JAVIER FURER
Domingo

En Medio Oriente
hay que ser duro

La respuesta de Israel tras el ataque de Irán fue apenas un mensaje para el ayatolá, pero también una demostración al mundo de que está dispuesto a hacer lo necesario para defenderse.

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A sus 75 años, el Estado de Israel sigue siendo un país joven, con un carácter e identidad aún en formación, pero cuya idiosincrasia parece ya encaminada en torno al lugar y tiempo que le tocaron. Su historia se puede contar simplificada en un párrafo: hace 100 años, unos judíos socialistas europeos la ven y deciden venir con lo puesto, manguean plata a judíos ricos y mano de obra a judíos pobres, alientan a toda comunidad perdida de la diáspora para sumarse, limpian de malaria un páramo olvidado por los otomanos, aprovechan el viento a favor de las guerras mundiales y hacen como pueden un país. Esto activa progresivamente conflictos en todos los países árabes, que expulsan a sus milenarias comunidades judías, puestas a vivir en campamentos de refugiados temporalmente, hasta integrarse en una sociedad nueva, con características distintas a las de Tevye el lechero, a las de los prestamistas de Venecia, a las de los judíos consortes de Mohamed V de Marruecos o a las de los consejeros de los shas de Persia.

La batalla cultural de ese Israel que se sigue construyendo ya la ganó Medio Oriente, y es lo que corresponde. Israel está en Europa sólo para el fútbol. Su clima es desértico y hay camellos y burros atados a las paradas de colectivo. Hasta los ’80, la música más popular se parecía al pop y folk occidental, pero hoy se parece a la que se escucha en Jordania y Egipto. Al gefilte fish hay que buscarlo en el fondo de la góndola, la mayoría nunca probó un varenike y el borscht sólo lo comen quienes llegaron de la ex Unión Soviética en los últimos 30 años. Todavía hay quien en Pesaj prepara kneidalaj, la sopa de bolas de harina de matzá, pero la mayoría pasa directo al plato siguiente. La comida israelí propiamente dicha es ensalada, cortada en los pedacitos más pequeños posibles, falafel, shakshuka, shawarma y sabij, un original sándwich de berenjena frita de probable origen iraquí. Los postres más ubicuos son knafe y baklava. El lunfardo israelí contiene palabras del ídish porque así empezó, pero los nuevos términos vienen del árabe.

Entre ellos, ars —y su plural arsim—, que originalmente quería decir pastor, derivó en proxeneta y hoy se usa para englobar un estereotipo social que, como la pornografía, es difícil de describir y fácil de reconocer. A falta de mejor palabra, podemos acordar que es el equivalente autóctono al cabeza o turro argentino, al gopnik ruso o al redneck norteamericano. El ars es ruidoso, prepotente, limitado intelectualmente, con el auto tuneado, jogging achupinado, cadenas de oro y una inclinación impostada hacia la estética del delito y la marginalidad. Cabe aclarar que hay un componente racista en la carga, porque está dirigida a los descendientes de los judíos de países árabes, que por capricho de la historia llegaron a Israel más por obligación que por elección y comenzaron desde un poco más abajo que quienes limpiaron de malaria el páramo 30 años antes. Como lo turro en Argentina, la estética ars y sus componentes aledaños pasaron por encima del prejuicio y la discriminación y dominarán cada vez más a la cultura israelí.

Los israelíes tienen una gran capacidad para reírse de sí mismos, en especial ante momentos difíciles. Como durante la noche de insomnio esperando el ataque iraní.

En Israel viven casi 10 millones de personas. Más del 20% habla árabe como primera lengua, y casi un 15% son judíos ultraortodoxos, por lo cual su acceso a Internet y a los medios mainstream es entre limitado y nulo. El mercado de medios y contenido en hebreo es acotadísimo, no tiene exportación sin subtítulos o explicaciones, y los pocos éxitos comerciales globales israelíes en el mundo del entretenimiento están más cerca del milagro que de un fenómeno programado. No es que no se pueda viralizar nada internamente, más bien lo contrario, pero las mecánicas son distintas. Los israelíes tienen además una gran capacidad para reírse de sí mismos, en especial ante momentos difíciles. Como durante la noche de insomnio de hace una semana esperando el ataque iraní, teniendo que ir a trabajar al día siguiente como si nada. Pero las semanas siguientes al 7 de octubre fueron demasiado sombrías para cualquier tipo de humor. Por eso, y por esas mecánicas esquivas para viralizar, puede ser que no haya traccionado tanto en su momento —sólo lo hizo meses después— una pieza que parece particularmente relevante hoy.

Nir Dvori es el principal columnista de temas militares del Canal 12, el más visto de Israel. Su voz y sus análisis se escuchan inmediatamente después de los títulos del noticiero central de las ocho de la noche, una institución en sí misma. Más allá de la buena información y lo certero de sus puntos de vista, se caracteriza por ser centrado, afable y equidistante en una televisión que resiste mejor que otras los embates de la pandemia del show y de estirarla barato por sobre la información. Una semana después de la invasión macabra de Hamás, cuando todavía no eran claros los números de muertos y secuestrados, cuando no estaba claro cómo y cuándo comenzaría la incursión terrestre, cuando el mundo que no condena el terrorismo empezaba a pedir un alto al fuego, Dvori hizo un llamado profundo a ponerse duro.

Hablaban acá del vecindario… Medio Oriente es un vecindario duro y el que no es ars no sobrevive. ¡Tenemos que ser arsim! (doble golpe de mesa) ¡Arsim! No tenemos opción. Y si esto tiene un costo… ya pagamos un costo pesado. No podemos volver atrás. Tenemos que seguir y que la comunidad internacional aúlle, aunque no tenga nada que decir, pero tenemos que sobrevivir, esta es la única casa que tenemos. Habrá que tomar grandes decisiones que tendremos que bancar. Como población y como ejército, no tenemos opción.

En su momento, la reflexión de Dvori pasó inadvertida. Luego tuvo un pequeño pico de vistas como pieza humorística, sólo el recorte del principio. Hoy resuena en la respuesta militar a Irán y en el postergado pero inevitable ingreso a Rafah, el último bastión de Hamás en Gaza.

Animémonos y vayan

Los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica son un ejército paralelo que responde directamente al Líder Supremo de Irán, y cuyo propósito es defender —y expandir— la Revolución de 1979. En los últimos 20 años, su poder e influencia superaron ampliamente a los del propio ejército regular iraní, particularmente luego del vacío que dejó en Irak la guerra de 2003 y el contrapeso que suponía Saddam Hussein. Saddam era una triple ofensa para los ayatolás, porque además de sunita y panarabista secular, era capaz de venderse al mejor postor. Su pragmatismo era peligroso y su caída le cedió a Irán un patio de juegos donde pelearse con el incipiente Estado Islámico a través de las milicias chiítas auspiciadas por la Guardia Revolucionaria.

Fue en Bagdad, en un viaje de negocios de ese estilo, donde cayó en enero de 2020 Qasem Soleimani, con un misil norteamericano, y muy probablemente con inteligencia israelí. Aunque era “sólo” comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, su poder e influencia eran superados únicamente por los del Líder Supremo. La Fuerza Quds también responde directamente a este, y es el vehículo principal con el cual Irán libra una guerra indirecta de larga data contra Israel y una amenaza permanente contra todo Occidente. Con pocos efectivos en suelo iraní, el poder de la Fuerza Quds reside en la coordinación de todos los ejércitos irregulares de la región, lo que incluye a los tres actores que hoy combaten a Israel en sus frentes próximos: Hamás y la Yihad Islámica Palestina en Gaza y Cisjordania, y Hezbolá en el Líbano. A esto hay que sumar a los hutíes de Yemen, que con regularidad disparan sin éxito a Eilat y afectan todo el comercio internacional bloqueando las rutas hacia el canal de Suez. Hace pocos días la Cámara de Casación selló el recordatorio definitivo para los argentinos sobre el alcance de los tentáculos de la Fuerza Quds, dictaminando la responsabilidad del Estado iraní a través de su franquicia estrella Hezbolá en los atentados de AMIA y Embajada.

La invasión del 7 de octubre fue la respuesta a la eliminación de Soleimani. Sólo que Irán no se atrevió a ponerle la firma y envió a sus ‘proxies0 con un “animémonos y vayan”.

La invasión del 7 de octubre fue la calculada y temida respuesta a la eliminación de Soleimani. Sólo que Irán no se atrevió a ponerle la firma, y envió a sus proxies con un “animémonos y vayan” para la historia. Los hutíes están muy lejos, y Hezbolá mantiene una mínima cuota de responsabilidad para con su electorado chiíta libanés, en una crisis financiera tal que la gente toma rehenes en bancos para pedir por sus propios ahorros. Hamás no tuvo nunca ni el más mínimo decoro por las formas, y la descomunal infraestructura subterránea, el secuestro de ayuda humanitaria para revenderla y el uso militar de los hospitales lo demostraron a las claras. Tuvo apoyo financiero, táctico y hasta político para cometer esta cruzada suicida, pero podría haberlo hecho sin todo eso de todas formas. Bastó con ver a su líder Ismail Haniya, desde un hotel de Doha, sonriendo porque tres de sus hijos, responsables del secuestro de israelíes y del actual caos en Gaza, habían sido liquidados por el ejército israelí en Al-Shati, es decir, se habían convertido en mártires. Son más que un vecino que te pone la música fuerte a cualquier hora y de a poco estaciona cada vez más de tu lado. Israel, la diáspora judía y algunos líderes del mundo libre entendieron, por fin, que “el conflicto” no es por territorio.

Un mensaje a Teherán

El 1º de abril, Israel eliminó en un anexo del consulado iraní en Damasco a Mohammad Reza Zahedi, comandante de la Fuerza Quds en el Líbano y Siria, actor fundamental en la coordinación con Hezbolá y con el régimen de Bashar al-Ásad, otro que le presta su canchita a Irán para que juegue. Desde el 7 de octubre, casi 100.000 israelíes tuvieron que abandonar los 20 kilómetros más septentrionales del país y viven en hoteles, desperdigados por todo el país, refugiados de los cohetes, misiles y drones que la Fuerza Quds provee a Hezbolá. El golpe a Zahedi fue tan significativo que Irán lo tomó personal, como una violación de su soberanía, algo en lo que son expertos. Así le hicieron un regalo a Netanyahu y a la autoestima israelí, con un ataque significativo pero defendible, con suficiente tiempo para que el Comando Central de Estados Unidos coordine con otras potencias, Jordania, Egipto, ¡y hasta Arabia Saudita! Quien diga que el ataque fue simbólico porque la coalición logró con éxito detener decenas de drones suicidas y más de un centenar de misiles ignora el esfuerzo y gasto que esto conlleva, máxime cuando Irán coordinó con Irak, Siria, Líbano y Yemen. Y sobre todo porque de un ataque de estas características puede no volverse nunca. Irán probablemente estimó que Israel vería su accionar limitado por la política y el pésimo momento diplomático que deparó la aún pendiente resolución de la guerra en Gaza. No contaba con que aliados y no tanto dejarían eso de lado.

Tras una semana de teléfono rojo con Washington y amenazas tibias, Israel eligió responder por su cuenta, mostrando no tanto el daño que puede hacer, sino cómo y desde dónde. Mientras escribo esto, los informes cruzados hacen complicado asegurar en qué consistió cada elemento de la respuesta israelí. En principio, una combinación de drones lanzados desde suelo iraní, junto con misiles disparados por aviones de combate hacia instalaciones de radar que protegen el sitio nuclear subterráneo de Natanz. En cualquier caso, Jerusalén no confirma y Teherán desestimó el ataque apresuradamente, dijo no haber recibido rasguños e insistió en que no tiene interés en un conflicto directo prolongado. Claro, si total para eso tienen a los proxies.

Este crédito que le dieron a Irán con el ataque y a Hamás con las negociaciones fallidas puede ser lo que convenza a Biden de que Israel debe terminar el trabajo en Rafah.

Todo indica que Israel mandó un mensaje, similar a cómo lo había hecho dañando centrales eléctricas y fábricas de centrifugadoras en 2021, desde adentro del territorio iraní, en locaciones sensibles al programa nuclear, que Teherán asegura, tiene fines meramente energéticos. Los indicios que encontró la Agencia Internacional de Energía Nuclear lo refutan. Es probable incluso que Irán utilice este precedente para cambiar su retórica hacia la búsqueda del arma atómica, que empezó hace bastante. Desde el asesinato de película en 2020 de Mohsen Fajrizadé, padre del programa nuclear, la paranoia sobre las infiltraciones del Mosad en Irán es total. Este episodio no debe haber hecho otra cosa que volver a alimentarlas.

Contrario a su retórica, el primer ministro Binyamín Netanyahu no es ningún halcón, y fue probablemente el primero en las incontables reuniones del gabinete de seguridad esta semana en llamar a desescalar y buscar más un mensaje que un impacto. El apoyo internacional recuperado por haber sido víctima de la agresión iraní no lo soñó ni en su mejor momento, y es la única esperanza que tiene de crecer en las encuestas en las que domina la opción de llamado a elecciones. Su actitud con los familiares de los israelíes secuestrados dejó mucho que desear, pero está en un dilema imposible de resolver, y esta semana, con el quiebre de las negociaciones por un cese al fuego —por las demandas delirantes de Hamás—, quedó en evidencia que Bibi no podía hacer mucho más. Su imagen no tiene margen para crecer porque el menú de acciones posibles es todo malo. Este crédito que le dieron de regalo Irán con el ataque aéreo y Hamás con las negociaciones fallidas puede ser lo que convenza a Biden de que Israel debe terminar el trabajo en Rafah, hacer su propio esfuerzo por rescatar a los secuestrados y gritar más fuerte que el resto de los arsim de este vecindario imposible. No responder, ya sea a Hamás, a Hezbolá, o a Irán, en el lenguaje de Medio Oriente, es dar a entender que pueden repetir las agresiones cuando quieran, sin represalias.

 

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Diego Mintz

Periodista y analista de inteligencia viviendo en Israel. Trabajó para KAN, la radio nacional de Israel, Radio Nacional Argentina y La 1110.

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