BERNARDO ERLICH
Domingo

El centro vital de España

Con la elección de Alberto Nuñez Feijóo como nuevo secretario general, el Partido Popular busca correrse hacia el centro. ¿Hay espacio para una nueva Tercera Vía en Europa?

El fin de semana pasado, en Sevilla, el 20° Congreso Nacional del Partido Popular español eligió a Alberto Nuñez Feijóo como nuevo líder de la principal formación de la derecha española. Culminaba así la guerra interna desatada en febrero con las denuncias contra Isabel Díaz Ayuso y que obligó a Pablo Casado a dar un paso al costado como secretario general del partido. Como todo el arco de la política y los medios españoles venía anunciando desde entonces, en el congreso partidario Nuñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia, fue votado por más del 98% de los electores populares para liderar la oposición al gobierno de Pedro Sánchez y, según la interpretación casi unánime, devolver al PP a una senda de moderación y centrismo que había perdido en los últimos años de liderazgo juvenil del tándem Casado-Ayuso.

El fantasma de la extrema derecha recorre España. Sin nombrar oficialmente a VOX pero reconociendo, en los hechos, la deriva ideológica del electorado popular hacia la derecha y la debilidad del PP post-Rajoy, Casado y Ayuso han coqueteado no tan ambiguamente con la agenda identitaria y centralista de la formación de Santiago Abascal. Desde la crisis desatada por el independentismo catalán en 2017, VOX ha superado su lugar de marginalidad en la opinión pública y ha pasado a ser el referente español de la derecha nacionalista que penetra los parlamentos de los países europeos desde hace años con agrupaciones como Alternativa para Alemania, Hermanos de Italia o el Frente Nacional francés. A esta amenaza electoral a su derecha, los políticos del PP se han debatido entre el rechazo rotundo, la ambigüedad y el seguidismo, sin adoptar una posición clara, basculando entre el palabrerío identitario, la moral conservadora y la crítica al populismo de izquierda, dependiendo de cada momento.

La torpeza de Casado y el carisma de Ayuso han dado cierta legitimidad a los reclamos de VOX.

Quiéranlo o no, la torpeza de Casado y el carisma de Ayuso han dado cierta legitimidad a los reclamos de VOX, hasta el punto de que un 71% del electorado del PP lo considera un partido “normal” con el que se pueden tender acuerdos de gobierno, según una encuesta realizada para el diario El País, a fines de febrero. Por lo tanto, ante este escenario de certificación de la “derecha enojada”, la unción de Feijóo adquiere un significado de época. Denominado como el “apóstol del extremo centro” por parte de un viejo ministro del PP, el presidente gallego ha criticado con dureza el amateurismo juvenil y vociferante de la dirección de Casado y, con 60 años de edad y 16 al frente de la Xunta de Galicia, es percibido por propios y ajenos como un político veterano, sólido y moderado, que viene a ordenar un partido viciado por escándalos de corrupción y perdido ante la sangría de votantes que sufre a su derecha.

Con toda su ética de la responsabilidad, cabe decir que hasta ahora Feijóo no se ha pronunciado enfáticamente acerca del acuerdo trazado en el último mes, entre el PP y VOX, para formar gobierno conjunto en la comunidad autónoma de Castilla y León. Lo cierto es que un gobierno regional conjunto PP-VOX puede sentar un precedente para otras comunidades españolas como Andalucía, en donde habrá elecciones en pocos meses, o incluso para las elecciones nacionales de 2023, para las cuales las encuestas indican que VOX tendría casi un 20% de los votos. Por estos motivos, el acuerdo en Castilla y León no ha sido solamente criticado por el PSOE, Podemos y sus aliados de Esquerra Republicana de Catalunya y EH Bildu, sino también por formaciones de centro como el Partido Nacionalista Vasco y Ciudadanos. El propio Donald Tusk, presidente del Partido Popular Europeo, ha cuestionado la alianza entre los populares españoles y VOX en Castilla y León como una actitud que contraviene el rechazo general de los conservadores europeos frente a los partidos de derecha nacionalista. En todo caso, la estrategia de Feijóo ha sido encapsular el acuerdo como un hecho aislado y una necesidad particular de Castilla y León, al mismo tiempo que reconstruye el PP hacia la centro-derecha y lanza tentativas de entendimiento con Pedro Sánchez.

El extremo centro

El centrismo en el PP no parece un giro descabellado teniendo en cuenta los tiempos que se viven. La invasión rusa en Ucrania ha deslegitimado (aunque no destruido) el contenido de las derechas nacionalistas europeas, por lo que puede haber una oportunidad para recuperar algunos consensos y referentes de aquel “centro vital” que dominaron la política española durante la era posfranquista. El término fue acuñado por el estadounidense Arthur Schlesinger, Jr., profesor e historiador de Harvard, que, en su obra The Vital Center (1949), escribió que las cualidades del buen gobierno podían encontrarse en conservadores responsables, comprometidos con el progreso social, y en progresistas responsables, conscientes de las virtudes del libre mercado y las instituciones democráticas. Defensor de las políticas del New Deal y del enfoque liberal-progresista, Schlesinger desconfiaba de los frentes populares y de los utópicos de turno, así como de los apóstoles del libre mercado. Resumidamente, sostenía que la cualidad sobresaliente del buen gobierno es la responsabilidad, por lo que creía posible el encuentro en el centro entre la comunidad de los negocios y la izquierda no revolucionaria. Tras su carrera académica, Schlesinger fue asesor de Adlai Stevenson Jr., candidato presidencial del Partido Demócrata para las elecciones de 1956 e historiador personal de John F. Kennedy. Sus ideas representaban a esa coalición de la posguerra que en el mundo atlántico construyó el Estado de Bienestar y una estructura económica que permitió la prosperidad material y la movilidad social.

Aunque no es posible —ni recomendable— reproducir rígidamente las fórmulas del pasado, reconocer algunas de las referencias de Schlesinger puede servir a la centroderecha española y europea para modelarse en estos tiempos de crisis del conservadurismo tradicional. Después de todo, la socialdemocracia pudo reinventarse a sí misma en su propio momento de crisis de identidad luego de la caída del Muro de Berlín, y lo hizo a partir de la Tercera Vía, que podría ser interpretada como una adaptación del Centro Vital a la era de la globalización. Conceptualizada por el británico Anthony Giddens, director de la London School of Economics, en 1998, The Third Way era una crítica a los dos fundamentalismos, del mercado y del Estado, así como un reclamo por fórmulas mixtas que equilibrasen regulación y liberalización, lo nacional y lo transnacional. Al igual que Schlesinger, Giddens era un partidario del radical centre y su propuesta se podría condensar en la fórmula de “un Estado social inversor y una sociedad civil activa”.

Giddens era un partidario del ‘radical centre’ y su propuesta se podría condensar en la fórmula de “un Estado social inversor y una sociedad civil activa”.

Las propuestas de Schlesinger y Giddens parten de la primacía de la ética de la responsabilidad, en oposición a la ética de la convicción, según las categorías de Max Weber. Llevadas a la “Argentina invertebrada”, están en las fuentes de la corriente intelectual que Juan José Sebreli defiende hace años por el liberalismo de izquierda y de la más reciente argumentación de Santiago Armando por una suerte de “neoliberalismo de izquierda”, publicada en Seúl. Aún más, en La moneda en el aire, Pablo Gerchunoff reivindica al liberalismo progresista como el único liberalismo posible y, haciendo un alegato por la responsabilidad, sostiene que “un liberal tiene que aceptar el conflicto que genera la presión por la ampliación de derechos y procurar un equilibrio, una transacción con las restricciones económicas, sin negar el conflicto”. Al contrario de lo que nos quieren hacer creer, Argentina no es el lugar donde mueren todas las teorías económicas, sino la patria del nacional-populismo, el “primo irresponsable del liberalismo de izquierda”, tal como lo califica Gerchunoff en su libro con Roy Hora.

Dicho todo esto y volviendo a las latitudes españolas, Alberto Nuñez Feijóo no puede reivindicar la Tercera Vía, ya que no deja de ser una postura de los socialdemócratas modernos y en España es un término con poco calado. Ni siquiera Felipe González gustaba de utilizarlo y probablemente se trate de uno de sus mejores exponentes. Como le dijo González al propio Giddens en un encuentro de 1998, para la memoria española, la Tercera Vía es la alternativa superadora del capitalismo y del comunismo que proponía el partido fascista Falange Española. Algo así como la Tercera Posición de nuestro simpático general: “Ni yanquis, ni marxistas, ¡peronistas!”.

Volviendo al presente, como hombre pragmático, Feijóo seguramente no hará demasiado caso a estos slogans y conceptos más propios de los politólogos. Lo cierto es que, desde que asumió el liderazgo de facto del PP a partir de marzo, el “apóstol del extremo centro” ha planteado un regreso del partido conservador a sus fuentes clásicas, enterrando el amateurismo de Casado e ignorando cualquier referencia a VOX o el nacionalismo recalcitrante. Con un perfil que transmite moderación, Feijóo sostiene que el PP es un partido con “sentido de Estado”, una derecha clásica y europea, respetuosa de las autonomías españolas, las lenguas regionales, la diversidad cultural y los distintos tipos de familia. Tampoco han faltado sus declaraciones por la buena sintonía con los representantes sindicales. Aunque no retira sus críticas a Sánchez y sus aliados de la izquierda, quiere “sacar a la política española del enfrentamiento” y garantiza la cooperación de su partido a toda política de Estado en beneficio de los españoles, siempre y cuando se respete la Constitución y las tradiciones europeístas y atlantistas de la España moderna.

Supongamos que hablo de Madrid

El presidente gallego y los barones afines quieren restaurar sus equilibrios territoriales y devolver el mando a los políticos experimentados, pero no pueden desconocer la centralidad de Isabel Díaz Ayuso en el mapa político conservador. De ahí que el eje Galicia-Andalucía del viejo/nuevo PP deba reconocer a Madrid como un puente inevitable para su estrategia nacional. Si Casado es hoy un muerto político, es por haberse enfrentado con la popularísima Isabel. En febrero de 2022, el ex número dos del PP, el “monje negro” Teodoro García Egea, acusó a Ayuso de haber favorecido a su hermano en 2020 con la firma de un contrato para la compra de barbijos a un empresario amigo de la familia por 1,5 millones de euros. La acusación surgió a partir de una operación de espionaje, gestionada por el propio Egea para destruir la imagen de Isabel Díaz Ayuso. La líder popular negó cualquier implicancia en actos de tráfico de influencias o sobornos y señaló que la dirección de PP estaba tratando de destruir su carrera política.

El resultado fue el inverso. Ante el escándalo, miles de madrileños se movilizaron ante la sede del PP en favor de Isabel, que terminó imponiéndose y logrando la eyección de Casado y Egea de la cúpula del partido. Dada esta demostración de fuerza, Feijóo sabe que debe cuidar su sociedad con Ayuso. Ella misma ya le ha marcado la cancha, afirmando que ella y su gente son leales, pero “un equipo que tiene poca paciencia para las tonterías y poco aguante para las imposiciones”. En cierta manera, la fortaleza de Feijóo constituye su propia debilidad. Su supuesto centrismo abreva en el sentido común, el foco en la gestión y la moderación, pero, en la era de las redes sociales, difícilmente sea una carta absolutamente ganadora frente al personalismo confrontador de Ayuso. La apodada “Marine Le Pen Española” por la revista alemana Der Freitag supo construir un perfil original y sumamente popular, a caballo entre la reivindicación de la identidad hispana y la defensa de Madrid como símbolo de la España pujante, próspera y libre. A diferencia del sobrio Feijóo, el carisma de Ayuso y sus bandeadas hacia los simpatizantes de VOX tienen muchas más probabilidades de atraer a votantes extra PP y a la derecha que se define por oposición a Unidas Podemos y los nacionalistas vascos y catalanes. La “nueva Isabel la Católica” (también cortesía de Der Freitag) insiste en que su lugar está en Madrid y en que no tiene aspiraciones de liderazgo nacional, pero aún Feijóo y los barones populares no pueden ignorar la manifestación multitudinaria a su favor que se produjo durante la batalla con Casado y las pancartas con el mensaje “Ayuso 2023”.

En caso de una hipotética ambición de presidir el gobierno nacional en el futuro, Ayuso deberá constatar si su imagen de gestión eficiente y moderna tiene posibilidades de atraer al resto de los españoles.

En caso de una hipotética ambición de presidir el gobierno nacional en el futuro, Ayuso deberá constatar si su imagen de gestión eficiente y moderna tiene posibilidades de atraer al resto de los españoles. Un desafío no muy distinto al que enfrenta Horacio Rodríguez Larreta, quien, no casualmente, se ha encontrado con Ayuso y con José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, en su reciente gira por Europa. Curiosamente, el modo en que Larreta presenta su administración en la ciudad de Buenos Aires se asemeja a la propaganda del PP en la Comunidad de Madrid. Durante la pandemia, ambos han tenido choques con las restricciones de los respectivos gobiernos nacionales y han intentado trazar un discurso político con foco en el respeto de las libertades, la responsabilidad ciudadana y la recuperación económica por medio de la actividad y la racionalidad. Si bien es poco probable que la “diplomacia larretista” tenga algún impacto entre el electorado argentino, no deja de ser significativo que el jefe de gobierno porteño continúe el acercamiento del PRO con el PP, iniciado por Macri hace tiempo. Consciente de este vínculo y de las similitudes entre Podemos y el kirchnerismo, Ayuso ha elogiado a Larreta, con quien dijo que la une “la misma vocación por la libertad y la prosperidad de los ciudadanos para los que gobernamos”. Cabe preguntarse si esta asociación de personalidades es lo mejor para Larreta, el cual, a diferencia del histrionismo frentista de doña Isabel, promueve una imagen de dirigente moderado, capaz de trazar acuerdos interpartidarios de modo similar a Feijóo.

Entre lo preferible y lo detestable

Frente a la aversión de Ayuso a cualquier tipo de acuerdo con el gobierno que ve capturado por la “extrema izquierda”, Feijóo ha planteado una postura negociadora sobre políticas de Estado con Sánchez. Al final de cuentas, para el presidente socialista, entenderse con el nuevo liderazgo popular también es una oportunidad para demostrar la seriedad de su gobierno y desmarcarse de la gestualidad de algunos sectores de su coalición. No debe olvidarse que el PP fue el primer partido en apoyar la posición de España frente a la invasión rusa en Ucrania, en solidaridad con el presidente Zelensky y los otros gobiernos europeos. Enfrente, la mayor parte de Unidas Podemos eligió enarbolar el “Ah, pero la OTAN…” y refugiarse en los lugares comunes de la “izquierda tanquista”, término recuperado por Pablo Stefanoni para definir a aquellos sectores del populismo de izquierda, a ambos lados del Atlántico, que han refrendado las inverosímiles justificaciones de Vladimir Putin a su agresión con tal de “no hacer el juego a la derecha/Estados Unidos”.

Entre los cuadros principales de Podemos, solamente Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del gobierno, ha apoyado desde el inicio la postura de Sánchez, en línea con una trayectoria personal que cada vez la aleja más de sus correligionarios del partido y la convierte en una de las políticas de izquierda más respetadas de Europa, tras la aprobación en el Congreso de su propuesta de reforma laboral. Por otro lado, a sus reclamos por el camino de la paz y las diatribas a las sanciones a Rusia y el envío de armas a Ucrania, Podemos une otras críticas al gobierno, relacionadas con la política energética y la cuestionable decisión de Sánchez de modificar 40 años de política exterior española al reconocer la soberanía marroquí en el Sahara Occidental.

Corridos por derecha y por izquierda, respectivamente, Feijóo y Sánchez pueden tener motivos para acercarse y pactar algunas líneas de cooperación.

Como se ve, corridos por derecha y por izquierda, respectivamente, Feijóo y Sánchez pueden tener motivos para acercarse y pactar algunas líneas de cooperación, reproduciendo una especie de “mini-pacto de la Moncloa”. Partiendo de la premisa de que la “juventud maravillosa” de Podemos seguirá en el gobierno, haciendo oposición desde adentro, pero sin renunciar a ningún cargo, el líder del PSOE puede beneficiarse del centrismo del PP para ganar estabilidad y apoyos parlamentarios para ciertas políticas específicas. Tras dos años de pandemia, el gobierno ha tenido un 2022 muy complicado, acuciado por la guerra, la inflación, la victoria electoral de la derecha en Castilla y León, las protestas de transportistas, el desabastecimiento y el rechazo del Congreso al giro diplomático de Sánchez respecto al Sahara Occidental. Por su parte, Feijóo puede utilizar su giro a la moderación y la reivindicación del “sentido de Estado” para marginalizar a VOX y seducir a ese electorado indeciso de centro que ha basculado siempre entre el PSOE y el PP y que puede sentirse huérfano en estos momentos, dada la casi desaparición de Ciudadanos y la asociación del socialismo con la izquierda republicana y los nacionalistas vascos y catalanes.

Con todo este marco, Sánchez y Feijóo se han reunido en el Palacio de la Moncloa el jueves 7 de abril y no parece haber surgido ningún tipo de acuerdo general entre los dos líderes partidarios. Aparentemente, Sánchez le habría presentado una agenda de once propuestas políticas y económicas, entre las cuales el socialista pretendía obtener el apoyo popular para la renovación del Consejo Superior del Poder Judicial y para la demanda de tope a los precios del gas elevada a los organismos de la Unión Europea. La inflación interanual en España, a marzo de 2022, es de 9,8%, número escandaloso y preocupante para los ciudadanos españoles. Por ello, si la idea de Sánchez es presionar por el precio de la oferta en Bruselas, Feijóo viene insistiendo en la necesidad de reducir los impuestos nacionales a la energía, idea resistida por el PSOE y por Podemos. Como fuese, luego de tres horas de reunión, Feijóo salió de La Moncloa y describió el encuentro como muy cordial, pero infructífero.

Desde el vamos, era casi imposible que un pacto general y público surgiese de tal encuentro entre los dos machos alfa. Sin embargo, no podemos descartar que, con el andar del año, ambos partidos vayan mostrando pequeñas cuotas de coordinación en el parlamento, sin perder el lugar que le cabe a cada uno y sin dejar de escenificar su antagonismo. Si, por un lado, la credibilidad de Feijóo como el gran moderado depende de su entendimiento con Sánchez, éste requiere de acercarse al barón gallego para contar con un respaldo parlamentario alternativo al de sus inestables socios de gobierno. Como pocas veces en la historia reciente, mucho estará determinado por un factor externo que los españoles no pueden controlar: la guerra. De su evolución y de la responsabilidad política de los protagonistas dependerá la reconstitución o el fracaso del “centro vital”, sea en España, como en cualquier otro país de la Unión Europea. Es posible que estemos ante el inicio de una nueva etapa de la política continental y atlántica, sea hacia una mayor o hacia una menor integración. Para el caso español, ni Sánchez ni Feijóo lo deben saber con seguridad en este momento. Pase lo que pase, harían bien en tener en cuenta lo que Raymond Aron decía, hace ya 70 años: “La nuestra no es una batalla entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable”.

 

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Salvador Lima

Licenciado en Historia. Integrante del GEHiGue (UBA/CONICET). Analista internacional en GEOPOL21.

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