OVIEDO
Domingo

El miedo a la libertad

Muchos libertarios argentinos están en contra de la despenalización del aborto, las drogas y el trabajo sexual, todas banderas tradicionalmente liberales.

El derecho a la autopropiedad de nuestros cuerpos es el principio liberal por antonomasia. Nuestro cuerpo es la primera propiedad que tenemos y el punitivismo sobre hábitos y modos de vida nos hace perder derechos sobre él. Que el Estado nos despoje de la posibilidad de decidir sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras relaciones, de ejercer nuestra vida sexual con libertad, creatividad y placer o bien de experimentar con sustancias psicoactivas, va en contra de los principios liberales.

¿Cómo es posible, entonces, que banderas filosóficamente liberales sean levantadas por sectores trotskistas y sindicales y no por los referentes políticos y de opinión pública que se autoperciben a sí mismos en esta tradición? El Frente de izquierda llevó en sus plataformas recientes la legalización integral de la marihuana y del aborto, al mismo tiempo que el sindicato AMMAR, sumado a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), lucha por el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras y trabajadores sexuales. ¿A qué se debe este disimulo, indiferencia, desprecio o, incluso en no pocos casos, critica deliberada de la ampliación de las libertades personales por parte de algunos voceros del liberalismo argentino?

El economista anarcocapitalista y precandidato a diputado Javier Milei señala: “El aborto es un asesinato agravado por el vínculo. En la época de Ayn Rand no existía la ecografía por lo que tenía un conjunto de información menor”. Asimismo, el doctor en economía y profesor Alberto Benegas Lynch (h.) sostiene: “Es increíble que aquellos que vociferan a favor de los ‘derechos humanos’ (una grosera redundancia ya que los vegetales, minerales y animales no son sujetos de derecho) se rasgan las vestiduras por la extinción de ciertas especies no humanas pero son partidarias del homicidio de humanos en el seno materno. La carnicería que se sucede bajo el rótulo de aborto constituye una enormidad, la burla más soez a la razón y al significado más elemental de la civilización”. Sobre el problema de las drogas, la exministra de Seguridad del Gobierno de Mauricio Macri, Patricia Bullrich, define: “No estoy de acuerdo con la legalización de las drogas. Las experiencias han sido malas. Aumenta la cantidad de consumo, aumentan los adictos, los problemas de salud en la sociedad y también aumentan los accidentes. La guerra contra las drogas en la Argentina es totalmente exitosa”. Por su parte, el economista y excandidato a presidente José Luis Espert reflexiona: “Me parece que las drogas duras son peligrosas en Argentina, no estamos con los niveles de sofisticación intelectual de países como, por ejemplo, Holanda con libre consumo de drogas”. De igual modo, el politólogo y escritor Agustín Laje explicó que el “matrimonio homosexual no es un derecho humano, sino una avanzada político-ideológica en el terreno de la lengua para deformar lo que matrimonio significa. La palabra matrimonio proviene del latín mater, es decir, de la capacidad de ser madre, de la potencia de engendrar que tiene el matrimonio como institución social”. Respecto del trabajo sexual, si bien la mayoría de los referentes del liberalismo argentino apoya su regulación si se les pregunta, no lo dicen abiertamente ni lo incorporan programáticamente como un objetivo o una bandera de su proyecto político, más bien lo disimulan. Tal vez les incomode.

Se podrá decir que no son temas prioritarios para la agenda de la Argentina, en donde pobreza, el empleo en negro, la falta de igualdad de oportunidades, la inflación, el déficit fiscal, la ausencia de inversión privada o la carencia de seguridad jurídica son temas ineludibles si se quiere construir un país robusto y con futuro. Es verdad, pero no es menos cierto que los países que ya tienen resueltos todos estos problemas y se encuentran dentro de los más desarrollados económicamente han propiciado de manera paralela la defensa y la extensión de las libertades personales. ¿Por qué los libertarios admiran solo su apertura económica y no su apertura personal? Según el Human Freedom Index 2020, algunos de los que cumplen ambos requisitos son: Nueva Zelanda (1°), Suiza (2°), Australia (5°), Canadá (6°), Alemania (9°), Holanda (14°), Estados Unidos (17°). Países que muchos liberales toman como sus modelos en materia económica también son libres en cuestiones morales, sin embargo, estos prefieren hablar de manera casi exclusiva del gasto público y la reducción de impuestos

Los datos hablan

En Qué hacer con las drogas (2017), el sociólogo y actual vicerrector de la Universidad Di Tella, Juan Gabriel Tokatlian, deja en claro que la “guerra contra las drogas” es tanto incumplible como peligrosa. Las cifras de este fracaso hablan solas: de 246 millones de consumidores de drogas a nivel mundial (según Naciones Unidas), de los cuales la mayoría solo consumen marihuana, los consumidores problemáticos son 27 millones, esto equivale al 0,6% de la población de entre 15 y 64 años y al 0,36% de la población mundial. En consecuencia, la “guerra contra las drogas” implicó el despliegue colosal de recursos humanos y económicos solo para atacar este ínfimo porcentaje y, sin embargo, no consiguió hacerlo.

Países que los principales voceros liberales toman como sus modelos en materia económica también son libres en cuestiones morales.

Esta gradual erosión del consenso en políticas prohibicionistas ha llevado a los países más desarrollados a ensayar políticas regulacionistas enfocadas desde la sanidad, cosa que vemos en Portugal (despenalizó la tenencia personal de drogas en 2001), en la legalización de la marihuana en Uruguay (2013), en los estados de Colorado y Washington, que fueron los primeros en ir en esta dirección en los Estados Unidos, o bien en Holanda, un país de referencia en este sentido, que desde 2000 legalizó la prostitución, el matrimonio homosexual y la eutanasia. En materia de drogas, las cifras le dan la razón a las políticas liberales holandesas.

En un artículo publicado por Iván Carrino en su blog titulado “Matrimonio igualitario, libertad económica y valores conservadores”, el economista analiza cuantitativamente el libro En defensa del liberalismo conservador (2018), de Francisco José Contreras, y allí refuta con cifras el postulado de relación directa entre tradicionalismo moral y libertad económica que sostiene el autor al dejar en evidencia que el 86,2% de los países que han legalizado el matrimonio gay pertenecen a los primeros dos cuartiles de mayor libertad económica sobre un total de 180 naciones según el ranking de la Fundación Heritage. Como si fuera poco, Carrino también nos muestra otro dato: agrupados los países por su PBI per cápita, el 96,5% de las naciones más progresistas en lo cultural también son las más ricas económicamente.

Filósofos liberales

Vayamos ahora a las fuentes filosóficas. En 1690, el filósofo John Locke presenta su célebre tesis sobre el principio de “autopropiedad” en el Ensayo sobre el gobierno civil: “Aunque la tierra, y todas sus criaturas inferiores, son comunes a todos los hombres, cada hombre detenta, sin embargo, la propiedad de su propia persona. Sobre ella, nadie, excepto él mismo, tiene derecho alguno”. Piedra fundacional de la tradición liberal clásica, el portar cada hombre la propiedad sobre su propia persona, es decir, el derecho sobre el cuerpo de sí mismo, implica aceptar las consecuencias que esto conlleva en tanto podemos hacer de él lo que nos plazca mientras no vulneremos el derecho de un tercero.

La novelista Ayn Rand, en Of Living Death (1968), se explaya contundentemente en favor de la legalización del aborto: “Un embrión no tiene derechos. Los derechos no pertenecen a un ser potencial sino a un ser actual. Un niño no tiene derechos hasta que nace. El aborto es un derecho moral. ¿Quién tiene el derecho de dictarle a una mujer qué disposiciones puede realizar de las funciones de su propio cuerpo?”. Y luego reforzaba en otras de sus conferencias: “¿Por qué apoyo el aborto? Por la simple razón por la que apoyo los derechos individuales. Por la simple razón de que ni el Estado, ni ninguna comunidad, ni tú mismo, tiene algún derecho de decirle a una mujer lo que debería hacer con su vida. Y por la razón de que uno de los más repugnantes fraudes actuales es la idea de que los enemigos del aborto se llamen a sí mismo ‘defensores de la vida’ o ‘movimiento pro-vida’. De manera que ellos apoyan los derechos del embrión, de una entidad no nacida y rechazan reconocer los derechos de la persona viva, la mujer”.

En 1973, el economista Murray N. Rothbard desarrolla el concepto de “crimen sin víctima” que a su vez toma de Lysander Spooner (Los vicios no son crímenes, 1875) con la finalidad de diferenciar entre “vicio” y “crimen”. Tanto la virtud como el vicio son una cuestión de grados y extremadamente subjetiva, por tanto, el gobierno no puede castigarlos imparcialmente o no debería. Asimismo, los “vicios” son innumerables e individuales mientras que los “crímenes” son pocos, producto de la coacción y fácilmente distinguibles (robo, hurto, violación, homicidio, etc.). Por tanto, el gobierno no tiene el derecho a interferir sobre prácticas voluntarias como la pornografía, la prostitución, el juego, el consumo de alcohol y drogas, el ocio o la glotonería. ¿Cómo pueden criminalizarse actividades en las cuales no hay una víctima? ¿De qué manera se podría establecer un parámetro para castigar lo que a algunos les puede parecer obsceno pero carece de coerción y violencia?

Si el cuerpo es la primera propiedad, el gobierno no tiene el derecho a intervenir sobre las prácticas sexuales, alimenticias o psicoactivas a las que lo sometamos. Desde luego que uno debe hacerse responsable si comete una infracción bajo un estado de alteración pero en cualquier caso el delito es el daño ejercido (por ejemplo: atropellar a alguien en estado de ebriedad) no el acto de beber alcohol en sí mismo. En su Manifiesto libertario Rothbard lo dejaba en claro: “Si ningún hombre puede cometer una agresión contra otro; si, en suma, todos tienen el derecho absoluto de ser libres de la agresión, entonces esto implica inmediatamente que el libertario defiende con firmeza lo que en general se conoce como libertades civiles: la libertad de expresarse, de publicar, de reunirse y de involucrarse en ‘crímenes sin víctimas’, tales como la pornografía, la desviación sexual y la prostitución (que para el libertario no son en absoluto ‘crímenes’, dado que define ‘crimen’ como la invasión violenta a la persona o propiedad de otro)”.

Milton Friedman, Premio Nobel de economía en 1976, sostiene su posición en favor de la legalización de las drogas sobre razones más morales que económicas: es inmoral que el Estado penalice a alguien que no agrede a un tercero. En el libro titulado Friedman y Szasz sobre la libertad y las drogas (1991) es contundente: “Es un problema moral que el gobierno criminalice a gente, que puede que esté haciendo cosas que usted y yo no aprobaríamos, pero que no hacen nada que dañe a otros. La mayor parte de los arrestos por droga son por posesión de consumidores esporádicos. Aquí tenemos a alguien que quiere fumar un cigarrillo de marihuana. Si lo agarran, va a la cárcel. ¿Es eso moral? ¿Es adecuado? Creo que es una auténtica desgracia que nuestro gobierno pueda estar en situación de convertir en criminales a gente que no daña a otros, de destruir sus vidas mandándolos a la cárcel. Para mí, se trata de eso. La parte económica solo se necesita para explicar por qué tiene esos efectos. Pero las razones económicas no son las razones básicas”.

La mayoría de las veces las personas no pueden evitar, al pronunciarse sobre la legalización de las drogas, referenciarse en sus experiencias buenas o malas. Esto es completamente irrelevante.

En el mismo sentido, el médico psiquiatra húngaro emigrado a los Estados Unidos Thomas Szasz plantea en Nuestro de derecho a las drogas (1992) que la criminalización de las drogas es el origen de todos los males: sea por adulteración del producto, por exposición a la inseguridad para conseguir la sustancia, por ausencia de higiene en el proceso de consumo y, sobre todo, por falta de regulación. Así, la ilegalidad mata más que el abuso de drogas. Así lo explicita: “El abuso de drogas, como el abuso de alimentos o de sexo, puede herir o matar a la persona que abusa; y por supuesto, raramente lo hace. Sin embargo, el abuso de leyes contra las drogas –la criminalización del libre mercado de drogas– hiere y mata a usuarios tanto como a las llamadas personas que abusan. Muchos han muerto ya por usar drogas impuras, adulteración de un producto criminalizado; por balas disparadas en el curso de guerras entre bandas; por personas comprometidas en el comercio ilegal de drogas; y por el sida, debido a la ausencia de un libre mercado de jeringas y agujas exentas de gérmenes. Muchos morirán, seguro, en nombre de esta guerra santa que promete purificar el mundo y convertirlo en un territorio libre de drogas”.

Por su parte, la investigadora Wendy McElroy defiende desde una perspectiva feminista libertaria no solo que existe un derecho legítimo a realizar películas pornográficas y visualizar este material sino, más aún, que el cine condicionado beneficia a las mujeres en tanto es un medio de experimentación sexual seguro (con sanidad e higiene), evita la confusión entre emoción y sexo (no hay compromiso emocional en las relaciones), rompe los estereotipos de las mujeres como víctimas (performa roles femeninos fuertes), elimina la vergüenza (las mujeres se habilitan a perseguir su placer sexual), es terapéutico (proporciona una “salida sexual” a las personas solteras, viudas recientes, enfermas o no “agraciadas” estéticamente que encuentran en la masturbación la única alternativa al celibato). Además, según McElroy, el porno y el feminismo hacen causa común frente a la alianza entre conservadores y feministas radicales (abolicionistas) al promover la libre expresión sexual y la protección de las trabajadoras sexuales (las legitima y sindicaliza). En El derecho de la mujer a la pornografía (1995) dice: “Mi decisión de consumir porno no infringe de ninguna manera la habilidad de otra mujer de ignorarlo. El porno debería ser defendido por respeto a los derechos de las mujeres y a la diversidad sexual humana”.

La batalla cultural equivocada

Este recorrido por citas de la tradición liberal es solo una pequeña muestra de tantas otras que se pueden extraer de intervenciones de intelectuales adscriptos a esta corriente de pensamiento. Podríamos agregar muchos otros representantes de diferentes escuelas liberales que se expidieron en el mismo sentido, tales como John Rawls, Ronald Dworkin, Antonio Escohotado o Gary S. Becker. Sean estos liberales progresistas o liberales libertarios, todos confluyen en la ampliación normativa de nuestras libertades civiles, en la descriminalización de conductas morales como mínimo o la legalización de los mercados negros (drogas, prostitución, pornografía, etc.) como máximo, en rigor, mercados regulados por las mafias, en aras de la inviolabilidad del cuerpo y la persona.

¿Cómo es posible que tantos representantes del liberalismo económico local ignoren por completo estas cifras y estos postulados teóricos? Resulta extraño. Una posible respuesta es sencillamente su conservadurismo moral, por lo que les cabe perfectamente el mote burlón de “libersaurios”. Resulta patético este ascendente sincretismo de libertad económica y batalla cultural contra el progresismo, cosa que lleva al delirio que quienes se autotitulan liberales de manera tribal y dogmática no solo ignoren sino incluso combatan causas que todos los pensadores de la tradición liberal (tanto liberales progresistas como liberales libertarios) han defendido.

Algunos plantean que defender públicamente y de manera programática la legalización de la marihuana y el trabajo sexual implica “hacerle el juego a la izquierda”. ¿Y cuál sería el problema? Las posiciones liberales no deberían tener complejos en votar con sectores conservadores en cuestiones de materia económica (baja impositiva, reforma del Estado, etc.) y al mismo tiempo apoyar junto a sectores progresistas ampliaciones en libertades personales (aborto, cannabis, trabajo sexual). ¿Por qué sería más conveniente aliarse con la derecha que con la izquierda? Esto a mi juicio no solo es un error táctico porque solo se le habla a los convencidos (no se busca sumar otros electorados como los universitarios, las feministas o las minorías), sino que refuerza, y con razón, la imagen de que un liberal argentino es lo mismo que un conservador.

Considero que detrás de esta reticencia a tomar banderas que son de manera evidente causas liberales hay componentes de miedo a la libertad, pánico moral, restos de tradicionalismo católico, cierto clasismo y “formas burguesas” de la sociabilidad liberal local que se sienten lejanas de quiénes ejercen estas libertades (psiconautas, yonquis, putas, libertinos y hedonistas) lo cual revela, dramáticamente, una gran confusión respecto de lo que implica apoyar estas causas. La mayoría de las veces las personas no pueden evitar, al pronunciarse sobre la legalización de las drogas, referenciarse en sus experiencias buenas o malas. Esto es completamente irrelevante. No hace falta ejercer una libertad para estar en favor de que ese derecho exista. Para ser claro: no hace falta querer fumarse un porro para apoyar la regulación del cannabis. O bien, como señaló el recientemente fallecido presidente francés Valéry Giscard d’Estaing, que promovió la ley de despenalización del aborto en Francia en 1974: “Yo soy católico pero soy presidente de la República de un Estado laico. No puedo imponer mis convicciones personales a mis ciudadanos. Como católico estoy en contra del aborto; como presidente de los franceses considero necesaria su despenalización”.

En definitiva, se trata simplemente de no criminalizar a las personas por prácticas que tienen que ver con la soberanía de sus cuerpos. Un placer o un vicio, una relación sexual consensuada entre adultos o una vida experimental no son crímenes, son estilos de vida, en el mejor de los casos son utopías personales y comunitarias que, como decía Robert Nozick, están insertas dentro del marco que debería dar un Estado liberal que respeta y protege la diversidad de los proyectos de vida de sus ciudadanos.

 

 

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Luis Diego Fernández

Filósofo, profesor e investigador. Su último libro es Foucault y el liberalismo.

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