IGNACIO LEDESMA
Domingo

¿Qué hay de nuevo, psychos?

En medio de este panorama tan sombrío, podemos rescatar una certeza que disfrutaremos en tiempos mejores: no nos van a psicopatear más.

Una de las películas favoritas del mundo, Psicosis, en realidad se llama diferente: se llama Psicópata (Psycho) y, a esta altura de las circunstancias y después de mucho pensarlo, creo que es un chiste más del gordo Hitchcock. En El cine según Hitchcock, le confiesa a Truffaut que lo que le interesaba era hacer una película chiquita, rápida, que llevara de las narices a la gente donde él quería. Manipularla con todas y cada una de las herramientas del cine. Y así –y esto es cierto ciento por ciento– uno se preocupa sucesivamente porque se salgan con la suya una pareja adúltera, una ladrona, una asesina y el hijo de la asesina. El final, con Norman totalmente convertido en Mrs. Bates, es la clave: se sonríe a la cámara y dice que va a mentir, que va a dejar que la mosquita no muerta le camine por la mano. Es seguro que Psicosis es una de las más grandes y macabras bromas del cine. El “psicópata” (totalmente autoconsciente) fue el gordo Alfred durante esos tremendos ciento y pico de minutos.

Lo bueno del arte popular es que permite comprender fácil la realidad. No lo entendieron bien los Dorfman y los Debord de la vida cuando condenaron el gran espectáculo, la metáfora, la fantasía desatada. Quizás el problema de la fantasía desatada hoy es que hace el camino inverso: en lugar de ayudarnos a pensar la realidad de fuera del cine, nos obliga a interpretarla de acuerdo con una agenda cuyo motor es culpógeno. ¿Se dieron cuenta de que no hay casi verdaderos villanos en las películas actuales? Todos tienen un trauma, o una buena idea que se fue de madre, o una enfermedad mental. Pobrecitos. De hecho, hasta el Guasón en Guasón explica literalmente que él es producto de una sociedad que abandona a la gente con problemas y pum, mata a De Niro. Pero existe una superlativa historieta escrita por Alan Moore llamada La broma asesina donde queda claro que la locura no justifica nada. La leímos pocos (a esta altura somos pocos) y tampoco es que siente precedente. En el prólogo, el Guasón llega a la casa de Bárbara Gordon (la hija del comisionado Gordon y, de paso, Batichica) y le pega un tiro que la atraviesa y la deja hemipléjica. Se hace con un parque de diversiones semidestruido asesinando a su dueño y monta allí un lugar específico para torturar gente. Secuestra a Gordon y lo tortura de todas las maneras posibles, incluyendo imágenes de su hija destrozada por el tiro. Entra Batman y se enfrentan.

¿Se dieron cuenta de que no hay casi verdaderos villanos en las películas actuales?

Pero algo que no les conté es que, en paralelo a esta trama, se cuenta el origen del Guasón: un tipo que quiere triunfar como comediante, tiene una mujer y un hijo que pasan hambre y vive casi en la miseria porque cree que va a dar el batacazo como cómico. La mujer lo adora porque la hace reír. Un día, porque el dinero es imprescindible, se pliega a un golpe criminal a una empresa química. Quiere el destino que su mujer e hijo mueran ese mismo día en el incendio de su casa. Pero el Guasón no puede evitar ir al robo, donde lo engañan, cae en una tina con ácido y enloquece. Lo que el Guasón quiere es demostrar que cualquiera puede ser él —un asesino loco— si le tocan tantas desgracias. Que hay un punto de quiebre que te transforma en psicópata. Espoileo el final: ni Gordon ni Batman, a pesar de todo, lo matan. Le demuestran que ser malo es una elección. Nadie que nace pobre elige salir de caño a menos que siempre haya querido tener la chance de salir de caño. Pero esto fue en los ’80, cuando fuimos libres para decir cosas y que se discutieran. Guasón es una película de estos tiempos, donde todo debe quedar perfectamente claro, no sea cosa que alguno no entienda y, además, correcto.

Claro que se puede pensar que no hay algo así como el Mal (ay, Friedkin, cómo se entiende tu poco éxito o el de John Carpenter en las últimas décadas), pero también lo contrario. Sin embargo, la agenda de corrección política/woke/progre, con su necesidad de que todos estén incluidos en su lecho de Procusto moral, nos quiere convencer de lo primero. La cultura universal se zaffaronizó demasiado. O quizás Zaffa vio el negocio antes: los prostíbulos de Recoleta ya nos demostraron lo exitoso que es como entrepreneur moral, reconozcámoslo. La culpa, la necesidad de ser parte de una sociedad que no te señale con el dedo, volvió semipoderosos a los defensores de la relatividad moral, que en el fondo piensan lo mismo que el Guasón: es culpa de la enfermedad, y la enfermedad es culpa de la sociedad. Si maté de una patada en el piso a una nena de once años es porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar. Pobre.

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Por extensión, dado que el sistema es capitalista, la culpa tanto de que yo matase a una nena como de la muerte de la nena es del capitalismo. ¿Se entiende? Bueno, es un pensamiento retorcido, pero como el psicópata busca sobre todo la justificación de cualquiera de sus actos —ya sea reírse sin tirar un flotador cuando la nena es arrojada a la pileta, o patearle los soldaditos al nene— su mente tiene suficiente gimnasia para crear, elasticidad del lenguaje mediante, cualquier tipo de explicación. Después, otra vez los Procusto de la Moral y el miedo a no formar parte del grupo “del palo” en el que se viva, hacen lo suyo, y listo. Este comportamiento no es otro que el del Guasón en el parque de diversiones y en la habitación de Bárbara Gordon. Psicópata, que es lo mismo que manipulador moral con fines egoístas, caóticos y, sobre todo, nihilistas. El Guasón —o el tipo que patea soldaditos, o el justificador de patadas a las nenas— no tiene otro fin que salirse con la suya aunque todo se destruya. Lo dice el Alfred de Michael Caine en The Dark Knight: “Hay gente que sólo quiere ver arder el mundo”.

Pero para que la escala de ese nihilismo sea suficiente, para que el mundo arda, hacen falta cómplices, fanáticos, gente que crea en el (falso y ad hoc) fin último de toda destrucción. Puede ser La Defensa de la Familia Como Núcleo Básico de la Sociedad, o esa trampa distribuida con bastante éxito desde Cuba por los revolucionarios del Black Label: la Revolución. En realidad nadie sabe con precisión qué es la Revolución ni cuáles son sus beneficios, pero es lo de menos. Se supone que la Revolución es buena y los buenos están con la Revolución. El Pueblo (otra cosa que los Procustos morales recortan de acuerdo con sus necesidades momentáneas) será mejor con la Revolución. La Revolución es el Bien. Así, cualquier cosa que se haga excusándose en la Revolución será, por carácter transitivo, buena. No importa si eso implica que miles y miles de trabajadores pierdan el indispensable presentismo porque un piquete quemaurnas les impide llegar a tiempo a sus trabajos. Es un pequeño sacrificio en aras de la Revolución, shavasavercuandotriunfemos, esto es para vos también, no te quejés, paciencia que ya llega ya llega.

Chamuyo psycho

Mentira, es un verso psicópata. Puede el lector revisar datos de pobreza, distribución del ingreso, PBI, desarrollo social, educación y salud en países como Cuba, Venezuela, Irán y otros orgullosamente revolucionarios. Pero el psicópata no tiene ningún respeto por los datos porque su visión del mundo, caótica y prepotente —incluso consigo mismo— no puede ser alterada por un numerito más o menos, mi viejo. Siempre el psicópata encontrará la manera de que las cosas cuajen. Así tenga que escribir mil papers para sostener su beca del CONICET o su puesto en Berkeley, porque la cosa no es que suceda aquí. De hecho, la primera ola de lo que podemos llamar Psicopatía Moral Levógira proviene de los Estados Unidos y arrancó en los años ’90.

Pero quizás aún no estemos preparados para esa discusión. Sí, al menos, para tener en cuenta que van más de 30 años de esta psicopatía constante, que en la Argentina tuvo su pico cuando la muerte de Santiago Maldonado. Todos los psicópatas, todos los que temían quedarse abajo del Colectivo Buenista Biempensante y varios vivillos con la Señora a la cabeza se colgaron el cartelito: “¿Dónde está Santiago?”. En las escuelas públicas, en primer grado, pasaban lista y gritaban lxs educadorxs de nuestrxs niñxs: “Santiago Maldonado”. Pasó de todo, hasta el bullying de parte de una docente a un nene porque el padre era gendarme. ¿Se acuerdan? Bueno, Santiago Maldonado se ahogó en un río, con dos metros de agua, y los tipos a los que fue a apoyar en un piquete en una ruta nacional (delito) no sólo no lo ayudaron (abandono de persona seguido de muerte) sino que entorpecieron la investigación. Y la oposición política de entonces intentó hacer su agosto. La ministra de seguridad de entonces (Patricia Bullrich, claro), se plantó incluso contra sátrapas de su propia coalición gubernamental. Y sí, todo terminó con el gendarme sobreseído (seis años después). Pero ese día murió para siempre (la definición brillante la publicó Osvaldo Bazán en Twitter y se la afano) la psicopateada de morral, de aquí en más, PDM.

Ahora —ahora— aparecen en radio diciendo que, quizás, condenar la meritocracia fue mala idea.

Esta nota, originalmente, se escribió antes de las PASO. Y se mencionaba el intento de PDM con la muerte de Facundo Molares en el Obelisco. ¿Se acuerdan de Facundo Molares? Fue hace diez días, más o menos. No importa: prueba de que la PDM no funciona más es que nadie recuerda ya el asunto, ningún comunicador social coreacentrista volvió a mencionarlo, y que ahora —ahora— están preocupados por el avance de Javier Milei. Ahora —ahora— aparecen en radio diciendo que, quizás, condenar la meritocracia fue mala idea (PDM), que dejar que el CONICET se transformara en unidad básica quizás fue errado (PDM, de las primeras, desde el escrache a Sandra Pitta por parte de un tal Alberto Fernández en 2019) y que, bueno, qué vamos a hacer.

Pero durante mucho más que los últimos cuatro años esos mismos comunicadores, investigadores, militantes etcétera nos corrieron con la Bondad Obligatoria del Pensamiento Correcto. Crearon el calificativo “de derecha” para todos aquellos que cuestionaban el dogma buenista, porque “derecha” es el Mal. Era la forma de decir(nos) que éramos malos. Olvidaron algo fundamental: la mayor parte de la población argentina  de hoy, antes que pensar cuál es la moral correcta, prefiere comer. Y quizás repetían o aprendían a hablar con la “e” para que no los jodieran o para que los bullies radioconvosistas no los señalaran con el dedo. Moraleja: en el cuarto oscuro, los psicópatas buenistas no vieron a quienes, cansados de tanta moralina, de tanta justificación de lo injustificable, de tanto “desde dónde me hablás”, votaron lo contrario de lo que son (no de lo que representan, porque además pretenden representar el lado luminoso y correcto de la vida; no, mi ciela).

Para que se entienda: Correctnation quedó en off side y, esta vez, no nos comimos la psicopateada. Como Batman al final de La broma asesina, agarramos a estos Guasones de las solapas, los mantuvimos colgando del techo y les dijimos que no, que se vayan a la mierda. Los dejamos ahí, solos, impotentes, pataleando en el aire porque, señores, después de lo de Maldonado y después de estos cuatro años del peor gobierno democrático de las últimas cuatro décadas, perdieron toda posibilidad de hacernos creer que “somos malos” por ejercer el inteligente derecho a tomar distancia, ver las cosas con ecuanimidad y desconfiar de los discursos hasta que la realidad se imponga.

La cosa es que esos psicópatas, por ahora, están noqueados. No son el Guasón de Joaquin Phoenix, ni el de Heath Ledger: son el de César Romero.

La cosa es que esos psicópatas, por ahora, están noqueados. No son el Guasón de Joaquin Phoenix, ni el de Heath Ledger: son el de César Romero. No son el monstruo de La broma asesina, sino una figurita Cromy de los 90 descolorida por el tiempo. No son Norman Bates; son la mosquita (ahora mosquita muerta) que revoloteaba en el plano final. Eso sí: mantenerlos a estos tipos en la lona, con sus fideos en copa y sus empanadas en vaso, con su rúcula y sus sahumerios de Plaza Serrano depende de que no nos volvamos a dejar psicopatear. Desgraciadamente, la respuesta del 30% de los que votaron fue bancar a un psicópata que dice lo contrario. Lo único bueno es que, a diferencia de los otros, no pretende caer simpático, lo que nos libera la voz a la hora de decir exactamente qué pensamos de él. Eso, creo y me parece lo más sano, es irreversible: ahora que el apocalipsis es evidente y hasta los árbitros de la moral se dan cuenta, se acabó el miedo de discutir como se debe.

En fin, habrá que seguir buscando otro nocaut. Y después bancar la parada —que va a ser durísima— sonriéndoles a estos mequetrefes. Aprendan de Bugs Bunny, que por algo fue el primer blanco del autopercibido ex presidente Alberto Fernández.

 

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Leonardo D'Esposito

Crítico de cine, periodista, docente. Edita en BAE Negocios, escribe en Noticias y Brando y publicó cuatro libros, entre ellos "50 películas para ser feliz".

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