Domingo

El fin del progresismo

La ideología antes dominante en las clases urbanas se volvió irrelevante políticamente. El fracaso del albertismo fue su golpe de gracia.

El progresismo está en problemas en buena parte del mundo occidental. Sus expresiones políticas están perdiendo elecciones, cascoteadas desde la izquierda o sorprendidas por el populismo, y su dominio del discurso cultural, antes hegemónico, ahora está en discusión, inmerso en una batalla cultural que se repite en decenas de países. Uno de esos países, por supuesto, es Argentina, donde hace años que no existe una fuerza política nacional liderada por el progresismo y su hegemonía cultural, dominante durante al menos un par de décadas, está en declive. Este eclipse ocurre en buena medida por errores propios del progresismo –al que defino idealmente como un movimiento de centro-izquierda enfocado en causas como la igualdad económica, un Estado activo, el feminismo y la diversidad sexual, pero siempre dentro de la amplia familia de la democracia liberal– y no es necesariamente una buena noticia, incluso para quienes ya veíamos en el progresismo verdaderamente existente sólo una capa de actitudes superficiales, oportunistas y, en ocasiones, intelectualmente deshonestas.

Mi hipótesis es que el golpe de gracia para el progresismo argentino, lo que lo tiene en un callejón no sólo político sino también intelectual, reducido a poco más que la programación de Radio con Vos o Urbana Play, ha sido el fracaso del gobierno de Alberto Fernández, que inició su mandato con una promesa de complemento progresista y moderado al patoteo kirchnerista e incumplió esa promesa con escándalo, hasta mimetizarse completamente, sin ofrecer resistencia, con su supuesto rival interno. En ese camino, ni los políticos o funcionarios de origen progresista ni los intelectuales que apoyaron al presidente ni los periodistas que celebraron su victoria, salvo escasísimas excepciones, levantaron la voz para buscar influir sobre el rumbo del gobierno. Aun a medida que el gobierno se iba vaciando de funcionarios, políticas y discursos no kirchneristas. Una explicación posible es que les faltó fortaleza o valentía. Otra es que después de tantos años de justificaciones y sapos, ya ni ellos supieron dónde terminaba su progresismo y dónde empezaba el kirchnerismo. Pero la razón de fondo es la misma: el progresismo está sufriendo las consecuencias de su pacto con el demonio kirchnerista, que ya lleva 15 años.

Si un Frente de Todos más progre que cristinista era su último atajo hacia la socialdemocracia posible, ¿dónde deja parado al progresismo el estado actual de la coalición y de su gobierno, completamente a la deriva, cuya única apuesta de futuro pasa por una radicalización alrededor de la figura de Cristina? Lo deja parado en un mal lugar, rendido a los cambios en la opinión pública, alertando en pánico ante el surgimiento de una supuesta “extrema derecha” y acompañando dócil, a veces con piruetas ideológicas sorprendentes, a un gobierno que les ha fallado a ellos y a sus votantes. Si este progresismo ya no puede ser el hermano bilingüe del peronismo (el peronismo de buenos modales), su compañero de ruta hacia la patria socialdemócrata, ¿qué puede ser el progresismo?

Si este progresismo ya no puede ser el hermano bilingüe del peronismo, su compañero de ruta hacia la patria socialdemócrata, ¿qué puede ser el progresismo?

No hay que ir lejos para encontrar ejemplos de esta claudicación. Esta misma semana hubo tres: el debate por la Boleta Única, el delirante proyecto del PJ para “federalizar” la Corte Suprema y la defensa del presidente en Los Ángeles de tres países con presos políticos. La boleta única había sido durante décadas una causa progresista, impulsada por socialistas, radicales e intelectuales de todo tipo porque creían (correctamente) que es una forma de mejorar la representación política. En el debate de estos días, previo a su aprobación en Diputados, no hubo voces disidentes en el oficialismo, que se opuso con hostilidad y sarcasmo e intentará frenarla en el Senado.

El segundo caso es la ampliación de la Corte a 25 miembros, un proyecto inenarrable que nadie en el oficialismo y sus adyacencias salió a poner siquiera en cuestión. Esto habla mal de las convicciones republicanas del progresismo, que en sus años dorados como oposición al menemismo había hecho de la crítica a la mayoría automática de Carlos Menem una de sus causas centrales. Hasta el anti-menemismo más de izquierda, como el que encabezaba Horacio Verbitsky, machacaba con el daño institucional que representaba aquella corte menemista adicta al poder. Y fue el propio Verbitsky el que le recomendó a Néstor Kirchner el decreto que moderaba el poder del presidente para designar los jueces de la Corte. En 2003 todavía estaba bien visto por el progresismo que un presidente recortara voluntariamente su poder sobre la Justicia. Ahora, en cambio, un proyecto mil veces más estrambótico pasa como por un tubo el filtro de los simpatizantes oficialistas. De la protección de Alberto Fernández a Cuba, Venezuela y Nicaragua no es necesario agregar mucho: decepciona que un grupo político construido en buena parte alrededor de los derechos humanos no plantee un cambio de dirección. Pero tampoco sorprende: ni en su mejor momento el progresismo fue demasiado crítico con Cuba.

El progresismo de las universidades, los medios y la política ha sucumbido al peronismo, a cuya cultura política ya no se anima a hacerle la más mínima crítica. No siempre había sido así. En su fase hegemónica de fines de los ‘90 y principios de los ‘00, el progresismo usaba la palabra pejotismo para designar críticamente la cultura política peronista, tanto en el conurbano como en las provincias y, también, en los sindicatos. Le parecía mal que Ruckauf regalara zapatillas con su nombre, se reía del régimen de los Rodríguez Saá en San Luis, se escandalizaba con los Mercedes-Benz de Moyano y sus gordos y editorializaba contra la permanencia y el clientelismo de Manuel Quindimil en Lanús. Hoy todo eso ha quedado atrás. El progresismo eligió su tirria contra el neoliberalismo por encima de sus valores originales y quedó preso de la dinámica peronista, de la que me cuesta ver cómo podría salir. 

Volvieron iguales

A fines de 2020 escribí en El DiarioAR un artículo donde lamentaba este colapso intelectual, político y electoral del progresismo argentino y exhortaba a los progresistas que apoyaban al Frente de Todos a alzar su voz contra las pulsiones radicalizadoras del kirchnerismo. Mi impresión era que aquellos progresistas que se habían entusiasmado con el kirchnerismo de Néstor y se habían bajado del kirchnerismo de Cristina, para convertirse después en feroces antimacristas y entusiastas albertistas, bajo la creencia de que el Frente de Todos era una gran familia de centro-izquierda en la que el cristinismo sólo sería un miembro más, no estaban teniendo el coraje ni la rebeldía suficientes para, al menos, plantear un debate sobre el rumbo del gobierno. Al fin y al cabo, decía, la promesa implícita del “volvemos mejores” era “volvemos menos populistas y más progresistas”, hecha explícita en el discurso inaugural de Alberto Fernández, donde se presentó casi como un socialdemócrata europeo. Su gabinete, con las presencias en lugares centrales de ministros como Martín Guzmán y Sabina Frederic, dos progres académicos sin relación con el kirchnerismo, sugería este mismo intento.

Alberto se mostraba parado sobre dos patas supuestamente no kirchneristas: el progresismo porteño y el peronismo de los gobernadores. Ninguna de las dos le ofreció una sillita donde sentarse cuando empezaron los jabs de Máximo y Cristina. De la defección política de los gobernadores se ocupará otro en algún momento (acepto artículos para Seúl), pero de la defección de los progresistas me quejaba hace un año y medio y me sigo quejando ahora, porque sinceramente creo que una fuerza social de centro-izquierda, con relevancia política e influencia cultural, es importante para la estabilidad de un sistema político moderno, con capacidad para mantener a raya a los populismos de cualquier signo.

Pero para eso el progresismo primero deber dar, en mi humilde opinión, dos pasos importantes: recuperar su ética republicana y encontrar una base de racionalidad económica. Es decir, amigarse un poco con el liberalismo, en el sentido más amplio del término. A partir de ahí podría armar un programa progresista –redistribución, garantismo, educación pública, feminismo, etc.–, pero sin estar a merced de la tentación anti-sistema. Aun en su auge el progresismo argentino nunca tuvo –a diferencia de sus colegas europeos a latinoamericanos, de Felipe González a Lula Da Silva– un programa económico consistente, que respetara las reglas básicas de la macroeconomía. Estaba clara su oposición al “neoliberalismo”, a la que por supuesto tenían y tienen derecho, pero nunca estaba clara la alternativa, a pesar de que el equilibrio fiscal, como ha dicho el propio Guzmán, no tiene por qué ser neoliberal. Han preferido decir, en cambio, “se la fugaron toda”.

El equilibrio fiscal, como ha dicho el propio Guzmán, no tiene por qué ser neoliberal. Pero han preferido decir “se la fugaron toda”, con el guión de La Cámpora.

El otro día me gustó un artículo del ensayista Daniel Mundo donde mostraba su sana perplejidad como progresista frente a los cambios que se están dando en la sociedad. El artículo, publicado en la Agencia Paco Urondo, es sobre Viviana Canosa, pero dice cosas como ésta: “El progresismo se quedó sin discurso mediático, es decir, sin discurso político”. Y justo después: “Apelamos a las palabras consignas del pasado sin atrevernos a revisar su sentido. Vivimos alarmados moralmente, porque nos creemos buenos y honorables”. Lo de buenos y honorables es honesto y preciso: hasta ahora a los progresistas les podía ir mejor o peor en la política electoral, pero nunca perdían la convicción de que eran más inteligentes, más sofisticados y mejores personas que los demás, sobre todo los que estaban a su derecha. Había en el progresismo un aura de superioridad moral e intelectual que debe de hacer aún más doloroso el declive actual. ¿Cómo pasó que nosotros, que entendíamos todo, que éramos los profesores de la sociedad, que leíamos a Viñas y Bourdieu, escuchábamos a la Negra y a Caetano, estemos tan despistados y arrinconados?

En parte pasó, creo, que el progresismo ya no tiene una visión de futuro, no es optimista. Se queja de las redes sociales, de la tecnología en general, de los valores de la clase media (a los que antes defendía), sin ofrecer un camino hacia adelante. Al revés, propone resistencias sin programa o regresos a paraísos perdidos, como cualquier movimiento conservador. Un ejemplo de esto es su postura sobre la legislación laboral, donde denuncia flexibilizaciones de parte de la derecha pero no propone soluciones para un modelo que, con la mitad de los trabajadores fuera del sistema, claramente ha fracasado. Otra porción de esto, en cambio, es culpa de su propio éxito. Muchas de las causas en cuya militancia el progresismo podía acusar de retrógrada a la otra parte de la sociedad, como el matrimonio igualitario, el aborto, el respeto por la diversidad sexual, ya son parte del paisaje legal y cultural de nuestra convivencia. Y otra porción, concluyo, es porque su obsesión con la derecha y el neoliberalismo, enemigos a los que demoniza y exagera para consolarse, le quitó capacidad para diseñar un centro moral o programático sobre el cual apoyarse. Como si fuera un populismo, el progresismo tiene más claro lo que detesta que lo defiende, y no lo ayuda su preferencia por los análisis de discurso antes que por los análisis de política pública.

Este artículo parece duro pero está escrito, aunque no lo parezca, con cariño. El progresismo ha sido, en el periodismo y en el mundo de los libros, mi mundo: siempre viví rodeado de progresistas. Con la llegada del kirchnerismo y mi ingreso a la política esto ya no fue tan así, pero de alguna manera sigo sintiendo que esas personas son una de mis tribus. Nos gustan las mismas películas, nos apasionan los mismos temas, mandamos a nuestros chicos a colegios parecidos. Por eso, además de darme bronca, también me duele verlos así. Porque siempre voy a preferir un progresista antes que un kirchnerista, que es un animal político de otra especie. El problema es que últimamente se me hace casi imposible distinguirlos. Me los imagino más, en el futuro, vestidos con harapos, buscando comida en los escombros de la ciudad destruida, mascullándose entre sí, como en el chiste de Twitter: “Al menos no gobierna la derecha”.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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