ELÍAS WENGIEL
Domingo

Carta de un leoncito a otros

Muchachos, llegó la hora de madurar.

Quién lo diría, muchachos. Llegó el día que tanto anhelamos. Por alguna providencia divina sucedió lo que hace nada parecía una quimera. Todavía me cuesta digerir cómo pasamos de ese tristísimo 17% en el reducto más gorila de la patria a contemplar la efigie de nuestro candidato en la tapa del New York Times. Cuánta emoción, la pucha. De los recortes de clips televisivos en canales de poca monta, sin escalas al sillón de Rivadavia. De la titánica logística de tendencias y escraches en redes al Tango 01. ¡Salú! Por sobreponernos a las Lilia Limones, al mercado de córneas, a la venta de Kaláshnikovs en los supermercados y a la privatización de las ballenas en la Península Valdés.

De todas maneras, y sin ánimos de menospreciarnos, me aventuro a suponer que la catástrofe sin precedentes que dejó el gobierno saliente algo ha de haber influido en nuestra victoria. Quizás la negligencia en la gestión de los problemas maritales por parte de Juntos por el Cambio, o el hecho de que el candidato del oficialismo fuera el mismo que capitaneaba el Titanic, hayan contribuido a nuestra gesta. Pero no dejemos que nos bajen el precio. El 150% de inflación, el 40% de pobreza y el colapso económico no tienen nada que ver con nuestra monumental empresa, que logró poner fin a cien años ininterrumpidos de decadencia y pobrismo. No podemos permitir que nos corran con el alegato de los votos ajenos, de la indignación y enojo popular. Con el chamuyo del electorado bronca y el argumento de los flojos candidatos opositores. Estamos donde nos merecemos estar.

A pesar de tanto entusiasmo, jolgorio y esperanza, queridos amigos, hoy deseo compartir con ustedes ciertas inquietudes que revolotean mis pensamientos de cara a los próximos cuatro años de gobierno. Es que siento como si nuestro líder estuviera deshaciendo el lazo que tantos años nos llevó construir, dejándonos a la deriva en este mar de incertidumbre. En su momento conversamos sobre el tufillo que generó el acuerdo con los comunistas de buenos modales, la alianza con todos esos pusilánimes amarillos que tuvieron una oportunidad única para corregir el rumbo de la Nación y en cambio se dedicaron a la timba financiera. Ninguno de acá levantó la perdiz de nuestra indignación. Tragamos veneno, nos atoramos con todas esas veces que tuvimos que decirles viejas meadas a nuestras tías, los #JuntosPorElCargo que fuimos acompasadamente desperdigando en las redes y los memes de los patos con cotillón montonero que nos cansamos de difundir en los grupos familiares.

De las orejas

Ahora resulta que nos llevan de las orejas a mediar con peronistas y a convivir con radicales. Si nos habremos quemado las pestañas vilipendiando a esos degenerados fiscales, un fontanar inagotable de estatismo y gasto público, la imagen más cruda de la casta. Eso, camaradas, es lo que eligieron por sobre nosotros. Habría que recordarles a nuestros dirigentes quiénes son los que estuvieron en el barro de la trinchera dejando los cueros, en el calor de cada discusión, pateando las calles, repartiendo panfletos, viendo cómo buscarle un matiz de sensatez a las barbaridades que decían los nuestros, los que ahora ocuparán cargos importantes.

Cómo no sentirnos unos alfeñiques, si acá estamos, con las botas bien ajustadas, con el overol puesto, aferrados al asa de la motosierra frente a un bosque que se presenta inabarcable. Y no paran de plantarnos árboles en la cara. Teníamos las antorchas empapadas de brea, los pómulos pintados de negro y el coraje que se necesita para consumir en llamas el corazón del sistema financiero. Pero resulta que la comanda nunca llega. No era tan apremiante como se pensaba. Parece que podemos convivir algún tiempo más con este leproso papel falsificado si Toto Caputo desconecta los cables correctos. Yo que me había estudiado hasta las comas del plan monetario de Emilio Ocampo para poder presentar batalla en cualquier sobremesa. Incluso la baja de impuestos ha dejado de ser una prioridad y ahora marcha con las reformas de segunda generación. Lamentablemente la crisis fiscal era más profunda de lo previsto y tendremos que seguir siendo socios de papá Estado al menos un tiempito más. Vamos, arriba, ni que conociéramos otra cosa.

Es hora de comprender que la vida fuera de Twitter es más ambigua e intrincada que insultar en 280 caracteres.

Muchachos, quizás todo esto nos esté indicando que es hora de madurar. De empezar a comprender que la vida fuera de Twitter es más ambigua e intrincada que insultar en 280 caracteres. Que los influencers con avatares anónimos, a quienes veneramos como profetas, conocen del ejercicio del poder lo que nosotros de entrelazamiento cuántico. Créanme, lo digo por nuestro bien. Es hora de digerir que la política es mucho más compleja que gritos, caos y destrucción. Sé que es un ejercicio difícil. Madurar siempre lo es. Implica poner en tela de juicio cada uno de nuestros dogmas. Algún día deberemos amansar la resistencia visceral ante cada designación de un gobierno que lleva una semana y entender a la política como algo ecléctico, bastante más intrincado que la narrativa maniquea de un cuento de Disney, donde los personajes se dividen nítidamente en buenos y malos. Quienes hoy son gobierno, aunque les duela, siempre han tenido consciencia de esta complejidad, aunque hayan optado por no revelárnoslo de manera explícita. Éramos adolescentes demasiado enojados con el mundo, demasiado sordos para hacer el esfuerzo de entenderlo. Pero ahora nos corresponde poner los quetejedi en remojo, despojándonos de respuestas simplistas. De empezar a leer y dejar de repetir. De dejar de gritar y empezar a escuchar. En este proceso, nos aguarda una perspectiva más rica y matizada, forjando así un entendimiento más completo y enriquecedor no sólo de la praxis política, sino de la vida.

Nuestro presidente, cuesta decirlo, siempre supo que tendría que doblarse para no quebrarse. Nunca dudó que tarde o temprano estaría enredado en las sábanas de sus peores víctimas de la televisión, que el poder lo transformaría en un mandatario dócil de buenos modales y voz serena, capaz de construir puentes incluso con los arquitectos de este desastre. Y está bien que así ocurra, porque en el mundo real no suceden líderes mesiánicos, sino más bien emprendimientos de marketing que nos venden a la semejanza de nuestro enojo. Nosotros éramos los únicos que no lo sabíamos. Él siempre se imaginó intercambiando sonrisas amables con el líder chino, a pesar de haber declarado en campaña que no negociaría con comunistas. No nos podía contar abiertamente que en el ineludible precio de gobernar estaba implícito el negociar con los gerentes de la pobreza del norte y darle la bienvenida al Rey español con los brazos abiertos, a pesar de las contradicciones que la monarquía suscita en la razón liberal. Tal vez, piénsenlo, existen innumerables formas de alcanzar el poder, pero no tantas maneras de ejercerlo. Al menos no en democracia.

Guardemos las antorchas

A medida que abandonemos los foros y nos alejemos del simplismo de algunos conservadores con pocas luces, descubriremos que, del otro lado del abismo, entre todos esos viejos meados, montoneros, tirabombas, mabeles, tibios y cobardes, finalmente sí se puede rescatar gente valiosa. Resulta que no todo era tan dicotómico como nos habían hecho creer. Parece que dentro de esa masa homogénea de zurdos repulsivos había valores que no pensaban tan diferente a nosotros. Tal vez volvernos menos simplistas era necesario para empezar a construir un país, y muchos de los que tildamos de parásitos algo tienen para aportar, incluso más que los insultos que nos dedicamos a propinarles estos últimos meses.

Teníamos las antorchas empapadas de brea y los pómulos pintados de negro para consumir en llamas el corazón del sistema financiero. Pero la comanda nunca llega.

¿Y si los locos éramos nosotros y no él? Los delirantes eran el target, no el francotirador. Porque cuando le acercaron el salvavidas, después de una elección que parecía un knock out y un balotaje que se presentaba como una quimera, el tipo se aferró a la vida. Siempre supo que morir con las botas puestas es igual de fatal que partir descalzo. Los enojados, otra vez, éramos sólo nosotros. Tuiteábamos incendiados sobre la traición y la lealtad. La hipocresía de transar con la casta y la vergüenza de bajarse los pantalones frente a un expresidente venido a menos.

Quizás detrás del estrafalario loco de la motosierra había más pragmatismo del que imaginábamos. Como solía decir el turco, si nos hubiera revelado sus planes, no lo hubiéramos votado nunca. Nosotros queríamos sangre. Buscábamos deleitarnos con políticos ahorcados en las plazas, billetes ardiendo en las pantallas de televisión nacional, peronistas perseguidos y radicales temblando de miedo. Queríamos un ajuste diseñado a medida de la casta, sin que nos rozara siquiera un pelo, todo mientras observábamos desde la comodidad de nuestras pantallas cómo los salarios de la gente de bien crecían por arte de magia, como si tal cirugía fuera posible. Soñábamos con alejarnos de China y sus ideales comunistas despreciables, optando únicamente por negociar con el Tío Sam. Queríamos convertirnos en la Suiza de América. Y lo queríamos ya.

Lo lamento, muchachos. Resulta que la realidad es un tapiz complejo que no se soluciona sólo con llamas. Tendremos que guardar las antorchas un tiempito más.

 

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Tomás Hodgers

Abogado (UNR). Trabaja en finanzas y mercado de capitales. Rosarino viviendo en CABA. En X es @tomashdg.

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