreras de seguridad alrededor de Cisjordania parecieron ser efectivas para detener infiltraciones, y la población se acostumbró a correr al refugio cada tanto gracias a la admirable eficacia lograda por los sistemas antiaéreos. Se podía vivir así, tapando los agujeros con tecnología, saliendo del laberinto por arriba. Hubo tiempo para discusiones triviales y hubo gobiernos que cayeron por la posibilidad de dejar ingresar harina leudada en Pésaj a hospitales. En el último año, la sociedad se dividió en dos por una reforma judicial controversial y acalorada, pero ajena totalmente a la situación de seguridad y al interés colectivo. Todos hicieron de cuenta que no pasaba nada, y el país entero siguió en la suya, ronda de combates más, ronda menos, con el cazador acechando detrás de una reja, literalmente.

Todos hicieron de cuenta que no pasaba nada y el país entero siguió en la suya, con el cazador acechando detrás de una reja, literalmente.

Binyamín Netanyahu es quien más tiempo ocupó el cargo de primer ministro en Israel, 16 años en tres etapas. Durante su estancia más larga, de 2009 a 2021, se adjudicó a sí mismo el título de Señor Seguridad, porque los números y la ferocidad de los ataques habían disminuido respecto al período previo. Pero contrario a la noción que internacionalmente se percibe por su retórica, los años de Netanyahu se caracterizaron por demorar lo máximo posible el uso de la fuerza, preservar a los soldados israelíes y buscar cualquier ventana de oportunidad para mantener el statu quo. Desde que Hamás gobierna Gaza, Bibi se aferró a la hipótesis de que esta agrupación terrorista, que en su carta fundacional tiene como objetivos borrar al Estado de Israel y la aniquilación de judíos, iba a privilegiar la estabilidad y la responsabilidad de administrar el territorio.

Esa pasividad de Netanyahu se vio reflejada en permitir a Gaza el ingreso de dinero qatarí, que Hamás usó casi exclusivamente para su infraestructura del terror, en encomendarse al sistema Cúpula de Hierro, y en evitar a toda costa las “botas sobre el terreno”. Sólo una vez, en 2020, Bibi tuvo una postura de cadencia halcona, amenazando con anexar el valle del Jordán. Pero esto no atentaba contra Hamás sino contra la debilitada Autoridad Palestina de Ramala, y resultó una pantomima para subirle el precio a los Acuerdos de Abraham con Emiratos Árabes y Bahrein. Para volver al poder en 2023, Netanyahu debió formar la coalición más reaccionaría que alguna vez haya gobernado Israel, quedando él mismo incluso en el margen moderado.

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Su fin último era debilitar los poderes de la Corte Suprema y tener mayor control sobre la selección de jueces para, eventualmente, cubrirse cuando lleguen los veredictos por los procesos abiertos en su contra por fraude, sobornos y abuso de confianza. Son varias las concesiones que tuvo que hacer con sus nuevos extraños compañeros de cama, muchas ya irrelevantes. Para muestra, basta con mencionar a Itamar Ben Gvir, su designado ministro de Seguridad Interior: condenado penalmente por apoyar a un grupo terrorista e incitación al racismo, el hombre que maneja la policía tenía la entrada prohibida a las comisarías hasta antes de asumir el cargo. Mientras The New Yorker lo llamó Ministro del Caos, en Israel se lo conoce como el Ministro de las Pitas, por mostrar más preocupación por el tipo de pan que comen los presos que por, citando un solo ejemplo, la alarmante ola de violencia y crimen en el sector árabe.

Sin grieta durante la guerra

En estos días quedaron de manifiesto como nunca el pragmatismo y la racionalidad israelí a la hora de los desafíos. Durante 40 semanas seguidas gran parte de la sociedad protestó por el intento de reforma judicial, miles de reservistas renunciaron a sus roles, ex funcionarios de agencias de seguridad alertaron sobre el peligro que corría el sistema entero por la impericia del gobierno. Todo eso quedó de lado en un segundo después de la masacre del sábado. Cada uno ocupó el lugar que le toca, miles de israelíes en el exilio volvieron para enlistarse, toda convocatoria que circuló por WhatsApp para tareas voluntarias se colmó de inmediato, y los hospitales vieron sobrepasada su capacidad para recibir donaciones de sangre. La normalidad es imposible mientras 300.000 reservistas están movilizados, pero la mayoría de los comercios y oficinas buscan volver a una rutina, casi como un reflejo autóctono. Los cafés están llenos, pero no hay mesa que hable de otra cosa.

Las razones de la catastrófica falla de seguridad se sabrán recién cuando termine el conflicto. Nadie en el discurso público echó aún culpas o reproches. Sólo Yair Lapid, líder de la oposición, puso una condición para unirse a un gobierno de unidad: que renuncien Ben Gvir y Betzalel Smotrich, ministro de Finanzas, con poder especial sobre los territorios de la Margen Occidental, tan cuestionado como el primero. Esto no sucedió, pero Lapid acompañará desde afuera.

El pésimo manejo actual de la comunicación, sin haberse acercado a un solo familiar de víctimas o rehenes, será el último clavo en el ataúd de Netanyahu.

Se sumaron hasta ahora Benny Gantz, ex jefe del Estado Mayor y ministro de Defensa, y Avigdor Liberman, también ex titular de Defensa, sin background militar pero tal vez el más halcón del espectro local. Se da por descontado que cuando pase la tormenta Netanyahu y su séquito serán muertos políticos, aunque difícilmente renuncien sin resistirse. El pésimo manejo actual de la comunicación, sin haberse acercado a un solo familiar de víctimas o rehenes, será el último clavo en el ataúd.

Más allá de las caracterizaciones que se hagan desde afuera, lo que más añoran los israelíes es la paz y la seguridad. Pocas cosas fueron tan celebradas como los acuerdos con Egipto, Jordania o los de Abraham. La expectativa por una normalización con Arabia Saudita era mayúscula e incuestionada. Pero tras el fracaso de Oslo y los sucesivos desplantes de Yasir Arafat y Mahmud Abás, se privilegió la seguridad. Muy pocos se quejaban del statu quo, porque no había interlocutor para avanzar; con Hamás nunca hubo diálogo, y la Autoridad Palestina perdió toda su legitimidad interna. Hoy lo único aceptable es la destrucción de Hamás y nadie se conformará con menos.

Napoleónicos

Durante años Israel hizo esfuerzos por evitar la mayor cantidad de daños colaterales posibles, a pesar de la propia metodología de Hamás de usar sus civiles como escudos humanos. Para los ciudadanos de a pie esto parece pasar a segundo plano, pero no es sed de venganza. Es la necesidad urgente de acabar con una amenaza existencial como no se veía en 80 años.

Más allá de lo técnico, el error de Netanyahu fue desestimar lo que Hamás siempre fue. Se mantuvieron al margen de las últimas dos rondas de conflicto, en 2022 y 2023, y se recuperaron y prepararon magistralmente desde mayo de 2021, aquellos diez días que hoy parecen un juego de niños. Siguieron la napoleónica doctrina de no interrumpir al enemigo mientras se equivoca. Separaron el ala militar de la política para mantener en absoluto secreto los planes. Encontraron el momento de mayor debilidad para atacar y mostraron sus verdaderos colores, los de un grupo fundamentalista, sin respeto por ninguna vida ni norma.

Ese desprecio absoluto por los valores fundamentales de Occidente es lo que los une con Hezbolá y el régimen teocrático de Irán, que como musulmanes chiitas tienen doctrinas a priori incompatibles, pero objetivos políticos idénticos. En las semanas y meses que vienen veremos cuánto tarda y cuánto le cuesta a Israel cumplir su objetivo, y cuán comprometidos están realmente los socios de Hamás con su causa.

Durante las casi cuatro horas de Lawrence de Arabia, los clanes beduinos cruzan la península batallando ferozmente aldea por aldea, y triunfan masacrando y corriendo a los otomanos de Damasco al grito de “¡sin prisioneros!”. Terminada la revuelta, cuando se dan cuenta de que tienen que administrar la gran ciudad, se suben a sus camellos y vuelven al desierto.

 

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Diego Mintz

Periodista y analista de inteligencia viviendo en Israel. Trabajó para KAN, la radio nacional de Israel, Radio Nacional Argentina y La 1110.

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