IGNACIO LEDESMA
Domingo

Al fin somos pobres

Leyendo a Loris Zanatta, una historia personal de ascenso y descenso social.

De chico afronté dos temores irracionales. Uno era el miedo a arder en el Infierno. Literal. En mi imaginación no había cuevas ni calderos, diablos ni tridentes. Era puro fuego que me rodeaba y me quemaba con un dolor insoportable. El otro era el miedo a ser pobre, a que mi familia no tuviera para comer, a pasar hambre. Lo que se dice una infancia feliz.

Bueno, no, calma. Juro que tuve un desarrollo más o menos normal para un niño de clase media-baja que luego ascendió a media-media (ponele) en la década del ’70. Entonces, ¿por qué me aterrorizaban estos pensamientos?

Por un lado, estuvo la Iglesia. No fui a colegio de curas, pero sí cumplí los ritos habituales de las familias inmigrantes de España e Italia (devotas por tradición, más que por fe o convicción) y me sumé a la Acción Católica para irme a un campamento de 15 días en San Luis al terminar el segundo grado. De los siete sacramentos, recibí cinco: bautismo, confesión, comunión, confirmación y matrimonio. Para completar el álbum me falta hacerme sacerdote y que me den la extremaunción. Hoy no me considero creyente, aunque si me detectaran una enfermedad grave probablemente recordaría todas las oraciones.

Por otro lado, estuvo el condicionamiento familiar. Lo que mamé en el hogar. Mis viejos nacieron en una aldea de Galicia a principios de la década del ’40, cuando la España rural todavía vivía en el siglo XIX (con valores y creencias de la Edad Media). En consecuencia, trajeron aquí el fatalismo ibérico, esa certeza que Enrique Pinti sintetizó en dos palabras con acento gallego: “Te joderás”. Argumentos no les faltaban: venían de la posguerra, del racionamiento, de la falta de horizontes. Argentina era el país donde crecían las manzanas más grandes del mundo, donde se conseguía trabajo en el día. Querían creer, pero estaban entrenados para lo peor.

Con siete años, fui testigo de las consecuencias del Rodrigazo. De pronto tenía que acompañar a mi mamá al almacén porque vendían una sola leche por persona.

Trajeron, también, una forma de crianza que involucraba a los niños, muy rápido, en el trabajo de la casa y del negocio familiar. Con siete años, fui testigo de las consecuencias del Rodrigazo en 1975. De pronto tenía que acompañar a mi mamá al almacén porque vendían una sola leche por persona. Empezamos a comprar la manteca suelta, lo mismo que el dulce de leche. El café del desayuno y de la merienda fue reemplazado por cascarilla, malta o mate cocido. El bife cedió días de la semana al churrasco de hígado a la plancha, o al más amigable hígado salteado con cebolla. El momento más bajo, acaso, fue cuando mi vieja improvisó un par de comidas con seso y corazón de vaca.

Curiosamente, el miedo a la pobreza no apareció en ese momento, aunque la marca quedó y resurgió más adelante, a partir de los diez años, cuando empecé a trabajar en el boliche de mi viejo y a tener cierta noción del dinero y de lo que costaba ganarlo. Me llevaba los sábados y durante las vacaciones al Bar Roca, en el andén 4 de la estación de Lomas de Zamora. El viaje arrancaba de madrugada, desde Caballito. De lavacopas a mozo, aprendí varios oficios. ¿Explotación infantil? No, una formación única, que hoy difícilmente exista en medios urbanos. Yo quería trabajar para tener mi plata, comprarme ropa, libros, ahorrar.

Cuando el laburo mermaba y nos mirábamos las caras, cuando alguno se iba sin pagar, cuando Manolo el petiso (el cocinero) comentaba que era fin de mes y la gente no tenía plata, me agarraba una angustia que me revolvía las tripas y me hacía temer un futuro incierto, nefasto, desolador. Como ahora.

Loris Zanatta, profesor de Historia de América Latina en la Universidad de Bologna, estudia desde hace más de 30 años la relación entre Iglesia, ejército y política en los orígenes del justicialismo. Sus libros clásicos sobre el tema, Del Estado liberal a la Nación católica y Perón y el mito de la Nación católica, son de 1996 y 1999. Más recientemente, en 2021, escribió El populismo jesuita y estableció conexiones entre Perón, Fidel Castro, Hugo Chávez y Jorge Bergoglio. Su último ensayo, publicado este año por Libros del Zorzal, tiene un título provocador: El Papa, el peronismo y la fábrica de pobres.

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Según Zanatta, la mentalidad económica de los católicos se forja desde el catecismo mediante frases bíblicas como “bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” o “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos”. Esto deriva en tres ideas fundamentales:

1. La pobreza material implica superioridad moral, una pureza moral implícita.

2. La riqueza, la prosperidad, conllevan una especie de culpa social y corrupción moral.

3. El cristianismo promete una compensación, una «restitución» a los pobres de lo que, se deduce, los han despojado los ricos.

Pequeño problema: en el siglo XVI apareció la Reforma protestante de Martín Lutero y Juan Calvino, la cual dio nacimiento a la “teología de la prosperidad” y, en definitiva, al capitalismo. “El pensamiento económico relativizó o demolió, erosionó o revisó los tabúes sobre la riqueza y la pobreza, el comercio y el dinero de la tradición cristiana. Las primeras sociedades comerciales modernas, los Países Bajos y el Reino Unido, se desarrollaron en ese contexto”, escribe Zanatta. No por nada, a mediados de los ’80, mucho antes de ser ungido como el Papa Francisco, Bergoglio consideraba que “Calvino es el verdadero padre del liberalismo” y que, “en última instancia, el marxismo es hijo obligado del liberalismo”. Belcebú y Satanás.

Mientras la Europa protestante se aferraba a la bonanza, la monarquía española fue un baluarte de la contrarreforma y de la guerra contra la herejía. ¿Y por las colonias cómo andábamos? Peor, obvio, por lejanía y por dependencia de la metrópoli. La futura América Latina, la futura Argentina, quedaron atrapadas en “las estructuras espirituales y materiales del orden cristiano”, dice Zanatta. Nación y religión eran lo mismo.

El descenso a la pobreza

Hoy, a la edad de 55, declaro Bienes Personales, pero en la sequía habitual de enero y febrero (cuando la facturación decae a niveles calamitosos) mis ingresos rondaron los 100.000 pesos por mes. Durante años tuve empleada doméstica; ahora no me alcanza el tiempo para limpiar la casa por mis propios medios. En la juventud iba al cine tres veces por semana; hace tiempo que veo Netflix con una cuenta prestada. En la pandemia dejé de pagar la jubilación como autónomo (sorry, Anses) y di de baja el cable. El diario ya lo había cortado mucho antes y me sorprendí al saber que el Clarín del domingo sale 650 pesos. ¿Cómo pude recibirlo religiosamente en mi casa los siete días de la semana a lo largo de dos décadas sin que se me moviera un pelo?

Durante la mayor parte de la década del ’90 (el maldito neoliberalismo) tuve un sueldo mensual de 2.200 pesos (dólares) como secretario de redacción de la agencia DyN. Llegué tarde a la fiesta. El periodismo estaba bien pago pero ya empezaba a crujir. En el ’87, como un redactor principiante, ganaba el triple de lo que percibían mis amigos de la secundaria por sus trabajos iniciales en bancos y oficinas.

Para mantener el nivel de ingresos noventoso, hoy tendría que ganar más de un millón de pesos, según la cotización del blue. ¡Ja! ¡Ni en mis sueños más húmedos! Con suerte y viento a favor, en un mes bueno, donde se me junten un par de facturas por derechos de autor de mis libros infantiles o una liquidación de Argentores por alguna función perdida de mis obras de teatro, puedo acercarme al 20% de eso. Mis temores se cumplieron. Al fin soy pobre, como somos pobres, ¿cuántos? ¿La mitad de la población, bien medida?

Durante la mayor parte de la década del ’90 (el maldito neoliberalismo) tuve un sueldo mensual de 2.200 pesos (dólares) como secretario de redacción de la agencia DyN.

No voy a culpar por todo al kirchnerismo, aunque hizo un aporte invaluable a la decadencia argentina. En mi caso, se sumaron circunstancias personales y familiares. Se sumó, también, la crisis global de los medios, la era digital a la que no supe adaptarme y así puedo seguir con una tonelada de excusas. Si hoy viene un chico y me dice que quiere estudiar periodismo, lo cago a patadas en el culo, para que él mañana no se cague de hambre. Claro que hay maneras de ganar mucho dinero en la comunicación, aunque la mayoría implica arder en el Infierno (y ése, recuerden, es mi otro terror atávico).

Conozco varios periodistas de mi generación que, directamente, dejaron la profesión y se volcaron a otra actividad. Como el miedo no es zonzo, por las dudas tramé un plan Z. A la vez que colaboro acá y allá, vendo un puñado de artículos usados por Internet. Mis socios estratégicos son Mercado Libre y el Estado (en sus distintas reencarnaciones: nacional, provincial o municipal). En conjunto y en promedio, se quedan con el 30% del precio que paga el comprador. Algún día habrá que escribir sobre la extraña alquimia por la cual algunas provincias, como Tucumán, Buenos Aires o La Pampa, te cobran ingresos brutos aunque no seas de la ciudad sólo por venderle a uno de sus residentes.

Queda mal darle la razón a Carlos Spadone, el asesor presidencial de Menem que tuvo problemitas con unas cajas de leche en polvo, pero dejen que les cuente esta historia. A fines de los ’90 laburé en La Razón, vespertino de larga prosapia que el empresario compró para jugar a favor de su jefe y que, en la etapa final, transformó en un diario de circulación gratuita. Se regalaba en trenes y subtes. En 2000 se lo vendió a Clarín con 50 personas menos. Entre los despedidos estaba yo. Por alguna carambola, terminé adentro del Ministerio de Trabajo, en la audiencia donde Spadone dio la cara y se comprometió a pagar el 100% de las indemnizaciones con cheques personales a su nombre (cosa que cumplió; cobré 25 lucas verdes, gracias, Carlos). En un discurso de respuesta a los dirigentes de la UTPBA, Spadone dijo que ya no había trabajo para todos los periodistas y que el gremio debía promover la reconversión, porque los nuevos medios prescindirían de profesionales y utilizarían, en cambio, comunicadores espontáneos. Spadone venía del futuro. Fue, a los 32 años, mi último empleo en relación de dependencia.

La mesa del hambre está servida

Subrayo algunos conceptos del libro de Zanatta. Entre las dos guerras mundiales hubo un renacimiento de la Iglesia que, en Argentina, se tradujo en el “mito de la Nación católica” y desembocó en el golpe “clerical y militar” del 4 de junio de 1943 y en el régimen peronista. “Un régimen organizado en corporaciones unidas por la fe compartida, llamada justicialismo e inspirada en las Escrituras y las encíclicas, y fundado en la fusión de religión y Nación, ciudadano y fiel, argentinidad y catolicidad”.

Sigue Loris: “El justicialismo, hijo legítimo de la doctrina católica, bendecido por la Iglesia, sería la fe que lo uniría todo. Como en tiempos de los Reyes Católicos, la unidad política coincidiría con la unidad religiosa. (…) Ser argentino se convirtió en sinónimo de ser católico y peronista. ¿Los demás? Oligarcas, antipueblo, extranjeros en casa”.

“El peronismo cultivó la cultura del trabajo y del ascenso social de los trabajadores. «En la Argentina peronista no hay pobres», decía la consigna. No era así, ¡pero ciertamente no expresaba una visión romántica de la pobreza! El plebeyismo, el pauperismo, el asistencialismo fueron degeneraciones sucesivas, reflejos del crecimiento exponencial de la pobreza en las décadas siguientes”.

“Crecimiento, producción, desarrollo, innovación, progreso son palabras ajenas a su léxico”, dice Zanatta con respecto a Bergoglio, los curas villeros y los movimientos sociales. “Acuden al Estado pidiendo trabajo, presionan al Gobierno para recibir asistencia, llenan las calles invocando lo que «se les debe», la «restitución» de bíblica memoria. Cuando la protesta se convierte en propuesta, siempre se trata de distribución: salarios universales, planes sociales, impuestos a la propiedad”.

Días atrás, mientras trabajaba en esta nota, regresé a Lomas de Zamora. Acompañé a mi viejo al velorio de Manolo el petiso. Le decían así para diferenciarlo de su medio hermano, Manolo el gordo, que era plomero.

Sospecho que no fui como mero acompañante. Aunque me mantuve en el salón donde estaban los sillones, el café y las masitas y no entré a la capilla ardiente, de algún modo también fui a despedirme, porque Manolo fue un referente de mi infancia. Me enseñó cosas fundamentales: a cortar el jamón, el salame y el queso con la máquina manual, a preparar sanguchitos de miga, a freír milanesas, a dar vuelta una tortilla. Si hoy limpio mi casa sin que se me caigan los anillos, si sé comprar alimentos, si cocino con lo que tengo y prescindo del delivery es porque lo aprendí de mi abuela, de mi vieja y también de Manolo.

En el velatorio estaba el tío Pepe, hermano de mi papá y cuñado de Manolo: la tríada que fundó el Bar Roca. Ojalá yo llegue a los 80 y pico como ellos, sin recordar las oraciones. En la charla surgió, como una letanía, la proporción áurea de la calle, la revelación que aprendí de chico: a lo largo del siglo XX, el diario, el café y el boleto de colectivo valían lo mismo, y el obrero que iba a trabajar afrontaba los tres gastos sin mayor problema.

Hoy, con variantes, puede decirse que se mantiene la igualdad de precios entre el café y el diario en papel. No así con el subsidiado boleto de colectivo. Para el caso da igual, porque la tinta del periódico para mí ya no existe, pienso mucho y saco cuentas antes de sentarme a la mesa de un bar y me duele cargarle mil mangos a la Sube y constatar que el saldo desaparece enseguida.

Tengo una teoría. La política de subsidios, al final, subsidió la baja de salarios. Si el trabajador no pagaba los precios reales por la luz, el agua, el gas y el transporte, el empleador quedaba habilitado para abonarle un sueldo menor. Total, esos rubros estaban cubiertos por papá Estado. La inflación hizo el resto. Como la rana, nos cocinamos lentamente en la olla de múltiples desaciertos. ¿Y ahora?

Ahora somos pobres y el fatalismo ibérico me indica que vamos a ser más pobres aún.

La mesa del hambre está servida.

¿Alguien quiere corazón? ¿O seso de vaca?

 

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José Montero

Nació en Buenos Aires en 1968. Es periodista, escritor y guionista. Autor de literatura infantil y juvenil, sus libros se leen en escuelas primarias y secundarias. Colabora en La Agenda. Acaba de cursar la Diplomatura en Dramaturgia de la UBA.

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