LEO ACHILLI
Domingo

Ampliación del ciber-campo de batalla

Seis simples reglas para que los liber-trolls no te desanimen ni te lleven puesto. Y para ganar las elecciones.

Soy usuaria de Twitter desde 2009. En esa época era alumna del colegio secundario y había decantado en la plataforma después del ocaso de Metroflog, la plataforma en donde escribía fanfictions sobre High School Musical. Empecé posteando frases de rock nacional y peleándome con hinchas de Talleres, pero mi interés incipiente por la política me conectó con una comunidad de tuiteros que guerreaban anónimamente contra un régimen que escarmentaba la crítica opositora. El kirchnerismo había instalado una narrativa que tensaba los asados familiares, corrompía las currículas universitarias y empanfletaba los espacios laborales. Con el celular escondido en la parrilla de mi pupitre, mientras la profe hablaba de placas geológicas, yo relojeaba con fascinación el agrietamiento de la sociedad argentina.

De a poco, empecé a intervenir yo también, con el desparpajo y un poquito de la altanería que siempre me caracterizó –quiero creer que hoy menos–, y fui construyendo una voz propia mientras en simultáneo forjaba mis convicciones y me llevaba todas las materias a diciembre. Siempre digo que Twitter, para bien o para mal, fue parte de mi escolarización.

Igual que cuando antes tocabas a Cristina, si hoy lanzás una crítica al Mesías anarquista las agresiones empiezan a multiplicarse como termitas.

Hoy el fenómeno de la cibermilitancia libertaria me retrotrae a esa etapa. Igual que cuando antes tocabas a Cristina, si hoy lanzás una crítica al Mesías anarquista las agresiones empiezan a multiplicarse como termitas. Te acusan de zurdo aunque hayas estado pegándole a la izquierda durante años, mientras muchos de ellos eran apenas un blastocito implantado. Los otrora “golpistas” hoy somos “viejos meados”. ¿Cómo hacemos frente a la cruzada de Las fuerzas del Cielo contra toda opinión alterna? Voy a intentar esbozar algunas reglas prácticas, partiendo de mis rudimentarias incursiones en el estoicismo, la terapia conductual y el budismo zen, para arengarlos a dar la pelea retórica sin pisar los palitos que yo mil veces pisé.

Regla #1: El que se enoja pierde

Basta de victimismo. El ecosistema virtual, que hoy nos parece dominado por la alt-right o derecha alternativa, disputa sus sentidos a través de una guerra entre débiles y fuertes, entre virgins y chads, perros chiquitos y grandes. Si te quejás porque te atacan, te volvés la caricatura que ellos quieren construir. La poción mágica que te vuelve fuerte como un galo en la invasión romana es el humor, la capacidad de reírse de vos mismo, de la tragedia y del absurdo. Sea cual sea nuestro devenir histórico, al menos tratemos de poder decir que las risas no faltaron.

Regla #2: Olvidate del engagement, no es real

Borrá de tu cabeza los likes, los ratios y la validación. Todo lo que en redes sociales parece orgánico y espontáneo, muchas veces no lo es. Detrás hay un importante mercado de interacciones, granjas de trolleo y redes de cooperación. Sabés que te van a bardear, pero ya aprendiste a reírte del asunto, así que adoptás la táctica del boxeador: golpear y moverse. Silenciá las notificaciones y no te quedes esperando los bifes.

Regla #3: Romper la espiral del silencio

Hay una teoría de la comunicación política, llamada la espiral del silencio, que plantea que nuestros propios juicios se van moldeando según lo que percibimos como el juicio predominante. Es una cuestión adaptativa. Si empezás a percibir que todo el mundo va para un lado, esa fuerza te va a tironear, inevitablemente, porque ser un animal social implica la búsqueda primordial de aceptación. Nadie quiere estar solo o en el bando perdedor. Para romper con la sensación generalizada de que los otros “van ganando”, basta con que uno empiece por alzar la voz. Tu opinión puede envalentonar a miles, así que no te calles.

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Regla #4: Dejarlos hablar

El mileísmo se caracteriza por no tener ninguna estructura lógica sólida detrás de sus premisas emocionales. Para ellos, los gobiernos, las sociedades, la cultura, el arte y el cosmos entero se dividen entre comunismo y liberalismo. Para derribar esos mitos, tenemos que hacer snorkel dialéctico, bucear mayéuticamente hacia sus profundidades para que solitas se expongan las contradicciones. A ellos les encanta tomarnos de burros: pidámosles amablemente que nos desburren. Que expliquen por qué Barrionuevo no es casta, por qué la gestión Trump sería un ejemplo de librecambismo (no lo fue), en qué generación de medidas entra el cierre del BCRA, por qué van a mantener los planes sociales si los consideran un robo, por qué quieren poner a un clonador de perros a dirigir el CONICET en lugar de cerrarlo como prometían, y por qué ahora consideran a Patricia Bullrich una montonera peligrosa cuando hasta hace cinco minutos se sacaban fotos con ella. 

Regla #5: Hacer sangrar a Jerjes 

El terror de los libertarios es la debilidad de su rey. No toleran que se pongan en cuestión las extraordinarias cualidades de Milei. Entonces, para tirar abajo su narrativa, hay que herirlo como hizo Leónidas con el rey persa en la película 300 para demostrar que no era un dios. Hay que detectar cómo los libertarios construyen falsamente a Milei en sus ensueños: como un hombre fuerte y musculoso con una quijada afilada, una formación intachable, un prontuario limpio y una locuacidad imbatible. Lo presentan como la figura de acción de una liga de outsiders limpios de estatismo y con nobles objetivos. Ese briefing es nuestra bala de plata: toda evidencia que exponga lo opuesto le quita el carácter sobrenatural al líder y tira abajo su ficción. Hay que sacar los memes de la consultoría estratégica de Conan, la sotabarba colgante y el dream team de mordedores del erario.

Regla #6: A la carga, mis valientes

Siempre digo que me autoproclamo “edadista”, un poco en verdad y un poco en chiste. Admito que la juventud trae algunas virtudes a la militancia política, pero también que cuando uno es joven ve las cosas de manera más simplista y tajante. Todos perderíamos con nuestro yo del pasado en un toma y daca virtual, porque la visceralidad adolescente genera más rédito que la criteriosa templanza.

Aceptemos que hay un fenómeno que escapa a nuestro control y una sociedad padeciente que tiene motivos para elegir lo que elige, pero no le demos al populismo —esta vez en su versión de derecha— el poder sobre nosotros mismos. Sigamos dando pelea y bancando los trapos. Acá en Seúl, para empezar, hay una comunidad bien dispuesta para librar todas las batallas.

 

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Luz Agüero

Editora en Seúl. Licenciada en Comunicación Social y Periodista (CUP). Cordobesa. Trabajó en la comunicación del Club Atlético Belgrano y hoy es consultora independiente.

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