LEO ACHILLI
Domingo

Beijing está de moda

El ascenso global de China fuerza a la Argentina a uno de los desafíos que más detesta y que peor resuelve: pensar la agenda de este siglo sin las ataduras del pasado.

En los últimos años, la creciente ambición de China por consolidarse no ya como un actor global sino como la primera potencial mundial, tanto económica como militarmente, ha puesto al mundo en guardia y, al mismo tiempo, a ver cómo aprovechar la oportunidad que China ofrece como mercado, inversor o socio de diversas maneras. Para Estados Unidos el desafío es de primera magnitud. Para Argentina, donde la cuestión no tiene todavía el nivel de discusión pública que se merece, también.

El inicio de la historia del desarrollo contemporáneo chino puede ubicarse, sin exagerar, hace poco más de 40 años, cuando Deng Xiaoping promovió una serie de reformas que buscaban abrir la economía e incluir al capitalismo en lo que posteriormente se llamó el “socialismo con características chinas”.

Otro punto clave en esta historia fue la designación de Xi Jinping como líder supremo en 2013. A partir de entonces, el país abandonó el bajo perfil global practicado por sus antecesores y se lanzó a la conquista del poder global. Su proyecto estrella, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, fue el buque insignia que llevó el poder chino más allá de sus fronteras.

Las promesas de inversiones chinas en Asia se convirtieron (no en todos los casos) en rutas, puertos y aeropuertos en países con grandes necesidades de infraestructura. Pero allí donde la nueva ruta de la seda no llegó, China se convirtió en socio de países latinoamericanos y africanos a fuerza de inversiones, préstamos, compra de empresas y materias primas para su inagotable mercado interno.

La cuestión tecnológica ha sido uno de los baluartes del crecimiento chino y motivo central de su renovada disputa con los Estados Unidos.

En las últimas décadas China también se fortaleció en el plano militar, aumentando significativamente el presupuesto de defensa y llevando la producción de armamentos a un alto nivel de calidad. La cuestión tecnológica ha sido uno de los baluartes del crecimiento chino y motivo central de su renovada disputa con los Estados Unidos.

También ha dado un impulso significativo a su flota de mar y esto es importante porque China está en un proceso de consolidación de su propia seguridad territorial. La forma en cómo defina los conflictos en su patio trasero –Taiwán, minorías religiosas con pretensiones de autonomía territorial y, sobre todo, el entuerto del Mar de la China meridional– podría ser un anticipo de sus futuras estrategias ante obstáculos de mayor magnitud.

El COVID-19 agrega confusión a este proceso y posiblemente aún sea pronto para evaluar el costo real del episodio de Wuhan. Lo cierto es que el prestigio de China no ha salido indemne, lo cual se refuerza con los problemas que muestran sus vacunas y la promesa de una investigación norteamericana por las responsabilidades en el inicio de la pandemia.

China en el espejo

En cuanto al orden político, China se encuentra en las antípodas del modelo liberal occidental. Es un régimen de partido único donde el Estado/partido vertebra la vida social. Ciertamente, el liderazgo de Xi ha reducido aún más los márgenes de pluralismo consolidando el control social y avanzando sobre espacios democráticos, como en Hong Kong.

Es necesario tomar en cuenta que existen numerosos debates en la sociedad china, algunos de ellos milenarios, y que está muy difundida la influencia confuciana, para la cual el Estado está asociado a una figura paterna. A la vez, sobreviven espacios económicos y sociales donde la presencia y control del Partido pueden disminuir un poco y dejar lugar a algunos disensos y formas de negociación que son aceptados mientras no se transformen en disidencias políticas. Como dice el viejo refrán chino “las montañas son altas y el emperador está lejos”.

Sería un grave error considerar a China como una mera dictadura al estilo de Venezuela, donde una turba de oportunistas tomó el poder de un país que funcionaba bajo reglas democráticas.

Sería un grave error considerar a China como una mera dictadura al estilo de Venezuela, donde una turba de oportunistas, aprovechando una coyuntura propicia, tomó el poder de un país que funcionaba bajo reglas democráticas. De todos modos, en un nivel institucional podemos –y debemos– criticar a China cuando arremete contra los derechos de las personas e impone un totalitarismo que busca terminar, incluso, con formas añejas de democracia local.

Pero también, y en otro nivel más denso, si queremos entender las lógicas de funcionamiento de la sociedad y el poder en China no podemos hacerlo solo con el método de interpretación argentino basado en la creación de una grieta –en este caso internacional–, para luego proyectar livianamente sobre el otro lado un nosotros, en general, bastante idealizado. Entender a China reclama un esfuerzo extra.

Occidente frente a China

China se manifiesta a favor de la estabilidad internacional en el cauce de las instituciones del sistema de las Naciones Unidas. Sin embargo, impugna en la práctica uno de sus principios claves, ya que es reacia a cuestionar la soberanía absoluta de los Estados nacionales. Pero China también ha mostrado un enorme pragmatismo que en plena guerra fría la llevó a aliarse con los Estados Unidos en contra de sus cófrades comunistas de la Unión Soviética.

La presencia china en Asia se acrecentó durante el mandato de Donald Trump, sobre todo, con la salida de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, que representaba la intención de construir un bloque comercial con eje en el Pacifico y liderado por Washington. Esto fue leído –correctamente– por muchos países de Asia oriental como un abandono norteamericano de la región y los llevó a los brazos abiertos del astuto presidente chino.

El acto final de esta obra fue la firma en 2020 del Regional Comprehensive Economic Partnership, el tratado de libre comercio más grande firmado hasta el momento y que sorpresivamente incluye a China junto a Japón, Corea del sur y los países de Oceanía entre otros. No es personal (ni ideológico): son negocios.

China no es Occidente, pero su historia está entrelazada con Occidente (y viceversa). De hecho, las ideas de partido único, república y socialismo provienen de allí.

La administración de Joe Biden busca ahora retomar la iniciativa geopolítica de la mano de una legislación aprobada por el congreso que destinará más de 170.000 millones de dólares para un programa de investigación e inversión en ciencia, tecnología e innovación muy vinculado al desarrollo empresarial. La India debería ser una pieza clave en esta estrategia.

China no es Occidente, pero su historia está entrelazada con Occidente (y viceversa). De hecho, las ideas de partido único, república y socialismo provienen de allí. China, además ha comprendido bien el rumbo del capitalismo en la actualidad. La transnacionalización de la producción le permite presionar a las grandes empresas para que cooperen con sus objetivos (como compartir patentes o impedir críticas). La comunión entre Estados y empresas “nacionales” está muy deteriorada y China saca provecho de eso. La escala manda y el capital no tiene patria.

Argentina y China

China es el principal socio comercial de la Argentina y la asimetría entre ambas –y nuestra gran dependencia– no ha dado lugar a reflexiones sistemáticas ni a preocupaciones institucionales, sobre todo en años de gobiernos peronistas. Tampoco es una cuestión que se debata, con alguna que otra excepción, en el mundo político, la prensa o entre intelectuales.

En el mundo privado ha sido un poco distinto. A nivel empresarial –sobre todo en las más grandes– se han desarrollado vínculos y formado o contratado a sus propios especialistas. Pero en otros muchos casos, cuando deben mantener vínculos con sus pares orientales (por ejemplo, en procesos de compra y venta) se enfrentan en desventaja a las barreras y limitaciones que genera el desconocimiento.

Las universidades y centros de investigación han mantenido actitudes dispares. La mayoría de ellos han llevado adelante la diplomacia del convenio y la foto, soñando con la llegada del “oro de Beijing” por generación espontánea. Pero una importante parte del mundo académico, coincidente con las élites que manejan grandes cuotas de poder en universidades nacionales y el CONICET, en frecuencia con el gobierno nacional, mantiene una activa política con respecto a China que incluye la creación de institutos, nuevas materias, posgrados e intercambios diversos.

La idea que subyace en estas políticas es una forma renovada de sublimar el anti-capitalismo y anti-norteamericanismo típico del anacrónico setentismo que predomina al mando de las instituciones educativas y científicas argentina.

Sin embargo, la idea que subyace en estas políticas es una forma renovada de sublimar el anti-capitalismo y anti-norteamericanismo típico del anacrónico setentismo que predomina al mando de las instituciones educativas y científicas. De ese modo, y erróneamente, ven en China a un sucedáneo actualizado de la disuelta Unión Soviética. Por eso mismo buscan convertirse en repetidoras del discurso oficial del Estado chino, como forma de darle una dimensión geopolítica global al relato político de consumo nacional (y popular).

Relacionarse con China pensando más allá del corto plazo implica necesariamente otra actitud. Seguir el camino del mainstream académico y político ligado al peronismo tendría el mismo resultado que intentar entender el mundo actual leyendo los libros de Arturo Jauretche.

Necesitamos estar abiertos para saber más sobre China y los chinos, conocer sus idiomas, sus lógicas de funcionamiento político y económico y la relación entre sus tradiciones y conductas prácticas. Para eso tenemos que estar informados, debemos producir datos confiables (los de ellos no siempre lo son), leer sus diarios y a sus intelectuales, apuntando también a entender las diferencias y matices que existen en su inmenso territorio.

China es un experimento social en formación y un poder en transición, pero, sobre todo, China fuerza a la Argentina a enfrentarse a uno de los desafíos que más detesta y que peor resuelve: pensar sin las ataduras del pasado la agenda del siglo XXI.

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Fernando Pedrosa

Historiador y politólogo. Profesor Titular de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de posgrado en la Universidad del Salvador. Doctor en Procesos Políticos Contemporáneos (Universidad de Salamanca). Autor de 'La otra izquierda. La socialdemocracia en América Latina' (2012).

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