BERNARDO ERLICH
Domingo

Cómo salvar a
la democracia liberal

Asediada por la derecha populista y la izquierda identitaria, está a la defensiva. En parte se lo merece, dice Francis Fukuyama en su nuevo libro. Pero las alternativas son peores.

Francis Fukuyama se hizo famoso hace 30 años con El fin de la historia y el último hombre, donde decía que el declive del comunismo en Europa había marcado el final de las grandes disputas ideológicas y universalizado a la democracia liberal como “la forma final del gobierno entre humanos”. El libro tuvo tanto éxito que pronto (inevitablemente) fue malinterpretado. En la década de los ‘90, cada vez que un manifestante le tiraba una piedra a un policía en cualquier lugar del mundo, un politólogo progresista mascullaba para sus adentros (todavía no había Twitter): “Che, avisenlé a Fukuyama que la Historia no terminó, jeje”.

Lo cierto es que Fukuyama no decía que con el fin de la historia ya no habría acontecimientos o conflictos políticos: sólo describía un proceso (la palabra fin puede ser tanto “final” como “motivo”) y decía que esos nuevos conflictos ocurrirían dentro del marco de referencia de la democracia liberal. O al menos en esa dirección. En términos generales uno puede decir que tuvo razón. Ni hechos históricos sumamente disruptivos, como los atentados a las Torres Gemelas o la crisis financiera de 2008, pusieron en duda la primacía de la democracia liberal como el modelo más desarrollado de gobierno, que además les había permitido a sus practicantes más de medio siglo de paz y prosperidad nunca vistas antes.

Incluso hoy, que Fukuyama está bastante preocupado por el asedio de la derecha populista y la izquierda identitaria, el punto de referencia sigue siendo el modelo liberal, con sus reglas, sus élites y sus discursos: nacionalistas y populistas de izquierda y de derecha saben qué quieren destruir, pero ninguno ha propuesto un modelo integral de reemplazo y mucho menos lo ha implementado con éxito. Esta nitidez destructora con borrosidad constructora se aplica a Donald Trump, a Hugo Chávez, a Jair Bolsonaro, a Viktor Orban y también, por supuesto, a Cristina Kirchner, que siempre tuvo más claros sus enemigos que su visión de país.

Esta nitidez destructora con borrosidad constructora se aplica a Donald Trump, a Hugo Chávez, a Viktor Orban y también, por supuesto, a Cristina Kirchner.

En 2004, tras el fracaso de la invasión a Irak, Fukuyama abandonó el grupo de los intelectuales neo-conservadores, al que había pertenecido desde los ‘80, y se convirtió en una especie de paloma, tanto en política exterior como en lo económico e incluso lo social. Pero siempre defendiendo muy claramente los valores liberales sobre los cuales nuestras sociedades llevan apoyándose hace tres siglos y bajo los cuales hemos construido nuestras constituciones: gobiernos limitados, libertad de expresión, imperio de la ley, autonomía para cada persona, racionalidad (ciencia) como forma de argumentación. Desde entonces se concentró en su tarea intelectual, publicando largos tomos sobre la historia del orden político, a los que en los últimos años agregó intervenciones más urgentes sobre el estado de la democracia. La última de estas intervenciones se llama Liberalism and its discontents y se publicó el martes pasado (todavía no hay versión en castellano).

Descontentos con el liberalismo

El libro no es pesimista –Fukuyama todavía cree que la democracia liberal puede reinventarse y seducir– pero sí refleja la perplejidad de muchos analistas centristas sobre lo que ha pasado en estos últimos años. Tienen un diagnóstico claro, que a menudo incluye una autocrítica sobre las promesas incumplidas del liberalismo (la autocrítica de Fukuyama en Liberalism and its Discontents es, en mi opinión, exagerada), pero parecen bloqueados o poco imaginativos a la hora de proponer soluciones. A Fukuyama le pasa lo mismo: como muchos otros libros de análisis político, tiene mucho diagnóstico y poca propuesta.

Su mensaje final es, como decíamos en una época en Twitter Argentina: nos calmemos. Moderémonos: “Recuperar un sentido de moderación, tanto individual como comunitario, es clave para el renacimiento –diría más: la supervivencia– del propio liberalismo”, escribe Fukuyama cerca del final. Pero ahí se le acaban las recetas: el sabor de boca que queda después de leerlo es que el autor está un poco resignado a los vientos de la Historia y que aquel fin de su fin de la Historia (la hegemonía democrática-liberal) quizás se demore más de lo previsto.

Esta melancolía de Fukuyama cambió en los últimos meses, después de la conmovedora resistencia de Ucrania a la invasión de Rusia. No llegó a ponerla en el libro, porque lo terminó antes, pero a principios de marzo pronosticó en American Purpose, la revista digital liberal que fundó el año pasado, que Rusia va a ser derrotada en Ucrania y que esa derrota sacará a Occidente de su pánico actual sobre el deterioro de la democracia global. “El espíritu de 1989 seguirá vivo –escribió, recordando su primer hit intelectual–, gracias a un puñado de valientes ucranianos”.

Esta melancolía de Fukuyama cambió en los últimos meses, después de la conmovedora resistencia de Ucrania a la invasión de Rusia.

Esta idea sobre el efecto de Zelensky y sus compatriotas en Occidente me estuvo rondando la cabeza todas estas semanas. Mientras europeos y norteamericanos de todo tipo vienen bajándole el precio a las instituciones de la democracia liberal, quejándose de que no sirven para nada, tenemos a estos ucranianos dando literalmente sus vidas por querer ser una democracia liberal. Los europeos piensan en la Unión Europea y dicen “uf, qué desastre”. Los ucranianos, en cambio, están dispuestos a morir por ser un país de la Unión Europea. A ver si los europeos se dan cuenta de la suerte que tienen.

El largo asedio

En el libro, Fukuyama presenta un liberalismo –entendido en su sentido más amplio y clásico, fundado políticamente en la Revolución Francesa– tironeado por derecha y por izquierda que, además, es en parte culpable de las reacciones que genera. Reconoce que no es la primera vez que hay un asedio sobre el liberalismo (los románticos del siglo XIX lo acusaron de estéril y cientificista; los nacionalistas del siglo XX, de universalista y poco patriota) y que este nuevo ataque es más sobre los valores liberales que sobre la democracia electoral. ¿En qué es culpable el liberalismo de su crisis actual? Fukuyama traza dos trayectorias recientes, en ambos casos por valores liberales llevados a su extremo, ambos a partir de los ‘70, uno desde la derecha económica (lo que luego se llamó “neoliberalismo”) y otro iniciado en la izquierda académica (lo que luego se llamó “identitarismo”).

En lo económico, dice que el auge del “neoliberalismo” posterior a los ‘80 llevó al extremo la autonomía económica de los individuos, lo que generó desigualdad, pobreza e inestabilidad. Me pareció la parte más floja del libro. Fukuyama primero declara un paraíso perdido: los treinta años gloriosos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, “el pico más alto de la democracia liberal”, cuando mercado, Estado y sociedad se combinaron armoniosamente. A partir de los ‘80, en cambio, vinieron los ortodoxos de la Escuela de Chicago, cuyas desregulaciones y privatizaciones “pusieron los cimientos para el surgimiento del populismo al final de la década de 2010”.

Fukuyama no es el único que dice esto, pero la causalidad sigue sin quedarme clara. Liberalism and its Discontents ni siquiera intenta establecerla, pero uno supone un argumento según el cual el aumento de la desigualdad en los países ricos generó un clima fértil para el resentimiento populista. Sin embargo, en los países anglosajones, donde más profundamente se hicieron esas reformas, el populismo llegó no de la mano del resentimiento de clase sino de un resentimiento contra las élites cosmopolitas, los medios de comunicación, los políticos tradicionales. Y fue aprovechado y atizado por partidos conservadores, no por la izquierda.

Mi impresión es que Fukuyama, en este punto, discute con un mundo que ya no existe.

Mi impresión es que Fukuyama, en este punto, discute con un mundo que ya no existe. Menciona varias veces, por ejemplo, la influencia de Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal entre 1987 y 2006, que sí era un halcón de la austeridad y la lucha contra la inflación. Pero los últimos 15 años han sido bastante poco greenspanianos, menos caracterizados por la austeridad que por la emisión de dólares para evitar o suavizar recesiones. De hecho, la inflación actual en Estados Unidos y en Europa se debe, en una parte no menor, a esta generosidad de sus bancos centrales. O sea que el populismo y el resentimiento en estas sociedades creció cuando ya el paradigma de la “era de la moderación” de Greenspan ya había terminado.

En lo político-social, Fukuyama dice que la búsqueda de igualdad en cuestiones raciales, de género y de diversidad sexual emergieron inicialmente “como un esfuerzo para cumplir la promesa de liberalismo”. Las luchas por los derechos civiles, el feminismo y el movimiento LGBT buscaban que la democracia liberal cumpliera su promesa de tratar a todos con la misma dignidad y el mismo respeto. Con el tiempo, sin embargo, esta trayectoria derivó en un movimiento antiliberal, por su obsesión con los derechos de los grupos (y no de los individuos) y porque abandonó la universalidad de la especie humana para decir que las experiencias de, por ejemplo, un varón blanco y una mujer negra son estructuralmente diferentes entre sí, imposibles de comprender para alguien de fuera del grupo.

Esta deriva, cuyos orígenes intelectuales Fukuyama coloca en filósofos franceses como Derrida (que cortó el cable entre el lenguaje y la realidad) y Foucault (que inició la manera de ver al lenguaje como otro mecanismo de opresión), impactó también en otros valores liberales centrales, como la libertad de expresión (lo que se conoce como cultura de la cancelación) y la posibilidad de llegar a la verdad a través de la ciencia. Desde Derrida y Foucault la izquierda le pegó tanto a la ciencia –“sólo es otro texto, tan válido como la poesía o la publicidad”–, que le quitó credibilidad y ahora se aprovechan de ello sectores de la derecha populista, como los antivacunas, dice Fukuyama. Los académicos estructuralistas decían que el lenguaje del Estado y las corporaciones era un discurso para justificar su dominación, contra el que había que reaccionar con pensamiento crítico. Ahora los antivacunas dicen que el lenguaje de la ciencia es una mentira del gobierno y los laboratorios para oprimir a las masas. Y que sólo están ejerciendo su propio derecho al pensamiento crítico. En fin. Coincido con Fukuyama en que es insólito que quienes llevan medio siglo profundizando el nietzscheano “no existen los hechos, sólo existen las interpretaciones” ahora se quejen de las fake news o del éxito de las mentiras de, por ejemplo, Trump.

Optimismo ‘churchilleano’

En las primeras reseñas de Liberalism and its Discontents (recuerden que sólo se publicó hace cinco días), vi un énfasis exagerado por describirlo como una apasionada defensa del liberalismo democrático frente a estas amenazas autoritarias por izquierda y por derecha. No lo sentí así. Me pareció más un esfuerzo intelectual por entender los linajes filosóficos de estos planteos y por describir los problemas de las democracias liberales actuales. La parte de la defensa tiene un tono tan “eh, no es gran cosa, pero es la opción menos mala” que literalmente adapta la famosa frase de Winston Churchill sobre la democracia para escribir, al final del capítulo seis: “El liberalismo es la peor forma de gobierno, con la excepción de todas las demás”.

Zelensky y sus muchachos parecen haberle devuelto el entusiasmo al amigo Fukuyama. Ojalá así sea, porque las amenazas son reales y porque la democracia liberal, aun con sus demandas insatisfechas, es con mucha diferencia el mejor sistema político inventado hasta ahora para impulsar el florecimiento de esta gran familia que somos los homo sapiens. Y, como decía Fukuyama hace 30 años (sigue teniendo razón), no asoma nada en el horizonte que la pueda superar.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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