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Domingo

Bibi va por todo

La reforma judicial que propone el primer ministro Netanyahu es resistida por casi toda la sociedad israelí. Acorralado y con aliados más extremos que él, sólo le queda ir a fondo.

El camino de la actual y decisiva crisis política en Israel tiene un montón de comienzos posibles. Podríamos establecerlo en noviembre con el resultado de las elecciones, en la fundación de un Estado sin constitución en 1948, en el Primer Congreso Sionista de 1897 o en el pacto entre Abraham y Dios hace cuatro mil años. Lo que importa es que, sin entrar en demasiados detalles, Binyamín Netanyahu comenzó a fogonear la idea de una reforma judicial como parte de su campaña electoral el año pasado. Reforma que nunca había insinuado necesaria durante los 15 años anteriores en los que ejerció como primer ministro. Lo diferente en este Netanyahu es que asumió acusado en un juicio por corrupción y debió negociar, ya sin pruritos, con los únicos socios posibles que le quedaban para llegar al número mágico y formar un gobierno. Socios que años atrás desestimaba por demasiado extremistas, antiliberales, poco confiables o directamente piantavotos.

Parte de la sociedad israelí va en un inexorable camino hacia la derechización nominal y dogmática, pero además Bibi supo hacer otra vez las cuentas a tiempo. La suma de los votos del rejunte de traicionados por Netanyahu fue menos que el todo: los partidos más a la izquierda no se unieron y desperdiciaron los votos que no pasaron el umbral electoral, y la sobreoferta de centro-izquierda-derecha-arriba-abajo se comió a sí misma. Yair Lapid, Benny Gantz, Gideon Saar, Avidgor Liberman, un auténtico póker de liberales, seculares, presentables para todas las suegras del mundo libre, pero todos muy por detrás del animal político que hace del Likud (su partido) lo que se le canta desde hace tres décadas. Naftali Bennett de la Nueva Derecha, el primer primer ministro con kipá, demostró durante ese interín entre 2021 y 2022 llamado “gobierno del cambio” que merece también estar en ese combo. Su pragmatismo y empatía serían elogiables si no hubiese sido el líder del partido al que se le fugaron los miembros que llevaron a la disolución de la Knéset (el Congreso israelí) y al regreso del Perón de la Cesarea Marítima.

La reforma judicial

Cuando el Estado de Israel fue fundado en mayo de 1948, la propia Declaración de Independencia instó a redactar una constitución a la brevedad. Sucesivas guerras y falta de consenso sobre diversos temas fueron pateando la pelota hacia adelante, y llegamos al día de hoy con una serie de Leyes Básicas o Fundamentales, artículos sueltos, de carácter constitucional, con distintos mecanismos de modificación. Algunos por mayoría simple, otros con supermayoría de tres cuartas partes de la Knéset. Las Leyes Básicas no cubren todo lo que una constitución en la mayoría de los países, pero permiten el funcionamiento sensato del Estado y protegen derechos fundamentales.

La Corte Suprema se asigna la tarea de cuidar la constitucionalidad tanto de éstas como de todas las leyes que promulgue el parlamento. La misma Corte preside y controla el mecanismo de selección de jueces. Hasta aquí, inestable pero ok, nada parece tan raro. Durante 75 años el Estado funcionó, leyes fueron aprobadas o devueltas al parlamento por inconstitucionales como en cualquier país fundado por hijos de vecinos. Nada escandaloso, siempre y cuando no tengamos tiempo de desviarnos ni entrar en detalles. Hasta hoy, la gobernabilidad y la calidad democrática funcionaron por usos y costumbres, y si bien la Corte pudo haberse entrometido más de lo que tienen permitido órganos análogos en el mundo, esto fue en parte por la situación precaria y de continua urgencia, con guerras declaradas, fronteras endebles, todo aquello que ya sabemos y que viene con el paquete Israel indefectiblemente.

Hasta hoy, la gobernabilidad funcionó por usos y costumbres, y si bien la Corte pudo haberse entrometido de más, esto fue en parte por la situación precaria y de continua urgencia.

Al fin y al cabo, esas Leyes Básicas son el marco del que disponemos para aferrarnos. La constitucionalista Suzy Navot dice que “si camina como una constitución, suena como una constitución y parece una constitución, aunque la llames Ley Básica, es una constitución”.

El paquete de reformas que traen Netanyahu y sus laderos, el ministro de Justicia, Yariv Levín, y el Presidente de la Comisión de Leyes y Asuntos Constitucionales de la Knéset, Simja Rotman, contiene más de cien enmiendas. Pero nos concentraremos en dos, dejando afuera algunas incluso ya aprobadas o a punto, que tratan temas controversiales como los mecanismos para poder destituir al primer ministro, y una enmienda hecha a medida para que el líder del partido Shas (los sefaradíes ortodoxos) y aliado de Netanyahu, el criminal condenado Aryeh Deri, pueda asumir como ministro a pesar de su inhabilitación, dictada, claro está, por la Corte Suprema.

Los dos grandes motores de la disputa son:

  • Cambiar la composición del comité de selección de jueces (y que la coalición de gobierno tenga mayoría)
  • Que el parlamento pueda revertir dictámenes de la Corte Suprema sobre la constitucionalidad de las leyes con mayoría simple.

El primero de los dos puntos es ligeramente menos polémico porque hay voces que se oponen a la reforma en general que reconocen una necesidad de mayor equilibrio en este mecanismo. Claro, nadie sensato está de acuerdo con que una misma fuerza, que por diseño controla ejecutivo y legislativo, pueda darle la forma que quiera al poder judicial.

Desde Likud y los partidos religiosos (tanto nacionalistas/sionistas como ortodoxos/no-sionistas) alimentan con cada vez más intensidad la idea de que la justicia toda tiene un sesgo de izquierda, liberal, secular. Y que siendo la misma Corte la que tiene el mayor peso a la hora de elegir nuevos jueces, siempre prima el criterio de mantener a esta casta o familia judicial bienpensante, sensible, telavivi, de izquierda, blanca y ashkenazí.

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De cualquier manera, esto es fácilmente rebatible. Si los jueces realmente tuvieran un sesgo secular y liberal marcado, Israel sería bastante más amable con quienes profesan ese estilo de vida. Hoy las batallas por el matrimonio civil, la conscripción universal o el transporte durante el descanso de Shabat parecen estar perdidas, y desde ese lado de esa grieta particular nos contentamos con más o menos mantener una democracia funcional con ciertos derechos civiles restringidos. El propio ministro Levin, en una extraña entrevista hace unas cuantas semanas al oficialista Canal 14, pero trascendida recién en estos días, admitió que tanto control en manos de un gobierno atentaría contra la democracia. Sólo ofreció como solución una fórmula por la cual la mayoría del parlamento elige a los dos primeros jueces de cada período y luego sí, se consensúan. No parece haber demasiada diferencia.

Sobre el segundo gran punto que Netanyahu intenta reformar, basta decir que cae sobre su propio peso, y hay hasta una posible especulación risueña. ¿Qué pasa si la Knéset aprueba esa especie de per saltum, pero la Corte declara inconstitucional eso de no tener la última palabra en cuanto a la constitucionalidad de una ley? ¿El parlamento lo revierte en virtud del poder que le da la propia ley que está tratando de revertir? ¿Esa ley se legisla a sí misma? ¿Entramos en una paradoja tiempo-espacio y llega el Mesías con el tercer templo? Todo es posible.

Bibi perdió la calle

A medida que Rotman y Levin fueron avanzando la legislación, y viendo que ninguna voz sensata y corajuda dentro de la coalición se oponía, distintos actores de la sociedad fueron mostrando sus reparos. Las empresas de hi-tech, responsables de la porción de ingresos más grande, fueron las primeras en saltar: “Con una justicia intervenida dejaríamos de ser un destino agradable para las inversiones extranjeras”. Titulares de entidades financieras, el propio Banco Central, todos los ex jueces de la Corte, todos los ex primeros ministros, empresarios de todos los sectores, ex Jefes del Estado Mayor y actuales y pasados titulares de agencias de seguridad.

Cada una de estas 14 semanas desde que comenzaron las protestas y movilizaciones se fueron sumando nuevos sectores, relevantes y respetados en todos los ámbitos. Y sobre todo, y primero y principal, los soldados: reservistas de todas las fuerzas, en especial pilotos, se manifestaron en contra de servir si las instituciones pasan a ser disfuncionales. Y si hay una institución sagrada en el Estado de Israel, es la seguridad: el Ejército y otras agencias son centrales en la vida del país a nivel colectivo y de los ciudadanos y familias a nivel individual. En Israel ni siquiera se habla del tema en estos términos porque es un sobreentendido, pero si este país sigue existiendo es porque en esto nunca se rompió el consenso.

Reservistas de todas las fuerzas se manifestaron en contra de servir si las instituciones pasan a ser disfuncionales. Y si hay una institución sagrada en Israel, es la seguridad.

Un par de semanas antes del estallido se rumoreaba que, tras analizar la situación, el ministro de Defensa, Yoav Galant, se había puesto en alerta respecto de las renuncias de reservistas. No estábamos lejos de llegar a un número que podría impedir el normal funcionamiento de las Fuerzas Armadas en tiempos en que aparecen nuevos actores en Yenín (al norte de Cisjordania), hay movimientos poco usuales desde Líbano, e Irán presume estar cerca del porcentaje deseado de uranio enriquecido para fabricar armamento nuclear.

Un jueves, Galant anunció que iba a dar un discurso público, trascendió que pediría que se detenga la legislación. Netanyahu anunció que él también iba a hablar, postergó varias horas un viaje planeado a Londres, lo citó en su oficina, asumimos que lo retó, llamó a la paz, a la unidad y a la moderación, pero no anunció nada relevante. El sábado a la noche, cuando Netanyahu estaba en Londres, Galant volvió a juntar fuerzas y pidió públicamente una pausa en la reforma. El domingo por la noche se anunció que Netanyahu lo despedía, medio país salió a la calle, imágenes de honda familiaridad con cortes de ruta, barricadas y protestas frente a las casas de los líderes. El lunes por la mañana, la Histadrut, la central de trabajadores, anunció el paro general, y los empresarios no sólo acataron sino que llevaron adelante un lock out patronal simultáneo. Shoppings, bancos y supermercados cerrados, y hospitales trabajando al mínimo. El aeropuerto Ben Gurión suspendió la mitad de sus operaciones. No se veía algo así desde el Mandato Británico.

Netanyahu salió a decir temprano que iba a hablar, terminó haciéndolo a las 8 de la noche tras negociar con varias patas de su coalición, incluyendo a Itamar Ben Gvir, el ministro de Seguridad Pública que no fue al ejército porque no pasó el psicotécnico. Hace un par de años Ben Gvir era mala palabra y Netanyahu se veía en la obligación de decir que de ninguna manera formaría parte de un gobierno suyo. Para poder acordar el freno temporal a la reforma y no provocar una ruptura de la coalición de gobierno, Netanyahu debió firmar un papel comprometiéndose a financiarle a Ben Gvir una “Guardia Nacional” bajo su control directo, todavía no sabemos bien con qué fin.

El tiempo no tardó en darle la razón a Galant, hoy reconfirmado a regañadientes como ministro de Defensa. Un operativo en Jerusalén terminó con la policía ingresando y reprimiendo a palestinos que intentaron agolparse dentro de la mezquita de Al Aqsa. Hechos similares dispararon el conflicto de 11 días hace dos años, también en pleno Ramadán. La agrupación terrorista Hamás, en su continua disputa por el poder de la causa contra la Autoridad Palestina, respondió con cohetes en plena celebración de Pesaj, pero esta vez con una novedad: no sólo desde Gaza, sino también desde Líbano. Israel tomó represalias con bombardeos selectivos, y ante la vista gorda de Hezbolá, el intercambio parece haber terminado. De todas maneras, otros dos atentados terroristas con armas de fuego y ataques de embestida en el Valle del Jordán y la rambla de Tel Aviv dejaron este fin de semana un saldo de tres muertos. Desde que asumió el nuevo gobierno hace cien días, los civiles muertos por terrorismo en Israel suman 17. Desde el arco opositor anunciaron el apoyo a cualquier medida que tome el sistema de seguridad, pero esta vez con críticas a lo que parece ser, por parte de Netanyahu, desidia hacia el desafío más importante que afronta el país. Hasta la relación con la Casa Blanca está desatendida, y en su peor momento desde los años ’50.

Sin nadie más a quien traicionar

Tras la jornada histórica de protestas de hace dos semanas, el gobierno perdió la calle y parte de la legitimidad. Netanyahu anunció que el proceso legislativo por la reforma judicial entra en pausa hasta que termine el próximo receso de la Knéset, a mediados del verano. En el mejor de los casos ganó algunas semanas, pero el daño del caos y la división ya está hecho.

A medida que fue traicionando a sus distintos socios, Bibi siempre logró encontrar alguien nuevo que le hiciera la segunda para formar o mantener un gobierno. Sucede que el país es chico y se quedó sin nadie a quien poder traicionar. En las elecciones de marzo de 2021 fue el candidato más votado, pero no tuvo manera de lograr 61 bancas sin partidos árabes. Aunque lo niega, también lo intentó con ellos. Le tomó más de un año, pero logró hacer caer a ese frágil gobierno del cambio formado por ocho partidos de todos los tipos: izquierda, derecha, centro, secular, religioso, árabe. Esta vez Netanyahu tuvo que encomendarse a una alianza en la que él es el actor más liberal y centrado. Ya no tiene poder de negociación ni válvulas de escape. Tuvo que ir all in y prometer hasta lo tabú a sus nuevos socios. Posiblemente Bibi siga siendo uno de los políticos más astutos del mundo, pero ahora sin trucos, sin margen de maniobra y al natural, tirando mordiscos sin poder disimularlo, acorralado en su propio laberinto.

Lo más factible es que para el verano nos volvamos a encontrar en la misma exacta situación de caos, pero con mayor decantación en las sucesivas encuestas que ya comenzaron; si hoy hubiese elecciones, la oposición tendría muchas más chances de formar un gobierno. Bibi se sobregiró en sólo tres meses, pero tampoco le quedaba otra opción. Medidas como esta reforma son el combustible con el cual la coalición que armó funciona, el cordero pascual que sus aliados le piden sacrificar. Ahí veremos dónde está el límite de Netanyahu, menos moral que práctico, y si lo que sea que allí hay alcanza para que los últimos socios posibles que le quedan no salten del barco.

 

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Diego Mintz

Periodista y analista de inteligencia viviendo en Israel. Trabajó para KAN, la radio nacional de Israel, Radio Nacional Argentina y La 1110.

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