Domingo

Elige tu veneno

Según a qué problema político le eches la culpa de la crisis –la grieta, la casta, el kirchnerismo o la derecha–, decidirás tu estrategia de gobierno para después de 2023.

Dado que de golpe parece que estamos casi todos de acuerdo en qué dirección tenemos que avanzar para salir de esta ciénaga, ahora sólo nos falta decidir con quién hacerlo y a quién dejar afuera. Digo que estamos de acuerdo porque escucho a la ministra Batakis haciendo profesión de fe sobre el equilibrio fiscal, al ministro Scioli (y a su antecesor) decir que de esto sólo salimos exportando más y a la vicepresidenta Kirchner decir que los planes sociales tienen que ser puentes hacia el empleo formal. Todas cosas que cualquier dirigente de Juntos por el Cambio viene diciendo desde la Edad de Piedra y podría firmar al pie instantáneamente.

Exagero, ya sé que exagero. No es un momento para ser optimista, especialmente después de una semana en la que el dólar aumentó casi un 10% y el Gobierno siguió sin dar un susurro de respuesta a la emergencia en ciernes. (¿Cómo que en ciernes? Ya estamos en emergencia, diría Lucas Llach.) Lo que quiero hacer en este ejercicio es sugerir que el secreto del éxito a partir de 2023 va a estar menos en la dirección general del nuevo gobierno –porque está sobredeterminada, por el fracaso del populismo y la demanda social– que en dos factores clave, cuya resolución (o falta de) enloqueció al gobierno de Cambiemos (del cual –disclaimer por si alguien todavía no lo sabe– fui funcionario en Jefatura de Gabinete los cuatro años de gestión).

El primer factor es la secuencia de los cambios: cómo ordenamos los desequilibrios actuales, que serán peores en 2023, de una manera que garantice la transición hacia esa economía con equilibrio fiscal, política monetaria independiente e inflación en baja que ahora todos parecemos querer. ¿Se saca el cepo de golpe el primer día? ¿A qué velocidad se aumentan las tarifas? ¿Se tira al toque una reforma laboral? Son preguntas de índole técnico-política para las que nadie puede asegurar un resultado exitoso: se pueden tener hipótesis más o menos sensatas, pero, como dice el Coco Basile, cuando el partido arranca los jugadores se mueven y la charla técnica se disuelve como un flan.

Por eso me interesa indagar en el segundo factor, que es el de a quién vamos a invitar y a quién vamos dejar afuera de esta conversación.

Por eso me interesa indagar en el segundo factor, que es el de a quién vamos a invitar y a quién vamos dejar afuera de esta conversación. No pretendo dar una respuesta (aunque tengo mi corazoncito), sino simplemente hacer un mapa de las opciones disponibles, sobre todo a partir de la respuesta a una pregunta central de estos últimos años, quizás no explícita pero en el centro de casi todos nuestros debates. La pregunta es: ¿cuál es el principal problema político que obstaculiza nuestro desarrollo económico y democrático? O, mejor explicada: ¿de qué o quiénes es la culpa de que estemos estancados o en decadencia hace tanto tiempo, diagnosticando mal los problemas, pifiando las soluciones, vetándonos entre todos?

En estos años los argentinos hemos dado cuatro respuestas a esta pregunta. Alguno me dirá que estoy simplificando, pero no, son estas cuatro. Según a quién le preguntemos, el culpable principal de nuestra crisis secular ha sido a) la grieta, b) la casta, c) el kirchnerismo (a veces extendido al peronismo), y d) el neoliberalismo, “la derecha”. Voy a intentar describirlos brevemente y a ver cómo cada opción sugiere una coalición o, al menos, como diría Robert De Niro, un “círculo de confianza” para pensar lo que viene.

1. El problema es la grieta

Es la explicación favorita de periodistas, empresarios y otras fuerzas vivas de la sociedad, que se quejan amargamente de la falta de diálogo entre las dos coaliciones principales. Juntos por el Cambio y el Frente de Todos, dicen, están dominadas por sus sectores más extremistas y no les permiten a sus dirigentes moderados llegar a los acuerdos necesarios para sacar al país adelantes. Son personas que siguen diciendo aquello de “lo que la Argentina necesita es que los políticos se sienten a una mesa y se pongan de acuerdo en las cuatro o cinco cosas principales”, como literalmente me dijo hace poco el CEO local de una multinacional de consumo masivo, quien se enorgullecía de su capacidad de diálogo con Matías Kulfas e incluso con Roberto Feletti (esto fue días antes de sus sendas renuncias).

Para los críticos de la grieta, la discusión no es tanto sobre ideas sino sobre modales. O sobre buena fe para discutir. Dicen que los políticos se ponen extremistas porque les da rating en los medios y con sus propios fanáticos y que eso los aleja de la posibilidad de hacer lo que hay que hacer. Cuando uno indaga en el contenido de estos acuerdo, en qué es “lo que hay que hacer”, las respuestas son más gaseosas: la prioridad tiene que estar en el diálogo y aislar a los extremistas. En 2020, al principio de la pandemia, cuando Alberto Fernández tuvo picando en el área la posibilidad de disputarle el liderazgo a Cristina y Mauricio Macri era ignorado o discutido por su propia coalición y parte de su propio partido, hizo fortuna la expresión “ni Mauricio ni Cristina”. La impulsaban políticos autopercibidos como moderados, periodistas de todo tipo y empresarios aún esperanzados en el inminente giro liberal de Alberto. No duró mucho: la fallida estatización de Vicentín, el proyecto de reforma judicial y el manotazo presupuestario al gobierno porteño lastimaron las credenciales moderadas del Presidente. Pero la frase mostraba el deseo de una parte importante del establishment de encontrar un atajo para ignorar a los dirigentes con votos y construir una alternativa que ordenara las cosas sin hacer demasiados cambios.

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En este clima polarizado, dicen los téoricos de la grieta, el adversario es retratado como un enemigo; por lo tanto, es lógico que estemos en la situación en la que estamos, sin diálogo, sin consensos, sin acuerdos, a la deriva. Parte de su apoyo bibliográfico, en los casos más sofisticados, viene de la experiencia internacional, donde es cierto que muchos sistemas políticos se han polarizado y que esta polarización ha contribuido a la inmovilidad de los gobiernos y a una incapacidad para responder a demandas sociales. Por eso, un corolario de la teoría de la grieta es que tenemos gobiernos débiles, que intentan moldear el país según sus deseos (y sus compromisos electorales) pero fracasan porque generan una oposición brutal que los paraliza.

Así como el “ni Mauricio ni Cristina” ha perdido popularidad, en buena parte por la defección presidencial y la indiferencia de la opinión pública, siento que la teoría de la grieta se volvió menos dominante en el último año, a medida que escalaron los conflictos en el frente oficialista, pasaron las elecciones de medio término con la primera derrota del peronismo unificado en más de 20 años y entramos en esta pendiente resbaladiza donde está la macroeconomía. El mago de la sartén urgente la tienen el Gobierno y el Frente de Todos y son muy pocos los que le reclaman a Juntos por el Cambio ser parte de la solución de corto plazo. 

2. El problema es la casta

El declive en la popularidad de la teoría de la grieta como gran explicadora de los problemas políticos coincide en el tiempo con el auge de la teoría de la “casta”, especialmente gracias al esfuerzo de Javier Milei. Según la hipótesis de la casta, el problema no son ya los extremistas de las coaliciones o la falta de diálogo sino la clase política en su conjunto, que elige perpetuarse a sí misma mientras ignora o desprecia al ciudadano que se levanta todos los días a trabajar. Al revés que en la grieta, la moderación o los acuerdos no pueden ser soluciones, sino más bien lo contrario: la expresión de pactos conservadores entre cúpulas para retener poder, aumentar el control de la política sobre la sociedad y garantizar la centralidad del Estado.

Hay un componente ideológico en la versión libertaria de la teoría de la casta –los políticos son todos “socialistas” o “comunistas”–, pero su atractivo principal no es la propuesta de un Estado mínimo o una economía desregulada sino, justamente, su juicio sumario contra “los políticos”. Con esta clase política, dicen Milei y sus seguidores, no se puede hacer nada. Hay que reemplazarla por un liderazgo fuerte y valiente dispuesto a romper cosas y rehabilitar la conexión entre el Estado y la sociedad, hoy rota por la traición de la clase política. 

Algo que une a la teoría de la grieta con la de la casta es la tendencia a igualar a Juntos por el Cambio y el Frente de Todos.

Algo que une a la teoría de la grieta con la de la casta es la tendencia a igualar a Juntos por el Cambio y el Frente de Todos. Los anti-grieta lo hacen porque culpan a sus peleas y sus ladridos por la falta de diálogo y acuerdos mínimos. Los anti-casta, porque los ven igualmente responsable de la decadencia y el estancamiento. Los anti-grieta son pro-sistema: quieren elegir a sus mejores partes y todavía confían en que se produzca el Gran Acuerdo Nacional, idealmente con la participación del peronismo no kirchnerista, ese General Alais de la política. Los anti-casta, en cambio, son anti-sistema: hay una podredumbre de raíz en nuestro modo de organización democrática. Esto es lo que veces los coloca en el borde de discursos autoritarios o los lleva a la fantasía de creer que el déficit fiscal se puede arreglar echando asesores del Congreso.

Otra diferencia entre los anti-grieta y los anti-casta es su relación con la sociedad. A su modo, ambos grupos la infantilizan. Mientras que para los anti-grieta los votantes son un asunto menor, referenciado al pasar –porque los grandes acuerdos se firman entre políticos con vocación de diálogo y verdadera conciencia de lo que hay que hacer–, los anti-casta le dicen al votante frustrado, decepcionado y empobrecido de estos años que es completamente inocente, que no tiene la culpa de nada, ni de haber votado a unos ni de haber votado a otros: toda la culpa es de los políticos que te prometieron paraísos y después te los negaron mientras ellos seguían viviendo de la misma manera.

3. El problema es el kirchnerismo

Aunque es el que mejor refleja mi posición actual –si tuviera que elegir cuál es la principal barrera al desarrollo argentino, diría que es el kirchnerismo–, reconozco que el título de este apartado es inexacto, porque distintas personas con ideas parecidas a las mías podrían reemplazarlo por “populismo” o incluso por “peronismo”, según a quién le pregunte. Una versión más precisa, pero menos apta para los títulos, sería que nuestro obstáculo principal para salir del pantano es “una visión anacrónica de la economía y de la vida democrática”, liderada por el kirchnerismo pero que lo excede e incluye a sectores del peronismo, de las organizaciones sociales y de casi cualquier sector social.

El argumento de este grupo es que si las ideas y la cultura política del kirchnerismo se convierten en irrelevantes, el resto del sistema político podrá avanzar en reformas y consensos transformadores, porque los actores restantes al menos se respetarán entre sí (reconocerán la legitimidad del otro, algo que al kirchnerismo todavía le cuesta horrores) y el margen de debate se habrá estrechado. Si, por ejemplo, no hay nadie importante gritando “la emisión no genera inflación” y si la mayoría de diputados y senadores, del partido que fueran, saben que la emisión sí genera inflación, entonces la discusión pasará por otro lado. De un lado, entonces, los que creemos que el acuerdo con el FMI es una hoja de ruta razonable (o incluso laxa) que debería emprender cualquier gobierno. Del otro, los que están en contra: el kirchnerismo, Grabois y cuatro más. Alguien de finanzas lo explicaría así: si se termina el desafío kirchnerista, el riesgo país baja 1000 puntos en un día.

De un lado, entonces, los que creemos que el acuerdo con el FMI es una hoja de ruta razonable (o incluso laxa) que debería emprender cualquier gobierno.

La capacidad de daño de un kirchnerismo envalentonado es infinita, porque no tienen un modelo de país en la cabeza sino sólo una lista de consignas y reclamos. Como en su modelo mental los gobiernos no tienen restricciones de gasto o de autoridad –pueden lograr cualquier cosa si se lo proponen; es decir, que si se niegan a hacer algo es porque son malintencionados–, la discusión con ellos es imposible. Alguna vez me retó un profesor progresista al escucharme decir esto, porque creía que yo estaba expulsando al kirchnerismo del sistema democrático. No es así, le respondí: creo que hay que ganarles muchas veces para que pierdan poder, pero los primeros que se colocan al margen (o por encima) de las restricciones institucionales son ellos, burlándose de los consensos o la de idea de convivencia democrática. Yo no los quiero expulsar, pero me resulta indispensable que sus ideas anacrónicas y su cultura autoritaria se vuelvan marginales electoralmente y pierdan el poco prestigio que todavía tienen.

El detalle complejo de esta posición, sobre el cual no tengo posición tomada, es si hay que ampliar la etiqueta “kirchnerismo” a todo el peronismo. A fin de cuentas, el peronismo no kirchnerista ha hecho muy poco en estos años para compensar los intentos de radicalización de su gobierno. El proyecto de la Corte Suprema de 25 miembros, por ejemplo, impulsado por dos tercios de los gobernadores, debería desacreditarlos completamente para cualquier negociación institucional. Los intendentes del conurbano y sus competidores de La Cámpora, antes enemigos acérrimos, están ahora cada vez más parecidos. La cultura política del peronismo, a fin de cuentas, podría decir alguien, es sólo una. ¿Deberíamos entonces incluir al peronismo entero en el corazón de nuestros problemas? ¿Es el peronismo la causa principal de nuestros problemas y el obstáculo central para nuestro desarrollo? Contra lo que diría, por ejemplo, mi primo Fernando Iglesias, creo que todavía vale la pena buscarle un lugar relevante en el sistema a un peronismo domesticado, que acepte sus limitaciones, renuncie al espíritu de “vamos por todo” y encuentre una nueva encarnación superadora del kirchnerismo. No puede Juntos por el Cambio ocupar el 80% del espacio político, eso no existe. Alguien tiene que haber del otro lado, y prefiero que sea un peronismo antes que un trotskismo o un populismo católico tipo Grabois.

4. El problema es la derecha

Éste es el más fácil de explicar, porque representa el modo de pensar del kirchnerismo y de una parte de sus socios progresistas y de la izquierda radical. La Argentina no tiene problemas profundos o estructurales, dicen, el problema es que a veces ha sido gobernada por neoliberales que tiraron napalm sobre este vergel que era el país conducido por el peronismo. La derecha no tiene ideología, tiene intereses, dicen los sociólogos de a pie que pululan en las redes o en las radios oficialistas, y ahí está la raíz de su cosmovisión: no existe antiperonista gratis. Cualquiera que se oponga al peronismo está animado o por una psicología perversa o porque se está haciendo rico en el camino. Nunca una posición antiperonista es legítima: ¡nos critican por nuestros aciertos! 

 

 

El otro día, desde la cuenta de Seúl en Twitter armamos una encuesta para hacerles a nuestros seguidores la pregunta principal de este artículo (cuál es el principal obstáculo político de la Argentina) y les dimos las mismas cuatro opciones de los capítulos de más arriba. El resultado, sobre casi 2.600 votos, tiene un problema de muestra sesgado, y por eso no hay que tomarlo demasiado en serio. (Ganó “el populismo / kirchnerismo” con el 79% de los votos.) Lo que más me interesó fueron las respuestas al tuit inicial –muchas menciones a alguna variante de “los argentinos”– y, especialmente, las que sugerían una quinta opción: el corporativismo, que no es en sí un problema de sistema político sino de organización más amplio pero que cada día que pasa empieza a estar más presente en el diagnóstico.

En fin, el momento es muy complicado, la inestabilidad puede acelerarse y todos estos marcos de referencia pueden ser atropellados en dos semanas por los tractores de la Historia. Pero insisto en que no es una pregunta banal: muchas de las estrategias electorales y de gestión del próximo gobierno estarán influidas por cómo respondan los actores a esta pregunta. El primer paso es saber que la pregunta existe.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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