JAVIER GIANGIACOMO
Domingo

La bossa nostra

En un escenario crispado y polarizado, Lula suma apoyos institucionales pero sin una idea clara de futuro, mientras Bolsonaro se sostiene a pesar de no tener grandes logros para mostrar.

En vísperas de las elecciones presidenciales en Brasil, Luke Skywalker vistió a Lula de jedi en Twitter, John Oliver hizo un especial en su programa –el segundo que hacía sobre Bolsonaro– y varios artistas, además de los locales, manifestaron su apoyo por el dos veces presidente. Es curioso que quienes durante años vieron a Brasil como no mucho más que carnaval, José Carioca y Carmen Miranda con sus frutas en la cabeza hayan puesto tal atención en una elección presidencial a priori tan lejana. Esto puede indicar que el mundo se ha vuelto un lugar más pequeño (lo es), que el cambio climático y la deforestación del Amazonas son problemas globales (lo son), pero también que hay una mayor conciencia de la transnacionalización de ciertos movimientos políticos. (Bolsonaro también ha recibido apoyos, pero la lista es más corta y en ella se destaca puntualmente Donald Trump.) Cuando vemos estos alineamientos, las intencionalidades se entienden más. La internacionalización de Brasil se ha profundizado en el siglo XXI, en buena parte como política de Estado de la mano de Lula. No obstante, el Brasil que salió al mundo en la primera década del siglo es muy distinto al que empieza la tercera y está cortado por divisiones entonces inesperadas.

En un ya clásico spot de la campaña 2002, Lula clasifica el universo electoral de Brasil de entresiglos en tres grandes grupos: los que ya votaban por él, los que votaban por otros candidatos y los que están “casi decididos” a votar por él. Veinte años después nos encontramos con un Brasil con un resultado parecido para el Partido de los Trabajadores. Nuevamente el ex líder sindical quedó a las puertas del triunfo en primera vuelta. Sin embargo, pese a que las cosas riman en la superficie, el escenario es bien distinto. Aquella disputa de modelos económicos ha virado a disputa política e ideológica. Los “casi Lula” escasean. Si antes enfrente estaban Serra o Alckmin, hombres del juego institucional de la política, hoy está Bolsonaro, presidente en ejercicio, que al corsé de las formas le impone un índice y un pulgar en forma de pistola. En otras circunstancias, y siendo que en primera vuelta quedó a menos de dos puntos de alcanzar la tercera presidencia, lo lógico sería anunciar “partido liquidado”, pero Lula es consciente de que esto está lejos de estar cerrado. En los últimos años ha habido un cambio sustantivo, un cambio cultural; y la distancia es mayor a la que señalan los números, producto de un realineamiento de los valores en el electorado.

En los últimos años ha habido un cambio sustantivo, un cambio cultural; y la distancia es mayor a la que señalan los números, producto de un realineamiento de los valores en el electorado.

Aquel escenario de “casi” de 2002 se volvería repetir en 2006. Sin importar commodities volando, Bolsa Familia (programa que unificó y amplió una serie de programas sociales precedentes) o el escándalo de corrupción del Mensalão, que involucró a varios diputados de múltiples partidos acusados de recibir una “mensualidad” por acompañar leyes del oficialismo, nuevamente Lula quedó en las puertas de una victoria en primera vuelta. Esas elecciones, junto con las de 2022, son las que han tenido la mayor concentración del voto en las primeras dos fuerzas que disputan la elección. Como señaló el politólogo Facundo Cruz en su cuenta de Twitter, no ha habido este nivel de concentración de votos desde la vuelta a la democracia en Brasil. Sin embargo, nuevamente, no todo es lo que parece. Hoy el escenario se ve muy distante de aquel, y nadie en el PT espera que el segundo en cuestión obtenga menos votos en la segunda vuelta que en la primera, como le sucedió a Geraldo Alckmin, entonces adversario y hoy candidato a vicepresidente de Lula.

Para este quiebre se pueden enumerar varios factores. Uno de ellos es el desgaste económico y político del gobierno de Dilma y el quiebre en la alianza con los partidos de centro que daban sustento en el parlamento a su gobierno, que luego derivaría en su impeachment y remoción. El otro es el Lava Jato. En este caso, tenemos que mirar lo que sucedió en torno del proceso que acabaría con Lula acusado de corrupción pasiva y lavado de dinero, encarcelado por 580 días, para luego anular el proceso judicial por parcial. Sin embargo, como destacó Gabriel Puricelli en una entrevista reciente, no hay que dejar de incluir la parálisis del entramado empresarial en el que la operación anti corrupción liderada por Sergio Moro hundió al país. Odebrecht, Andrade Gutierrez y JBS son algunos de los nombres de grandes conglomerados con los que los brasileños, América Latina y el mundo se familiarizaron a lo largo de las investigaciones. Empresas símbolo de la expansión de Brasil al mundo durante el gobierno de Lula, muchas veces fuertemente financiadas con fondos públicos, fueron objeto de múltiples condenas por casos de corrupción. Esto trajo un freno adicional a una economía que ya venía perdiendo fuerza y un crecimiento en el desempleo, que alcanzó casi el 14% en marzo de 2017 ya con Michel Temer en el poder. Camino a las elecciones de 2018 no se podía confiar en Lula, no se podía confiar en los empresarios, no se podía confiar en las élites. Más de uno habrá querido volver en el tiempo y votar en favor de la monarquía en el plebiscito de 1993.

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En 2016 tuve la oportunidad de participar de una serie de focus groups en São Paulo. En esta apurada recolección de hechos podía vislumbrarse como un ex capitán del ejército, institución con una muy buena imagen pública (algo que ha cambiado con la llegada de Bolsonaro al poder), diputado nacional casi marginal desde 1991, con un historial de discursos contra el poder de turno, aparecía ya entonces como una alternativa espontánea en las interacciones de los participantes, incluso cuando no se mencionaba su figura. Entonces ya estaba posicionado en torno a valores como patria, familia y religión, en línea con los intereses de la bancada de diputados tradicional. La BBB (bala, buey, biblia) es un grupo conservador transversal en el parlamento brasileño que gira en torno a la tenencia de armas y el rol del ejército, la ruralidad y los negocios del agro y la fe evangélica. El grupo fue identificado por el PT, lo que le dio una identidad común, lo unificó en torno de un objetivo —enjuiciar a Dilma— y se posicionó detrás de Bolsonaro en las elecciones de 2018.

Camino a las elecciones de 2018, Lula fue apresado, quitando del camino al candidato en principio con mayor posibilidades, lo que determinó también la necesidad de una reorganización y un proceso de selección interna en el PT. Los partidos tradicionales, tras la seguidilla de escándalos de corrupción, habían perdido peso, y Bolsonaro aparecía en un expectante segundo lugar. Tras la confirmación del rechazo a la candidatura de Lula a fines de agosto de 2018 y el intento de asesinato a Bolsonaro el 6 de septiembre se ve un reordenamiento de las preferencias. Cabe decir que Lula no tenía los guarismos que históricamente tuvo, y que, como sucedió este año nuevamente, las encuestas se quedaron cortas con Bolsonaro. Queda en mí la duda de un hipotético triunfo de Lula en 2018: el desgaste era mayúsculo y a todo encantador de serpientes le llega su mordida. Finalmente, en aquel octubre, quien se acercó a un triunfo en primera vuelta fue el diputado por Río de Janeiro.

El test de Bolsonaro

A diferencia de lo que sucedió en Argentina, que a poco de comenzar el gobierno de Alberto Fernández se desató la pandemia, en Brasil sí hubo un año completo del tándem Bolsonaro-Guedes para evaluar sus resultados económicos. Si bien los lineamientos políticos, de incorrección política, de acusaciones de prohibir la “ideología de género” ya formaban parte de la base de sustento del personaje, la estrella de fondo era el giro económico. Y lo que se puede decir es que Guedes se encontró con que los desarrollistas militares socios del presidente no iban a permitir privatizaciones masivas ni un neoliberalismo de mercado. Incluso, ya con la llegada de la pandemia, los planes como Bolsa Familia se vieron reforzados y acompañados con otras medidas de corte populista, muy del tipo de aquellas que supieron ser criticadas. El mayor símbolo de este tira y afloje es la privatización de Eletrobrás, que recién pudo materializarse en junio de este año, y es quizás la excepción a una política que no encontró camino.

Si el diferencial no fue económico, sí fue político. Un gobierno que volvió el presupuesto más opaco, que rememoró el golpe de 1964, que se adueñó del festejo del Bicentenario, que desestimó múltiples asesinatos políticos, como el de la concejal de Rio de Janeiro Marielle Franco. Análisis de los resultados de las elecciones de 2022 ven un reacomodamiento de las variables. En forma repetitiva y en crecimiento, Bolsonaro cuestionó el sistema electoral, a los jueces del Supremo Tribunal Federal, a la oposición, a los medios, a las encuestadoras y todo aquello que demandara algún grado de negociación o intercambio. Incluso reivindicó el asalto al Capitolio en Estados Unidos, relacionándolo con algo que podría suceder en Brasil.

La frontera nordeste (PT) / sur (Bolsonaro) se mantiene, y el estado de Minas Gerais continúa siendo un predictor perfecto de los resultados nacionales.

El domingo pasado, Bolsonaro retrocedió en los grandes centros urbanos. En São Paulo, el contraste en estos cuatro años es claro. Sin embargo, ha alcanzado un piso más homogéneo en ciudades medianas y chicas. Lo que poco tiempo atrás podía parecer un fenómeno urbano ahora se ha capilarizado. La frontera nordeste (PT) / sur (Bolsonaro) se mantiene, y el estado de Minas Gerais continúa siendo un predictor perfecto de los resultados nacionales. De aquí en adelante hay un movimiento de apoyos. Los gobernadores de los principales estados han salido a respaldar a Bolsonaro, los candidatos que agrupan el grueso de los nueve puntos que quedaron por fuera de los dos grandes partidos lo han hecho por Lula. Quizás las palabras de Simone Tebet (MDB), quien terminó tercera, sean las que mejor reflejan la división que acusa esta elección: “Depositaré en él (Lula) mi voto porque reconozco en él su compromiso con la democracia y con la Constitución, lo que desconozco en el actual presidente”.

En tiempos en los que triunfan opositores, de crecimiento de posiciones más radicalizadas, la región (y en particular Argentina, que tiene sus elecciones el año próximo) presta especial atención el resultado en tierra verdeamarela. En estos días, Fernando Henrique Cardoso también expresó su apoyo a Lula recordando la militancia democrática mutua, un retorno a las bases, pero sucede entonces que todo en torno a Lula acaba teniendo cierto olor a viejo, ya sea por la vía de la reafirmación democrática o la economía de principios de los 2000. La campaña del PT no ha encontrado la forma de vender futuro, y cuando lo hace es con ideas viejas e interlocutores como Guilherme Boulos, que en su nicho son efectivos, pero fuera de ahí resultan ineficientes para atraer a los desencantados. Lula podrá ganar las elecciones del 30 de octubre, pero la reconfiguración del escenario político es un hecho, con menores canales de diálogo entre los extremos. Bolsonaro no es menos anacrónico al reivindicar un pasado nebuloso de gloria, pero es todo presente en una comunicación que evita el escrutinio de los grandes medios y, a fuerza de memes, interpela con valores morales anclados en lo tradicional a un país que ansía recuperar su orgullo de sentirse grande a cualquier costo. Queda pendiente de su posible triunfo si su coqueteo con desapegarse de las reglas es solo una bravuconada y si tiene la capacidad de una continuidad de su espacio a futuro sin que éste se agote en él, como le sucedería a Lula.

 

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Santiago Rodríguez Rey

Licenciado en Ciencia Política y Gobierno (UTDT), Máster en Marketing, Consultoría y Comunicación Política (USC). Hizo los podcasts La banda presidencial y Hay que pasar el invierno para La Nación.

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