LEO ACHILLI
Domingo

Yo te creo, hermano

El problema de las falsas denuncias por violencia de género (y una posible solución), contado por una de sus víctimas.

La vida a veces nos presenta retos inesperados que nos llevan a enfrentar situaciones difíciles y dolorosas. Durante mis dos mandatos como diputado nacional del PRO por la provincia de San Juan, entre 2013 y 2021, apenas tuve noticias de las denuncias falsas por violencia de género. Sabía del caso de Agustín Muñoz, el joven de Bariloche a quien una de estas falsas denuncias lo habían llevado al suicidio, pero no mucho más. Hasta que a fines de 2020 los diarios de San Juan publicaron una noticia que en el panorama político local cayó como una bomba: una denuncia por violencia de género contra un diputado nacional de la oposición. Ese diputado era yo. Fue un golpe devastador.

La denuncia fue presentada por Gimena Martinazzo, a quien yo mismo había convocado a militar en el PRO en 2010 y con quien hasta entonces tenía una relación amistosa, aunque luego en su acusación afirmó haber sido pareja mía y así fue como se la mencionó en todas las noticias iniciales sobre el caso. Paradójicamente, Martinazzo era también la suplente que ocuparía mi banca en el Congreso ante la eventualidad —remota, imaginaba yo— de que renunciara o fuera expulsado. La acusación se presentó el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, lo que, me pareció después, mostraba desde el principio una intención de manipular la situación.

En medio de la confusión inicial fui contactado por Paola Miers, abogada y dueña de un centro de estética, conocida en San Juan por ser militante de la causa provida y, más recientemente, como candidata a gobernadora por Rugido de Libertad, un espacio alineado nacionalmente con el de Javier Milei (pese a que, tras los malos resultados, éste prefirió desligarse.). Miers me aseguró entonces que contaba con pruebas contundentes de que la denuncia contra mí era falsa. De acuerdo a su relato, Martinazzo había acudido a su centro de estética un día después de las supuestas agresiones físicas contra ella. Y en las fotos que les suele tomar a los pacientes antes de cada tratamiento no había rastro alguno de violencia. Me reuní con Miers y, efectivamente, me mostró esas fotos que yo podría usar como prueba irrefutable. Caí en llanto de la emoción, supuse que el final de esta situación estaba cerca. Bastaría con que Miers presentara al día siguiente las fotos en la Justicia para que mi pesadilla terminara.

En aquellos momentos de conmoción, parecía que el mundo entero se confabulaba contra mí y a nadie parecía importarle lo que yo tuviera para decir o demostrar.

Pero no fue así. Cuando Miers declaró frente al juez, sorpresivamente negó haber tenido contacto conmigo o con Martinazzo. Incluso negó haberla atendido. Los mensajes y llamadas registradas que demostraban que esto era mentira, pero esto sólo serviría como prueba mucho más adelante. Lo cierto era que, en aquellos momentos iniciales de conmoción, el mundo entero parecía confabularse contra mí y a nadie parecía importarle lo que yo tuviera para decir o demostrar. Menos a la Justicia.

Las mentiras se acumulaban, mi teléfono estallaba. Mis hijos, mi madre, mis hermanos, mis amigos, todos estaban confundidos y alarmados. Ellos sabían que yo no era capaz de herir ni a una mosca, pero la denuncia de Martinazzo alegaba una supuesta escena de celos en la que yo habría intentado arrebatarle el celular provocándole moretones en su cuerpo. Las únicas pruebas en el expediente eran su testimonio y aquellas fotos de los moretones, que más tarde se demostraría habían sido provocadas en un día distinto al de la acusación. Mientras tanto, por fuera del expediente y en la prensa, comenzaron a circular unos supuestos chats entre Martinazzo y yo completamente falsos, pero lo suficientemente aptos como para tirar mi imagen al suelo. Los enlaces a noticias difamatorias seguían lloviendo. Era un bombardeo constante que me retrataba como un monstruo violento.

Cada línea de las noticias que leía me sumergía en un torbellino de pensamientos, preguntándome cómo había caído en esta trampa mortal. Habían pasado casi diez meses (pandemia de por medio) desde la última vez que me había cruzado en persona a Martinazzo, pero creía que la amistad era fuerte. No había manera de entender semejante ataque. Me había pedido encontrarnos para hablar de una supuesta enfermedad terminal, que después casi no mencionó. En retrospectiva, aquello fue la primera señal de que algo anormal se me avecinaba.

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En aquel último encuentro, Martinazzo me reprochó por no tener un papel más relevante en la política y expresó su deseo de mudarse de San Juan a Buenos Aires. Este detalle me hizo pensar luego que el plan en mi contra había sido una invención suya con el simple objetivo de quedarse con mi banca, pero más tarde descubriría que la política también había jugado su carta. Me enteré de que tanto ella como Miers habían visitado la Casa de Gobierno de San Juan y también de que, a partir de ciertos contactos con el gobernador y gente de su confianza, sus vidas habían tenido cambios inesperados.

Mientras tanto, los días pasaban y la tormenta no amainaba. Descubrí que era posible que una persona cualquiera pudiera usar el sistema legal y todos los mecanismos mediáticos para destruir a otra con el sólo hecho de proponérselo. Muchos me condenaron de antemano, pero no guardo ningún rencor. Es lo normal y esperable en el contexto en que vivimos. También, por supuesto, hubo personas que tienen una mirada distinta, que por algo cubren de hechos afortunados sus vidas. Una de ellas fue Mauricio Macri.

Muchos me condenaron de antemano, pero no guardo ningún rencor. Es lo normal y esperable en el contexto en que vivimos.

En mi trabajo, el Congreso, pedí el desafuero y la licencia para ponerme a disposición de la Justicia y juré por la memoria de mi padre ante mis pares que la acusación contra mí era falsa. Días después se confirmó que aquellos famosos chats, que habían sido publicados por varios medios de comunicación, eran falsos: no habían sido encontrados en las pericias realizadas a los teléfonos y nunca se presentaron como prueba ante la Justicia. Así y todo, los medios persistían en golpearme de manera inclemente. Aunque los primeros indicios ya apuntaban a una causa armada, mi inocencia era sencillamente invisible a los ojos de la prensa. De a poco fui entendiendo que en aquel juego se mezclaban intereses políticos y un sistema judicial que en los casos de violencia de género parecía estar inclinado. Fue entonces cuando decidí hacerles frente a aquellos que intentaban arruinar mi vida y manchar mi reputación, una característica recurrentes en los casos de falsas denuncias de género. Pero claro que muchas veces sentí que me ganaba el desánimo, que sólo me quedaba bajar los brazos.

Finalmente, después de un año y medio, llegó el primer sobreseimiento gracias a aquellas mismas pruebas que habían sido ofrecidas desde el primer día. Martinazzo apeló el fallo, pero tres jueces y dos fiscales distintos le dieron sucesivamente mayor contundencia a mi inocencia. Era imposible continuar una causa por lesiones que fueron realizadas por otra persona, y la sentencia quedó firme. De esto pasó ya casi un año.

Sin embargo, las secuelas de esta falsa denuncia aún perduran en mi vida. Quienes me atacaron tienen todavía protección del sistema legal y de la política. Martinazzo hoy es la mano derecha del ministro de Seguridad de San Juan y no ha sufrido ningún reproche. Un medio oficialista llegó a titular “El pase del año” cuando se hizo pública la incorporación de la denunciante, otrora vicepresidente del PRO de San Juan, a las filas del peronismo local. Por su parte, aquel extraño cambio de parecer de Miers también fue recompensado: fue incorporada por el primo del gobernador Uñac (a su vez, un conocido proveedor del Estado provincial) a una sociedad de cultivo y producción de cannabis. Ninguna de estas personas ha debido afrentar consecuencias legales hasta el momento a casi un año de haber quedado firme la sentencia de mi sobreseimiento. Así y todo, debo decir que hoy, a pesar de todas las adversidades y las batallas judiciales, no me encuentro solo. A buena parte de la sociedad sanjuanina no le resultó indiferente este escándalo y así me lo hace saber en la calle.

Aprendizaje y acción

Toda esta experiencia tan difícil me llevó a ser consciente de la existencia real y el impacto profundo que pueden tener las falsas denuncias de violencia de género, motivo por el cual me dediqué a trabajar en un proyecto de ley muy especial. Un proyecto que antes requiere de una pequeña introducción.

Cuando venció mi licencia en el Congreso para ponerme a disposición de la Justicia, estaba indeciso sobre cómo continuar. Sentía una enorme presión tanto desde adentro como afuera de mi partido para continuar con mi licencia. En medio de esta incertidumbre, y con la amenaza explícita de diputadas kirchneristas de hacerme la vida imposible, elegí hacerle frente a la situación, aferrándome tan solo al principio de inocencia. No voy a olvidar jamás el día de mi reincorporación al Congreso. Ni bien me acerqué al recinto me crucé con una de las diputadas que habían pedido mi suspensión al momento de mi procesamiento, y los insultos que me profirió fueron como una bofetada. Pero, por cosas del destino, aquel mismo día en que regresé al Congreso, se conoció la noticia del asesinato de Alejo Oroño perpetrado por su ex pareja, una tragedia que daría que hablar.

Las trágicas circunstancias de la muerte de Oroño revelaron las dificultades que enfrentan los hombres para denunciar aquellas situaciones en las que son objeto de agresiones físicas por parte de mujeres. Alejo había intentado denunciar a la madre de su hijo por violencia, pero en la comisaría no le tomaban la denuncia por ser varón. Este incidente se convirtió en un catalizador para reflexionar y buscar un mejor trato para los hombres que también pueden sufrir violencia de género. Así nació la idea y el impulso que me llevó a desarrollar el proyecto conocido como “Ley Alejo”, cuyo lema central es “la violencia no tiene género”, pero que también tiende a fomentar las relaciones saludables y a combatir las falsas denuncias con el objetivo de disminuir la violencia y aumentar la igualdad.

Este incidente se convirtió en un catalizador para reflexionar y buscar un mejor trato para los hombres que también pueden sufrir violencia de género.

Fue el puntapié inicial para un movimiento contra las falsas denuncias de violencia de género. Hoy sólo en la red social Tik Tok el hashtag #LeyAlejo posee más de 20 millones de visualizaciones. El proyecto fue acompañado por el límite máximo de diputados nacionales y pronto tuvo la repercusión necesaria para un tema que parecía estar silenciado. Comenzaron a adherirse asociaciones afines de muchos lugares con las que se fueron coordinando acciones para visibilizar la problemática y así organizamos el Día Mundial contra las Falsas Denuncias. También implementamos junto a la doctora Patricia Anzoategui el primer Observatorio de Falsas Denuncias de habla hispana, con el objetivo de recopilar datos y estudiar este fenómeno de manera más rigurosa. Pronto siguieron los pasos España, Mexico y Colombia.

Hoy existen ya varios proyectos de ley en el Congreso destinados a combatir las falsas denuncias, así como otros que apuntan a la educación emocional para fomentar las relaciones saludables y con ello la no violencia desde otro lugar. El año pasado, la senadora Carolina Losada presentó el primero de ellos. Esta propuesta busca castigar con penas de prisión efectiva a aquellos que denuncien falsamente un delito de violencia de género, con agravantes para los casos en que haya hijos menores que se vean perjudicados por acusaciones infundadas. Es evidente que se ha generado un impulso y una conciencia renovada en la lucha contra las falsas denuncias de violencia de género. A medida que continuamos trabajando en la búsqueda de soluciones, es fundamental recordar que debemos proteger y brindar justicia para todas las víctimas, independientemente de su género, y promover un enfoque equitativo en la aplicación de la ley. Solo así podremos construir una sociedad más justa y segura para todos.

Asimismo, esta lucha por la igualdad también nos ha llevado a reflexionar sobre los daños ocasionados a los niños involucrados en estos conflictos. Aunque este tema podría ser abordado en otro artículo, es importante reconocer el impacto negativo que las falsas denuncias entre progenitores en conflicto tienen en la vida de los menores. Ya en 2002 se hizo público un informe firmado por Marta Albarracín, por entonces directora de proyectos del CONICET sobre maltrato, abuso y su prevención, que reveló que dos de cada tres denuncias por abuso sexual de niños contra padres separados o divorciados son falsas. Este dato es impactante y evidencia la vulnerabilidad del sistema: es perfectamente posible que en nuestras cárceles haya inocentes condenados por crímenes aberrantes.

La cuestión de fondo

Surge entonces una pregunta crucial en nuestra sociedad: ¿podemos aspirar a vivir en una sociedad donde se proteja eficazmente a toda mujer víctima de violencia sin condenar a varones inocentes? Es innegable que existen víctimas de violencia de género que necesitan una protección efectiva. Pero también es importante recordar que en todo sistema legal existe la presunción de inocencia. Resulta esencial evitar cualquier inclinación hacia la condena de inocentes basada únicamente en la perspectiva de género, ya que esto podría violar el principio fundamental de igualdad ante la ley. La condena social ante una acusación también es un tema a explorar: quien realiza una falsa denuncia cuenta con eso, con la velocidad de esta condena.

La perspectiva de género exige que no se cancele un derecho en la mujer pero no debe ser una excusa para saltearse la necesidad de pruebas y evidencias en un proceso legal. Es importante equilibrar el reconocimiento de las desigualdades de género con el respeto por los principios fundamentales de justicia y el debido proceso legal. La Justicia debe enfocarse en la búsqueda de la verdad, dando voz a todas las partes involucradas. El objetivo final debe ser alcanzar una sociedad en la cual se respeten los derechos y se brinde protección a todas las personas. Esto implica la necesidad de un enfoque sensible al género en nuestras instituciones, sin alterar lo justo, siempre dentro de la ley y sin socavar la justicia con argumentos infundados.

En conclusión, en nuestra búsqueda por vivir en una sociedad donde se proteja eficazmente a toda mujer víctima de violencia sin condenar a varones inocentes, es innegable que el sistema legal debe evolucionar. La igualdad debe ser un pilar fundamental y, para protegerla, las leyes deben ser siempre tan rigurosas como justas. La responsabilidad más importante recae en los jueces, quienes deben investigar a fondo cada caso, sin importar el género de los involucrados ni las presiones exteriores. Se debe buscar un equilibrio en donde la justicia y la igualdad se encuentren, protegiendo a las víctimas sin condenar a inocentes. En un sistema de justicia basado en la equidad y la imparcialidad, la verdad no puede quedar librada al azar. La búsqueda de la verdad debe ser el pilar fundamental de cualquier proceso legal, y eso implica examinar con detenimiento todas las pruebas y evidencias disponibles. Apuntemos a encontrar y descubrir la verdad lo antes posible sin perder tiempo en debates interminables, pues su revelación es el objetivo crucial de todo procedimiento y ubicará de manera justa cada cosa en su lugar.

 

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Eduardo Cáceres

Abogado penalista, ex diputado nacional por San Juan (PRO), fundador del Observatorio de Falsas Denuncias.

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