JACKIE ELSZTEIN
Domingo

La pluma y la palabra

En 'El ocaso de la democracia', Anne Applebaum alerta sobre la complicidad de intelectuales y periodistas en el ascenso de los populismos. Las redes sociales, la pandemia y el caso argentino.

Varado en Madrid por imposición del gobierno autoritario argentino que cancelaba sistemáticamente mis vuelos, terminé alquilando un pequeño departamento, segundo piso por escalera cerca de Tirso de Molina. Con tanta suerte que en la esquina había una lindísima librería, que frecuentaba cada vez que bajaba en dirección al Museo del Prado, al que acudía a ver las obras de Goya y Velázquez como un creyente va a misa a escuchar La Pasión según San Mateo. En una de esas incursiones librescas, al ver El ocaso de la democracia y sobre todo el nombre de la autora, resonó como una cuerda en mi interior la recomendación que había hecho Mario Vargas Llosa unas semanas antes en su artículo “Retórica de la desesperación”. De modo que ese libro apasionante de la periodista norteamericana Anne Applebaum me acompañó durante una semana, lápiz en mano, por los bares de la Plaza San Ana y los bancos con sombra del Parque del Retiro.

El libro se abre con una fiesta el 31 de diciembre de 1999, en Chobielin, una pequeña casa rural en el noroeste de Polonia que la familia política de la autora había comprado a fines de los ’80 y que pacientemente habían ido restaurando. El marido de Applebaum es el político polaco Radek Sikorski, que por aquel entonces era viceministro de Relaciones Exteriores. A aquella reunión en medio de la nieve llegaron periodistas de Londres y Moscú, diplomáticos de Varsovia, amigos de Nueva York y muchos intelectuales y políticos polacos. A casi todos los asistentes a aquella fiesta se los podía catalogar básicamente como anticomunistas y como liberales conservadores. Liberales a favor del libre mercado, thatcheristas. Pero lo fundamental es que todos creían en la democracia, en una Polonia moderna, integrada a la OTAN y en camino de adherirse a la Unión Europea. Todos estaban en el mismo equipo. Esa noche en Rusia renunció Boris Yeltsin.

Entre todos estaban reconstruyendo Polonia y reinaba el optimismo en aquellos contertulios que mezclaban el inglés y el polaco mientras caminaban por el bosque de abedules. Dos décadas después, la mitad de los invitados se negarían a entrar a la casa de Applebaum y hasta se cruzarían de vereda para no saludarla. Se había operado una profunda división en Polonia, que no era de carácter personal sino política. Pero una polarización parecida ocurrió en Hungría, España, Francia, Italia, Inglaterra y Estados Unidos: la derecha anticomunista se partió. Un grupo sigue apoyando el libre mercado pero también el Estado de derecho, la democracia y los derechos humanos, mientras que otros adoptaron ideas nativistas, xenófobas, paranoicas y autoritarias: se transformaron en populistas de derecha.

¿Algunos de aquellos amigos con los que brindaban eran autoritarios encubiertos? ¿El autoritarismo es algo que atrae a las personas que no toleran la complejidad?

¿Qué fue lo que provocó la metamorfosis? ¿Algunos de aquellos amigos con los que brindaban eran autoritarios encubiertos? ¿El autoritarismo es algo que atrae simplemente a las personas que no toleran la complejidad, es una actitud mental antipluralista? ¿Cómo convencen a los votantes de socavar la democracia? Lo hacen con panfletistas, blogueros, periodistas e intelectuales que saben argumentar y explican que violentar la ley es lo correcto. Todos estos personajes hablan de un nuevo orden, pretenden redefinir sus naciones, reescribir los contratos sociales y muchas veces alterar las reglas democráticas para mantenerse en el poder. La burla respecto de las instituciones de la “democracia burguesa”, de la objetividad de los medios de comunicación o del Poder Judicial suele hacerse desde la extrema izquierda o el populismo de izquierda, pero también tiene su versión de derecha, acaso más inquietante. Son dictaduras blandas que no requieren violencia para mantenerse en el poder, les basta con algunos periodistas, intelectuales y jueces que defienden a líderes por más deshonestos que sean y por más extendida que sea la corrupción. Tanto Viktor Orbán en Hungría como el partido Ley y Justicia en Polonia suelen descalificar a sus oponentes tildándolos de “comunistas”, aun cuando esa calificación va dirigida a adversarios que son liberales de centroderecha. Es ridículo, pero se sostiene por ese aparato propagandístico.

Applebaum cuenta la historia de Jacek Kurski en Polonia. Su hermano Jaroslaw fue secretario de prensa de Lech Walesa, dirige el mayor periódico liberal polaco y su carrera ha sido muy exitosa. Jacek, en cambio, se sintió despreciado, se acercó al líder de Ley y Justicia Jaroslaw Kaczynski y terminó nombrado director de la televisión pública. Desde ese lugar perpetró la total destrucción de los medios públicos, despidió a los mejores periodistas, sus informativos abandonaron toda neutralidad dando noticias falsas y llevando a cabo campañas difamatorias. Un caso paradigmático fue el de Pawel Adamowicz, alcalde de Gdansk, que fue acuchillado el 13 de enero de 2019 por un televidente enfervorizado a raíz de la cruel campaña mediática que habían emprendido contra él.

Maduro y Vox se parecen

En el siglo XX los intelectuales europeos estaban obsesionados con los grandes constructos ideológicos del comunismo y el fascismo. Pero esos regímenes eran tan forzados que se necesitaban controles absolutos de toda la cultura. En el siglo XXI las políticas polarizadoras exigen mucho menos: no hay ideología, no hay violencia ni policía del terror. Basta con que los acólitos articulen durante parte del tiempo una realidad alternativa. Sobre la base de una pizca de verdad arman mentiras medianas. Es lo que hace Viktor Orbán en Hungría sugiriendo que George Soros está detrás de una conspiración judía para reemplazar a los europeos por musulmanes. Es lo que hace el partido Ley y Justicia en Polonia haciendo creer en un complot infame que habría derribado el avión del presidente Lech Kaczynski en 2010. Siembran la mentira y fomentan el miedo.

No es ociosa la asimilación de los populismos de izquierda y derecha. Applebaum cuenta que viajó a Venezuela a comienzos de 2020 y encontró infinidad de similitudes con los nuevos regímenes nacionalistas europeos: ataques al Estado de derecho, a la prensa, al ámbito académico y a las míticas élites se ensamblaban con polarización, propaganda y mentiras. Pero sobre todo con un liderazgo rocambolesco.

Applebaum cuenta que viajó a Venezuela y encontró infinidad de similitudes con los nuevos regímenes nacionalistas europeos.

Una clave muy interesante del libro es la deriva en la vida política de Boris Johnson, con quien el marido de la autora era compinche en el aristocrático Club Bullingdon de Oxford, donde vestían como dandis: frac, chaleco de seda amarillo y pajarita azul. La especialidad de Johnson como corresponsal en Bruselas del Daily Telegraph era redactar noticias divertidas, verdades a medias que minaban la credibilidad en la Unión Europea, como quien tira piedras por arriba de un muro y se divierte oyendo el estruendo del otro lado. Narcisista y fabulador, no sólo fue despedido de varios medios por mentir sino que tuvo escándalos sexuales muy descarados y divorcios tormentosos. En una Inglaterra normal Johnson jamás habría llegado a ser Primer Ministro, pero en el contexto de polarización que exigía el Brexit, el Partido Conservador se quedó sin líderes y buscaron a alguien que pudiera contar historias y hacer reír a los ingleses. ¿A quién irían a buscar sino al gracioso? Johnson armó su narración. Inglaterra ya no era tan grande como antes, había perdido el rumbo porque algo la socavó: ese algo era la Unión Europea. En este caso era el mercado común, pero en el “Make America Great Again” de Trump eran los inmigrantes. Lo importante es tocar una fibra sensible y generar una oleada restauradora hacia un pasado mítico. Para estos líderes mesiánicos no basta gobernar, hay que librar una cruzada moral. Con ese objetivo no trepidan en mentir, una especialidad de Johnson y de este tipo de caudillos personalistas: la campaña del Vote Leave jugó sucio diciendo que los hospitales no darían abasto porque tendrían que atender a los turcos o que los ingleses no tendrían más su té de las cinco. Y ganó.

Otro aspecto interesante que se señala en el libro es el papel que juegan los cambios tecnológicos. La imprenta en el siglo XV y la radio en el XX dan cuanta de ello, pero la actual revolución de las comunicaciones se produjo con tal velocidad que los ciudadanos no atinan a acomodarse o prevenirse. Las redes sociales implican la ausencia de un debate común, no hay porosidad, ahora hay diversos compartimentos con datos fácticos distintos en ámbitos informativos prácticamente exentos de regulación. Incendios digitales, aluviones de falsedades, todo a una velocidad que impide la verificación factual. Los algoritmos radicalizan a los usuarios de las redes con resultados de ira e hiperpartidización. Hay diversas cacofonías, cámaras de eco cuyos miembros se hablan y escuchan entre sí. La democracia siempre ha sido ruidosa, pero si se siguen sus reglas crea consensos, lo que no ocurre en el debate contemporáneo que anima a que unos quieran silenciar a los otros. Esto lleva a Applebaum a un gran pesimismo: según su visión, la combinación de caudillos populistas con estas nuevas tecnologías llevará a horribles escenarios distópicos, sistemas de control de la información y manipulación de masas.

En España el partido populista de derecha Vox y su líder, Santiago Abascal, tuvieron en 2019 un avance de 0% a 10%, obteniendo 25 escaños en el Congreso. El previsible eslogan melancólico “Hacer España grande otra vez” va en línea con los lemas de todos los populismos. En los siguientes comicios esa cifra se duplicó. En los mensajes de ese partido resonaba una nostalgia del nacionalismo franquista. Los temas que blandían eran la oposición al matrimonio gay, al feminismo, a la inmigración, el hastío con la política tradicional y los derechos a ir de caza y a la posesión privada de armas, todo convenientemente salpimentado con cierta vena de libertarismo. Vox era un diseño para envasar a los conservadores irritados con los cambios sociales y, a la vez, una respuesta contenciosa a dos fenómenos: el populismo de izquierda de Podemos, nacido unos años antes, y el secesionismo catalán. Dos esperpentos activando un hijo putativo bastante monstruoso.

La pandemia como excusa

Abraham Lincoln habló de Estados Unidos como de la última y mejor esperanza de la Tierra. Otros, de Tocqueville a Reagan, resignificaron esa excepcionalidad, pero nunca la vincularon ni a la sangre ni al territorio, el único patriotismo estadounidense era su Constitución. Ya en este siglo fue fermentando cierto desasosiego: la izquierda lo centraba en la desconfianza en el capitalismo, en el racismo y en la injerencia de Estados Unidos en otros países; la derecha, en el laicismo, la depravación moral y la mescolanza racial. Los discursos de Trump a su modo contenían ambas críticas: la aversión nihilista al establishment y la desesperación milenarista y evangélica. Pero le sumaba el cinismo y la indiferencia teórica frente a la disyuntiva entre democracia o dictadura, le daba lo mismo una o la otra. Así se destruyen las democracias.

Las restricciones a la libertad fueron al principio muy populares, porque con ellas se daba la falsa impresión de que “el Estado estaba haciendo algo”.

En medio de este panorama sombrío de polarizaciones y mentiras irrumpió el caos del coronavirus. Las drásticas restricciones a la libertad impuestas por muchas naciones fueron al principio muy populares, porque con ellas se daba la falsa impresión de que “el Estado estaba haciendo algo”. Según Applebaum, podría ser un aciago presagio de lo que nos espera. Viktor Orbán promulgó una ley que lo autorizaba a gobernar por decreto y permitía a su gobierno detener durante cinco años a cualquier periodista que criticara las medidas para combatir el virus. Las medidas en general eran inútiles, pero permitían clausurar todo debate público: cualquier crítico era inmediatamente tildado de “provirus” o “antivida”. Cualquiera que haya vivido en la Argentina en 2020 recordará la paritaria catarata de atropellos a la libertad derramada, con el aval desvergonzado de algunos “científicos”, sobre una población indefensa y, a la vez, las furiosas invectivas ante la mínima objeción. ¿No pidieron los clercs y trolls oficialistas que algún fiscal actuara contra nosotros por haber llamado a la desobediencia civil?

Con el escenario de estos populismos a la vista, Applebaum cierra su libro un poco desmoralizada, abrumada ante la posibilidad de que el mundo se encamine al autoritarismo antiliberal, que las redes exacerben las polarizaciones y que esas posturas tajantes, cortadas a golpe de machete, sólo puedan dirimirse y organizarse por medio de la violencia. Pero también abre un segundo camino donde asoma una titubeante luz de esperanza: que la peste inspire una mayor cooperación global.

Por mi parte, matizaría este pronóstico sombrío: Estados Unidos mostró que las patrañas de Trump tenían un límite, las instituciones resistieron. En Brasil, ha caído la imagen de Jair Bolsonaro a menos del 25%, llueven los pedidos de juicio político en su contra y parecería que se encamina a una derrota en 2022 frente a la “coalición desarrollista” de Lula con Fernando Henrique Cardoso. En Ecuador, el pupilo de Rafael Correa fue repudiado en las urnas. Los regímenes de Nicaragua, Cuba y Venezuela sólo se han mantenido mediante la violencia, el fraude, los encarcelamientos y las proscripciones, siendo ampliamente rechazados en todo el mundo democrático. Ganó Castillo en Perú, pero a la vez grandes movilizaciones mostraron que los peruanos no se dejarán atropellar tan fácilmente. El kirchnerismo en la Argentina, ya desdibujado, sin épica ni magia, se derrumbó en las últimas elecciones. Es verdad que la situación de Hungría y Polonia es aterradora, con regímenes que en apariencia respetan la democracia pero que secretamente la han vaciado, como denuncia Applebaum en su texto, pero no es en absoluto claro que en el resto del mundo regímenes similares puedan prosperar.

Este relativo optimismo a su vez debería, en el plano doméstico, tomarse con pinzas: como en la Argentina todo llega con delay, encendería una alarma ante la posibilidad de que el populismo kirchnerista “de izquierda” (las comillas son levemente sarcásticas) pretenda ser reemplazado por algún tipo de populismo de derecha, desde adentro del propio peronismo (el conservadurismo popular católico, de Manzur a Berni) o bien desde afuera (las incipientes Erinias libertarias, que convierten sus reuniones en misas y sus discursos en rezos colectivos). Podría prohijarse incluso bajo el pretexto loable del respeto a la libertad de mercado y el odio a un comunismo imaginario, para luego –una vez en el poder– vampirizar las instituciones e implantar el autoritarismo arquetípico de las derechas alternativas denunciadas por Applebaum. De ocurrir ese deslizamiento, ya la Argentina, parafraseando a Ortega y Gasset, sería una orgía de primitivismo político.

EL OCASO DE LA DEMOCRACIA
La seducción del autoritarismo
Anne Applebaum
Debate, 2021
224 páginas, $500.

 

Si te gustó esta nota, hacete socio de Seúl.

 

Compartir:
Marcelo Gioffré

Escritor y abogado. Autor de las novelas 'El amor sigue sin nosotros' y 'Mancha venenosa' y co-autor, con Juan José Sebreli, de los ensayos 'Desobediencia civil' y 'Conversaciones irreverentes'. En Twitter es @marcelogioffre.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

Más Biden, menos Putin

Después de un año y medio caótico, ideologizado y guionado por el Instituto Patria, el gobierno parece haber dado un giro pragmático en su política exterior.

Por Salvador Lima

Seinfeld es incancelable

Su llegada a Netflix traerá una oleada de nuevos espectadores, que la analizarán con la sensibilidad de esta época. Pero Seinfeld debería salir airosa, porque abordó los temas que hoy son conflictivos con plena consciencia.

Por Diego Papic

La hora de la educación

La situación del sistema educativo no da para más. El camino es evaluar, unir educación con trabajo, revincular a los chicos que perdimos por la cuarentena e incluir a los padres en las decisiones.

Por Sabrina Ajmechet