IGNACIO LEDESMA
Domingo

Antonio Gasalla
(1941-2025)

El gran actor cómico, uno de los máximos humoristas de la escena argentina y un artista integral, que triunfó en el teatro, la televisión y el cine, murió el martes a los 83 años.

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En Estados Unidos hay un puñado de artistas que pertenecen a un círculo muy exclusivo, al que sólo se puede entrar por haber logrado algo que parece un imposible: se trata de los EGOT, es decir, aquellos que ganaron al menos una vez un Emmy, un Grammy, un Oscar y un Tony. Son apenas 21 los miembros de este club, la mayoría de ellos compositores galardonados por sus bandas sonoras. Pero en ese grupo selecto están también Audrey Hepburn, Elton John, Mel Brooks y Mike Nichols, por citar sólo a algunos.

En la Argentina los premios de la industria del espectáculo no tienen tanto prestigio, ni siquiera una mínima transparencia. Pero, extrapolando contextos, Antonio Gasalla podría ser considerado como un indiscutido EGOT del medio local. Quizá el único en el último medio siglo. Nadie en el mundo del espectáculo contemporáneo logró triunfar en el cine, el teatro y la televisión. Algunos consiguieron éxitos de taquilla y de rating, pero no lograron al mismo tiempo la aprobación crítica (el caso de Alberto Olmedo en el cine, por ejemplo). Gasalla sí lo hizo. Dominó cada uno de esos terrenos y hasta podríamos sumar también el de las grabaciones, porque Yo no… ¿Y usted?, su disco de 1971 con Carlos Perciavalle que remeda uno de sus shows de café concert, es extraordinario (si pueden búsquenlo en Spotify: se van a reír con ganas y van a comprobar que en ese entonces éramos más libres que ahora). Luis Sandrini y Mirtha Legrand podrían ser otros de nuestros EGOT, los que cabalmente dominaron esta imaginaria triple corona.

El único terreno en el que Gasalla no logró asentarse del todo, en el que no tuvo continuidad, fue el cine. Participaciones escasas y espaciadas en el tiempo, a veces separadas por más de una década. De todas maneras, tiene tres grandes momentos, mucho más de lo que pueden decir varios con filmografías más vastas: ese empleado cansado de las burlas de La tregua (1974), la Mamá Cora de Esperando la carroza (1985) y la dupla con Graciela Borges en Dos hermanos (2010), dirigida por Daniel Burman.

Gasalla, que murió el miércoles en Buenos Aires a los 83 años, evitó el arquetipo del humorista melancólico, sumido en la tristeza, que sólo se enciende ante al público. Ni Garrick ni Olmedo. Fue el cómico malhumorado. Siempre gruñón, peleador, remiso al periodismo, con mala relación con varios de sus compañeros, sin molestarse por parecer amable, sin pudor para exigir trato preferencial. Acaso en eso (y en parte por el genio para estirar los límites del medio) se pareciera a Jerry Lewis.

Siempre gruñón, peleador, remiso al periodismo, con mala relación con varios de sus compañeros, sin molestarse por parecer amable, sin pudor para exigir trato preferencial.

Sus contratos tenían muchísimas páginas. Cada nuevo convenio tenía más cláusulas. En ellos regulaba cada una de las condiciones de trabajo. Desde los centímetros que debía tener su nombre en la marquesina hasta el amoblamiento del camarín, pasando por la hora en la que debían arribar a la sala los otros integrantes del elenco y las medidas unilaterales que podía tomar el actor ante eventuales ruidos molestos. Ha suspendido funciones porque en un multiteatro los banners de las otras obras tapaban su cara en la puerta de la sala: “Tapan al que vende las entradas. Es insólito”, se quejaba. Dicen también que en su estudio de televisión se trabajaba invariablemente a 17 grados. Aun en diciembre,  todos tenían que abrigarse. Según Gasalla, aquella era la temperatura que necesitaban sus máscaras para mantener su flexibilidad y que pudieran así registrar sus movimientos faciales.

Su malhumor era una manifestación de su falta de demagogia. No quería agradar a nadie ni jugar un juego que no respetaba. No usaba su vida privada —que siempre preservó, de la que nunca se supo nada— para alimentar el interés por sus obras o programas. Si alguien veía lo que hacía era por su capacidad artística, por su habilidad para hacer reír.

Gasalla contó alguna vez que el mayor cambio en su vida no fue el éxito, sino uno de sus efectos colaterales: la fama. La describió como una película, pero de cine catástrofe: “La fama es como un tsunami, una ola gigante que te tapa, te revuelve, te arrastra. Trabajás y trabajás y no sos nadie. Hasta que un día, sin que se sepa bien por qué, miles de personas que no te miraban, ahora no sólo te miran sino que se ocupan de uno. Te señalan, te espían, te odian”.

Gasalla contó alguna vez que el mayor cambio en su vida no fue el éxito, sino uno de sus efectos colaterales: la fama. La describió como una película, pero de cine catástrofe.

Otra gran diferencia con los cómicos locales fue su capacidad de trabajo, en especial, en la televisión. Sólo Tato Bores tenía un equipo tan aceitado y cada sección del programa producida con dedicación. Pero Gasalla asumía las mayores responsabilidades en soledad. Tato era el actor principal, estudiaba con denuedo sus dos monólogos y supervisaba el resto, sin demasiada injerencia en la creación. Antonio, en cambio, escribía cada guión semanal, urdía nuevos personajes, exigía la mejor producción y dirigía actoralmente las escenas. Una excepción en un medio en el que imperaba (del humor televisivo se habla en pasado; es probable que también de la televisión debe hablarse así) la pereza, la repetición extenuada del hallazgo inicial, la explotación eterna de la gracia innata. Gasalla confiaba en el trabajo, tenía una compulsión por lo laborioso. Su signo era el rigor profesional. Era su manera de respetar al público.

Y era también su red de protección. Cuando, por ejemplo, salió del formato tradicional, cuando se alejó de su lugar seguro de guiones, ensayos, elenco con talento y buen trabajo de cámaras, no le fue bien. Magazines o programas de juegos. Se enfrentaba, también, a un medio que estaba esperando su tropiezo. En algún momento ese tropiezo tuvo forma de empujón. En un programa veraniego de mediodía (no parecía el formato ideal para él), Gasalla empujó a una pileta a una reina de belleza local. Fue la excusa para que los programas de chimentos, las revistas tabloides y las sociedades de fomento de la localidad balnearia se ocuparan de él. “Ocuparan en este caso funciona como eufemismo de “destrozaran.

La compulsión por el trabajo, por lo premeditado, no impedía que la impronta que lo había hecho conocido se perdiera. Siempre había espacio para la improvisación. En especial cuando compartía escena con gente talentosa que podía proveerle la emoción de lo inesperado, que podía enriquecer su show. Les daba espacio, los dejaba lucirse, disfrutaba de los hallazgos de sus compañeros con genio. Huraño y misántropo, no dejó de convocar tanto para sus espectáculos teatrales como para los shows televisivos a gente de talento. Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta, Juana Molina, Norma Pons y muchos más. Podía llamar a Aída Bortnik como guionista y también a Mariana Nannis o a Silvia Süller. No tenía demasiado prurito ni prejuicios si creía que algo podía funcionar con el público.

El método Gasalla

La gran mayoría de los cómicos argentinos tienen como origen haber sido el gracioso del asado, ése que con sus chistes y morisquetas anima las reuniones sociales, el que se convierte en el centro de atracción. No parece haber sido aquel el camino de Gasalla; cuesta imaginárselo como el alma de la fiesta.

Antonio estaba convencido de que el artista debe tener una conexión con el público si quiere triunfar. Sabía también que ese hilo era frágil, delgado en extremo. Y que una vez que se cortaba, la situación se volvía irremediable. La conexión era casi imposible de restablecer. Durante más de 50 años logró mantener ese hilo tenso y sano. Conectaba con su tiempo. Hizo prácticamente de todo, incluyendo café concert, teatro de revistas en el Maipo y televisión.

Su último gran giro fue hace 15 años. Sintió que sus espectáculos de gran show y sus personajes se repetían y estaban empezando a cansar al público. Probó un nuevo camino. Buscó en las nuevas tendencias. Era la época del auge de los blogs. Adaptó Más respeto que soy tu madre, de Hernán Casciari, y durante cuatro años batió récords de taquilla. En Buenos Aires, Mar del Plata y Carlos Paz. La obra tuvo una segunda parte también exitosa. Urdapilleta, Charly García, Susana, Casciari. Como se ve, Gasalla nunca se quedaba estancado, había una búsqueda permanente.

En esa búsqueda por permanecer, por no perder centralidad, sucumbió a la tentación de ser jurado de los concursos televisivos de Marcelo Tinelli.

En esa búsqueda por permanecer, por no perder centralidad, sucumbió a la tentación de ser jurado de los concursos televisivos de Marcelo Tinelli, quien lo había tentado infructuosamente durante años. No necesitaba el dinero y no quería pelearse (en público) cada noche. Pero capituló y se peleó (en serio, con pasión y molestia) cada noche. No pudo controlar su inclinación hacia el enojo, hacia la exasperación. Tal vez haya aceptado porque fue una oferta imposible de rechazar: muy buen dinero, pero en especial una audiencia enorme que le aseguraba estar en la conversación pública cada día durante meses. Deben ser pocos los artistas populares capaces de resistir semejante tentación.

Otro evidente contacto con lo popular fue su participación en el programa de Susana Giménez. Antes del inicio de cada temporada había un paso de comedia fuera de campo. Nunca se sabía si continuaría o no en el programa; las negociaciones por el contrato se extendían hasta la frontera del estreno: dicen que era un duro y hábil negociador. Al final siempre aparecía la Abuela para incomodar a Susana, para decirle y preguntarle lo que nadie más se animaba. La Abuela no era Mamá Cora: no tenía problemas cognitivos, estaba informada y conectada pese a los achaques de la edad. Y contaba con la malicia de su creador.

Escenas de la vida

El padre de Antonio era peluquero. Soñaba con un hijo universitario. Al terminar el secundario, el joven no tuvo elección. Debía estudiar una carrera tradicional, y se inclinó entonces por Odontología. Aguantó cuatro años en sus aulas. Después se dedicó de lleno al conservatorio. Sería actor. Su padre nunca lo entendió. Tras egresar hizo lo que hacían todos los jóvenes de la época: acudió a lo de Nené Cascallar, la autora más importante de la televisión de ese tiempo. El procedimiento hoy suena extraño pero todos los galanes de su tiempo surgieron de ese modo, entre ellos Federico Luppi y Rodolfo Bebán. Se concertaba una cita con el secretario de la libretista (así se los llamaba a los que escribían para televisión: todavía no habían alcanzado la jerarquía de guionistas) y había que dejar una foto y grabar tres líneas de diálogo. Nené miraba la foto y, si le gustaba la cara y la voz le parecía sugerente, le escribía un pequeño papel que luego crecería o desaparecía según la relación del aspirante a galán con la cámara. A Gasalla, con la excusa de que era demasiado grande y no entraba en el fichero, Nené ni siquiera le recibió la foto: su tipo no era el de galán.

Con las puertas de la televisión cerradas, probó suerte en la otra posible salida laboral: el elenco del Teatro San Martín. Preparaban el montaje de una gran obra clásica y buscaban 40 actores para que interpretaran al pueblo. Pero para ser pueblo no había que destacarse, no se podía sobresalir visualmente en el conjunto. La homogeneidad física con el resto de los intérpretes era el primer requisito. La baja estatura y los rulos frondosos de Gasalla lo dejaron previsiblemente afuera de aquel elenco.

A los rechazados, a los que no pudieron integrar ‘el pueblo’, no les quedó más remedio que juntarse y hacer en broma esas obras clásicas que ellos sabían interpretar en serio.

Él explicaba, tal vez en un relato mítico de la forja de su carrera, que a los rechazados, a los que no pudieron integrar “el pueblo”, no les quedó más remedio que juntarse y hacer en broma esas obras clásicas que ellos sabían interpretar en serio. Así se conformó el grupo con Edda Díaz y Carlos Perciavalle. Crearon Help Valentino y consiguieron una salita para 60 personas en un conventillo de la Avenida Libertador. Era 1965 y de inmediato fue un éxito enorme. Tres años con las entradas agotadas. Había nacido el café concert, un nuevo género, un nuevo lenguaje. Desparpajo y audacia que congeniaba con el espíritu de su época. Se animaban a cantar (siempre mal), parodiaban a personajes célebres e importantes, incomodaban al público. Era un espectáculo vivo en contraposición con la revista que, con su strass, los chistes viejos de los capocómicos y alguna mala palabra, ya estaba anquilosada.

Después vino la separación con Perciavalle y sus espectáculos solistas con guiones de Enrique Pinti. El salto a la revista fue inesperado. Llegó al Maipo en 1978, en un momento en el que Marrone, Porcel, Olmedo, Barbieri y Don Pelele dominaban las noches. Arrasó. Había malas palabras, chicas lindas y grandes cuadros musicales, pero también una cuota de riesgo que los otros habían perdido. Su irrupción fue la última novedad de la revista.

Divina TV

Todavía faltaba ese otro gran paso, sin embargo, uno que se resistió a dar durante mucho tiempo. Gasalla no creía que pudiera trabajar con las condiciones que él solía exigir ni que fuera a gozar de la libertad necesaria: la televisión era, todavía a fines de los años ’80, un medio extremadamente pacato. Una hipótesis casi sin sustento: lo que lo terminó de animar fueron los celos; su antiguo compañero Carlos Perciavalle había tenido un éxito arrasador aunque fugaz en el medio, y emularlo, superarlo, mostrar que él también podía, acaso haya sido uno de sus móviles.

Así y todo, trabajó mucho para lograrlo. Creó personajes, aggiornó los que traía del teatro, consiguió grandes máscaras, escenografías, un gran director (Eugenio Gorkin durante varios años) y elencos inesperados. En su desembarco con El mundo de Antonio Gasalla en 1988, en ATC, no quiso acudir a los actores que tenían experiencia con otros cómicos. Necesitaba caras nuevas y deseaba evitar trabajar con quienes ya tenían vicios adquiridos en la televisión. Ese fue el camino que le permitió popularizar a Juana Molina, a Urdipilleta y Tortonese, a Daniel Aráoz, entre otros.

Los personajes se multiplicaron, con una notoria mayoría de mujeres. La enumeración es conocida, y en cada obituario se repitió que fueron creaciones que “se metieron en la gente”. Arquetipos que se reían de lo cotidiano, de lo doloroso. Fue el único cómico mainstream que se sumergió en lo sórdido, en lo decididamente incómodo. Sus mundos, esos mundos citados en el título del programa, eran oscuros.

Fue el único cómico mainstream que se sumergió en lo sórdido, en lo decididamente incómodo. Sus mundos, esos mundos citados en el título del programa, eran oscuros.

Varias de sus temporadas más exitosas las hizo, más allá de cómo se denominara el canal según la administración de turno, desde la televisión pública. Sin mensajes condescendientes y con inusitada libertad. Lo más evidente, las malas palabras, una novedad para el medio (“¡Forrrrros!”) . Pero también las escenas incómodas con la maestra, la empleada pública o esas mujeres que sufrían la situación general del país. Y por supuesto, los monólogos que fue incorporando y en los que criticaba a los funcionarios. Eso sí, sus sketches no eran panfletarios, algo que casi nadie que se dedique al humor hoy puede evitar. Él no mandaba mensajes, no era un cartero. Era un cómico.

Y un cómico de una especie única. Alguien que alimentó su talento con trabajo riguroso, que estuvo atento a su tiempo, que procuró no perder la conexión con el público; alguien inquieto, que siempre intentó avanzar en su búsqueda, que no se sentó sobre los logros pasados. Un cómico, un gran actor, que tuvo una vigencia de más de medio siglo, al que sólo la enfermedad logró quebrantar. (“En este negocio hay que tener salud” decía Ricardito, su personaje infantil luego de asesinar a un rival en un casting para una película de Sandrini.)

A riesgo de sonar invadido por la nostalgia, se puede afirmar que ya no hay artistas populares como Antonio Gasalla. Es pertinente parafrasear y subvertir el latiguillo de uno de sus personajes: no lo busquen porque no lo van encontrar.

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Matías Bauso

Escritor, periodista y abogado. Autor de 78. Historia Oral del Mundial y otros libros.

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