JAVIER FURER
Domingo

Cómo ganarle al Fondo

Veinte años después, lecciones de una negociación exitosa.

En febrero de 2002 viajamos a Washington con Jorge Remes Lenicov y Lisandro Barry para ver a Horst Koehler, el director general de FMI. Jorge era el ministro de Economía y Lisandro el secretario de Finanzas del gobierno de Eduardo Duhalde, que había asumido poco antes en medio de una crisis gravísima y una gran incertidumbre. Una de esas incertidumbres era la relación con el Fondo, que un par de meses antes, al negarse a hacer un desembolso, había precipitado la caída de Fernando de la Rúa. Aquel viaje, del que esta semana se están cumpliendo 20 años, fue el primer contacto cara a cara entre el nuevo gobierno y la cúpula del FMI.

En Washington las cosas no empezaron bien. Kohler nos recibió en su oficina pero enseguida interrumpió a Remes, que había empezado a contarle sus planes para ordenar la situación. “No quiero oír más promesas de argentinos”, dijo el alemán. Y continuó: “Ahí donde están sentados ustedes hace tres meses estuvo sentado Cavallo, vendiéndome otro producto, otra mentira. Y seis meses antes había estado sentado otro, contándome otra mentira. Para mí Argentina es igual a mentira y yo a ustedes no les creo nada más. Los he recibido por una cuestión de buenos modales, pero sepan que conmigo no pueden contar”. 

Estas palabras me impactaron muchísimo y me parecieron un gesto de innecesaria agresividad, pero reflejaban también la reputación que tenía la Argentina en ese momento en el mundo y sobre la cual, en lugar de enojarnos, decidimos ponernos a trabajar. Remes, con su tranquilidad habitual, le contestó: “Lo entiendo perfectamente. Espero que dentro de dos meses nos volvamos a reunir y yo le pueda mostrar que cumplimos todo lo que yo le voy a contar ahora”. En la hora siguiente le desplegó a Kohler el programa y le explicó todas las decisiones importantes, incluida la pesificación asimétrica, pero la conversación seguía siendo difícil y desagradable. Nuestro objetivo era conseguir fondos frescos por unos 20.000 millones de dólares, para pagar los vencimientos de ese año y dar una señal de fortaleza en un momento en el que el dólar parecía fuera de control y muchos bancos luchaban por sobrevivir. Pero Kohler no quería escucharnos.

Tuvimos una discusión muy fuerte: gente que gritaba, tipos que pegaban puñetazos sobre la mesa. Nosotros, tranquilos: había que poner la cara y la pusimos.

De ahí nos fuimos a la embajada argentina, donde nos esperaban ejecutivos de empresas norteamericanas que habían perdido fortunas con la devaluación y la pesificación asimétrica. Tuvimos una discusión muy fuerte: gente que gritaba, tipos que pegaban puñetazos sobre la mesa. Nosotros, tranquilos: había que poner la cara y la pusimos. Ahí nos dimos cuenta, junto con el embajador en Washington, Diego Guelar, de que era necesario profundizar la presencia en los medios y espacios de poder de Washington, y decidimos contratar una consultora de comunicación para defender nuestra posición ante la prensa y la política de Estados Unidos. Terminó siendo esencial para el resultado final.

En ese momento la capacidad de Argentina para insertarse en el mundo parecía inexistente. Teníamos antecedentes que nos jugaban en contra (el mayor default de la historia, festejado por la clase política; el megacanje fallido de Cavallo; rupturas de todo tipo de contratos) y que habían generado mucha animosidad contra el país. Además, la asunción de Duhalde había sido percibida como un giro a la izquierda: “Alegría en La Habana, el peronismo retoma el poder en Argentina”, había titulado el Washington Post. Prácticamente no teníamos aliados. No sólo en el FMI, como Kohler nos había dejado claro el primer día. Tampoco en el gobierno de Estados Unidos, que quería usar a la Argentina como un ejemplo de mala conducta. El primer secretario del Tesoro de George W. Bush, Paul O’Neill, había sintetizado la posición de su gobierno con una frase que después se hizo famosa: “Queremos ayudar a Argentina pero de una manera que no le cueste plata a los plomeros y carpinteros estadounidenses”.

casi cualquier precio

Ante esta situación, tanto Duhalde como Remes primero y Roberto Lavagna después, acompañados por todo el gabinete, decidimos que no había ningún margen para profundizar el enfrentamiento con el Fondo Monetario. A pesar de que teníamos los incentivos políticos para hacerlo –una crisis social grave, una sociedad enojada con la política, un FMI hostil y una tradición peronista por la épica nacionalista–, Duhalde entendió rápido que la estabilización del país requería de un nuevo acuerdo con el Fondo. Que ninguna recuperación económica, como la que empezó a verse a mediados de 2002, sería sostenible en el tiempo sin arreglar con el FMI. Estoy tentado de escribir acá que el acuerdo era necesario “a cualquier precio”, pero no sé si sería correcto, aunque sí es cierto que pagamos costos políticos muy duros, sobre todo a la hora de aprobar algunas de las leyes que nos pedía el FMI. 

Me acordé de todo esto no sólo porque se cumplen 20 años y fui participante directo de todo el proceso, sino también al ver la manera de negociar, tan distinta, del gobierno actual. La diferencia más notable es que para el oficialismo de ahora el acuerdo con el Fondo es algo destructivo, que se hace a regañadientes; para nosotros era constructivo, un paso indispensable para salir de la crisis. Las condiciones macroeconómicas son diferentes, sin dudas, pero en ambos casos la Argentina no tenía ningún grado de libertad para aumentar el nivel de conflicto. Diría incluso que Alberto Fernández y Guzmán encontraron un FMI mucho más receptivo que el que sufrimos nosotros.

Nosotros buscábamos resultados y estábamos dispuestos a pagar un costo político para lograrlos.

Duhalde, Lavagna y los demás entendimos esto desde el principio. El gobierno actual oscila entre negociar y pelearse con el Fondo, con el objetivo de profundizar su discurso. Nosotros buscábamos resultados y estábamos dispuestos a pagar un costo político para lograrlos. Alberto, Martín Guzmán y el resto del oficialismo, en cambio, no han estado dispuestos a asumir ese tipo de liderazgo: intentan llegar a un acuerdo sin tener costos políticos, aun si eso significa no decir la verdad o no ser claros sobre qué implica el acuerdo. Si Duhalde hubiese preferido el discurso a los resultados, habríamos tenido un retroceso enorme en toda la política económica y la situación social. Este gobierno eligió el discurso por encima de los resultados hasta que hace una semana se asustó de verdad y anunció el principio de entendimiento, que veremos cómo continúa. Pero si alguna lección puede obtener Alberto del proceso de hace 20 años es que debe hacerse cargo del liderazgo interno y ser muy consistente en la estrategia diplomática, algo que sus palabras de estos días en Moscú seguramente no ayudaron a consolidar.

 

 

 

Un mérito principal de Duhalde, entonces, fue haber puesto este tema en el centro de sus preocupaciones. En los primeros meses, cuando la fragilidad era extrema, recuerdo la ayuda enorme que nos dieron el presidente del BID, Enrique Iglesias; el presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, que vino varias veces a Buenos Aires y acompañó a Duhalde todo el tiempo; y el presidente del gobierno español, José María Aznar, que nos dio un apoyo clave pero también nos apuró para ver el camino con más claridad. Me acuerdo de una reunión en México en la que Aznar le dijo a Duhalde: “Si no resuelves este problema, no cuentes conmigo, no voy a acompañar ninguna otra locura argentina”. Pero enseguida agregó: “Si le pones a esto [el acuerdo con el FMI] toda la energía, soy un aliado incondicional tuyo. No te voy a acompañar en otro enfrentamiento con el mundo. Necesitás del mundo”. Y cumplió su palabra, abogando por Argentina en cuanta oportunidad tuvo. Lo mismo le dijo Enrique Iglesias, que era amigo mío personal y a quien vi muchas veces por indicación de Duhalde: Iglesias hablaba con Bush muy seguido y nos traía información que nos podía servir para seguir adelante con las negociaciones. 

Nuestra sensación, sobre todo en los primeros meses, era que cada día podía ocurrir algo inesperado y desviarnos de la estrategia que nos habíamos puesto. Uno de los obstáculos principales que teníamos era la animadversión del staff técnico del FMI, sobre todo de su número dos, Anne Krueger, y el director para el Hemisferio Occidental, Anoop Singh. Krueger y Singh se habían vuelto famosos en Argentina, salían todos los días en los diarios hablando mal de Argentina y de nuestro gobierno. La opinión pública los detestaba, pero nosotros necesitábamos que cambiaran de opinión, por lo cual evitábamos criticarlos en público. Nuestra sensación era que los técnicos del Fondo, en ese momento criticados por su rol en las crisis recientes en Asia y también criticados por la Casa Blanca, tenían mucho miedo de que la Argentina explotara otra vez y de que ellos, en el ámbito internacional, volviesen a pagar el costo de no haber podido resolverlo.

Krueger, Singh y los demás decían que tenían que cuidar la reputación del Fondo, pero nuestra impresión era que querían cuidar sus propias cabezas.

Krueger, Singh y los demás decían que tenían que cuidar la reputación del Fondo, pero nuestra impresión era que querían cuidar sus propias cabezas. Por eso a veces nos hacían demandas incumplibles, como si no quisieran llegar a un acuerdo. También es cierto que era un momento, sobre todo en esos primeros meses de 2002, con muchas incógnitas, y que era muy difícil para ellos –como para nosotros– encontrar salidas viables que no se los llevaran puestos. 

En ese contexto, una mañana de abril de 2002 me llamó Duhalde y me dijo: “Estoy podrido de Krueger, está todo el tiempo mandándome mensajes por los diarios, diciendo cosas horribles sobre la situación argentina”. En ese momento nuestro sistema financiero estaba colgado de un piolín, porque había mucho miedo a que la gente sacara sus ahorros de los bancos y se generara otra corrida bancaria. Todos los días teníamos algún caso de un banco que se estaba por caer. Recuerdo que una noche uno de los bancos le pidió al Banco Central un préstamo urgente y exorbitante, con la advertencia de que si no se lo daban al otro no iba a poder abrir sus sucursales. Y que, si no abrían, la caída de los otros bancos vendría en cadena. Estuvimos hasta las tres de la mañana con Mario Blejer, el presidente del Banco Central, discutiendo los pros y los contras hasta que llegó un momento en el que Duhalde dijo: “Es muy tarde, ya no podemos pensar más. Que sea lo que Dios quiera”. Y al otro día este banco, sin préstamo del Banco Central, abrió sin problemas, lo que muestra que también había mucho bluff y mucha presión.

Mala economista, buena cocinera

Dada esta situación y lo perjudiciales que eran las declaraciones de Krueger, Duhalde me pidió un día que viajara a Washington a hablar con ella. “Quiero que le preguntes qué es exactamente lo que quiere, así yo puedo saberlo de primera mano y tomar una decisión”, me dijo. Me tomé el avión esa misma noche y al día siguiente Krueger me invitó a cenar: “Usted va a comprobar que yo soy mala economista, pero buena cocinera”. Ya en su casa, le hice la pregunta que me había pedido el presidente. Me contestó lo siguiente: “Creo que es necesario terminar con el sistema financiero argentino, está demasiado herido. Todos los días parece que los bancos se van a caer. Por lo tanto hay que tomar una decisión definitiva, que es cerrar todos los bancos del país, ver cómo se devuelven el dinero a los depositantes con un bono y abrir un llamado para instalar nuevos bancos en la Argentina”.

Cuando lo llamé a Duhalde me dijo que Krueger estaba loca, pero quiso responderle con algo distinto a una negativa directa: “Decile que estoy dispuesto a escuchar su propuesta pero con una condición. Que el día que yo haga el anuncio de cerrar los bancos, ella esté en Buenos Aires. Y yo voy a decir que estoy respondiendo a un pedido de la señora Anne Krueger”. Transmití el mensaje hacia su destinataria, que contestó: “Si eso es un chiste, no me parece nada divertido”. Le expliqué que el presidente quería compartir con ella los costos o, por qué no, el premio de la medida, si salía bien. “No estoy para chistes”, insistió, y ahí se acabó la historia.

De lo que se trataba era simplemente de demostrar que no estábamos locos: que éramos serios y profesionales.

La única manera de contrarrestar esta actitud del staff del FMI era trabajar diplomáticamente sobre sus accionistas, los miembros del directorio. Y ahí tuvimos la inteligencia de hacer un trabajo diplomático muy notable. Con Lavagna y Guillermo Nielsen fuimos varias veces a Washington para tener reuniones puntuales en el Tesoro de Estados Unidos o con los representantes en el Fondo de cada uno de los países, con los grandes y los chiquitos. De lo que se trataba simplemente era de demostrar que no estábamos locos: que éramos serios y profesionales. Hicimos un trabajo muy fino y muy constante. Una vez estábamos reunidos con el director por Suiza en el FMI, muy agresivo contra nuestra posición. Para mostrar nuestro compromiso le dije: “Señor embajador, si usted quiere lo pongo al teléfono ya mismo con el presidente”. El tipo aceptó, lo llamé a Duhalde y ahí mismo le contestó al tipo las preguntas que tenía.

A principios de agosto vino a Buenos Aires el secretario del Tesoro, Paul O’Neill, un tipo rústico, poco sofisticado, que no paraba de hablar mal de todos los países de la región. Lo habían mandado de gira porque se ve que igual en Washington tenían miedo de que nuestra crisis se expandiera a otros países. Lo recibimos en Olivos y fue una entrevista muy interesante. Duhalde estuvo muy bien, porque O’Neill hizo todo el planteo sobre que debíamos ser responsables, insistió con lo de Argentina como mal ejemplo, con que teníamos que hacer un esfuerzo y arreglar. Duhalde le dijo, muy simplemente. “Así como usted es franco, yo soy franco. Mire lo que yo vengo diciendo. No he mentido en nada de lo que dije, no encontrará usted una sola palabra que yo no haya cumplido. Todas las cosas que dije que iba a hacer, las hice. Por lo tanto, llevele al presidente Bush la seguridad de que yo voy a cumplir lo que arregle con usted. Usted me ayuda a resolver el problema del Fondo, si me dan condiciones razonables, y yo voy a cumplir lo que acordemos”. Fueron sólo 30 minutos, pero muy importantes. Después supimos, vía empresarios y economistas que se reunieron con él, que a O’Neill también le había gustado la reunión. 

Nestor Kirchner aprovechó en su posterior gobierno la negociación que había querido destruir. Nunca tuvo la grandeza de agradecerlo o siquiera reconocerlo.

Otro mérito fundamental de Duhalde en 2002, muy distinto de lo que estamos viendo ahora, es que logró ordenar al peronismo y no toleró voces disidentes. No fue un proceso fácil, que tuvo muchas ideas y vueltas, como la salida de Remes y la llegada de Lavagna o el intento de colocar como ministro a Daniel Carbonetto, un economista heterodoxo. Pero ninguna de ellas afectó el corazón de la estrategia: necesitábamos asentar la mejora que estábamos teniendo en la economía en un acuerdo duradero con el Fondo, porque si no lo hacíamos íbamos a otro default.

Uno de los momentos más dramáticos en este sentido fue en mayo, con la derogación en el Senado de la Ley de Subversión Económica, pedida por el FMI. La convicción de Duhalde en el proceso era tal que había amenazado con renunciar a la Presidencia si el Senado rechazaba la derogación. Aun así, cuando llegó el día los votos estaban muy justos, porque un puñado de senadores justicialistas, liderados por Cristina Kirchner, iba a votar en contra. Tan comprometidos estaban los Kirchner con sabotear la votación –y, con ella, el acuerdo con el FMI y la propia presidencia de Duhalde– que mandaron el avión sanitario de Santa Cruz, donde todavía gobernaban, a Corrientes, para ir a buscar a un senador que había perdido su vuelo y quería votar en contra.

Para nosotros era un momento decisivo. ¿Qué hacemos? Se tiraban ideas disparatadas. Carlos Soria, al mando de la SIDE, propuso cruzar un ómnibus en la pista de Aeroparque, para impedir el aterrizaje del avión santacruceño con el senador correntino. Finalmente no fue necesario, porque se ausentó una senadora radical, la votación quedó 34-34 y desempató Juan Carlos Maqueda, presidente provisional del Senado. Años después, Nestor Kirchner aprovechó en su posterior gobierno la negociación que había querido destruir. Nunca tuvo la grandeza de agradecerlo o siquiera reconocerlo.

 

 

 

A medida que avanzaba el año, mi rol dentro del gobierno fue cambiando: había empezado como vocero presidencial y después fui vicejefe de Gabinete, pero siempre muy cerca de las negociaciones con Estados Unidos y el Fondo. En noviembre Duhalde me nombró embajador en Washington, para cerrar el proceso, y ahí me quedé hasta el cambio de gobierno, en mayo de 2003.

Con el tiempo, también, la economía se fue ordenando más rápido de lo que esperábamos, pero el staff técnico del FMI mantenía su dureza. Seguían simulando con nosotros una discusión técnica de política económica, pero nosotros veíamos sus argumentos como un intento de supervivencia, de reforzar su autoridad e insistir con demostrarle al mundo que la Argentina debía ser castigada. Para el tercer trimestre de 2002, cuando era evidente que la economía argentina había salido del pozo y habíamos hecho todos los deberes que nos habían pedido, el staff del Fondo seguía tratando de castigarnos. 

Dejamos de verlos como adversarios técnicos y empezamos a verlos como adversarios políticos. Por eso nos enfocamos tanto en el trabajo diplomático con todos los países directores del Fondo. Lavagna en esto fue muy importante. Hubo ocasiones en las que viajó a Washington por un día o dos sólo para reunirse con gente del Tesoro o algún director japonés o italiano del Fondo, sabiendo que su apoyo era la única manera de vencer la hostilidad de los técnicos. 

Dejamos de verlos como adversarios técnicos y empezamos a verlos como adversarios políticos.

A principios de noviembre, Lavagna pasó varios días en Washington negociando lo que esperábamos serían los detalles finales de un acuerdo con el FMI y Banco Mundial. Pero un día nos llamó para decirnos que estábamos ante un riesgo grave: convertirnos en un expediente, perder nuestra relevancia y llegar débiles a la negociación final. Por eso, dijo, debíamos dar un golpe que obligase a todo el sistema de Washington a prestarnos atención y concluir esta historia. Propuso no pagar un vencimiento de 805 millones de dólares con el Banco Mundial y pagar sólo los intereses (unos 70 millones), para no romper definitivamente. Duhalde accedió y el objetivo se logró, sobre todo porque pudimos explicar con fuerza que nuestra economía estaba ordenada y creciendo, que teníamos voluntad de pago y queríamos terminar con esta historia. Quienes se estaban olvidando de nosotros sintieron el golpe y la negociación se encarriló.

También tuvimos algo de suerte, como fue la salida de O’Neill y la llegada al Tesoro de John Snow, un tipo mucho más sensato. Todo eso ayudó a que en enero de 2003 firmemos un acuerdo para refinanciar nuestra deuda con el FMI, con condiciones muy cumplibles y aprobado por su directorio político en contra de la opinión de Krueger, Singh y los demás técnicos. En su informe ante el board, Krueger dijo que con ese acuerdo –tan laxo, y a un incumplidor serial como Argentina, afirmó– el FMI le estaba dando a Duhalde la posibilidad de “perpetuarse” en el gobierno, algo que evidentemente no ocurrió. La firma del acuerdo nos devolvió al mundo y consolidó el crecimiento de la economía, que duraría varios años más gracias, en buena parte, a estos cimientos que pusieron Duhalde, Remes y Lavagna.

Anoop Singh me invitó a almorzar en Washington y me dijo: “You won”.

Tres días después de la votación del directorio del FMI y la aprobación del acuerdo, Anoop Singh me invitó a almorzar en Washington y me dijo: “You won”. Ganaste, o ganaron ustedes. Le contesté: “Si hubieses ganado vos, el desastre te habría arrastrado. Así que deberías estar agradecido”.

El principal mérito de esta gesta fue tener una sola política en todos los campos. En el económico, bancando políticamente los programas y poniendo a todas las fuerzas legislativas a aprobar las leyes que pedían los ministros (una excepción fue el sabotaje permanente del matrimonio Kirchner). En lo discursivo, repitiendo que Argentina debía volver al mundo económico, ser un país creíble, lograr inversión y crecimiento. No hubo en ello ninguna fisura. En lo político, Duhalde ordenó al PJ, acordó con el radicalismo y puso a todos dentro del mismo paquete económico, que incluyó la votación de varias leyes difíciles, como la de subversión económica pero también los cambios a la Ley de Quiebras. En una reunión con dirigentes del PJ que habían venido a la Casa Rosada a protestar por las negociaciones con el FMI, Duhalde dijo: “A mí no me interesa que me aplaudan en una unidad básica, quiero salvar al país”. En lo internacional, a pesar de las diferencias con el gobierno de G.W. Bush, mantuvimos una línea pro-occidental, incluso a principios del 2003 con la invasión de Estados Unidos a Irak.

Casi nada de todo esto estoy viendo en la estrategia de negociación del gobierno con el FMI, a pesar del entendimiento anunciado la semana pasada y las condiciones en apariencia favorables obtenidas por Guzmán. El proceso, a pesar del anuncio y de los dos años perdidos, parece recién estar empezando. Quizás alguna de estas experiencias les sean útiles para fijar sus prioridades y evitar mayores daños a la gente.

 

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Eduardo Amadeo

Economista (UCA). Tres veces diputado nacional. Ex embajador en Estados Unidos. Fundador del Observatorio Social.

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