¿Y ahora?

Fiesta entre los escombros

Entre la apatía, la melancolía y la impotencia, los argentinos se preguntan: ¿qué otra cosa podríamos hacer salvo tratar de pasarla bien?

Frente a un entorno que juzga desconcertante y hostil, la sociedad eligió “irse”. Cada cual a donde puede, y con los pesos que tiene. Si bien día a día valen menos, pesos en la calle hay. Y se mueven. A creciente velocidad.

Los perdedores de la pandemia son los grandes ganadores de la pos-pandemia. Era previsible, está inscripto en nuestra naturaleza. El ser humano desea lo que escasea. La “huida en pesos” se traduce en el boom de los recitales, los teatros con doble función los fines de semana, los restaurantes y bares llenos, el ritual de la cancha recuperado, los shoppings creciendo un 27% en sus ventas vs el primer trimestre de 2021, y el turismo interno confirmando que es su momentum.

Todos quieren “escapar”, pero no todos pueden hacerlo del mismo modo. El tercio superior de la pirámide social —clase alta, clase media alta y una parte de la clase media baja— puede concretar este deseo de evasión con mayor frecuencia. Basta ver lo que ocurrió el fin de semana en el que renunció el ministro de Economía. En una reacción típicamente argentina, todos los que pudieron salieron a comprar lo que encontraran y a pasarla lo mejor posible. Presumían que en el cortísimo plazo —horas, días— sería más difícil y más caro hacerlo. Tenían razón. Los argentinos están entrenados para escuchar los tambores en la selva.

Los dos tercios que componen los estratos inferiores de la pirámide social —de abajo hacia arriba: los que están bajo la línea de la pobreza, la clase baja no pobre, y la clase media baja de ingresos acotados—, también quieren “escapar” de un día a día “opaco”, pero la restricción económica acota las posibilidades de lograrlo y los obliga a elegir. Naturalmente ese acceso parcial o, directamente, “no acceso” al disfrute les resulta muy frustrante.

Pesimismo social

Las estudios cualitativos muestran que la mirada sobre el futuro está obturada. Las encuestas de opinión pública reflejan que el 70% de la población ve que las cosas empeorarán en los próximos 12 meses.

Después de haber convivido dos eternos años con la peor amenaza que puede tener y temer un ser humano, que es la muerte, en todo el mundo la gente está buscando desesperadamente bienestar. En el contexto local, los ciudadanos hablan además de “un mar de incertidumbre”. En simultáneo ingresamos a un nuevo régimen inflacionario (¿80% anual?) que el 60% de la población jamás experimentó (los que tienen menos de 40 años eran niños en 1989-1991 o no habían nacido). A todo eso que ya estaba, se le agregó en los últimos días un movimiento brusco del gran metro patrón que tiene esta sociedad para medir cómo van las cosas: el dólar. Todo ese cóctel profundiza una conducta que no puede explicarse si no se comprende el gravísimo impacto emocional de la pandemia más la cuarentena. La gente está en modo “no me importa nada”. Ahora quiero vivir. Y tiene toda la razón. Sabe que afuera “está oscuro”, por eso se refugia en “burbujas de bienestar”. Las diseña y moldea con lo que tiene a mano: desde ir a ver a Coldplay hasta una cerveza o un vino con amigos.

Escondidos debajo de la mesa se protegen de lo que sea que pudiera ocurrir. Mientras tanto, juegan a las cartas. Entre la apatía, la melancolía, la impotencia y las ganas de pasarla bien, se preguntan: ¿qué otra cosa podríamos hacer? El interrogante de fondo que no tiene respuesta es hasta cuándo esta estrategia de supervivencia basada en la alienación será viable. ¿Será la economía la que entre en escena para romper la precaria ilusión? ¿O será la política? ¿O ninguna de las dos cosas y se navegará en “modo huida” hasta llegar al proceso electoral?

 

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Guillermo Oliveto

Licenciado en Administración de Empresas (UBA), fundador y CEO de Consultora W, especialista en consumo, sociedad, y estrategia de marcas y comunicación.

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