LEO ACHILLI
Domingo

Mala ciencia

Nuestro sistema científico está roto y en crisis. ¿Por qué los investigadores del CONICET no dicen nada?

Richard Feynman, uno de los físicos más notables del siglo XX y una persona muy sagaz, sostenía que los científicos deberían siempre ser objetivos e imparciales cuando recogen información, que no deben creer dogmáticamente en una idea o usar exageraciones retóricas para promoverla y que los científicos no deberían permitir que su juicio se vea afectado por el principio de autoridad. “El primer principio es que uno no debe engañarse a uno mismo, y uno es la persona más fácil de engañar”, dijo Feynman en el discurso de apertura del California Institute of Technology (Caltech) en 1974.

Por otro lado, su colega David Goodstein sostiene en su libro On Fact and Fraud, de 2010, que saber que los científicos están motivados por estatus o recompensas, que no son más objetivos que otros profesionales en otros campos, que defienden ideas dogmáticamente como cualquier ideólogo y que pueden someter sus ideas a la influencia de una autoridad, permite comprenderlos en el mundo real. Quizás por eso vale la pena hacerse preguntas para entender la realidad. Empezando con esta: ¿por qué desde hace años tantos los científicos argentinos se engañan a sí mismos acerca del estado de la ciencia en el país? ¿Es por estatus? ¿Por recompensas? ¿Por obligaciones ideológicas? ¿O simplemente porque no son capaces de entender nada fuera de sus investigaciones?

Si el presupuesto del CONICET o de las universidades se duplicara, con las políticas irracionales que se han llevado por décadas, sería al poco tiempo otra vez insuficiente.

En 1999 escribí un artículo en el diario El Día de La Plata en el que sostenía: “Mucho se ha opinado sobre los problemas de la ciencia en Argentina: falta de recursos, malgasto, políticas erráticas o, simplemente, ausencia de políticas. Resolverlos en épocas de escaso financiamiento requerirá imaginación y decisión en los gobernantes. (…) Resolverlos requerirá, además de un análisis de conciencia, decisión política antes que científica y valor para reestructurar un sistema obsoleto”. Pasó casi un cuarto de siglo, releo este párrafo y pienso que hoy es como ayer otra vez.

Con una situación fiscal desastrosa, un banco central sin reservas, con las torpezas cotidianas de un gobierno extraviado que ahoga a los que generan la riqueza que el Gobierno dice necesitar, ¿qué podemos esperar en el futuro cercano? Sigue el eterno mito del aumento del presupuesto de ciencia para sostener eslóganes como “diversificación de la matriz productiva” o “la economía del conocimiento”. No puede haber desarrollo con una economía inverosímil. Si el presupuesto del CONICET o de las universidades se duplicara, con las políticas irracionales que se han llevado por décadas, sería al poco tiempo otra vez insuficiente. Y, convengamos, ese aumento no va a ocurrir, porque no hay con qué otorgarlo.

El sistema está quebrado. No es lo que nos quieren hacer creer, ni lo que algunos se empeñan en creer. Los grandes logros científicos son obra de unos pocos y los beneficiarios del sistema son una elite en muchos casos elegida arbitrariamente. Cito nuevamente mi nota de 1999: “Un informe sobre la investigación científica en la Argentina indica que sólo pocas áreas son competitivas. La supuesta excelencia de la ciencia argentina se reduce al éxito de muy pocos, basado en esfuerzos individuales. La brecha entre el mundo y nosotros se agranda”. La productividad no ha dejado de caer salvo en pocas áreas, como viene demostrando desde hace años Luis Quesada-Allué con sus mediciones bibliométricas. Por más que sean meritorios algunos éxitos individuales que se promocionan, el conjunto está cada vez peor. La tan declamada “década ganada” nunca existió más allá del discurso.

Reformular el sistema

En un país quebrado y con prioridades urgentes como la creciente pobreza y la educación básica hecha pedazos, la ciencia posiblemente sea una urgencia menor. Sin una macroeconomía sana, no hay inversión posible en ciencia ni en nada. Aun si se ordenaran las finanzas del país, no se podría hacer todo al mismo tiempo y habría que establecer prioridades. Cabría pensar que, al fin y al cabo, si el sistema científico es tan robusto como algunos vienen declamando (y otros creyendo) podemos soportar un tiempo de vacas flacas. ¿O la realidad es otra y no habrá otra alternativa que pasar un tiempo de escasez?

El sistema de ciencia debe reformularse drásticamente. Si los organismos de ciencia, incluyendo las universidades, dedican la mayor parte de su presupuesto a salarios (bajos, además), no pueden hacer ninguna política de desarrollo científico sostenible. No tiene sentido traer científicos al mundo sin tener los medios para nutrirlos. Los que aplauden como una gran inversión en ciencia del Gobierno el ingreso de 900 investigadores y miles de becarios al CONICET cada año, ¿saben que cada becario e investigador que ingresa al sistema de ciencia tiene asociado un costo indirecto que jamás se presupuesta, y que pagar salarios sin considerar esos costos es un gasto y no una inversión?

Los que aplauden el ingreso de 900 investigadores cada año, ¿saben que tienen asociado un costo indirecto y que pagar salarios sin considerarlo es un gasto y no una inversión?

La inversión se debe planificar a 50 años y no hacer cada década listas de buenas intenciones llamadas “Argentina 2020” o “Argentina 2030” pensadas con centro en un Estado en que todo es prioritario y, por lo tanto, nada es prioritario. El ajuste necesario y forzoso (y no por deseado, sino por inexorable) que deberá sufrir todo el Estado también afectará al sistema científico. Sin una política racional de uso de recursos no vamos a salir nunca del pantanoso dejá vú en que vivimos. ¿Vamos a seguir creyendo que por el arte de magia administrativa de crear un ministerio se solucionan los problemas? ¿Vamos a seguir proponiendo un mundo irreal que tiene como programa aforismos huecos?

“Ajuste” parece una mala palabra, pero eso es lo que está llevando a cabo este gobierno estrafalario, y de manera irracional. La inflación, que es funcional al Gobierno para licuar sus gastos en pesos (aunque no sus deudas), está dañando a todo el pueblo, y el sistema científico no es una isla. Ajustamos en el laboratorio cuando compramos menos insumos para trabajar porque los pocos subsidios se devalúan, ajustamos en casa porque el salario alcanza cada vez menos, ajustamos los recursos humanos porque con salarios deprimidos y sin un horizonte previsible después de años de estudio cada vez más jóvenes renuncian a sus becas.

En este contexto de ajuste atolondrado, ¿dónde están los directores de institutos del CONICET que en 2019 se autoconvocaron contra el “ajuste de Macri”, ahora que el financiamiento de sus institutos son migajas que se esfuman? ¿Dónde están los científicos y becarios que tomaban el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación para “no quedar afuera”? ¿Dónde están los científicos que escribían en medios nacionales e internacionales denunciando miserias que, retrospectivamente y considerando el ajuste absurdo que lleva adelante el Gobierno peronista, no era peor? ¿Están militando el ajuste con su silencio o no son capaces de ver más allá de sus narices?

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Difícilmente vamos a formar recursos humanos calificados por más nuevas universidades que se creen si la educación básica esta destrozada. Quienes comienzan la escuela hoy difícilmente vayan a desarrollarse de aquí a 15 o 20 años como graduados capacitados o científicos y técnicos calificados si apenas el 40% de los alumnos terminan la primaria en tiempo y forma. Si la educación básica no garantiza lo mínimo, que es comprensión de lectura y escritura, ¿a qué universidades van a ir esos analfabetos funcionales? ¿Qué becas podrán ganar para realizar una maestría o un doctorado? ¿Qué investigadores, tecnólogos o profesionales de cualquier tipo habrá?

Lo que han conseguido los gobiernos autopercibidos progresistas es promover una élite que llegará siempre y cuando tenga el dinero para acceder a una buena educación privada. Los que no, la mayoría que apenas puede acceder a una educación pública devastada por políticas populistas y sindicatos mafiosos, será condenada al trabajo no calificado. Una minoría podrá acceder a los trabajos maravillosos imaginados por la progresía para la utópica Argentina tecnológica de la sociedad del conocimiento que no sólo no existe sino que, de seguir así, no existirá jamás. Es imposible pensar algo más reaccionario y elitista, y quizás sea la razón de por qué los falsos progresistas detestan las ideas liberales de Sarmiento o de Roca y su Ley 1.420.

Esto no significa, como sostienen muchos ignorantes, que se deba cerrar el CONICET. Hay que racionalizarlo, profesionalizarlo y erradicar la cultura ideologizada.

En 1999 también escribí: “La promoción de investigadores competitivos en temas científicos o tecnológicos originales es la única solución. Eso requiere políticas de gobierno con objetivos claros, pero también honestidad en los investigadores, que suelen ser corporativos”. En este sentido muchos investigadores y docentes universitarios alaban al Estado omnipresente, pero no quieren que el Estado que les paga un salario con los fondos de los contribuyentes les sugiera qué hacer para encauzar la “infraestructura del conocimiento” de la que forman parte. El Estado presente para pagarme, pero ausente para exigirme. ¿Alguien va a proponer una reforma estructural del sistema científico como parte de una reforma profunda de todo el Estado?

Esto no significa, como sostienen muchos ignorantes del tema, que se deba cerrar el CONICET o cerrar las universidades, del mismo modo que no se debe cerrar el Estado porque está sobredimensionado y deformado por militancia contratada y negocios partidarios, porque sostiene leyes laborales cavernícolas, tiene aversión a la libertad y desprecio al mérito y a la generación de riqueza. No hay que cerrarlo, hay que racionalizarlo, profesionalizarlo y erradicar la cultura ideologizada y facilista que ha penetrado en todos los niveles, sin excepción.

El CONICET, por ejemplo, es una institución que fue esencial para el desarrollo de la ciencia argentina en la época de oro de las universidades, desde 1958 al golpe de Juan Carlos Onganía, en 1966. Fue esa misma dictadura la que promulgó el decreto-ley que aún rige el sistema. ¿Alguien recuerda que toda la estructura y administración del CONICET se basa en un decreto-ley de una dictadura? Los científicos que tanto declaman contra las dictaduras, no se manifiestan contra los reglamentos de la dictadura, por el contrario, los aprovechan para hacer políticas sectarias y colonizar estructuras enteras haciéndolas ineficientes para resolver problemas reales, pero eficientes para mantener espacios de poder y pequeños quioscos. Desde el trágico 1966 la educación superior y la ciencia comenzaron, mas rápido o más lento, un inexorable deterioro; salvo, quizás, el intento de Raúl Alfonsín y su ministro de Educación Carlos Alconada Aramburú (el mismo ministro de Educación de Arturo Illia) al normalizar las universidades asoladas por la dictadura, y de Carlos Abeledo, que hizo lo mismo con el CONICET cuando fue su director durante ese gobierno.

Algunas propuestas

¿Hasta cuándo vamos a seguir engañándonos a nosotros mismos? Hay mucho por hacer y se requiere enorme decisión política para llevarlo adelante, porque implica vencer la resistencia de sectores reaccionarios y corporativos que, paradójicamente, son los que hoy se autodenominan progresistas. Difícilmente vaya a haber recursos económicos, como no los hay ahora, por lo que será necesario intervenir y ordenar administrativamente los organismos de ciencia, ajustar sus cuentas, desmalezar burocracia y liberar la fuerza innovadora de los investigadores reformulando el sistema de transferencia tecnológica. Una forma es dando la posibilidad de que cada investigador pueda, si lo cree posible, crear emprendimientos subsidiando por un tiempo las iniciativa a través de sus salarios. Para eso sería necesario elaborar un proyecto de ley que reemplace el anacrónico decreto-ley de la dictadura, reorganizar la administración y disminuir la burocracia en el contexto de todos los organismos públicos.

En las condiciones actuales va a ser inviable mantener el sistema sin reducir los ingresos, y así reencauzar fondos para financiar los costos que permitan investigar.

Mientras que las universidades son más diversas, y las hay bien y mal administradas, el CONICET es más homogéneo y está tradicionalmente mal administrado, por lo que las acciones requeridas son necesariamente diferentes. Hay muchos cambios que pueden hacerse (y podrían haberse hecho) sin grandes costos y en beneficio de los investigadores. Si no se puede mejorar el presupuesto, al menos se podría dar más libertad y eliminar burocracia, pero por el contrario, el descalabro es cada día mayor y los miembros del directorio callan cuidadosamente, salvo cuando deben hacer proclamas partidarias.

Estimo que en las condiciones actuales y en el futuro previsible va a ser inviable mantener el sistema sin reducir los ingresos a la carrera del investigador, de modo de poder reencauzar fondos para financiar los costos indirectos asociados que permitan investigar. ¿Alguien lo va a decir? No digo que necesariamente se termine haciendo, sino que al menos se plantee. O reformar el sistema de becas, pasando a contratos a proyectos y no a individuos, como ocurre en la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (posiblemente la excepción de administración razonable dentro de este gobierno calamitoso). Y esto, dejando de lado el sistema corporativo de repartir los fondos en partes iguales para todos, para enfocarlos en temas relevantes y científicamente calificados.

Esta opinión, obviamente, es una de muchas y no pasa de una crítica política. La solución, el plan posible, seguramente vendrá cuando los que hacemos ciencia respondamos con honestidad las preguntas que planteo aquí (y hay muchas más) y los políticos que tengan la responsabilidad de ejercer los poderes del Estado sepan que la ciencia importa, que es parte de la infraestructura de la nación, aceptando nosotros, los científicos, que importa tanto como la educación básica, la economía racional, la justicia independiente, la seguridad de los ciudadanos o su bienestar general. Y, por supuesto, sin tentarnos, unos y otros, en creer cosas simplemente porque queremos que sean ciertas.

 

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Rolando Rivera

Biólogo. Doctor en Bioquímica. Profesor en la Universidad Nacional del Noroeste de Buenos Aires (UNNOBA). Investigador del CONICET. Hincha de Huracan.

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