BERNARDO ERLICH
Domingo

Aniversarios, oportunidades

Son tiempos malos para los oficialismos en el mundo. Para este peronismo, todavía peores.

(este artículo fue publicado originalmente el mes pasado en el ‘Anuario 2022’ de Seúl, que podés comprar acá.)

En una de las placas finales de Argentina, 1985, que tantas discusiones generó, la película nos recuerda que desde 1983 nuestro país vive en democracia. El año que viene, por lo tanto, se cumplirán cuatro décadas ininterrumpidas de gobierno constitucional. ¿Podemos empezar ya con los balances? Si lo hacemos, lo más rápido que se puede decir de estos 40 años es que el balance es agridulce y que tanto el vaso medio lleno como el medio vacío son bastante evidentes.

Por un lado, las elecciones de 1983 cerraron un ciclo de medio siglo de golpes de Estado y unos niveles de violencia política inconcebibles. Estas décadas no han sido un lecho de rosas, pero pese a los ya lejanos levantamientos carapintadas, la era de las intervenciones militares parece haber quedado sepultada. Más aún, las elecciones como única forma legítima de acceder al poder se han convertido en the only game in town, como dicen los americanos. Si la democracia es (como mínimo) un conjunto de reglas que rigen el modo en el que se accede al poder y se gobierna, entonces nuestra democracia ha cumplido con estos requisitos: sobrevivió a crisis económicas, planteos militares, colapsos presidenciales e, incluso, a intentos desembozados de violentar sus instituciones. Hay todavía deudas en materia institucional, como el caso de los regímenes híbridos a nivel provincial; un tema que, aunque dista de ser nuevo, mostró su peor rostro durante el primer año de la pandemia, cuando las cuarentenas dieron rienda suelta a algunos mandatarios provinciales para violentar las libertades ciudadanas más básicas.

El saldo de estos 40 años es menos positivo si juzgamos el desempeño de nuestra democracia a la luz de su capacidad para mejorar las condiciones de vida de la población.

Por otra parte, el saldo de estos 40 años es menos positivo si juzgamos el desempeño de nuestra democracia a la luz de su capacidad para mejorar las condiciones de vida de la población. Raúl Alfonsín decía que con la democracia “se come, se cura y se educa”, pero un repaso de distintos indicadores económico-sociales desmentiría rápidamente la aspiración del ex presidente. Basta con mirar cualquier sondeo de opinión pública para observar que, si bien la democracia goza de popularidad entre la población, no ocurre lo mismo con sus instituciones fundamentales. Peor: un profundo pesimismo campea en la ciudadanía, cebado al calor del estancamiento económico que sufre desde hace al menos 12 años. La democracia pudo cortar con medio siglo de inestabilidad política y con la violencia como forma legítima de acción política. Pero no pudo poner fin al proceso de deterioro económico y social que desde hace tiempo afecta a nuestro país ni tampoco servir de instrumento para mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía.

Desde unos años se discute acaloradamente acerca del punto de inflexión en el que comenzó la decadencia argentina. Parafraseando al personaje de Vargas Llosa, la pregunta parece ser “cuándo se jodió la Argentina”. Se trata de una discusión que encuentro estéril y que resulta más adecuada para contertulios de televisión. Cada quien pone la fecha de corte que le conviene, para luego buscar la evidencia que se ajuste a su postura. Pongamos la fecha que pongamos, el hecho concreto es que nuestra democracia ha sido hasta ahora incapaz de mejorar de manera sostenida los estándares de vida de la población. La convivencia pacífica no es un logro menor. El problema es que, a medida que nos alejemos de aquel medio siglo de golpes y violencia política, probablemente cada vez más personas comiencen a juzgar a la democracia más por sus resultados tangibles que por su comparación con el régimen anterior. No se trata de un planteo abstracto. Basta con ver lo que ocurre en algunos países de la región o incluso en países con regímenes democráticos más consolidados cuando el desencanto con la democracia cobra fuerza entre la ciudadanía.

En 2023 se cumplirán, además, dos décadas desde el inicio del ciclo político kirchnerista. Salvo por el interludio del gobierno de Mauricio Macri, el siglo XXI ha estado signado por el kirchnerismo en sus distintas fases y facetas. La política argentina desde hace 20 años ha girado en torno al kirchnerismo. Si analizamos estas dos décadas notaremos que desde 2011 la economía se encuentra estancada. Y, así y todo, el kirchnerismo ha mostrado una notable capacidad de supervivencia. Los intentos de buena parte de la dirigencia peronista de dar por cerrado el capítulo kirchnerista han sido hasta ahora infructuosos. Nadie ha podido desafiar y destronar a Cristina Kirchner. A pesar de que ya no goza de la popularidad de antes y a pesar de las derrotas electorales de 2015, 2017 y 2021, no ha surgido una figura dentro del peronismo capaz de cuestionar con éxito su liderazgo. Cristina sigue siendo la figura más taquillera del peronismo, particularmente en el conurbano bonaerense, el área más poblada de la provincia de Buenos Aires y responsable de casi el 40% del padrón nacional. Y por eso sigue siendo cierto para el peronismo que “sin Cristina no se puede”.

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Cuando el año que viene los argentinos vayan a votar tendrán la oportunidad de evaluar no sólo la magra gestión del Frente de Todos —esa coalición forjada por el deseo de abandonar el llano donde confluyeron, unidos por el espanto, Cristina, Alberto Fernández, Sergio Massa y el resto del peronismo—, sino también de evaluar las dos décadas kirchneristas (la “ganada” y la no tanto) y los 40 años de democracia.

¿Qué ocurrirá en 2023? Resta un largo camino para la elección presidencial, un camino que, como el de la canción de los Beatles, será largo y sinuoso. Aún no es claro quiénes serán los candidatos del oficialismo ni de las distintas fuerzas de oposición. Más aún, es altamente incierto el contexto socioeconómico en el que tendrán lugar las PASO y la elección general de octubre.

Para tener una idea de lo que puede ocurrir el año que viene creo que es conveniente mirar a la región. Por un lado, una lección de las recientes elecciones en Estados Unidos y Brasil que la dirigencia de Juntos por el Cambio no debería ignorar es que: 1) la economía no es todo y 2) los valores importan. De ser por la economía, los demócratas deberían haber hecho una peor elección en los Estados Unidos, y Bolsonaro debería haber sido reelegido. En Estados Unidos, la reversión del fallo Roe vs. Wade sobre el aborto sin dudas dio aire a los demócratas y les permitió hacer una elección mucho mejor a la esperada. En Brasil, Lula ganó mucho más trabajosamente de lo que las encuestas pronosticaban. La corrupción evidentemente importó.

Un segundo elemento a considerar a la hora de pensar en 2023 es el fuerte sentimiento antiestablishment registrado en los últimos años, tanto en el hemisferio occidental como en Europa. Como señalé antes, el electorado tendrá la chance el año que viene de evaluar las cuatro décadas de democracia, los 20 años de kirchnerismo y los cuatro años del gobierno del Frente de Todos. ¿Qué tal si la ciudadanía evalúa negativamente no sólo a la gestión de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa, sino que le baja el pulgar al grueso de la dirigencia política? Hasta ahora la Argentina ha sido inmune al riesgo de desalineamiento partidario. Incluso en 2001, el “que se vayan todos” fue un fenómeno que afectó más bien al no peronismo, que tardó 15 años en reconstruir una alternativa electoral competitiva, que al peronismo. Pero bien podría ser que el pobre desempeño que ha tenido nuestra democracia en términos económicos lleve a una parte de la ciudadanía a buscar un mesías en un outsider improvisado, una experiencia que por lo general no ha sido positiva para la democracia en la región.

¿Qué tal si la ciudadanía evalúa negativamente no sólo a la gestión de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa, sino que le baja el pulgar al grueso de la dirigencia política?

Finalmente, si atendemos a lo que está ocurriendo en la región, donde ningún oficialismo ha logrado retener el poder desde la elección presidencial de abril de 2018 en Paraguay, y el notable pesimismo que, de acuerdo a los sondeos de opinión pública, domina entre los argentinos, parece poco probable que el Frente de Todos sea capaz de retener el gobierno.

La alternancia es algo natural en democracia. Como sostiene Przeworski, la democracia es un tipo de régimen en el que los oficialismos pierden elecciones y deben entregar el gobierno. Viendo lo que ocurre en Cuba, Nicaragua, Venezuela y (posiblemente en un futuro no muy lejano) El Salvador, no es poco.

Sin embargo, deberíamos aspirar a más. A que la próxima elección sea la oportunidad para torcer el rumbo, para retornar a una democracia en la que el consenso en torno a reglas básicas de convivencia no sea puesto en tela de juicio cuando el Poder Judicial no se acomoda al Ejecutivo de turno; en la que quien piensa diferente sea un rival, un adversario, y no un enemigo. Que sea una oportunidad para recuperar lo mejor del espíritu de 1983 y a la vez lograr que la democracia salde su deuda en materia de desempeño y capacidad de mejorar la calidad de vida de la población.

 

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Ignacio Labaqui

Analista político y docente universitario.

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