Gracias a Dios es viernes

#21 | Dejemos de refunfuñar

El copito de Milei. La primera prueba de fuego del Gobierno.

Ya empezó por fin el gobierno de Javier Milei, y las esperadísimas primeras medidas económicas se hicieron desear. Finalmente no se anunciaron el lunes, sino el martes. Y no las anunciaron a la mañana antes de la apertura de los mercados, sino a la tarde. Y primero se iban a anunciar a las 17, pero el mensaje grabado salió recién a las 19.

Esas dos horas todos estuvimos en vilo y los periodistas de TV se vieron obligados a rellenar con rumores y trascendidos: algunos dijeron que el mensaje se estaba regrabando porque el ministro de Economía Luis Caputo estaba afinando su discurso y la manera de comunicarlo. Lo cierto es que la primera parte del video la dedicó a explicar de manera didáctica cuál es la situación del país y qué hay que hacer para solucionarla: dejar de gastar más de lo que se gana. Parece una tontería, pero sería un giro copernicano. Y puede ser que la demora se haya debido a la importancia que le dio el Gobierno a cómo comunicar estas ideas.

En cuanto a las medidas en sí, lejos parecen estar de los delirios mileístas de campaña. Sensatez y un poquitito de sentimiento (bueno, el mínimo indispensable). No se levantó el cepo, se devaluó el dólar oficial, no se quitaron retenciones (de hecho se pusieron), se duplicó la AUH y la Tarjeta Alimentar, se recortó la obra pública, la transferencia discrecional a las provincias, ministerios y secretarías, contratos laborales del Estado, pauta publicitaria y subsidios al transporte y a los servicios. Y las SIRA: ¡afuera! Ninguna novedad sobre las empresas y los medios públicos.

Los mercados en principio respondieron bien y la brecha se desplomó por debajo del 30%. Todo parece estar enfocado en el corto plazo: no hacer locuras para evitar una hiperinflación. ¿Gradualismo? Tampoco tanto, pero la motosierra parece haber sido canjeada por un bisturí, lo que no está mal.

No son pocos los votantes de Juntos por el Cambio aun dolidos que exclamaron: “¡Es el plan de JxC pero sin diputados, senadores, gobernadores ni equipos!”. Nada es igual a nada y esto recién empieza, pero algo de eso parece haber. De todas maneras, nuestra recomendación es la siguiente: soltar. Las cosas son como son y, dadas las circunstancias, no parecen ser tan malas. Dejemos de refunfuñar y festejemos aunque sea que se está intentando enderezar el barco.

Una de las primeras grandes imágenes que dejará para la posteridad el gobierno de Javier Milei es la del botellazo que le pasó a centímetros de la cabeza y le pegó a un custodio durante el recorrido de asunción en el Mercedes Benz descapotable que iba en dirección a la Casa Rosada, sobre la avenida Rivadavia. Una especie de película de Zapruder vernácula.

Quien arrojó la botella fue, se supo luego, Gastón Mercanzini, un hombre de 51 años, militante kirchnerista (sorpresa), que incluso fue funcionario de la municipalidad de Concepción del Uruguay (¡director de Cultura!) hasta 2013, en su Instagram exhibe fotos con Sergio Massa, Andrés Larroque y Rodolfo Tailhade, y tiene unos cuantos antecedentes penales. El martes fue detenido en la puerta de Crónica TV.

Podríamos decir que Milei ya tiene su copito, porque Mercanzini comparte con Fernando Sabag Montiel su condición de marginal absoluto, aunque es cierto que el de Cristina pareció tener un plan un poco más preparado que el de Milei. En todo caso, las dos cosas fueron graves y podrían haber sido una tragedia.

Pero hay una diferencia central: en el caso de Mercanzini no se puso en marcha la maquinaria kirchnerista del relato, nadie dijo que la democracia estuviera en peligro, nadie exigió repudios, nadie culpó a los discursos de odio y nadie acusó a la oposición (pese a que Mercanzini tiene conexiones con el kirchnerismo mucho más comprobables que las de Sabag Montiel con el mileísmo o el cambiemismo). Fue lo que fue: un pelotudo. Que va a tener que responder a la justicia, eso sí.

El miércoles 20 va a ser la primera prueba de fuego del Gobierno y de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich para ver hasta dónde pueden hacer cumplir eso de que “el que corta, no cobra”, porque las agrupaciones piqueteras de izquierda agrupadas en Unidad Piquetera harán una movilización a Plaza de Mayo en reclamo de, entre otras cosas, que den marcha atrás con el congelamiento del Potenciar Trabajo que anunció Caputo el martes. Aunque en realidad lo que quieren hacer es una demostración de fuerza; decir: acá estamos y te cortamos la calle, a ver si lo evitás. Ellos dicen que van a movilizar 80.000 personas.

Ayer a la tarde el líder del Polo Obrero se reunió con Héctor “Bebe” Calvente, un funcionario del municipio de San Miguel que fue “de onda” al ministerio de Desarrollo Social para darle una mano al Gobierno, por su cancha para tratar con sindicalistas. La intención fue tratar de convencerlo de que no haga la movilización (imposible) o de que, si la hacía, al menos que sea ordenada y sin cortar las calles.

Nos hubiera gustado ser una mosca y presenciar esa reunión. Belliboni representa a los piqueteros más radicalizados, los que se movilizaron incluso contra Alberto Fernández (no como otros), y Calvente no es ningún nene de pecho, puesto ahí precisamente porque es un duro en un gobierno de duros (¿o de gente que pretende darse corte de dura?). ¿Dará frutos ese diálogo? La lógica indica que no, pero quién sabe. Entre duros quizás se entienden.

Lo que es seguro es que la movilización se va a hacer y que será todo un dato a futuro la manera en que se haga. No necesariamente lo que ocurra marcará el tono del Gobierno y su relación con la calle, porque todo puede cambiar, para peor y para mejor. Pero va a mostrar cuál es el punto de partida, en qué situación estamos, hasta qué punto pretenden ir las organizaciones sociales más extremas (observadas de lejos por ahora, seguramente, por las no tan extremas) y hasta dónde se anima a ir el Gobierno para marcar la cancha.

Hace calor, el 20 de diciembre es una fecha ominosa, los anuncios y advertencias de Caputo fueron duros, pero también es cierto que el Gobierno acaba de asumir, que lo votó el 56% de los argentinos y que flota en el ambiente una angustia esperanzada.

 

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