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Domingo

Macbeth en Tucumán

José Alperovich ha caído, pero el sistema de poder autoritario y brutal que creó hace 20 años sigue vivo y vigente en la provincia.

Ver a José Alperovich condenado a 16 años de prisión, a los ojos de un tucumano, es una imagen improbable y extraña. Es poco frecuente que en la provincia se registren condenas a personajes poderosos en el ámbito político, empresarial, judicial, gremial o de cualquier grupo corporativo. Esta estratificación social de la penalidad revela una genealogía del poder que supera a la superestructura partidaria. El establishment en todos lados tiene privilegios de casta, pero en provincias conservadoras y tradicionales, como Tucumán, esas jerarquías se sienten más. Por eso cualquier alteración de este orden social conmueve a la sociedad.

Aun así, esta vez las imágenes son especialmente dramáticas esta vez. No estamos solo ante el ocaso de un sujeto poderoso, sino también ante el final del juicio sumario contra el gobernador más poderoso e influyente de los últimos 100 años de historia provincial. Las imágenes de estos días nos devolvieron a un Alperovich ojeroso, cansado, cabizbajo, guardándose las lágrimas de una sensibilidad humana que jamás quiso ofrecer a sus oponentes, con la misma omnipotencia recia con la cual ejerció el poder. ¿Cómo fue que el ex gobernador llegó a este derrumbe y qué significa su caída?

Hijo de una familia pujante, acaudalada y poderosa, Alperovich era una joven promesa del empresariado tucumano en los últimos años de la década de 1970. Su padre, León, lo había elegido como sucesor de su emporio comercial, construido sobre la base de media docena de concesionarias de autos y expandido después a negocios más cercanos al Estado provincial, como la construcción de obras públicas. José inició una carrera universitaria en Ciencias Económicas para corresponder a ese trono dorado y enseguida se convirtió en un joven destacado en la capital tucumana, tanto por su fortuna como por su personalidad hierática y reservada. Tenía a su alrededor una pátina de éxito y prestigio que provenía de su lugar en la pirámide social y sus perspectivas de futuro: en parte por eso era reconocido dentro de la comunidad universitaria, de la colectividad judía y entre las personas de clase alta de la ciudad.  Casi todo el mundo entendía que a esta figura avasallante le correspondía un futuro prometedor entre la burguesía del norte. Tras la restauración democrática, sin embargo, el joven José fue imantado por una atracción de imposible resistencia, más poderosa para algunos que el pujante negocio familiar: la actividad política.

Tenía a su alrededor una pátina de éxito y prestigio que provenía de su lugar en la pirámide social y sus perspectivas de futuro.

Desoyendo a su padre decepcionado, que en clave profética invocaba el peligro de las manchas al prestigio que traía la actividad pública, Alperovich inició la carrera que lo condujo al estrellato. Su militancia juvenil de izquierda derivó en una escala en los ’80 por la Unión Cívica Radical, desde la cual llegó a ejercer como legislador provincial. De personalidad política díscola e inteligente, Alperovich rompió con el radicalismo en 1999 ante la convocatoria del gobernador peronista Julio Miranda para transformarse en su ministro de Economía. En aquel caótico gobierno se buscaban interlocutores para llegar al presidente Fernando De La Rúa, y Alperovich aceptó ser el sherpa del gobernador en las cumbres borrascosas de la gestión de la Alianza.

Preso del desprestigio social de su propio gobierno y carcomido por sus internas, el peronismo firmó en las elecciones de 2003 su pacto fáustico con el ministro de origen radical. Siendo hasta ahí un burócrata desconocido, Alperovich caminó por la tierra arrasada de un bussismo en declive y un radicalismo derrotado y catatónico, en una campaña que nadie se molesta en recordar. Como Mauricio Macri al llegar a la presidencia, el flamante gobernador debe haber rememorado los recelos funestos de su padre ante el abandono del proyecto familiar por el viaje a las aguas desconocidas del poder político. Seguramente fue un momento satisfactorio: había llegado meteóricamente a la cúspide del poder meteóricamente, y ahí se inició una historia más conocida.

Mi corte, mis cortesanos

A través del rediseño del Estado provincial y una reforma constitucional en 2005, que está judicializada por todos lados hasta el día de la fecha, el gobernador se apoderó del poder legislativo y puso en jaque a la Corte Suprema de la provincia. Aprovechando la expansión económica posterior a la crisis de 2001-2002, Alperovich gestionó la llegada de fondos nacionales e impulsó un gran aumento de la presión impositiva local, que tuvo como única finalidad la construcción de un leviatán elefantiásico y transformar la economía provincial en un apéndice del sector público. Valiéndose de diversas leyes y lecturas capciosas ofrecidas por punteros políticos vestidos de autoridad, alteró todas las instituciones de la provincia, capturó sus organismos de control y entes descentralizados, sometió al poder judicial e incluso corrompió el sistema electoral. Su poder reprodujo como nunca antes a un pintoresco grupo de dirigentes cortesanos y a un establishment que rara vez cae en los focos de la prensa, asociado al empresariado local y nacional, que más que libertad de empresa, demanda sistemas de pillaje institucionalizados. Alperovich no necesitó un RIGI: su permanencia en el poder parecía perpetua y eso era garantía suficiente.  

Sin embargo, cometió un error trágico. No logró asegurar que su reinado fuese vitalicio. Es sabido que el tópico más importante de la teoría política ha sido históricamente el problema de la sucesión. Quizá pasando por alto lo que indica la intuición, Alperovich no se aseguró la reelección indefinida y confió en que un sucesor pusilánime pudiera cuidarle el trono por un período de tiempo. En sus planes soñados, Alperovich confiaba en dejarle en comodato el gobierno provincial a Juan Manzur, y volverse un actor nacional de magnitud en una hipotética gestión de Daniel Scioli. El destino tuvo otros planes. El triunfo de Macri y su política de cooptación del peronismo territorial dio pocos frutos para el gobierno de Cambiemos, pero sí despertó un desconocido instinto asesino en Manzur, cuya única obra de gobierno ha sido matar a su padre político. El otoño político de Alperovich fue visible desde 2017, cuando diversos actores empezaron a abandonarlo, y se hizo patente tras la decepcionante elección de 2019, cuando quiso volver a ser gobernador y terminó cuarto en la elección general. Fue después de estos comicios cuando la víctima del caso sentenciado esta semana eligió presentar su denuncia por violación en la justicia y se abrieron para el ex gobernador las puertas de un infierno.

En sus planes soñados, Alperovich confiaba en dejarle en comodato el gobierno provincial a Juan Manzur.

Las imágenes de Alperovich tras su condena son conmovedoras a su manera, incluso para personas opositoras a su estilo autoritario y tiránico. Aunque no le guste mirarse en ese espejo, su rostro derrotado revela los retazos de un hombre poderoso en ruinas, desgastado por la erosión que producen los tiempos y procedimientos de un largo proceso judicial. Por fuera de los sucesos personales y privados acumulados, la causa dejó pocos datos interesantes. Es que finalmente las intrigas políticas que rodean a Alperovich no son complejas ni novedosas para un observador medianamente informado. Lo único realmente destacable fue la confesión de autoincriminación del ex gobernador. Involucrando a toda la plana mayor del poder político peronista tucumano, se arrogó haber formado parte y liderado a una asociación de mafiosos crueles capaces de matar en vida a otras personas. Se defendió acusando a sus compañeros de ruta de haber elaborado contra él un proceso de exterminio público con calumnias e injurias. Secretamente, el ex gobernador debe reconocer en estos argumentos las sombrías profecías de su padre León. 

Sin embargo, Alperovich no puede alegar ser inocente. No fue una víctima del sistema, sino su victimario principal. Mucho antes de las escenas finales de esta semana, ya había ruido en la sala de máquinas. ¿Qué fue del joven empresario prometedor que se sumó al alfonsinismo con esperanza de tener una carrera política? Es difícil discernir cuándo fue, pero en algún momento Alperovich se transformó en Macbeth. Vanagloriándose de controlar Tucumán en un puño, los fantasmas del poder comenzaron a enredarlo en su madeja. Enceguecido por su hubris trágica, el gobernador no advirtió el lento y gradual sometimiento de contrición al cual lo fue conduciendo su propio entorno. La corte de aduladores, que a los ojos de Alperovich parecía dispuesta a caminar por el fuego a su lado, en realidad solo se aprovechaba del escudo mediático e institucional que les proporcionaba. Intendentes, empresarios, jueces y amigos de diversas procedencias, que le juraban lealtad eterna, demoraron apenas días en abandonarlo cuando salió por última vez del palacio de gobierno. Cuando inició su gestión Manzur, la oligarquía alperovichista entendió mucho más rápido que el propio Alperovich hacia dónde se impulsaba la fuerza de gravedad. Incluso en los sistemas poco democráticos, los hombres pasan y lo que queda son las instituciones.

El ex gobernador declaró hace poco estar muerto en vida, y no exagera. Su vida política terminó abruptamente hace cinco años. Su vida personal también se fue agotando en un largo proceso decadente. El poder judicial reparó a su víctima con una pena draconiana. Para nuestra sociedad tucumana, es posible que esta condena, ejecutada desde Buenos Aires a un muerto que habla, no repare nada. En Tucumán, las instituciones que el demiurgo Alperovich supo construir para su corte han prevalecido y casi no hay  cortesanos caídos del mapa del poder. A diferencia de la damnificada de este juicio, en Tucumán ya nadie espera ninguna reparación y el nuevo gobernador, Osvaldo Jaldo, conserva el mismo poder judicial, la misma escribanía legislativa, el mismo desdén por los órganos de control, el mismo culto a la personalidad e incluso el mismo plantel de mercenarios a su alrededor. También cuenta con el desdén de una comunidad vencida y organizaciones raquíticas, incapaces de reclamar por sus propios derechos y las obligaciones del poder. Alperovich dice que esta condena lo mató, y quizá tenga razón. Pero puede tener la seguridad de que su legado de patriarca fundador en Tucumán sigue vivo y vigente.

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Emiliano Salas

Historiador. Profesor de Historia Económica Internacional y Política Económica Argentina (UTDT). Becario doctoral de CONICET.

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