LEO ACHILLI
Domingo

Samurái escéptico

A 40 años de la muerte de Michel Foucault, su obra filosófica revela a un pensador de una libertad total, ajeno a cualquier intento de encasillamiento.

Creo haber sido localizado una tras otra, y a veces simultáneamente, en la mayoría de las casillas del tablero político: anarquista, izquierdista, marxista ruidoso u oculto, nihilista, anti-marxista explícito o escondido, tecnócrata al servicio del «gaullismo», neoliberal. Un profesor americano se lamentaba que se invitara a los Estados Unidos a un criptomarxista como yo, y fui denunciado en la prensa de los países del Este como un cómplice de la disidencia. Ninguna de estas caracterizaciones es por sí misma importante; su conjunto, por el contrario, tiene sentido. Y debo reconocer que esta significación no me viene demasiado mal.
–Michel Foucault, 1984

 

París, 2 de junio de 1984. Michel Foucault se desmaya en su departamento de la Rue de Vaugirard en el coqueto distrito XV. Luego de pasar unos días en una clínica cercana, es trasladado al Hospital de la Pitié-Salpêtrière, que curiosamente ha sido objeto de análisis en su Historia de la locura, publicado hace más de dos décadas. El filósofo no deja de toser y atraviesa lo que parece una mala gripe. Desde 1981 los medios hablan de una nueva enfermedad, descripta como un “cáncer gay”, que afecta particularmente a los hombres homosexuales, pero Foucault no se toma muy en serio estas primeras informaciones. “Déjales a los norteamericanos puritanos la tarea de inventar una enfermedad que afecta y mata solamente a los gays”, dice. “Es demasiado perfecto”. Sin embargo, unos meses antes, entre febrero y marzo, ya debilitado, dictó sus clases finales en el Collège de France y durante su último invierno le confesó a su amigo y mentor Georges Dumézil: “Creo que de verdad me contagié de sida”.

En aquellos iniciales años de la década del ’80, el desconocimiento minaba toda certeza sobre este nuevo virus sin tratamiento, pero según Paul Veyne, historiador e íntimo amigo del pensador, Foucault no le tenía miedo a la muerte: “La sabiduría antigua se le había vuelto personal también de otra manera”. Lo que Veyne quería subrayar era que sus años finales, abocados al estudio de la filosofía griega, romana y helenística, y que eran material de los últimos tomos de la Historia de la sexualidad, de algún modo lo habían familiarizado con la forma estoica de vincularse con la muerte e incluso con el suicido como expresión de la voluntad personal frente a dolores mayores.

Foucault murió el 25 de junio de 1984 por la tarde, París estaba luminosa en pleno verano y se dice que los días previos hacía chistes, recibió visitas de sus amigos y afirmó que le gustaría volver a Andalucía, donde el año anterior había pasado una temporada con su pareja, Daniel Defert. El último adiós al filósofo convocó una multitud variopinta formada por amigos, académicos, alumnos y su familia. Gilles Deleuze, con quien no había tenido vínculo desde 1977 por diferencias políticas y filosóficas, leyó un fragmento del prólogo de El uso de los placeres, segundo tomo de la Historia de la sexualidad, y su madre dispuso una ceremonia católica en la cual el hermano dominico Michel Albaric, director de la biblioteca de Saulchoir, donde Foucault investigó fuentes para sus libros, realizó una homilía.

La muerte de Foucault hace 40 años, lejos de ser el cierre de algo, fue el comienzo de una historia.

La muerte de Foucault hace 40 años, lejos de ser el cierre de algo, fue el comienzo de una historia. Su legado filosófico, a pesar de que su testamento de 1982 había explícitamente dejado dicho pas de publication posthume (ninguna publicación póstuma), iniciaba un recorrido que con el paso de las décadas se iba a robustecer, agigantar, tornarse influyente, ser admirado, estudiado y criticado, permitir acercamientos tan diversos como opuestos y generar ríos de tinta tanto en la academia como en los medios masivos. La obra de Foucault ya es un clásico de la filosofía francesa no sólo porque haya sido reeditada en 2015 en la prestigiosa colección de La Pléiade, a la par de Montaigne y Voltaire, sino porque, a pesar de sus indicaciones, no ha parado de crecer luego de la muerte del filósofo.

En primer lugar, de sus 12 libros publicados en sus 57 años de vida sin duda cuatro ya son textos esenciales de la filosofía del siglo XX: Historia de la locura en la época clásica (1961), Las palabras y las cosas (1966), Vigilar y castigar (1975) e Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber (1976). Todos son citados exponencialmente desde diferentes tradiciones, disciplinas y miradas, elogiados y repudiados, polémicos e iluminadores, provocadores y eruditos, pero presentes en el archivo indispensable del pensamiento contemporáneo, que nos han aportado nuevos conceptos como “episteme” y “dispositivo” para pensar el discurso y el poder. En segundo lugar, sus Dits et écrits, lanzados en 1994, que compilan sus intervenciones en medios, entrevistas, conferencias y textos dispersos, a veces resultan tan importantes como sus libros, por permitirnos descubrir las posiciones de Foucault sobre temas de actualidad y política. En tercer lugar, sus trece cursos del Collège de France, editados a partir de 1997, que nos permiten tener conocimiento sobre problemas que Foucault no tocó en sus libros editados en vida (por ejemplo, el liberalismo y el cristianismo) y que dieron origen al “Foucault oral”. En cuarto y último lugar, a partir de 2018, el inicio de la edición de sus textos guardados por su pareja Daniel Defert, luego vendidos al Estado francés y que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia; este archivo, que se ha tornado una cantera inagotable y tiene su punto de partida con la edición de Las confesiones de la carne, el cuarto tomo de la Historia de la sexualidad, consiste mayormente en trabajos del joven Foucault y nos posibilita redefinir en gran medida toda su obra desde una mirada integral.

La redefinición del poder

Desde mi perspectiva, el gran aporte de la filosofía foucaultiana ha sido su analítica del poder. Foucault abrirá otra manera de abordar esta cuestión: para la tradición liberal el poder es pensado en términos de contrato (poder que cede el individuo al Estado para proteger sus derechos); para el marxismo el poder será esencialmente negativo, represivo, una modalidad por medio de la cual la clase dominante somete a los subalternos mediante la explotación; por su parte, para Nietzsche el poder era básicamente una tensión de opuestos en pugna, es decir, un estado de guerra que se soluciona provisoriamente cuando uno se impone a partir del ejercicio de la voluntad sobre el otro.

Foucault, por el contrario, pensó el poder como una relación diseminada, reversible y que no implica necesariamente coacción ni violencia sino, al revés, se trata de una forma de conducir a otros mucho más sutil (desde el poder pastoral sobre los fieles hasta la persuasión de un padre sobre un hijo o la prescripción de un médico sobre un paciente). Ejercer el poder es conducir conductas y si bien según la óptica foucaultiana no tiene exterioridad, ya que somos producidos desde que nacemos por sus mallas, sí podemos resistir desde dentro la forma en que somos conducidos, es decir, gobernados. En resumen: el poder para Foucault no es represivo sino al contrario, es productivo, es un circulante (como el dinero) que nos afecta a todos por igual (conducimos o somos conducimos alternativamente), así como tampoco está localizado de modo exclusivo en el Estado. Esta analítica es absolutamente innovadora.

Otro aporte central de la filosofía foucaultiana es su manera original de pensar la sexualidad, por fuera de las miradas freudo-marxistas, a contrapelo de los movimientos emancipatorios de las décadas del ’60 y ’70, en línea con sus postulados sobre el poder. Foucault descreía de la “hipótesis represiva”, más bien decía que nuestra sexualidad desde el siglo XIX había sido producida por dispositivos médicos, psiquiátricos y jurídicos, y que por tanto éramos categorizados como normales y anormales por autoridades que inscribían sobre nosotros identidades (heterosexual, homosexual, etc.) en función de pautas disciplinarias históricamente determinadas. Por consiguiente, más que buscar “salir del closet” y afirmar una identidad “oculta”, había que crear nuevas formas de vida que no pudieran ser encriptadas por otros. Foucault revalorizó el término “placer” contra la hegemonía militante y psicoanalítica que hizo del “deseo” la clave de la subjetividad; para el filósofo francés, por el contrario, más que “liberar el deseo” (algo ingenuo a sus ojos, ya que no había “deseo puro” o no reprimido en la medida en que éramos producidos desde cero por relaciones de poder) había que inventar nuevos placeres: sólo así el deseo continuaría, afirmaba.

Foucault revalorizó el término “placer” contra la hegemonía militante y psicoanalítica que hizo del “deseo” la clave de la subjetividad.

Ahora bien, uno de los textos más deslumbrantes de este “nuevo” Foucault que estamos descubriendo a partir de la apertura del archivo es un libro inédito titulado Le Discours philosophique (próximamente traducido por Siglo XXI) y que por mucho tiempo se pensó que era un curso que el filósofo había dictado en Túnez en 1966-1967. En este libro Foucault recupera la pregunta tradicional “¿qué es la filosofía?”. Y proporciona la siguiente respuesta: es un discurso específico e históricamente determinado. Apoyándose en Nietzsche y yendo más allá es que el filósofo focalizará en el presente, en la actualidad, en el “hoy” que constituye la materia prima que la filosofía tiene que revelar mediante su discurso. En otros términos, el filósofo tiene que decir aquello que existe hoy a diferencia de las capas del pasado. El estatus de este “ahora” requiere encontrar y hacer visible la dimensión “extralingüística” de toda situación enunciativa, vale decir, la fijación del momento histórico desde el cual se produce este discurso.

Foucault sostendrá que la filosofía, desde Descartes, no es simplemente un discurso que responde a preguntas muy antiguas: por el contrario, el siglo XVII introduce una discontinuidad que consiste en que los objetos metafísicos tradicionales (Dios, el alma o el mundo) son dejados de lado y cooptados por la teología o las ciencias. Después, a fines del siglo XVIII, Kant, según Foucault, radicaliza el “fin de la metafísica” demarcando el carácter inaccesible en términos de conocimiento de estos objetos de reflexión clásicos. Por consiguiente, lo que se demanda al discurso filosófico contemporáneo a partir del siglo XIX será, según Foucault, revelar el “acontecimiento” desde el cual se habla y el cual nos condiciona. Los “actos filosóficos” según la perspectiva foucaultiana son básicamente un trabajo de diagnóstico: ¿quién somos hoy? ¿Qué es este “hoy” en el cual vivimos?

Filosofar luego de Nietzsche, consistirá, según la aproximación de Foucault, en asumir la discontinuidad histórica evidenciada por la forma de “diagnóstico”. Foucault, de esta manera, al colocarse en la tradición post-nietzscheana, presenta la filosofía como una forma de “medicina de la cultura” en tanto que ésta tiene por función diagnosticar a partir de síntomas culturales del presente un “acontecimiento” que nos permite diferenciar el “hoy” del pasado y dejar en evidencia la relación de fuerzas que hacen posible este movimiento. Sin embargo, el filósofo contemporáneo será un médico que “no cure”, es decir, sólo le corresponderá diagnosticar a partir de la sintomatología social, pero no prescribir, no bajar línea, no asumir una figura de pontificado ni caer en el pomposo rol del “intelectual comprometido” que nos dice qué hacer. El discurso filosófico contemporáneo, después de la Segunda Guerra Mundial, consistirá según Foucault en hacer una “historia del presente”. Esta “filosofía del acontecimiento”, al mostrar la ilusión de la inmovilidad y la universalidad, de igual modo que la transformación de los valores y los dispositivos, abre la posibilidad para pensar desde perspectivas nuevas que modifican los modos de vida.

Liberales y libertarios

Un ejemplo de la filosofía como diagnóstico del presente practicada por Foucault podemos observarla en lo que denomino el “acontecimiento libertario”, y que resulta fascinante visto a la luz de nuestra actualidad por razones obvias. En septiembre de 1978 Foucault comienza a colaborar con el medio italiano Corriere della Sera mediante una serie de intervenciones que llama “reportajes de ideas”, junto a un equipo que estará conformado por su amigo Thierry Voeltzel y dos jóvenes intelectuales y promesas de aquel entonces, caracterizados por la prensa como los “nuevos filósofos”: André Glucksmann y Alain Finkielkraut. El objetivo que Foucault había definido en este proyecto periodístico-intelectual era explorar por medio de viajes al lugar de los hechos los fenómenos sociales y políticos que producían nuevas ideas y que por alguna razón capturaban su interés desde el punto de vista filosófico. Serán tres estos acontecimientos: la revolución islámica del Ayatolá Khomeini en Irán (cubierta por el propio Foucault), los boat-people de Vietnam (refugiados que huían de la guerra contra Estados Unidos) que tomará Glucksmann y la aparición de una nueva derecha libertaria en los Estados Unidos de la administración Carter, donde viajará Finkielkraut.

Respecto de este último suceso resulta evidente el interés creciente de Foucault por la “cuestión libertaria” hacia fines de la década del 1970, particularmente entre 1978 y 1980, no sólo por la decisión periodística de enviar un corresponsal al campo que producía estas ideas sino también por los apuntes y las notas foucaultianas que encontramos en la caja 19 titulada Économie, libéralisme de Smith à Hayek depositada en el Archivo Foucault de la Biblioteca Nacional de Francia. Estas 404 hojas de fichas de lectura escritas de puño y letra por el filósofo son un documento que certifica el interés teórico que tenía por estudiar en aquel momento la tradición liberal en toda su diversidad (sea en su acepción clásica, así como los liberalismos del siglo XX y la especificidad libertaria americana). Los autores más citados en estas fichas serán Friedrich von Hayek, Antoine-Élysée Cherbuliez, Thomas Malthus, Adam Ferguson, François Bilger y Wilhelm Röpke; estos nombres revelan un interés particular de Foucault en la Escuela de Friburgo y en la Escuela Austríaca de Economía, así como un análisis que ponía el énfasis en la emergencia de una racionalidad de gobierno nueva que tenía por finalidad la reconstrucción del Estado alemán luego del nazismo.

Estas notas serán la materia prima que constituirá el corpus de su curso Nacimiento de la biopolítica, que impartirá en el ciclo lectivo 1978-1979 del Collège de France, que se editará en 2004 y su versión castellana en 2007. Ahora bien, si hacemos un rastreo en estas clases buscando las huellas que el “acontecimiento libertario” despertaba en Foucault y que resulta claro en su trabajo periodístico y de investigación filosófica, podemos detectar seis alusiones a los términos “libertario”, “anarcocapitalismo” y “anarcoliberalismo”. Foucault identifica con nitidez a los liberales radicales estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX, a quienes llama de manera precisa “libertarios”, para diferenciarlos de los liberales alemanes, también conocidos como “ordoliberales”, que no responderán de igual forma a las características utópicas del liberalismo-libertario. El filósofo francés menciona expresamente el “anarcocapitalismo norteamericano contemporáneo” que parece remitir de manera directa a Murray Rothbard, padre de esta vertiente radical de mercado, a quien Foucault no menciona nunca, pero cuyo conocimiento podemos inferir al estudiar las fuentes de su curso, dentro de las cuáles se encuentran la antología American Radical Thought. The Libertarian Tradition de Henry Silverman (1970) y Demain le capitalisme de Henri Lepage (1978), donde este autor es citado.

El “acontecimiento libertario” se torna visible en las clases de Foucault dado que en sus intervenciones remarca lo “actual” o “contemporáneo” del libertarismo estadounidense.

De esta manera, el “acontecimiento libertario” se torna visible en las clases de Foucault dado que en sus intervenciones remarca lo “actual” o “contemporáneo” del libertarismo estadounidense. Resulta asombrosa la capacidad para diagnosticar el presente, “su presente”, por parte de Foucault, algo que se hace más contundente al verificar que el único “reportaje de ideas” del proyecto periodístico publicado en formato libro será la contribución de Finkielkraut que tiene unas palabras de apertura de Foucault. Editado en Italia en enero de 1980 con el título La revancha y la utopía este breve texto puede operar como un documento más, poco conocido, que nos dice mucho también del ejercicio de la filosofía para Foucault como análisis de la actualidad.

En nuestros días el “acontecimiento libertario” es hegemonizado por las nuevas derechas radicales pero, como nos mostró el propio Foucault en su analítica de la cuestión liberal, no necesariamente “lo libertario” y mucho menos la noción de “libertad” debe ser patrimonio de los movimientos reaccionarios; por el contrario, podemos aproximarnos a nuevas ontologías del presente que generen las condiciones y la disposición para disputar “lo libertario” desde una lógica progresista, para inventar, como propuso el propio Foucault, una gubernamentalidad de izquierda tomando incluso herramientas liberales donde la autonomía de los cuerpos tenga un lugar central.

La forma de hacer filosofía a partir de diagnósticos de acontecimientos de este samurái escéptico, dandy, libertario, sadomasoquista, viajero y “fervientemente anticomunista”, según la biografía de Didier Eribon, incomodaba a la izquierda (que lo consideraba imprevisible y desconcertante) y a la derecha (por su inconformismo y mirada satírica sobre la solemnidad de las tradiciones). Aún hoy los marxistas y populistas de izquierda que no tratan de hacer su “Foucault a la carta” (omitiendo las partes que no les convienen), lo consideran demasiado individualista, estetizante y su flirteo teórico con el liberalismo hacia fines de los ’70 los irrita, cuando en verdad no entienden o no admiten que Foucault estaba precisamente buscando reinventar una racionalidad de gobierno de izquierda propicia para tiempos posrevolucionarios y antiautoritarios, por fuera de las implantaciones comunistas en Europa del Este de las que siempre fue muy crítico; algunas pistas para pensar esta izquierda democrática Foucault las veía en la socialdemocracia alemana de Helmut Schmidt o en la segunda izquierda de Michel Rocard (el ala liberal del socialismo francés), con quien tenía contacto, y la podríamos describir como una anticipación de la tercera vía de Blair y Clinton (el “neoliberalismo progresista”, según la definición de Nancy Fraser).

Foucault anti woke

La derecha reaccionaria ha hecho de Foucault el causante de todos los males de la deriva identitaria encarnada en la llamada “cultura woke”, cuando sólo basta leerlo para darse cuenta de que Foucault siempre criticó las identidades (particularmente, las sexuales) por considerarlas trampas o jaulas que nos impiden diferenciarnos y por ser categorías que otros (médicos, psiquiatras, jueces) colocan sobre nosotros (incluso el “coming out” le resultaba una forma de imposición que implicaba revelar una “verdad interior” que no existía). En rigor, lo que a la derecha le molesta de Foucault es que haya estimulado la creación de nuevos modos de vida disidentes y la proliferación de nuevos placeres, que haya abierto la posibilidad para la emergencia de una pluralidad de estilos de existencia individuales o comunitarias (gays, sadomasoquistas, taoístas, hippies, lisérgicas, etc.), que en gran medida descubriría en sus viajes a los Estados Unidos. Esta derecha que se dice “anti-woke” en verdad encarna ella misma una variante de la política de la identidad, la que cristaliza las identidades nacionales, religiosas o la familia tradicional (bajo la hipócrita defensa del “universalismo”) y combate las nuevas subjetividades minoritarias que Foucault justamente consideraba convergentes con esquemas de gobiernos liberales que las contenían, respetaban e incluso producían.

Los enemigos de Foucault ignoran ciertas posiciones que mantuvo, a saber: su postura pro-israelí en ocasión de una resolución de la ONU de 1975 que declaraba al sionismo como una forma de racismo, a la cual repudió; su rechazo del terrorismo en 1977 en el contexto de una discusión sobre el pedido de extradición del abogado de la banda de Baader (Foucault sostenía el derecho al asilo del letrado en Francia y a la defensa en juicio del grupo militante, pero legitimaba a Alemania Federal como un Estado democrático frente a otros intelectuales que lo tildaban absurdamente de “fascista”); la reunión que organizó con los disidentes soviéticos en junio de 1977 a modo de protesta por la visita de Brezhnev a París; su perspectiva liberal (sí, usaba este término) en 1978 para oponerse a la cruzada homofóbica encabezada por Anita Bryant en los Estados Unidos; su apoyo en 1982 al movimiento de libertad sindical Solidaridad de Lech Walesa contra el gobierno comunista polaco; su crítica a la generación de dependencia y burocracia como efectos colaterales del Estado de bienestar en 1983 y la defensa de los derechos de una ciudadanía internacional frente a los abusos de poder de los gobiernos nacionales en 1984.

En los últimos años se han publicado las traducciones de libros que permiten conocer con documentación detallada el vínculo de Foucault con la cultura estadounidense.

En este sentido, en los últimos años se han publicado las traducciones de libros que permiten conocer con documentación detallada el vínculo de Foucault con la cultura estadounidense, y particularmente con California, como Foucault en California, de Simeon Wade, y Foucault y el fin de la revolución. El último hombre toma LSD, de Daniel Zamora y Mitchell Dean. Ambos textos nos ofrecen análisis afines a posiciones liberales en los últimos años del filósofo francés que en algún momento dijo que si hubiera sido más joven habría emigrado a los Estados Unidos porque no se sentía cómodo en Francia y que le hubiera gustado “devenir californiano”. Este tipo de lecturas, opuestas a cierta mirada hegemónica del pensamiento de Foucault en América Latina, reductiva y demasiado virada hacia la izquierda, abren otro tipo de perspectivas que nos permiten observar con mayor amplitud la totalidad de un recorrido intelectual que tuvo diferentes modulaciones políticas y que en Foucault y el liberalismo (2020) sostuve por primera vez en un libro escrito en castellano sobre la filosofía foucaultiana.

Por supuesto que cometió errores (personales, políticos), los filósofos no son santos ni jueces, son hombres atravesados por la historia y las pasiones. Lo que más admiro de Foucault es su absoluta libertad de pensamiento, que implica asumir riesgos y que se agranda en estos tiempos de sesgos de confirmación y compartimentos estancos donde se lee sólo aquello que avala y reafirma nuestras creencias. Foucault rompió límites que ningún otro intelectual del campo progresista transgredió en su época al tomar en consideración corpus de lecturas ajenos como objetos de estudio serios y no meramente como material de denuncia. Si a 40 años de su muerte Foucault todavía nos sigue hablando, molestando, incomodando, iluminando o modificando nuestra forma de pensar y habitar el mundo es porque su filosofía está más viva que nunca.

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Luis Diego Fernández

Filósofo, profesor e investigador. Su último libro es Utopía y mercado. Pasado, presente y futuro de las ideas libertarias.

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